domingo, 28 de diciembre de 2008

Un poema de César Vallejo

Piedra negra sobre una piedra blanca

Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París –y no me corro-
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.

César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro

también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos…


César Vallejo murió en París el 15 de abril de 1938, hace 70 años. Este soneto, de su libro Poemas humanos (1923-1937), siempre será admirable en un vanguardista. No importa que la prensa no sólo le siga dando con la soga, sino que lo tenga colgado. [Tomado de Poesía completa, publicado por la Editorial Arte y Literatura, con estudio crítico de Raúl Hernández Novás, de Casa de las Américas, La Habana. En la portada, dibujo de Vallejo por Picasso, en 1936].

miércoles, 24 de diciembre de 2008

Nochebuena vs. Navidad

En realidad de verdad, nosotros poco hablábamos de la Navidad. En el sur del sur, donde quedan pueblos que incluso no figuran (o no figuraban) en el mapa de Colombia, como Saladoblanco o Pitalito, nosotros hablábamos de Nochebuena. Y la noche era buena porque se hacía un dulce en abundancia que tenía ese nombre, Nochebuena, con muchas cosas a la vez, algunas de ellas en extinción, como el higuillo. A esos frutos -la papaya, la papayuela, el limón verde sin carnadura, o la cáscara de naranja, y la regia breva o higo- se le añadían otras especies con base en arinas de maíz o de trigo, que también se melaban en miel de panela. Se le agregaba queso o cuajada. Y se bajaba encima del asado del sur del Huila, distinto a los del norte (nada de lechona). Se me escapan otros nombres, porque en cada casa a la Nochebuena se le ponían más ingredientes. Ni la natilla, ni los buñuelos del altiplano, eran esenciales. A veces, también, se colocaban, porque la gula del dulce de la Nochebuena era ilimitada. Todavía en los exámenes clínicos no aparecían los triglicéridos. No se conocía esa palabra. Lo importante era comer esa dulzura que era la Nochebuena, que duraba no sólo el 24 de diciembre por la noche, sino unos días antes y, por lo menos, una semana más.
La Navidad, es decir, el nacimiento, se remitía al encanto de los regalos que le ponían a uno debajo de la almohada, cuando uno se dormía profundo después de haber corrido fantasmas en la noche. Poco existía Dios en esos rituales. En eso, Fernando Pessoa, en su poema "Navidad", que tradujo Héctor Abad y publicó hoy 24 de diciembre en El Espectador, pareciera interpretarnos a los del sur con su especial escepticismo. "No persigas ni creas: todo está oculto". Detrás de la Navidad, para nosotros, en mi casa de la finca "La Batalla", que dirigía ese escéptico de izquierda que fue mi padre, siempre prevaleció, escondida, oculta, la Nochebuena, sin que se le negara -prohibido prohibir- posada al pesebre y a las músicas paganas que siempre incitaban a la extensión de los mitos y los ritos.
A todos, entonces, gracias por acompañarme, y les deseo una buena Nochebuena, y me guardan un poquito, por favor.

domingo, 21 de diciembre de 2008

Un poema de Carlos Martín

Otoño

Arregla los papeles. Es ya tiempo. No temas
al rigor del invierno. Aún hay fuego. Arde
un rescoldo de amor y al fulgor de la tarde
nacen aún los besos, los poemas.

Después de todo, mira, no importa, hemos vivido
al borde cotidiano del asombro,
una mirada basta, la voz con que te nombro
basta para olvidar la muerte y el olvido.

¿Para qué regresar en busca de la aldea
natal? El tiempo pasa. Si abres la ventana
de nuevo nace el mundo. Déjame que te vea
a la orilla del alma, real, mía, cercana.

Somos hambre, penumbra, testimonio de seres,
nada nos pertenece, somos rumor profundo
del prodigio que pasa. Escúchame, no esperes
nada más. Mira. Ama. Despídete del mundo.

El 13 de diciembre de 2008, en Tarragona (España), murió el poeta colombiano Carlos Martín (1914). Había nacido en Chiquinquirá, pero no parecía boyacense (me refiero al estereotipo que crean las gentes). Desde muy joven (en 1961) se radicó en Holanda, invitado por la Universidad de Utrech, donde siempre dictó literatura latinoamericana. Era el más joven –y tal vez el más jovial- del grupo de escritores, poetas, de la llamada Generación de Piedra y Cielo. En alguno de sus últimos viajes a Bogotá, la Universidad Central y un grupo amplio de escritores y profesores, le ofrecimos nuestro afecto. Carlos Martín sonreía. Sabía agradecer. Y como en su poema “Otoño”, sabía que el tiempo pasaba y que apenas somos el rumor profundo del prodigio que pasa. Le daba lo mismo Colombia que Holanda o España. Ahora, acaba de despedirse del mundo para abrir otra ventana (como las de Windows).
[El poema “Otoño” fue tomado de la Antología de la poesía colombiana, de Rogelio Echavarría].

sábado, 20 de diciembre de 2008

Un cuento de Gustavo Tatis Guerra

El vacío
-¿Qué hago con el vacío? –se preguntó Dios viendo el infinito que se derramaba debajo de sus párpados de muchacho atareado.
-Darle forma –dijo una voz que empezó a resonar dentro de él mismo como un eco. Una voz que se hizo tan suave y penetrante como un cuchillo. Luego, comprendió que era su propia voz al encuentro con el vacío.
-No dejes que el vacío devore las formas del universo. No dejes que la muerte sea el vacío, sino el vacío la otra forma de la vida que multiplica los vacíos. Para que entre uno y otro, no haya lugar para el vacío.
Desde que Dios empezó a juntar vacíos, nada se detiene.
El vacío empezó a ser habitado por el deseo.
Rubén Darío Otálvaro seleccionó los cuentos, escribió el prólogo y las notas bibliográficas de esta Antología del cuento corto del Caribe colombiano, publicada por la Universidad de Córdoba en 2008. Son cien cuentos que abarcan el minicuento o minificción y el cuento corto o breve. De sus cien autores, algunos se dedican de manera especial a este sub-género narrativo; los demás son narradores de largo aliento que también escriben cuento corto. Están los escritores reconocidos en el Caribe colombiano; y los nuevos. Para comenzar esta nueva sección dominical del blog "Escribir como un loco", tomo un poco al azar el cuento del poeta y periodista Gustavo Tatis Guerra (Sahagún, Córdoba). Es una lástima que el antologista no haya dado las fechas de nacimiento de los autores.

martes, 16 de diciembre de 2008

Ignacio Padilla ganó el Rulfo de cuento


Alguna vez le pregunté a Pedro Ángel Palou García cuál había sido el sentido del Manifiesto del Crack y a esas alturas qué pensaba del grupo que había conformado con Ignacio Padilla (1968), Jorge Volpi, Eloy Urroz y Ricardo Chávez. Me dio la impresión de que ya el grupo no existía como tal. Y es que el manifiesto había sido casi un anti-manifiesto y el grupo un anti-grupo. La palabrita –que en Colombia da otra idea- sólo decía de un rompimiento. Y todos ellos apuntaron afuera. Nada de boom, nada de revolución mexicana, nada de realismo mágico. Y cada uno comenzó a fajarse con otras latitudes en todos los sentidos. Por un lado, era como si se hubieran anticipado en 1996 a la globalización, y por otro, se atrevieron a pensar más en lo histórico mundial, en lo policíaco y género negro, en lo fantástico y ciencia ficción, y se pasearon por todos los géneros, narrativa, cuento, literatura para niños y jóvenes, ensayo y teatro. Se pusieron un poco pesados, dijeron algunos. En busca de Klingsor, de Volpi, y Amphitryon, de Padilla, premiadas en el 2000, por Seix Barral y Espasa Calpe, respectivamente, no se leen como “Luvina”.
Ahora mismo, Ignacio acaba de ganarse cuatro premios, con el remate del Juan Rulfo, que ha compartido con el cubano-estadounidense Jorge Dávila Miguel, quizás para frenar las críticas a su frustrada dirección de la megabiblioteca “José Vasconcelos” en ciudad de México. Los dos cuentos ganadores se llaman: “Los anacrónicos”, de Padilla y “La mensajera”, de Dávila. (Padilla venía de presentar en Guadalajara otro libro de cuentos, El androide y las quimeras). Pero el crack no para, y a pesar de las ínfulas sigue convenciendo a los jurados. Ignacio Padilla (foto, El Economista.com.mx) ya había sido Premio Juan Rulfo en la categoría de primera novela. Nos queda leer su cuento, si es que llega, porque en eso el Rulfo cojea y a veces no llega.

lunes, 15 de diciembre de 2008

Un poema de Luis Suardíaz

Cura de caballo
Para que salga de su melancolía el animal
se le baña con ensañamiento
desde los belfos a la luna casi llena de los cascos.

Las ramazones, los guijarros trazaron cangilones desiguales
en el trapecio, la grupa, las coronas y en ellos entró con rapidez el foete.

Para que despeje los agrios olores del monte,
se le baña de norte a sur y se le aplica el fuego en sus dolores.
Es una ciencia aguda, una cura bárbara
que despliega una herida grande sobre las muchas heridas imprevistas.

Sus ojos de gente en agonía ven llover los ásperos remedios.

Para salvar al animal, para que vuelva entero a los peligros,
de nuevo a los arroyos, de nuevo a la rosa de los vientos.
Para que monte en pelo la aventura en su lomo, para que no haya lejanías
más duras que sus ancas.

La cura es un dolor desnudo y es un rayo
que alza en dos patas la bestia y le hace morder y cargar contra el viento.

La cura pone su galope en el vacío y una creciente espuma tibia
en sus ollares.

Para que se enderece el animal,
para que brillen sus ijares y vuelva entero a los caminos.
Luis Suardíaz
Cuba, 1936-2005
(Agradezco el envío del poema al narrador, poeta y ensayista,
Omar González, actual director del ICAIC)

viernes, 12 de diciembre de 2008

Teatro Bogotá: de la X a la O

Le Clézio llamó a su "discurso" en la Academia Sueca "En el bosque de las paradojas". Y así nos sentimos quienes asistimos el miércoles 10 a una sesión pre-inaugural del Teatro Bogotá, hace unos años dedicado al cine X y ahora convertido en una sala musical y de teatro. Y lo que son las paradojas de la vida. Hace unos años, cuentan quienes asistieron a sus funciones continuas de cine porno, le apagaban a uno los cigarrillos en la espalda. En esta ocasión, en un bello teatro, rescatado y transformado por la Universidad Central, al lado del emblemático Teatro Faenza, nos sentamos en su nueva silletería, y ya los cigarrillos no estaban en nuestra espalda, sino allá al frente, como parte de la idea central de la obra que cantaban y actuaban los integrantes del Taller de Ópera de la Universidad Central, que dirige Sarah Cullins, "Il segreto de Susanna", del italiano Ermanno Wolf-Ferrari (1876-1946) (foto), donde liquidaron casi un paquete para poder solucionar el argumento de la obra, que anidaba en la ambigüedad provocada por los celos y los cigarrrilos. La gente se divirtió y rió a montones, y todos gozamos con las voces de estos jóvenes que ya comienzan a copar los demorados escenarios -en Colombia- del canto lírico, acompañados por el pianista Alejandro Roca. En la primera parte del programa habían presentado el Acto I de La Golondrina de Giacomo Puccini, con lo cual no sólo habían puesto a prueba sus excelentes voces, sino la excelente acústica de la nueva sala. Los cito a todos porque en unos años serán parte de la historia de este Teatro Bogotá (Calle 22 No. 5-66), que ha pasado de la X a la O de ópera y de omega cultural y artístico: Narda Muñoz, Juliette Vargas, Camilo Colmenares, Germán Cruz, Fernando Caro, Ana María Ruge, Dennise Cepeda, Luis Alejandro Vargas, Pablo Gómez, Christian Correa, Marco Antonio Gualdrón, Francis Diaz (asistente repetidor), Álvaro Franco (director escénico), Adán Martínez (maquillaje).
La calle 22. entre 5a. y 7a. de Bogotá, se convirtió en la Calle de los Teatros (al frente están el Teatro México y el Azteca, todos de la Universidad Central), como se lo imaginó en sueños el rector Guillermo Páramo. Con la ayuda del gran arquitecto, como dirían los hermanos, Jairo Novoa y su equipo de trabajo.

jueves, 11 de diciembre de 2008

El discurso de Le Clézio


Se supone que los ganadores del Premio Nobel -creo que la Academia así lo tiene dispuesto- asumen que el de Literatura los representa el día de la entrega. Y, la verdad, es que los señores ganadores del Nobel de Literatura, cada uno, cada año, lo que hacen es representarse a ellos mismos. Ese día, ellos hacen el resumen de su vida a través de la literatura. De tal manera que, al final, esos discursos se convierten en sus propias poéticas. Que, a la postre, podrían representar los intereses del género humano, en general. Por eso, Gonzalo Márquez Cristo decidió publicar en varios volúmenes los discursos de los Nobel de Literatura, muy útiles entre nosotros, en Colombia, donde jamás la prensa les para bolas (al contrario de lo que sucede en España y otros países).
Este año, Le Clézio comenzó su "discurso" preguntándose por qué escriben los escritores. Elemental, mi querido Watson. Y ahí soltó su poética. Recuerdo mucho la historia de la maleta de los libros de Pamuk. Tal vez ustedes recuerden otros discursos memorables. Por lo pronto, no me resigno a dejar pasar en limpio siquiera una página de Le Clézio:
¿Por qué escribimos? Imagino que cada uno de nosotros tiene su propia respuesta a esta simple pregunta. Se tiene la predisposición, el ambiente, las circunstancias. También las carencias. Si estamos escribiendo, significa que no estamos actuando. Que nos encontramos en dificultad cuando nos enfrentamos con la realidad, y por tanto hemos escogido otra forma de reaccionar, otra forma de comunicarnos, una cierta distancia, un tiempo para la reflexión.
Si examino las circunstancias que me inspiraron para escribir (y esto no es una mera autoindulgencia, sino un deseo de precisión) veo claramente que el punto de inicio de todo eso para mí fue la guerra. No la guerra en el sentido de un tiempo específico de un gran levantamiento, donde eventos históricos son experimentados, como la campaña francesa en el campo de batalla en Valmy, como lo cuenta Goethe desde el punto de vista alemán y mi antecesor François desde el punto de vista de la armée révolutionnaire. Ese debió haber sido un momento lleno de exaltación y patetismo. No, para mí la guerra es lo que los civiles experimentan, especialmente los niños más pequeños. Ni una sola vez la guerra me ha parecido un momento histórico. Teníamos hambre, estábamos atemorizados, teníamos frío, y eso era todo. Recuerdo ver pasar las tropas del mariscal de campo Rommel bajo mi ventana mientras se dirigían hacia los Alpes, buscando un paso hacia el norte de Italia y Austria. No tengo un recuerdo particularmente vivo de ese momento. Sí recuerdo, a cambio, que durante los años siguientes a la guerra, carecíamos de todo, en particular de libros y materiales de escritura. Debido a la falta de papel y tinta, hice mis primeros dibujos y escribí mis primeros textos en la cubierta trasera de los libros de racionamiento, usando lápices azul y rojo de carpintero. Esto me dejó cierta preferencia por el papel tosco y los lápices ordinarios. Debido a la falta de libros infantiles, leía los diccionarios de mi abuela. Eran como una maravillosa puerta de entrada, a través de la cual me embarcaba en el descubrimiento del mundo, mientras me asombraba y soñaba al ver las ilustraciones, y los mapas, y las listas de palabras desconocidas

(Traducción del inglés: Tamara Peña Porras).

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Guillermo Páramo habló de Levi-Strauss

Después de terminar, en 1970, Sociología en la Universidad Nacional de Colombia, donde tuvo como profesores a Darío Mesa y a Ernesto Guhl, pasó becado, en la década del 80, a hacer sus postgrados en la Universidad de Chicago y en The London School of Economics, donde se consagró con su investigación Lógica y cosmografía de los tucano. Antes en la Universidad Nacional había investigado sobre Modelos lógico matemáticos para el tiempo en las ciencias sociales, tema que sigue tentándolo. Sobre La lógica del rito trabajaría al final de los ochentas en Londres y luego en Bogotá. A estas alturas –un poco antes de ser rector de la Universidad Nacional- ya Guillermo Páramo Rocha (foto, óleo de Fernando Sánchez Torres) era un Maestro que, sin hacer ninguna ostentación, competía con las investigaciones de Claude Levi-Strauss.
Ahora, el lunes 9 de diciembre, él nos invitó para que recordáramos que el científico franco-austriaco había cumplido felices 100 años de vida y, de paso, con su maestría expositiva, nos enseñó el pensamiento del autor celebrado. Pero pasó algo muy importante para nosotros. El Maestro Páramo contó con testimonios en pantalla –esta vez lo dijo al final como quien se lo cuenta a sus amigos más cercanos, y un poco apresurado, para que nadie lo notara- que una de las investigaciones hechas por Levi-Strauss, él la había desarrollado y concluido antes con el apoyo de las matemáticas que no manejaba Levi-Strauss. (La conferencia, siempre magistral, será editada en video para el próximo año).

lunes, 8 de diciembre de 2008

Ganadoras del Reality Literario "Tinta & Tele"

Daniela Maldonado (en el grupo, primera a la derecha), Natalia Aguilar (en el grupo, segunda de derecha a izquierda, y segunda foto) e Ingrid González (en el grupo, arriba, segunda de derecha a izquierda, y última foto), muchos años después de la publicación de esta nota, frente al pelotón de fusilamiento de la crítica literaria –si todavía existe-, podrán decir, nosotras comenzamos como escritoras una tarde de sábado, el 6 de diciembre de 2008, en la Biblioteca Virgilio Barco, cuando un jurado compuesto por Ricardo Silva, Jorge Franco e Isaías Peña G., corrieron el riesgo de declararnos ganadoras del primer Reality Literario organizado por “Tinta & Tele”, una locura literaria de los jóvenes escritores Jairo Andrade y Oscar Pantoja, que llevaron a cabo con el apoyo de otros escritores, Oscar Godoy, Catherine Moreno y Nathaly Díaz.

Daniela con “Ojos que no ven”, Natalia con “Quinto mandamiento” e Ingrid González con “Acerca de cortar carne”, barrieron con los premios. Sin saberlo, dimos una mención de honor –el gol de la honrilla- a “La entrevista”, del único hombre, Moisés Lasso. El computador para el primer premio y las becas para cursar el Taller de Escritores de la Universidad Central, me parece, teniendo en cuenta sus edades y la gran calidad de los cuatro cuentos, se quedaron cortos. Pero lo importante será verlos dentro de diez años, o antes, escribiendo el país, las dificultades y las facilidades del mundo.

La experiencia del reality se hizo con el canal 13 de televisión. Fueron tres cortos meses en que ellos con los coordinadores, con los talleres, las votaciones del público y los fallos del jurado, después de pasar por el cuento urbano, de ciencia ficción y de género negro –y con el aplauso de sus amigos de colegios, con sus padres y madrinas-, culminaron un ajetreo extraño que los llevó a inventarse lo que jamás habían soñado.

viernes, 5 de diciembre de 2008

Cuentos de Rubem Fonseca




En 2003, cuando en México, todavía, el premio se llamaba Juan Rulfo, se lo dieron al brasileño Rubem Fonseca. Era una manera de celebrarle sus 40 años de oficio –El gran arte, como el de matar, otra de sus grandes novelas-, iniciado con sus cuentos Los prisioneros. Después ha sido un lugar común hablar de sus bondades como narrador en el género negro –muy a lo brasileño, es decir, muy a su manera, a pesar de sus lecturas de Poe, Joyce o Chandler, incluso muy en contra de todo lo que se había hecho en Brasil, pero sí continuando la tradición de la irreverencia y la vanguardia de la Semana del Arte de 1922-. Y uno sólo quisiera que su maestría para invertir valores, que sus diálogos cinematográficos, que el aprovechamiento de la violencia social y la fusión de ésta con las vidas de pobres y ricos, se entendiera entre nosotros que tenemos tanta violencia negra, sórdida, capitalizada por culebreros, farsantes y cínicos. Es extraordinaria, además, la versatilidad de Fonseca para elaborar estructuras argumentales, formales o del lenguaje, con tal de no abandonar la literatura, sin alejarse de su sociedad tan rica como perversa. Lo vemos en estos dos libros de cuentos que Editorial Norma ha editado en versión de Elkin Obregón: Pequeñas criaturas, con 30 cuentos en 342 páginas, e Historias de amor, siete cuentos donde aparece el tan citado “Carpe diem”, que comeinza: “Ya los ricos no viven en Copacabana, pero aún hay algunos apartamentos lujosos en la avenida Atlántica, ocupados por emergentes, amigos de dar grandes fiestas las vísperas de año nuevo. Es en una de esas fiestas, en un penthouse, donde un hombre, cuyo nombre aún no sabemos, se encuentra con una mujer, también desconocida, el último día del año”. Puros cuentos de Rubem Fonseca (1925).

jueves, 4 de diciembre de 2008

Fracisco José Cruz y su Palimpsesto


El Ayuntamiento de Carmona (no se si sea un descomedimiento quitarle el “Excmo.” que se usa todavía en España), en Sevilla, en la bella Andalucía, publican una revista en papel satinado, de un buen gramaje, a color, con el subtítulo de “Revista de Creación”, bajo la dirección del, también, andaluz, Francisco José Cruz, un señor poeta que hace un tiempo conocimos en la Universidad Central (venía invitado por el Festival Iberoamericano de Poesía de Rafael del Castillo). Esa revista se llama Palimpsesto, y siempre le enseña a uno cosas difíciles de saber acá en los Balcanes colombianos. Esta vez, por ejemplo, Francisco le pregunta al poeta peruano Carlos Germán Belli, por qué en pleno siglo XXI ha regresado al Siglo de Oro español, y otras tantas preguntas que juntas arman una severa clase de creación poética (para nuestros talleres de poesía que suelen ser tan monofónicos); más adelante, un poeta indígena de Guatemala –que Francisco nos había descubierto en un número anterior-, Humberto Ak´abal, escribe una informada crónica para decirnos quién fue el poeta guatemalteco Luis Alfredo Arango (1935-2001), de quien se publica una antología muy diciente (doy un ejemplo, “Lámpara”: “Ninguno ha dicho la verdad/ total,/ porque no existe./ Tenemos sólo pensamientos/ breves,/ ligeros./ De materia que/ se consume al arder…”. Selecciona (elige) a otros poetas mexicanos, canarios, peruanos, como Blanca Luz Pulido, Carlos Vitale, Rafael-José Díaz, José Carlos Cataño, Miguel Cabrera, y a una francesa que rescata del olvido, Renée Vivien (murió en 1909, a los 32 años). Pero si a uno no le gustara el gusto de Francisco y descartara todos los poemas de este No. 23, tendría que, de todos modos, guardarla porque ella está adornada con una quincena de fotos tomadas por Lewis Carroll (Alicia en el país de las maravillas), quien cumple 110 años de haber muerto. Y esa desolación de sus fotos, esa apacibilidad un tanto enfermiza de sus niñas, personajes y paisajes… ah, eso no se puede ignorar. (E-mail: franccruz@terra.es).

martes, 2 de diciembre de 2008

J. E. Rivera y Méndez Rey, por mar y aire


Trato de resumir lo que es, sin dudas, el guión de una película de aventuras. José Eustasio Rivera, en el Park Inn Hotel de Rockway, despide el 23 de noviembre de 1928 al piloto Benjamín Méndez Rey, con estas palabras: “Usted simboliza para mí aquel hondo anhelo de hazaña que late en el pecho de cada hombre, la aspiración a lo extraordinario, el ansia de señalar con una proeza memorable la trayectoria de nuestra vida efímera”. Esa ansia para el piloto del bimotor “Ricaurte”, era llegar en 40 horas de Nueva York a Bogotá; para Rivera era publicar la edición en inglés de La Vorágine, sacar en Nueva York la quinta edición definitiva y producir la película (por su puesto, no lo dijo esa noche). Méndez voló a Jacksonville, La Habana, Puerto Barrios (Guatemala), Puerto Caleta (donde calculan mal la gasolina) y Bluefields (Nicaragua). Al acuatizar en Colón (Panamá), las olas del mar le desbaratan un ala y un flotador; piden los repuestos a Nueva York. Es el 1º. de diciembre. Ese día muere Rivera, el hombre que lo ha despedido ocho días antes, y el 5 comienza su viaje, embalsamado, de regreso a Bogotá, por mar en el vapor “Sixaloa”. El 17 llega a Barranquilla, y todavía el piloto trata de desbararse en Panamá. El 25, después de largos homenajes, Rivera sube por el Magdalena en el “Carbonell González”. El 28 llega Méndez Rey a Cartagena (le hace los inocentes a los barranquilleros). Y el 30 de diciembre supera a Rivera con un acuatizaje donde pierde los flotadores, en Girardot. A Rivera lo retrasan los homenajes en cada pueblito que pasa (todos se dan el mea culpa). El piloto trata de llegar el 1º de enero a Bogotá, pero no sabe aterrizar y se accidenta en Flandes. En otro avión, que le presta Camilo Daza, llega al aeródromo de Madrid, Cundinamarca, el 2 de enero. Mientras tanto, Rivera va a Ibagué, a Flandes, y en tren llega el 7 de enero a la Estación de La Sabana. El 9 de enero, a medio día, lo conducen al Cementerio Central. Entonces, el piloto sobrevuela a Rivera y al desfile de las 15 mil personas que lo acompañan. Rivera le había dicho en la despedida al piloto: “Cuando, al término de la jornada, revuele su avión sobre la multitud aclamadora, y haga soplar sobre sus cabezas el aire de las alturas, esté seguro de que esa misma onda llegará hasta nuestros pechos, como si el Ricaurte fuera descendiendo sobre nuestros brazos”. Era cierto. Fue cierto. Y es una película. El piloto demora 40 días; el poeta embalsamado demora 40 días.

lunes, 1 de diciembre de 2008

La Vorágine, libre




Cada vez que se cumplen 80 años de la muerte de un autor, las editoriales y los editores no solo conmemoran el aniversario, sino que lo celebran. A partir de esa fecha dejan de tener vigencia los derechos de autor sobre toda su obra. Y eso es lo que pasa hoy 1º. de diciembre de 2008 con los libros de José Eustasio Rivera, Tierra de promisión y La Vorágine. Porque Tacho, como se le decía entre sus familiares, murió en Nueva York, hoy hace 80 años, en el apartamento de la calle 73, a causa de sus misteriosos dolores de cabeza y de altas fiebres.
A esa fecha, había aparecido la quinta y definitiva versión de La Vorágine, corregida una y otra vez, alguna vez con el apoyo del Maestro, entonces joven, Rafael Maya. La había escrito entre el 22 de abril de 1922 y el 21 de abril de 1924, y su primera edición había salido a las librerías el 24 de noviembre de 1924, día del natalicio de su madre, Catalina Salas. Comenzó a escribirla en Sogamoso, la continuó mientras hacía parte de la Comisión de Límites con Venezuela (en caliente, como se dice ahora), en San Fernando de Atabapo, Yavita y Maroa, y la terminó en Neiva. De su quinta edición, curiosamente, Rivera, una semana antes de su muerte, le había enviado al presidente de la república y a la Biblioteca Nacional sendos ejemplares con el piloto que emprendería el primer vuelo entre Nueva York y Bogotá. Ninguno de los dos sabían –ni Rivera, ni Méndez Rey- que a partir de ese momento, ambos, emprenderían una increible carrera entre la vida y la muerte, de la cual hablaré mañana en este blog. (Foto: Rivera en ciudad de México, en 1921, siete años antes de morir).