viernes, 24 de julio de 2009

Saide, en Alemania e Italia

Algunos autores colombianos han comenzado a publicar sus libros en otros idiomas. Suele ser un recorrido silencioso (si se compara con las traducciones de los famosos, que siempre son noticia, no se por qué). Por ejemplo, Octavio Escobar Giraldo, cuentista y novelista, pronto director de un Taller de Escritores en Manizales, vió hace poco la traducción de una de sus primeras, y más exitosa, novela, Saide, en alemán e italiano, con las editoriales Lateinamerikaverlag y Edizione Estemporanee. Para la muestra, aquí los dejo con sus portadas, y un artículo sobre la misma novela, editada también en España, del profesor Alberto Moreiras (Universidad de Abeerden), publicado en la revista Archipiélago, No. 77/78.

Saide, de Octavio Escobar Giraldo,
Premio Crónica Negra Colombiana.
Cáceres: Editorial Periférica, 2007. 152 páginas.
La distinción convencional es que en una novela de misterio la trama está orientada hacia la resolución del crimen, y en un thriller el crimen mueve la acción. La novela negra participa en medida desigual de ambos recursos. En el caso de Saide el crimen ha ocurrido ya, antes de la narración. Se trata de un doble asesinato en el que mueren ametrallados Saide Malkum y su acompañante, un tal Carlos Patiño, hombre de poder del que consta su relación con medios criminales. El elemento de thriller viene dado en la forma narrativa, pues el lector no sigue la resolución de un crimen, sino que asiste más bien a su desvelamiento. No hay detective, sólo el relato de un proceso que incluye información sobre muertes queridas.
El narrador comienza su historia dando noticia de un caprichoso viaje en barco desde Buenaventura, población colombiana de la costa del Pacífico, hacia Juanchaco y las playas de Ladrillero y La Barra. El doctor Díaz-Plata promete al narrador que le contará qué pasó con Saide si accede a acompañarlo. Díaz-Plata refuta la tenue alegación resistente del narrador: “el trabajo no es una cosa tan seria. Importan más la amistad, el amor, la camaradería; para eso trabajamos, para el ocio. Por favor, mi joven amigo, acepte usted la invitación.” Se explicita así un factor esencial de toda novela negra que se precie: la vida se juega más allá del cálculo. En esa medida el narrador debe combatir lo incalculable, o sucumbir a ello, echando mano de cualquier fuerza estoica o resignada que sus hados le hayan deparado. No hay novela negra sentimental. Al mismo tiempo, toda novela negra rompe el corazón.
Avanza el relato. El lector sabe que Díaz-Plata revelará qué pasó con Saide. El narrador narra el proceso de esa revelación, y por qué le importa. Él administra en la pequeña ciudad, apenas hace unos meses, entre palmeras, mar, y “la mugre del día,” una desventurada oficina de Correo Total, de la que espera largarse pronto. Fracasó en la radio bogotana como locutor, y no es que ahora se esté matando de trabajo. Sus dos asistentes, dice, “cumplían a la perfección mis obligaciones,” y así él tiende a pasar los días entre el restaurante que atiende su amante de ocasión, Melva Lucy, y la cama con ella, y las noches en El Sello Negro, ingiriendo whisky con su ex-colega Bernal. Ambos comparten un piso con poca ventilación y congenian “como dos viejas chismosas.”
En la oficina conoce un buen día a Saide, que está remitiendo un envío a algún lugar de Estados Unidos. Poco después la encuentra de nuevo, mientras fuma un cigarrillo a la espera de que se resuelva un largo atasco en la carretera de Cali. El atasco persiste, y Saide invita al narrador a pedir asilo con ella y el chófer en la finquita cercana de un amigo. Esa madrugada, el desvelado narrador ve secretamente a Saide nadar, ligera, desnuda y ensimismada, en la piscina. Habrá un tercer encuentro, un viernes en Correo Total, y la promesa de un almuerzo para el lunes. Pero el lunes la noticia del doble asesinato aparece en los periódicos.
La economía narrativa es notable. Incluso noticias insistentes sobre la relación hostil entre el narrador y su padre acaban señalando por qué los intereses anímicos del narrador no buscan si no lo que buscan, si “buscar” es la palabra. Circulan deseo y placer de forma primaria, intensa, y a la vez tenue. El narrador y Bernal y Melva Lucy son normales, honrados, sin más pretensión que ir viviendo de la mejor forma posible. Pero hay también pasión obscena y posesiva, y el mundo de Aguasblancas, origen de Saide, revela el entramado siniestro de la corrupción por dinero y poder, de la disolución de las viejas costumbres sin las cuales no habría novela alguna. El abismo del que la novela negra vive—la novela negra es siempre catástrofe de la novela en cuanto tal—aflora en el lugar que produce a Saide.
El momento de reconocimiento en la fascinación erótica del narrador viene acompañado de la música de los grandes éxitos de Raphael, al que pronto sin embargo se le hace “cerrar el pico.” El humor acompaña la austeridad medida de una narración escueta, que asciende con soltura hacia un climax atroz, sólo vagamente predecible en relectura.
Saide, como otras obras maestras del género, es también un cuento de amor, del rango del clásico El complot mongol, del mexicano Rafael Bernal, homenajeado quizá en el nombre del amigo del narrador. Tiene la precisión literaria y el brillo lúcido de otras joyas de la narrativa negra latinoamericana, como la reciente Un dulce olor a muerte, de Guillermo Arriaga, o la más antigua y mayor Morir en el Golfo, de Héctor Aguilar Camín.
Alberto Moreiras
Agosto de 2007

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