"Lecturas Dominicales": 100 años
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Eduardo Mendoza Varela |
En 1964, salí del sur del Huila a
estudiar en Bogotá. Por lo remoto, desconocido y frío, me pareció que llegaba
al Polo Norte. Sin embargo, desde Pitalito y Garzón, yo había cultivado en mi
bachillerato una amistad que sería mi salvación en Bogotá: los suplementos
literarios dominicales. Más que los libros, que nunca llegaban, fueron los
suplementos literarios de El Espectador
y El Tiempo, las fuentes intelectuales
de toda mi generación (años 60 y 70). Y eso fue posible porque ellos (incluido
el de El Siglo) eran unos señores
suplementos. Y no es cosa de nostalgia. Es que –como lo han recordado Enrique
Santos Molano y Daniel Samper Pizano-, con motivo de los cien años de “Lecturas
Dominicales” de El Tiempo, en ellos
se debatían los grandes temas intelectuales y literarios del mundo. Un solo
ejemplo. Yo conocí a Alfonso Reyes, el gran maestro mexicano de todos los
tiempos, no por sus libros, sino porque en “Lecturas Dominicales” aparecían sus
ensayos. Los grandes escritores latinoamericanos, europeos y norteamericanos,
de mediados del siglo XX, eran sus colaboradores. De José Eustasio Rivera, en
los años 20, al exótico movimiento Nadaísta, en los 60, tanto el “Magazín” como
“Lecturas”, fueron pilares básicos para sus contiendas intelectuales.
Pensamiento y creación literaria nunca se excluyeron. Lo digo porque, en este
momento de balances, es bueno decir que, de pronto, en Colombia, algunos
directores de periódicos decidieron pensar que la literatura no vendía, que la
gente no leía, si se publicaban cuentos o poemas o ensayos. Y los suplementos
dominicales se vinieron abajo. Y fue sólo en Colombia.
Ahora, vuelvo atrás para recordar
con inmensa gratitud las veces que los directores de “Lecturas Dominicales” le
abrieron las puertas a este amigo cerrero de los suplementos dominicales. A Eduardo
Mendoza Varela, poeta, traductor, columnista literario (un género que
desapareció), quien me permitió debutar como escritor a nivel nacional, sin
pensarlo, cuando publicó mi primera entrevista literaria el 27 de agosto de
1967; a Enrique Santos Calderón, quien me publicó en los 70 entrevistas con
escritores desconocidos con la promesa de que no lo serían después, como
Alfredo Bryce Echenique; a Carlos J, Villar Borda, quien me permitió hacer una
columna de crítica literaria latinoamericana, y, finalmente, a Roberto Posada
García-Peña, quien me acolitó, de 1982 a 2001, sin interrupciones, hacer en “L.
D.” una columna semanal. Por eso, a los nuevos dueños de El Tiempo, en los 100 años de “L. D.”, lo único que se les debe pedir
es que volvamos pronto al suplemento que fuera la vitamina básica y esencial de
los lectores jóvenes y viejos de Colombia, porque hoy “Lecturas Dominicales” pasa por una penosa crisis. Debe volver a ser semanal, por
ejemplo.
(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 9 de noviembre de 2013)
(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 9 de noviembre de 2013)
Su escrito es muy real, es concreto y muy objetivo. Con la globalizacion desaparecio hasta el derecho a la salud, a la vida, todo se comercializo, y la literatura que era algo hermoso, que no necesito esas generaciones de alucinogenos para escribir, ni inspirarse o elaborar ensayos basandose en otros escritos. Era el conocimiento con la lucidez de mentes sanas.
ResponderEliminarHermosa nota, Isaías.
ResponderEliminarPablo Di Marco
Lástima que en este país nadie se conmueve por nuestra cultura pasada ni presente. Se requiere que se presente un desastre natural o humano para que la sensiblería del pueblo colombiano pueda pellizcarse.
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