
Había invitado a los escritores Mario
Barrero y Alfredo Laverde para que me acompañaran en la entrevista que le haríamos
al novelista argentino Federico Andahazi, de visita a Bogotá en 2001, con
motivo del lanzamiento de su última novela sobre el poder, El Príncipe. Siempre he apreciado de manera muy especial a los
escritores argentinos y esa grabación la utilizaría en un evento público de la
Universidad Central. (A los escritores argentinos en colectivo, ya que no se lo
han dado a nadie en particular, debieran darles un Nobel de Literatura,
simbólico). La entrevista fluía con interés por distintos problemas de la
literatura latinoamericana y Federico Andahazi (Buenos Aires, 1963), autor,
entonces, de obras reconocidas como El
anatomista, El árbol de las
tentaciones y Las piadosas,
hablaba de manera discreta y certera. De pronto, yo me devuelvo en el tiempo y
le recuerdo una polémica de los años sesentas relacionada con los escritores
que superaron la importancia del argumento y se posesionaron del lenguaje
literario como eje central de su narrativa. (Tema revivido por estos días con
los 50 años de Rayuela, cuando
algunos han vuelto sobre Néstor Sánchez). Y para continuar la entrevista, se lo
comento a Andahazi porque después del 90, los escritores como él, recuperaron y
volvieron a visibilizar las historias y los argumentos en sus obras, sin
abandonar, por supuesto, la artisticidad del lenguaje. Es el momento en el que se
me vienen a la cabeza las novelas de Néstor Sánchez, donde bajo la sombrilla “experimental”,
“vanguardista”, quizá “noveau roman”, muy de los años sesentas y setentas y muy
a lo Cortázar o superándolo, había escrito novelas como Nosotros dos (1966), Siberia
blues (1967) y El amhor, los orsinis y
la muerte (1969). Y para darle el ejemplo de un autor en particular,
explorador del lenguaje en los sesentas, le digo a Federico Andahazi, con el
duende de la ambigüedad que siempre utilizo en mis sesiones con los
estudiantes: “Había un escritor argentino o mexicano, creo que era argentino,
que era Néstor Sánchez…”. Y Federico, que venía sosegado en la entrevista, de
repente, me interpela para aclararme de manera categórica, “…creo que es
mexicano”.
La entrevista la pasamos en un acto
público, una semana después, en uno de los teatros de Universidad Central, sin
editarla. Cuando Andahazi me corrije, el público suelta una carcajada que
todavía escucho. Yo no me río y caigo en doble depresión: ni Federico Andahazi,
el gran escritor argentino, ni mi joven público literario en Bogotá, en 2001, ya
no saben quién es Néstor Sánchez. (Murió dos años después). Pienso: con razón
la última novela de Sánchez la llamó La
condición efímera (1988).
(Publicado en Diario del Huila, Neiva, el 29 de junio de 2013)
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