lunes, 18 de noviembre de 2019

Óscar Godoy B., Premio Ñ de novela 2019

Óscar Godoy B. recibe en el Centro Cultural Kirchner el Premio
Ñ-Ciudad de Buenos Aires por su novela Te acuerdas del mar.

Conocí a Óscar Godoy Barbosa, en 1983, como mi alumno en el Taller de Escritores de la Universidad Central (TEUC). Después volvimos a vernos a comienzos de siglo, cuando yo dirigía, además, el Departamento de Humanidades y Letras. Allí me ayudó como coordinar académico por más de una década y como profesor asistente del TEUC y del pregrado de Creación Literaria. Muy pronto ganó varios concursos nacionales de novela y de cuento. Y ahora ha llegado a uno de sus más altos reconocimientos, a nivel latinoamericano, con el Premio Ñ-Ciudad de Buenos Aires, que concede el diario Clarín. Reproduzco la entrevista que le hiciera Débora Campos en Clarín, el 8 de noviembre pasado. En la foto aparece, entre otros, con los jurados, escritores, Liliana Heker, Jorge Volpi y Jorge Fernández Díaz.
PREMIO Ñ-CIUDAD DE BUENOS AIRES
“Godoy Barbosa, aquellos enemigos íntimos”
Por Débora Campos
(Entrevista con el escritor colombiano Óscar Godoy Barbosa, quien en la novela Te acuerdas del mar revisa un trauma crónico en América Latina: el de los conflictos armados y sus ecos en el presente).
Uno fue guerrillero. Tanto da si formó parte de las FARC, de Montoneros o de los Tupamaros. Aquí lo que importa es otra cosa. El otro pudo haber sido su perseguidor. Pudo ser militar o pudo haber integrado una de esas fuerzas armadas que no son estatales, pero tampoco dejan de serlo. Aquí lo que importa no es eso. Uno y otro comparten una sala de hospital bogotano sin conocerse. Han llegado ahí por caminos diversos: a uno lo empujó la paliza que le dieron unos asaltantes y al otro, un cáncer que no quiere soltarlo. Entonces, ahí, a la deriva en ese mundo de los enfermos, ellos hablan del mar. De piratas y de corsarios. De ballenas y de tiburones. Se cuentan historias y se acercan en un vínculo impensado si supieran que...
Cuando esta edición de Ñ esté en la calle, Godoy Barbosa habrá regresado a sus clases de escritura creativa en Bogotá con el premio que el jurado de Honor -integrado por los escritores Liliana Heker, Jorge Volpi y Jorge Fernández Díaz- le entregó en la cúpula del CCK el miércoles pasado. De esos alumnos habló al recibir el galardón: “Les digo a mis estudiantes que para escribir hay que estar metido con el alma y las tripas”, dijo desde el escenario. A él le llevo doce años poder meterse con alma y tripas en la literatura. Antes, se ganó la vida como periodista especializado en Economía hasta que a comienzos de este siglo dejó las redacciones y apostó fuerte por la ficción. Desde entonces, se desempeña como profesor en la Universidad Central de Bogotá, tanto en el Taller de Escritores (TEUC), como en el Pregrado de Creación Literaria, la Especialización en Creación Narrativa y la Maestría en Creación Literaria. Y escribe.
El corsario negro, 20.000 leguas de viaje submarino, Robinson Crusoe, Moby Dick, El viejo y el mar. Corso cuenta estos clásicos a su compañero de habitación, Don Luis. Tienen vidas opuestas, ¿por qué los reúnen estas historias?
Estas aventuras se volvieron un hilo conductor de la trama, a la manera de una Scheherazade. Por un lado, son relatos que todo el mundo identifica aunque no se los mencione por su título, pero además es un elemento que me permitió agregar algo a la constitución del personaje de Corso ya que no se trata solo de la historia sino sobre todo de la manera en la que él elige contarla. Corso las interpreta y le saca conclusiones que de pronto ni siquiera están en la novela. Este recurso no estaba en mi plan inicial, fue una sorpresa para mí mismo. Me pregunté: ¿Sobre qué temas podrían estar hablando Corso y Don Luis? Y salió El corsario negro. Cuando me di cuenta de que esa podía ser una línea para Corso, fui a buscar todas las otras novelas. 
La identidad y el pasado de Corso se revelan rápido: ha integrado algún tipo de guerrilla. Sin embargo, de Don Luis no se sabe nada y, cuando se descubra, será un golpe. ¿Por qué ese cambio?
Esa transformación es otra de las sorpresas que me dio la escritura. Tenía la idea de que este personaje tenía un pasado, pero no tenía claro qué tipo de historia podía ser y fue escribiendo que caí en la cuenta de que él podía representar otras cosas del pasado de Colombia. Fue escribiendo que me di cuenta de que ahí había otro personaje que se podía desarrollar mucho más con unos alcances que no imaginaba. Con respecto a Corso, sí hay un hecho que funcionó como una chispita. Hace años, escuché a una muchacha, que era hija de guerrilleros de los años 80, contar que se encontraba de vez en cuando con los amigos de sus padres y los veía todavía viviendo como si estuvieran en la clandestinidad, escondiéndose, mirando hacia atrás en la calle o cambiando de ruta para no ser seguidos. Ella decía: “Es que esos hábitos de la clandestinidad no se quitan ni se pierden, eso se vuelve una parte de la vida”. Guardé ese recuerdo con la intención de narrar a esas personas. 
La vida después del conflicto no es fácil para los protagonistas. Corso dice: “Renunciamos a cambio de un lugar en la sociedad que quisimos cambiar, que no cambió y no nos acepta”. ¿Es igual ese rechazo para todos los implicados?
De pronto Don Luis tuvo una vida más tranquila, en su desempeño se volvió un abuelo bueno y con una ocupación que le permitió vivir decentemente. Corso, en cambio, es un personaje que sigue con la paranoia de la lucha, se esconde y desconfía, siguió siendo un clandestino que nunca se ha acogido a la amnistía y solo terminan encontrándolo por este robo que sufre y que lo deja hospitalizado. Todos lo daban por desaparecido. Esos procesos eran los que me interesaban, sin enfocar en los verdaderos protagonistas, porque no se trata solo de Colombia, la violencia se ha vivido en otros lugares del mundo, aquí mismo en la Argentina. Por eso, este tipo de personajes puede existir aquí también y yo pienso esta novela como algo universal. 
Te acuerdas del mar muestra la venganza cíclica que reinicia el espiral de la violencia, pero también la posibilidad de un acercamiento. ¿De cuál de estas miradas se siente más cerca?
Eso es justamente lo que quiero proponer: que no haya una solución, que no haya una única respuesta. Creo que el lector se puede armar una perspectiva propia de la novela. Para mí, en el fondo hay una mirada más optimista. En el fondo, en esa habitación, entre esos dos personajes que representan polos opuestos, es posible que nazca la amistad, el cariño, los sentimientos que hermanan a los seres humanos. Pero también es posible pensar que en ese mundo sigue habiendo personas que están moviéndose en las sombras y que son capaces de matar a otra.
¿Es optimista sobre el proceso de paz?
Sigo de cerca estos procesos en Colombia y tengo la esperanza de que esto que está pasando en el último tiempo conduzca a algo mejor, que por fin haya una verdadera reconciliación y una forma de conducir el conflicto civilizadamente y no por medio de la sangre. Al mismo tiempo, noto que ahí siguen las violencias vigentes, lo vemos todos los días en la prensa del país, siguen asesinando a amnistiados de las FARC. Este es un momento muy crítico, dicen que es mucho más difícil la paz que la guerra y este es uno de esos casos. Pero confío en lo que todo el mundo espera en Colombia: que por fin recapacitemos. 
¿Tiene un rol la literatura en ese proceso?
Quiero creer que esta novela tiene, en el fondo, una mirada mas bien optimista sobre lo que puede pasar. Ver que hay algo de esperanza. Si bien es algo descarnada sobre las cosas que pasan, en el fondo se prefigura una posibilidad. Lo que nos hace humanos es lo que prevalece. 
Tomado de Revista Ñ, Clarín, Premio novela, Buenos Aires, 8 de noviembre de 2019 (https://www.clarin.com/.../enemigos-intimos_0_U_z6Bei_.html)