jueves, 19 de marzo de 2009

Homenaje al poeta Rogelio Echavarría

En 1995, cuando le pedí al poeta Rogelio Echavarría unos datos sobre su vida para incluirlos en una antología, él me entregó una hoja sencilla, escrita por cara y sello. En ella, para mi curiosidad, resaltaba su vida como periodista y apenas si citaba su actividad poética, a la que hoy se le rinde homenaje, a las 7 de la noche, en el Gimnasio Moderno, con la intervención de los escritores Gonzalo Mallarino Flórez y Federico Díaz-Granados, entre otros. Lo que digo adelante de Rogelio Echavarrría, en su homenaje, lo he tomado de aquella hoja escrita en una antigua Remington:
Rogelio Echavarría nació en Santa Rosa de Osos, Antioquia, o como él lo escribió en la edición de El transeúnte, de la Universidad de Antioquia, 1994, “vio la luz el 27 de marzo de 1926 y esa misma noche vio la sombra”. A los 15 años se inauguró como periodista en el radioperiódico de la emisora Ecos de la Montaña, en Medellín. Pasó, de inmediato, al diario El Pueblo como corrector de pruebas, redactor internacional (finales de la Segunda Guerra Mundial) y columnista cultural. En 1945 se trasladó a Bogotá. A los 20 años fue sub-jefe de armada, corrector de pruebas y comentarista cultural en las páginas de opinión del diario El Siglo. En 1946 pasó al diario El Espectador como jefe de corresponsales y comentarista en las páginas editoriales. Fue sub-jefe de redacción de El Vespertino y luego jefe de redacción de El Espectador. Clausurada la prensa liberal, fundó con Felipe González el semanario Sucesos. En 1958, ingresó a El Tiempo, donde fue jefe de armada y secretario de redacción. Salió en el 60 y regresó en el 62 como secretario general de redacción, nombrado por Eduardo Santos. Y allí permaneció hasta 1988, cuando se jubiló. Antes, como sub-jefe de redacción de El Tiempo, fue considerado ejecutivo del año por la Cámara Junior, en 1967. Y por sus periódicas reseñas de libros en El Tiempo, en 1978 fue premiado por la Cámara Colombiana del Libro. Con estas reseñas se publicaría, en 1996, su libro titulado Mil y una notas. Luego de su retiro, Rogelio se dedicó a estudiar la poesía colombiana y a concebir un número, hoy grande, de antologías para las editoriales bogotanas, como Versos memorables (las 100 poesías más famosas de Colombia, en 1989). Colcultura le otorgó una beca en 1993 y de ahí salió su libro Quién es quién en la poesía colombiana (1994).
¿Pero qué había sido del inmenso poeta silenciado por el amor al periodismo?
Mientras tanto había publicado un mismo libro, siempre renovado. “Canciones de adolescencia” y “Elegías prematuras”, un grupo de 11 poemas, fueron publicados en un cuaderno que se tituló Edad sin tiempo (Bogotá, Ediciones Teoría, 1948). Por eso, lo consideraron miembro de los Cuadernícolas. (También lo sería de la Generación de Mito por publicar otros primeros poemas en la revista Mito. Y hasta nadaísta quiso que fuera Gonzalo Arango). Este cuaderno, más tarde, pasaría a ser parte de su segundo y único libro, El transeúnte (Bogotá, Ministerio de Educación Nacional, 1964), hoy con siete ediciones (Bogotá, Norma, 1999), ésta última ya no con los 38 poemas de 1964, sino con 66 poemas en total. El silencio no había sido en vano y el poeta, entre cables de prensa y reseñas de libros, había aprendido y sacudido el espíritu de las calles, el dolor de los hombres y la inminencia del tiempo. Sencillo, audaz, sensible, irónico, alegre y reflexivo, pundonoroso, parco y asombrado, Rogelio, el transeúnte, llegará esta noche, 19 de marzo de 2009, al Gimnasio Moderno (Carrera 9 No. 74-99), al borde de sus 83 años, repitiendo los versos de su poema legendario, “El transeúnte”: “Todas las calles que conozco/ son un largo monólogo mío”, “son un largo gemido/ todas las calles que conozco”.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

El poeta estaba entre paneles, hojas viejas, libros y teléfonos. La Redacción era un caos, era un silencio. Así lo vi, muchas tardes, muchas noches. Me sorprendió descubrirlo entre afanes y rutina, por allá, tal vez en el 86, en El Tiempo, a El Transeúnte, amable y "metido" de lleno en los párrafos, pendiente de la nota cultural. Pero más me sorprendió verlo después por la séptima, por El Automático, entre cafés y poetas, igual de tranquilo, ya jubilado, con su poema Los Jubilados,y entonces, por primera vez lo ví sonreír, como seguro lo hizo en el Gimnasio Moderno, el eterno transéunte.

Con admiración y respeto, a nuestro poeta, desde la distancia

hugo montero

Isaías Peña Gutiérrez dijo...

Hugo ha recordado uno de los bellos y más sensibles poemas de Rogelio, "Los jubilados". Pero es que así son todos sus pocos poemas.