Un poema de Walt Whitman
Creo en ti alma mía
Creo en ti alma mía; pero el otro que soy no debe
humillarse ante ti,
y tú no debes humillarte ante él.
Túmbate conmigo en la hierba, apaga tus discursos;
no necesito palabras, músicas ni ritmos, ni costumbres,
ni conferencias, aunque sean las mejores.
Únicamente me gusta tu arrullo, el susurro y las
confidencias de tu voz.
Recuerdo una mañana límpida de estío: posabas
la cabeza en mis rodillas, volviéndote dulcemente
hacia mí,
entreabriste mi camisa, hundiendo tu lengua pecho
adentro, hasta el corazón.
Te alargaste luego, y te adheriste a mí desde mi
barba hasta los pies.
Pronto se esparcieron sobre mí la paz y la sabiduría
Que sobrepujan a todos los argumentos
de la tierra.
Y ahora se que la mano de Dios es la promesa de
la mía.
Y ahora se que el espíritu de Dios es hermano del
mío,
y que todos los hombres nacidos son también mis
hermanos, y que todas las mujeres son mis
hermanas y mis amantes,
y que un solo germen de la Creación es amor,
y que infinitas son las hojas erguidas o
marchitas del bosque,
y las ocuras hormigas que se afanan debajo de las
hojas,
y las musgosas costras de las vallas, las
amontonadas piedras, el sauco, el verbasco y la fitolaca.
Este poema lo he tomado de una edición con pasta dura, que hizo Gerardo Rivas Moreno con Carmenza Navarro en 1996, ilustrado a color con pinturas de diversos artistas del mundo, de parte de la obra de Walt Whitman (1819-1892), con el título de Poesía para amantes. La selección y el prólogo es de Herbert Chamat. Hojas de hierba, el libro emblemático de Walt Whitman es, como su autor, objeto de muchas polémicas. A propósito, no se ha dicho mucho ahora que el viejo sinvergüenza cumple 190 años de nacido.
Creo en ti alma mía; pero el otro que soy no debe
humillarse ante ti,
y tú no debes humillarte ante él.
Túmbate conmigo en la hierba, apaga tus discursos;
no necesito palabras, músicas ni ritmos, ni costumbres,
ni conferencias, aunque sean las mejores.
Únicamente me gusta tu arrullo, el susurro y las
confidencias de tu voz.
Recuerdo una mañana límpida de estío: posabas
la cabeza en mis rodillas, volviéndote dulcemente
hacia mí,
entreabriste mi camisa, hundiendo tu lengua pecho
adentro, hasta el corazón.
Te alargaste luego, y te adheriste a mí desde mi
barba hasta los pies.
Pronto se esparcieron sobre mí la paz y la sabiduría
Que sobrepujan a todos los argumentos
de la tierra.
Y ahora se que la mano de Dios es la promesa de
la mía.
Y ahora se que el espíritu de Dios es hermano del
mío,
y que todos los hombres nacidos son también mis
hermanos, y que todas las mujeres son mis
hermanas y mis amantes,
y que un solo germen de la Creación es amor,
y que infinitas son las hojas erguidas o
marchitas del bosque,
y las ocuras hormigas que se afanan debajo de las
hojas,
y las musgosas costras de las vallas, las
amontonadas piedras, el sauco, el verbasco y la fitolaca.

¡Precioso poema!
ResponderEliminarIsabel
"Walt Whitman"...excelente elección y hermoso poema. Un aliciente en tiempos aún polémicos.
ResponderEliminarluisafernanda...trujillo
Gracias, Isabel y Luisafernanda, por no olvidar al viejo Whitman
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