lunes, 26 de noviembre de 2018

Antología de cuento TEUC 1981-2016


Este es el prólogo que escribí para la antología de cuento que conmemora los 35 años del Taller de Escritores de la Universidad Central (TEUC), editada en dos tomos por la Universidad Central en 2018, y que se presentará el 27 de noviembre de 2018 en su sede del centro

Para hablar del cuento colombiano (1981-2016)
Isaías Peña Gutiérrez

Desde su creación, a mediados de junio de 1981, el Taller de Escritores Universidad Central (TEUC) tuvo un recurso académico-literario para determinar su validez, rendimiento y vigencia, que luego se convertiría en el instrumento predilecto de evaluación permanente, cuyo uso se extendería a los herederos posteriores, el pregrado y posgrado de Creación Literaria. Aquel recurso, autónomo y ajeno a la dirección misma del Taller de Escritores Universidad Central, fue el del instrumento conocido como concurso literario, al cual siempre acudiríamos para evitar sospechas y malentendidos en todos los niveles: local, regional, nacional e internacional, sin importar que fueran públicos, privados, famosos o anónimos. Los concursos, además, tuvieron (y siguen teniendo) unos pares exigentes que en la vida literaria pública se llaman jurados, seleccionados entre los escritores más representativos y reconocidos de la literatura colombiana. De aquellos concursos surgieron los cuentos ganadores de primeros, segundos o terceros premios, de menciones especiales o de finalistas, que llegaron a las páginas de los periódicos, de las revistas literarias o de antologías que compendiaban los frutos del concurso ganado por uno de nuestros egresados o participantes; pero, en otras ocasiones, es bueno advertirlo, pues esta sería otra justificación para la presente publicación, muchos de estos cuentos, por la ausencia de medios de divulgación en Colombia, quedaron inéditos.
Los autores que recibieron premios o reconocimientos de algún orden, en estos largos 35 años de vida activa del TEUC, superaron la significativa cifra de 360 o más cuentos, sin contar aquellos que jamás pudimos llegar a contactar o a verificar como ganadores. Por eso, con motivo de los 35 años de vida del TEUC, en 2016, la dirección del Dpto. de Creación Literaria (por entonces, Depto. de Humanidades y Letras) pensó en la publicación, no de todos los cuentos premiados o finalistas -como hubiéramos querido-, sino de una antología con un cuento, solamente, por cada autor, entre los 360 o más premiados en los 35 años. Para ello, se buscaron, con el apoyo de los autores, los mejores cuentos premiados. Así, saldábamos seis lustros de trabajos intensos en la programación de un invento único por su naturaleza en el ámbito colombiano y latinoamericano.
Pienso, como director del TEUC y como escritor colombiano, que la publicación de esta antología se justificaría en sí misma, como la de toda obra literaria, cuya existencia no se agota con la escritura, sino con su aparición pública ante los ojos del lector. Sin embargo, se abren otras posibilidades con su publicación. En primer lugar, con esta amplia muestra de más de 90 cuentos premiados, le permitiremos al analista acceder a un panorama específico, delimitado -encabalgado entre el final y el comienzo de dos siglos- de la narrativa corta colombiana. En segundo lugar, la antología será una forma privilegiada de leer una selección final (no la de una preselección o la de una lista virgen de cuentos), avalada por jurados-pares calificados, objetivos, ajenos a toda sospecha, quienes, durante 35 años, leyeron y analizaron cientos de cuentos en los diversos concursos convocados en todos los niveles, donde nuestros miembros activos o egresados del TEUC resultaban ganadores. Esto significa tener en las manos una lista de cuentos sin la intervención del autor, de terceros, de un editor, de ningún capricho que obstaculice la validez literaria intrínseca del cuento. En tercer lugar, con cada cuento de la antología, el lector o el investigador, prevenido, avisado o ingenuo, podrá abrir un registro concreto para así caracterizar, sin prejuicios teóricos y genéricos, la narrativa de ese período en la historia del país. Cuarto, queremos darle, con la publicación de este libro –que califica y habla de los cuentistas y, también, de los jurados que los premiaron-, el turno a la voz de los escritores jóvenes (hace 35 años o menos), o a quienes, sin importar la edad, pasaron por el TEUC y asumieron una nueva manera de hacer creación literaria, a contrapelo de la simple intuición, como sucedió antes de la existencia del talleres de escritores. En este sentido, también, es un homenaje, en cabeza de aquellos autores premiados, a todos quienes han pasado por el TEUC y, por último, a la vida de una obra fundacional, cuya fundación, desarrollo y permanencia la debemos a las directivas de la Universidad Central, en sus distintas épocas vividas.
        Esta antología, por lo demás, se convierte en la mejor constancia del trabajo de investigación en los procesos de creación narrativa, desarrollados, tanto en su programación académica como en su planteamiento pedagógico y didáctico, por la dirección del TEUC y sus profesores acompañantes.
        El orden de los cuentos en la antología se ha dispuesto siguiendo la cronología de los premiados, de manera alfabética (ascendente) y por décadas, a partir de 1981, orden que permitirá tabular y estudiar los momentos de mayor producción, de más cuentos premiados, de temas y conflictos, de corrientes del lenguaje literario, de formas argumentales, de edades de sus participantes, etc. O, simplemente, para ver cómo han avanzado las formas de escribir entre quienes inauguraron el TEUC en 1981 y quienes hoy continúan esa heredad que ha crecido, por fortuna, con los años.
Bogotá, D. C., 16 de junio de 2017, en pleno Bloomsday.


domingo, 16 de septiembre de 2018

Manuel Mejía Vallejo (1923-1998)


Con motivo de los 20 años de la muerte de Manuel Mejía Vallejo, transcribo unas páginas que en 1995 escribí para el Diccionario Enciclopédico de las Letras de América Latina, editado por la Biblioteca Ayacucho y Monte Ávila Editores, de Caracas, a instancias de su coordinador académico, el ensayista chileno Nelson Osorio Tejeda:

"Manuel Mejía Vallejo, novelista colombiano, n. en Jericó el 23 de abril de 1923. Es heredero de una larga y fuerte tradición literaria, concentrada en la llamada zona "paisa" del noroccidente del país (Depto. de Antioquia y regiones circunvecinas), que incluye a poetas como Epifanio Mejía, Gregorio Gutiérrez González (V.), Porfirio Barba Jacob (V.) o Carlos Castro Saavedra, a narradores como Juan de Dios Restrepo (Emiro Kastos) (V.), Tomás Carrasquilla (V,), José Restrepo Jaramillo (V.), Jesús del Corral o Efe Gómez (V.), o a pensadores como Baldomero Sanín Cano (V.), Fernando González (V.) y Gonzalo Arango (V.), todos ellos, como sus gentes, arraigados a sus propias costumbres, deliberantes hasta el anarquismo, regionalistas y nómadas al mismo tiempo, tradicionalistas y renovadores, épicos en las jornadas colectivas, líricos en sus locuras individuales, con gran influencia española, divergentes frente a la capital de la república, y con un gran ascendiente en la vida nacional.
Mejía Vallejo creció en las tierras montañosas del sureste antioqueño, cerca de Jericó y Jardín, sus dos pueblos natales, casi a orillas del río San Juan, contra los farallones del Citará, cerca del departamento del Chocó, vecino de los indios catíos, donde su padre tenía su hacienda y unas minas de sal heredadas del abuelo, paisaje que ha sido el referente permanente de buena parte de su obra narrativa, comenzando por su primera novela, La tierra éramos nosotros, publicada a los 22 años y censurada e incinerada en Jardín. "De manera que en esa montaña física y espiritual, nos criamos nosotros y yo creo que para bien. Porque nos teníamos que saber defender frente a todas esas circunstancias. Y yo este paisaje lo pinté en La tierra éramos nosotros, que salió publicada en 1945, llena de ingenuidad, una novela muy fresca, poética, un canto exaltado de paisaje y de los seres nuestros y narrado en primera persona, con los nombres que conservaron en vida, porque el único nombre cambiado era el mío, yo me llamo Bernardo en esa novela inicial y Bernardo ha aparecido en novelas posteriores porque sigo siendo aquel niño inocente lleno de miedo, lleno de terrores, lleno de deseos, y lleno de fuerza para poder combatir lo que nos llegara encima: un magisterio de cierto tipo de valentía que nos inculcó mi madre y mi padre y los parientes que eran hombres y mujeres de verdad". (Peña Gutiérrez, Isaías, Comp., p.16). De esa época surgen sus poemas, décimas y coplas, publicados en varios tomos. "Y a mí no se me ha podido despegar de la memoria la vida que viví de niño y de adolescente en aquellos territorios azarosos, abruptos y hermosos, y aquellas narraciones que escuchaba de la tierra donde irás no volverás, de la flor de lilolá, del nuaimás, de los cuentos encantados, de los aparecidos; o cuando salía a caballo, los sábados, y me detenía en la fonda del camino real donde algunos trovadores y copleros estaban cantando y trovando. Recuerdo algunas coplas que me enseñaron el poder de la palabra, de cómo con palabras, con versos, se podía fácilmente hacer obra, invocar difuntos, invitar vivos. Y yo recuerdo que Jesús Arenas -uno de los arrieros de mi padre-, quien era trovador, contaba el cuento de Sebastián de las Gracias, con 146 coplas, trovas, que tiene el cuento original, y tocando el tiple, y ese cuento maravilloso de Sebastián de las Gracias lo cantaban con otros trovadores". (Peña Gutiérrez, p.17-18).
A ese mundo encantado y real de su juventud se sumó el que lo recibiría en la capital de Antioquia, Medellín, la ciudad industrial más importante del país, a principios de los años cuarenta. Ahí estudió su secundaria, que no terminó por razones económicas, y escultura y dibujo (su madre era ceramista) en 1944. Se integró, entonces, a un grupo grande de periodistas, intelectuales y artistas insurgentes, como Otto Morales Benítez, Rodrigo Arenas Betancourt, Carlos Castro Saavedra, Belisario Betancur (futuro presidente de la república), Balmore Álvarez, Jaime Sanín Echeverri, Mario Franco, Oscar Hernández, etc. Pero la violencia política del 48, con motivo del asesinato del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán, los marcó a todos. Y Mejía Vallejo, gaitanista fervoroso, perdió su empleo oficial y tuvo que salir, en 1950, para Venezuela en exilio forzoso. Sus cuentos, ganadores desde esos años, en muchos concursos nacionales e internacionales, reflejarían el mundo rural de su infancia y las dificultades de la sociedad industrial que crecía, mientras la violencia política arreciaba. En 1955, ganó el concurso internacional de cuento de El Nacional de México con "Tiempo de sequía", título con el cual publicaría en 1957 su primer libro de cuentos; en 1956, ganó el el XI Concurso Nacional de Cuento de Venezuela con "Al pie de la ciudad", que se convertiría en la novela homónima publicada en Buenos Aires en 1958 (mencionada en el concurso latinoamericano de la Editorial Losada); el mismo año 1956, ganó el concurso centroamericano de cuento de El Salvador con "La muerte de Pedro Canales". Después de recorrer toda Centroamérica como periodista, regresó en 1957 como Director de la Imprenta Departamental de Antioquia. Y en Medellín, desde esa fecha, alternó sus calidades de profesor en la Universidad Nacional, con las de periodista ocasional, jurado en los concursos literarios nacionales o del exterior, director de talleres de literatura. En 1964, ganó el Premio Nadal (Ediciones Destino, España), con una de sus mejores novelas, El día señalado (V.), obra experimental e innovadora, y rica de herencias raizales antioqueñas, elementos contrapuestos que conservará como pilares fundamentales de toda su obra narrativa, aspecto que ha confundido a la crítica literaria (que prefiere y se pierde en los arquetipos presuntamente antagónicos de una novela "occidental", "moderna" o "postmoderna", cuando no "universal", y otra "regional"). En el mismo año 1964, ganó el concurso nacional de cuento de El Tiempo y la revista Cuadernos con "La venganza", incorporado en El día señalado como uno de sus ejes principales. En 1973, ganó la I Bienal Nacional de Novela de la revista Vivencias de Cali con otra de sus mejores obras, esta de tipo estrictamente urbano, con experimentaciones lingüísticas y estructurales valiosas, Aire de tango. Y en 1989, se le concedió el premio internacional de novela "Rómulo Gallegos", en Venezuela, por una de sus obras más ambiciosas, en la que regresa al mundo de su infancia tejiendo espacios y tiempos en forma "desordenada", La casa de las dos palmas, y que como la mayor parte de sus libros, fue llevada con éxito a la televisión (algunas, también, han pasado al cine). Uno de sus viejos proyectos ha sido el de escribir una novela, Los abuelos de cara blanca, sobre el mundo aborigen, que conoció de niño y reconoció en Centroamérica.
Luis Marino Troncoso, S.J., dice que los principales núcleos temáticos en la obra de Mejía Vallejo son el partir, la búsqueda del padre, las tomas de decisión, el recuerdo como recreación de la vida, la soledad y la muerte. "Todos los temas anteriores -agrega- se pueden concluir en una frase: vivir-morir recordando en la soledad los caminos". Y explica que esta frase no la postula como un concepto, sino como una imagen. "Recrea a un hombre solo encerrado en sus recuerdos, en su pasado. Un hombre que está viviendo y muriendo simultáneamente mientras recrea lo ya ido. Esta es la imagen visual de Aire de tango, de Las noches de la vigilia y de Tarde de verano". Y que está parcialmente en sus novelas, dice Troncoso, La tierra éramos nosotros, Al pie de la ciudad, Las muertes ajenas, El día señalado, en sus coplas y décimas y en todos sus cuentos. "Allí está ese `recordar' que es la base del tan criticado y mal comprendido costumbrismo de las letras antioqueñas. Ese `vivir-morir recordando en la soledad los caminos' nos remonta a los días de la colonización antioqueña y a las continuas referencias que se hacen a la pérdida de un liderazgo en la nación; a la pérdida de unos valores regionales y del impulso creador. Pero al mismo tiempo esta estructura significativa recuerda la historia de Colombia llena de soledad y de violencia. Una historia con poca conciencia crítica y en donde cada uno ha tenido que encontrar su propia verdad para poder seguir viviendo. Una estructura significativa que evoca las montañas, el laberinto de la gran ciudad y finalmente el tango". (Troncoso, Luis Marino, 254-57).
La obra de Mejía Vallejo, popular y culta, resume la historia de Colombia y del continente del siglo XX, con personajes vigorosos que adquieren lenguajes propios a medida que dejan las montañas y se internan en los remolinos de la ciudad. Por eso, tal vez, resulta un autor tan polémico. (Isaías Peña Gutiérrez).

Bibliografía activa:
La tierra éramos nosotros. Medellín: Balmore Álvarez Ed., 1945.
Tiempo de sequía. Medellín: Balmore Álvarez Ed., 1957.
Al pie de la ciudad. Buenos Aires: Ed. Losada, 1958.
Cielo cerrado. Medellín: La Tertulia, 1963.
El día señalado. Barcelona: Ed. Destino, 1964.
Cuentos de zona tórrida. Medellín: Ed. Papel Sobrante, 1967.
Aire de tango. Medellín: Ed. Bedout, 1973.
Las noches de la vigilia. Bogotá: Colcultura, 1975.
Prácticas para el olvido. Medellín: Fenalco, 1977.
Las muertes ajenas. Bogotá: Plaza y Janés, 1979.
Tarde de verano. Bogotá: Plaza y Janés, 1981.
El viento lo dijo. Medellín: Universidad de Antioquia, 1981.
Y el mundo sigue andando. Bogotá: Ed. Planeta, 1984.
La sombra de tu paso. Bogotá: Ed. Planeta, 1987.
La casa de las dos palmas. Bogotá: Ed. Planeta, 1988.
Memoria del olvido. Medellín: Universidad de Antioquia, 1990.
Soledumbres. Medellín: Biblioteca Pública Piloto, 1990.
Otras historias de Balandú. Bogotá: Intermedio Ed., 1990.

Bibliografía pasiva:
b)
Bedoya, Luis Iván, y Escobar, Augusto. El día señalado. Estudio crítico. Medellín: Ed. Hombre Nuevo, 1981. (Incluye bibliografía completa, activa y pasiva).
Escobar, Augusto y otros. Manuel Mejía Vallejo en la literatura colombiana. Medellín: Universidad de Antioquia, 1981.
Montoya Candamil, Jaime. Manuel Mejía Vallejo. Vida, obra y filosofía literaria. (Entrevista). Bogotá: Universidad Central, 1984.
Morales Benítez, Otto. Una novela urbana. Aire de tango y el derrumbamiento de una época. Medellín: U. de Antioquia, 1982.
Peña Gutiérrez, Isaías, Comp. La tierra soy yo. Textos sobre la obra de Manuel Mejía Vallejo. Bogotá: Fundación Tierra de Promisión, 1990.
Troncoso, Luis Marino, S.J. Proceso creativo y visión del mundo en Manuel Mejía Vallejo. Bogotá: Procultura, 1986. (Incluye bibliografía selecta, activa y pasiva)".


sábado, 11 de agosto de 2018

Garcés González, Andrés Mauricio y otros


Banquete sagrado, de Garcés González
Como José Luis Garcés González siempre ha sabido qué es lo está escribiendo (su destacada carrera literaria comenzó hacia 1980, cuando publicó Oscuras cronologías y, desde entonces, ha ganado los principales premios literarios del país), para presentar su nuevo libro de cuentos, Banquete sagrado (Montería, Editorial El Túnel), resalto con sus propias palabras de la contratapa el significado de los 21 cuentos escritos y publicados en su Montería natal: “Este libro, Banquete sagrado, recoge cuentos que hablan de las peripecias del cuerpo, de sus diversas aventuras, de sus distintas realidades que pueden ir, y van, del placer a lo fisiológico, y del estremecimiento a la tristeza”.

Hay días en que estamos idos, de Andrés Mauricio Muñoz
Andrés Mauricio Muñoz (Popayán, 1974) es uno de los fundadores de la narrativa colombiana del siglo XXI que con más fuerza y virtudes hemos visto destacarse. Tiene varios volúmenes circulando entre sus lectores, algunos de ellos premiados en concursos nacionales. Recuerdo: Desasosiegos menores (Premio Nacional de cuento, UIS, 2010); Un lugar para que rece Adela, libro de cuentos que, en 2015, la Universidad de Antioquia le editó; El último donjuán, la primera novela publicada (Seix Barral, 2016), donde algo de su profesión de ingeniero de sistemas se cuela en medio de las peripecias domésticas del mundo. Su libro de cuentos Hay días en que estamos idos, de Seix Barral, forcejeó por el primer premio (en el concurso de narrativa colombiana que organiza en Medellín la Universidad Eafit), junto a Pilar Quintana (la ganadora con La Perra) y Humberto Ballesteros. Ahora, ese mismo libro de cuentos ha sido seleccionado entre los 15 libros mejores para disputar la final del Premio Hispanoamericano de Cuento García Márquez. En septiembre se escogerán los cinco finalistas que en noviembre fallarán. (Los colombianos seleccionados, junto a Andrés Mauricio Muñoz, son las narradoras Alejandra Jaramillo y María Ospina Pizano).

Otras novedades: No es tan fácil ser león en tiempos de sequía, poemas de José Martínez Sánchez (Medellín, Esquina Tomada Editores, 2018); Ojos rasgados, cuentos de Elena Li Chow (Bogotá, Ícono Editores, 2018); Un día extraordinario, cuentos de Julio Hernán Correal (Bogotá, Editorial Babilonia, 2018, prólogo de Fabio Rubiano); Del relámpago nacerán luciérnagas, novela de Alejandro Cortés González (Bogotá, Esquina Tomada Ediciones, 2018); Felipe en vacaciones, novela corta para niños y jóvenes, de José Luis Díaz Granados (Bogotá, Editorial Norma, 2018).





viernes, 3 de agosto de 2018

Burgos Cantor y Lo Amador


[Roberto Burgos Cantor acaba de ganar, el pasado 26 de julio de 2018, el Premio Nacional de Narrativa del Ministerio de Cultura, con su novela Ver lo que veo, editada el año pasado por Seix Barral-Planeta, dejando tendidos en la lona -como podría haberlo dicho “Torito”- a los otros cuatro finalistas, Pilar Quintana, Orlando Echeverri, Gilmer Mesa y Antonio García. Fueron jurados finales de dicho concurso, el mexicano Álvaro Enrigue (no Enrique, como dijo la prensa, Premio Herralde de Novela 2013), y los colombianos Luis Fayad y Liliana Ramírez. No he leído todavía la novela premiada, pero Julio Olaciregui con su texto sobre Ver lo que veo (El Espectador, 27 de julio de 2018), me hace pensar que la nueva novela viene a ser la repotenciación magnífica de aquel lejano y excelente libro de cuentos de Roberto, Lo Amador, editado en 1981 por el Instituto Colombiano de Cultura. A raíz de ese libro fundacional, el jueves 24 de septiembre de aquel remoto 1981, escribí en “Lecturas desobedientes”, mi columna semanal de entonces, en El Espectador, la nota que transcribo a continuación, tal cual, sin enmendar nada, y que, tal vez, Roberto no conozca aún, pues no la cita en su memoriosa columna “La alegría de compartir” (Baúl de magoEl universal, Cartagena), de este jueves 2 de agosto de 2018. (Sea, también, este el momento propicio para preguntar por la ortografía del título y del nombre del barrio, que en todas las ediciones se ha escrito de manera diferente)].

“Roberto Burgos Cantor, autor del libro de cuentos Lo Amador, publicado en este año por el Instituto Colombiano de Cultura, puede resultar un nombre desconocido para las nuevas generaciones. E incluso muchos de quienes lo conocíamos desde los años 60 alcanzamos a pensar que jamás veríamos editado su primer libro. En 1966 Roberto fue incluido en una antología de cuentos realizada por Gerardo Rivas, sin embargo. Y después, en 1969, apareció en la revista Casa de las Américas su famoso cuento “Esta noche de siempre”. En agosto de 1970 lo conocí, personalmente, cuando junto a él me iniciaba no tanto en el oficio de escribir, que habíamos principiado hacía unos años antes, como en el de jurado, labor tan entrañable como la de escribir, aunque más agridulce que esta, y, no obstante, tan ineludible por estos tiempos santos, como diría Fernando. En 1971 gana el Concurso Nacional de Cuento de Cúcuta. Pero uno no sabía si el Derecho le había ganado por doble U a la literatura, en su caso, o si, simplemente, Roberto estaba sumido en el único silencio terrorista que yo haya conocido.
Ahora, lo sabemos. A sus 33 años, edad maliciosamente subversiva, ha publicado un libro con siete cuentos, todos nuevos, concatenados en tal forma que por muchas razones nos recuerdan Calila y Dimna o Las mil y una noches. Así, el libro fue concebido como libro, no como selección de cuentos para formar un libro. Construcción que permite ampliar el sentido de una situación o de una metáfora en un cuento sin que se resienta la unidad de los mismos. La muerte de la madre de Mabel Herrera, por ejemplo, es uno de los hechos que repetidos en otros cuentos se enriquece grandemente.
La oralidad que utilizó Roberto y muchos de los escritores iniciados en la década del 60, como lo he dicho desde hace muchos años, de nuevo se observa en estos cuentos, ya no con la facilidad ingenua de los monólogos de entonces, sino montada sobre la racionalidad del argumento, que siempre sorprende en todas sus historias, y modelada con el sabio lirismo aprendido por Roberto y con las mesuradas reflexiones que en conjunto crean el lenguaje popular de unos filósofos de barrio, del barrio Lo Amador (de Cartagena, en la vida real). Solamente, en un cuento yo me atrevería a decir que esa oralidad falla y es en el de la reina, “Era una vez una reina que tenía”. Me parece que ni el lenguaje ni el mundo pensado por la reina coinciden con el personaje recreado. Las reinas, como la violencia, será un tema recurrente de nuestra literatura, y bien valdría la pena acercarse más a ellas.
El músico que abandona la familia para irse a Venezuela provocando la muerte de su esposa (que se suicida), agravada por la carrera de cantante aficionada de su hija; el cantante frustrado que terminó de ayudante de mecánica en el taller de Albertico Tirado y una madrugada lo descargaron muerto en una esquina que será desde entonces sagrada en el barrio; la reina del barrio que no podía prender el radio porque su madre lloraba al recordar su marido muerto en su trabajo de constructor; la trágica historia del músico José Raquel que se filtra paralela a la del periodista y su mujer izquierdista; la mujer que creció con el barrio de invasión y ya no puede echar las barajas; Onissa y el marinero que rompieron el cristal de la castidad del barrio y que un día se separaron sin dejar rastros de vida y el camaján que se pudre “en esta angosta esquina de la tierra”, todos ellos, más otros personajes que construyen el barrio, vuelven una y otra vez, como un tema melódico que crece a medida que se repite, para establecer como filosofía, como gusto, como divertimento, como crítica, como literatura, las medidas del barrio que fuera nuestro y cuyos principales pilares fueron, en la realidad y en este hermoso libro, la música y el llanto. La música y el llanto, para reiterarlo.
(El espectador, 1981)”.

sábado, 7 de julio de 2018

Todo Julio Cortázar

Aunque se trata de una edición de 2014, la celebro como si acabara de salir. Me refiero a una ardua y feliz investigación, yo diría, icono-bibliográfica. Nos la había comentado el año pasado el escritor argentino, bibliófilo él mismo, Federico Barea (Buenos Aires, 1982). Que apareció en Buenos Aires el año 2014, cuando se cumplían los primeros cien años del natalicio de Julio Florencio Cortázar Descotte.
          Es un volumen de lujo patrocinado por las librerías anticuario (“librerías de viejo”, dicen en Bogotá) Fernández Blanco y Aquilanti, de 256 páginas, a color. Los dos autores de la que fuera una larga investigación son el librero e investigador Lucio Aquilanti y el escritor e investigador literario Federico Barea.
          Todo Cortázar. Bio-bibliografía, el título del libro que comento y que hubiera entusiasmado de manera febril a nuestro Alberto Duque López, desaparecido hace unos años, incluye:
1.- Las introducciones de Lucio Aquilanti, Federico Barea, Carlos Álvarez y Jaime Correas. 2.- Una excelente y abreviada biografía, en orden cronológico, muy bien ilustrada con fotos de Cortázar, de Lucio Aquilanti. 3.- La bibliografía activa de Julio Cortázar, ilustrada con las tapas de los libros, que comprende las siguientes secciones:
a. Primeras ediciones, colaboraciones para catálogos de arte, obras políticas y literarias; b. Ediciones de autor impresas a mimeógrafo por Cortázar; c. Prólogos y contratapas; d. Traducciones realizadas por Cortázar; e. Correspondencia publicada en libros; f. Entrevistas publicadas en libros; g. Vinilos con la voz de Cortázar; h. Iconografía (que va, además, por todo el libro); i. Publicaciones periódicas con textos de Cortázar de primera vez; j. Films de ficción basados en su obra y films documentales y entrevistas; k. Índice completo de títulos, subtítulos y primeros versos de poemas sin título.
Un plato exquisito para los lectores desprevenidos, los investigadores, los amigos, los fanáticos o los que apenas descubren a Julio Cortázar. (todocortazar@gmail.com)

lunes, 19 de marzo de 2018

Luis Loayza (1934-2018)

Luis Loayza (Archivo de A. Oquendo)

Cuando viajé por primera vez a Lima, debió ser por allá en 1974, una de las figuras jóvenes emergentes era Luis Loayza, pero tenía ya la fama de ser lejano. Recuerdo que Eduardo González Viaña me puso en contacto con algunos escritores de su época, como Alejandro Romualdo, Arturo Corcuera, Oswaldo Reynoso, Abelardo Oquendo, José Miguel Oviedo y otros más. De ellos me traje un morralado de libros firmados. Sin embargo, de Loayza no pude conocer nada. Con el tiempo, sin que nunca lo olvidara, la figura de Loayza se fue diluyendo hasta ahora que por vía de El País de Madrid, en nota de Raúl Tola y con foto del archivo de Abelardo Oquendo, me entero de su muerte en París el 12 de marzo, la semana pasada.
Con la muerte de Luis Loayza, la literatura iberoamericana pierde a uno de sus prosistas más elegantes e inteligentes”, dice Tola. Era un “raro talento”, nacido en Lima en 1934.
Muy jóvenes, con Oquendo y Vargas Llosa, fundaron la revista Literatura. Luego se fue del todo para Francia (salvo en vacaciones, regresaba). Trabajó como intérprete y como traductor. Dejó varios libros publicados, muy elogiados, pero que como antes, hoy tampoco se consiguen: Una piel de serpiente (novela, 1964), El sol de Lima (ensayos, 1974), El avaro y otros textos (1974), Otras tardes (cuentos, 1985), Sobre el 900 (ensayos, 1990). 
“A Loayza lo precedía el mito. Se decía que lo había leído todo, que su erudición era de una profundidad y amplitud abrumadora”. Raúl Tola cita a Alonso Cueto: "Yo lo escuchaba hablar de libros y autores. El ingenio, la gracia, la variedad de temas, sus chistes y bromas, su erudición, los personajes peruanos que evocaba, sus comentarios sobre Machen, De Quincey o Henry James (a quien conocía a la perfección), están entre los recuerdos más valiosos que tengo".
Miguel Saenz cita esta anécdota de Luis Loayza: “El 21 de mayo de 1965, Luis Loayza le ganó a Bobby Fischer, que encaraba 26 partidas simultáneas en Nueva York”.
Del retraimiento de Luis Loayza habla Fernando Ampuero: "No daba entrevistas, no le interesaba el mundillo literario. Le interesaban solo los buenos libros, que leía vorazmente y que a veces traducía. Muchos jóvenes, en una época, pensaban que era un fantasma inventado por Mario Vargas Llosa y Abelardo Oquendo”.
Y Vargas Llosa escribió: "Loayza es uno de los grandes prosistas de nuestra lengua y estoy seguro de que tarde o temprano será reconocido como tal. Ya lo era cuando yo lo conocí, en la Lima de los años cincuenta. Lector voraz, desdeñoso de la feria y la pompa literaria, ha escrito solo por placer, sin importarle si será leído, pero, acaso por eso mismo, todo lo que ha escrito exhala un vaho de verdad y de autenticidad que engancha al lector desde las primeras frases y lo seduce y tiene magnetizado hasta el final".
Es curioso. A Loayza nunca lo he leído; pero, nunca lo he olvidado. Y porque no pude conocerlo hace casi cincuenta años, he querido recordarlo hoy con esta nota. Tal vez, digo, tal vez, en eso consista la realidad de aquellos excelentes escritores fantasmas para quienes el placer de escribir se agota en ellos mismos, sin importarles si serán o no leídos.

lunes, 5 de marzo de 2018

Badrán, Boris y Luna de Locos


(De vez en cuando, en este blog, trataré de dar cuenta de los libros, revistas y periódicos que caen en mis manos. No a manera de crítica, sino de saludo. Hay demasiados codazos en el mundo de hoy; en cambio, muy pocos, poquísimos, abrazos. No importa que por saludar, también, me caigan coscorrones).

Nuevos cuentos de Pedro Badrán.
Este volumen, Margarita entre los cerdos (Random House Editores), es su quinto libro de cuentos. Badrán, nacido en Magangué, comenzó en 1985 con El lugar difícil. Ganó en 2000, con El día de la mudanza, el Premio Nacional de Novela Breve. Este libro, de nueve cuentos en 138 páginas, viene con los saludos amables de los escritores Luis Noriega y Juan Gabriel Vásquez. En esos cuentos, dice la nota de contraportada, “el detective Ulises Lopera busca su lugar en un mundo que le trae sorpresas todos los días”. Comienza con "La cruz de hierro" y cierra con "El misterio del cuarto amarillo". 

Los cuentos de Boris Ramírez Serafinoff
A raíz del I Concurso Nacional de Cuento de Pupiales, hace casi 20 años atrás, en 1999, conocí a Boris Arturo Ramírez Serafinoff, médico oftalmólogo, nacido en Mompox en 1967. Ahora veo su cuento ganador -aunque no se le da el crédito- en este bonito volumen, La música sobrenatural de Emilia Herrera, publicado por la Editorial Universidad de Antioquia. Junto a “Malocelli ante los pájaros”, el ganador, vienen otros once cuentos, incluido el que le da nombre al libro (editado a finales de 2015). “En todas las historias de la obra susurra la música”, dice la contraportada. Y en todos sobresale la escritura fina de Boris.

Luna de Locos, No. 26
Hace 18 años, el poeta Giovanny Gómez, publica en Pereira esta bella revista dedicada a la poesía. Este No. 26 abre con una portada del gran Dioscórides (Pérez), “Jonás y la abuela pechugona” (dibujo a lápiz), artista invitado para todo el número, el cual incluye poemas y textos de Wislawa Szymborska, Tonino Guerra, Enrique Vila-Matas, Hernando López Yepes, Carolina Sanín, Ma. Mercedes Carranza por Víctor Rodríguez Núñez, Jaime Sabines por Juan Felipe Robledo, Neruda por William Ospina, Víctor López Racha, Nelson Romero Guzmán y Julio César Londoño.
Luna de Locos recibe, por fortuna, el apoyo de la Universidad Tecnológica de Pereira.