Gustavo Tatis y Gardeazábal celebran
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Álvarez Gardeazábal (Foto: El Universal) |
Gustavo Álvarez Gardeazábal: magia y
vigencia de un patriarca.
Por GUSTAVO TATIS
GUERRA
[En El
Universal de Cartagena, Colombia, del pasado 6 de diciembre de 2020, apareció esta
entrevista, así titulada, escrita por el narrador, poeta y pintor, Gustavo
Tatis Guerra, que ahora reproduzco. Recuerdo la primera entrevista que le hice
a Gustavo cuando él comenzaba, pero ya era una figura literaria en el mundo,
que publiqué en Vanguardia Dominical, de Vanguardia Liberal, en
1972, cuando la dirigía Jorge Valderrama Restrepo, en Bucaramanga. Brillante,
polémico y, como casi siempre, acertado en sus opiniones. Estamos a 50 años. Y
ahora él celebra y lo celebramos en sus 75 de edad y 48 de la publicación de su
novela Cóndores no entierran todos los días. Por eso, me parece oportuno
reproducir la entrevista de Gustavo Tatis Guerra en mi blog Escribir como un loco. Gustavo Álvarez Gardeazábal cumplió años el pasado 31 de
octubre.]
Es un patriarca de la novela colombiana y un mito verdadero y viviente de
la literatura. Un hombre que amanece para escribir, opinar y denunciar. Y
cuidar de sus gansos y sus orquídeas. Su arte narrativo sobrepasó el medio
siglo de creaciones, desde 1965, con su primera obra publicada, y desde 1971,
consagrado mundialmente por su legendaria novela Cóndores no entierran
todos los días, que festeja cincuenta años como si acabara de escribirse,
un clásico nacional llevado con éxito al cine y una de las novelas más leídas
por las nuevas generaciones, traducida y estudiada en las universidades del
mundo.
Es Gustavo Álvarez
Gardeazábal (Tuluá, Valle del Cauca, 1945), autor de diecisiete novelas, y más
de otra docena de libros de cuentos, ensayos y artículos de opinión. Premiado y
celebrado, mordaz y contestatario, apasionado e implacable en la búsqueda de
las verdades ocultas de las regiones y el país, es, sin duda, una conciencia
viva, visionaria, y una criatura obstinada en su vocación de crear ficciones
surgidas de su inmersión profunda en la realidad, y en crear nuevas realidades
surgidas de las ficciones despiadadas y a la vez maravillosas que depara la
existencia. Álvarez Gardeazábal ha sido, a lo largo de sus intensos y fecundos
75 años, un hombre de imaginación pragmática, escritor de ficción, profesor
universitario, político, alcalde de su natal Tuluá y dos veces gobernador del
Valle. A través de su obra literaria, convirtió a Tuluá en un referente
nacional e internacional, y descifró los secretos y trasfondos deshumanizados
del poder y la violencia colombiana de mediados de siglo XX.
Él ha tenido el mundo en
sus manos y ha cumplido los designios de un capitán en tierra, que no le
interesa vivir en otro lugar del universo que no sea Tuluá. Y allí ha traído
como un imán a la capital del Valle del Cauca, a los personajes del mundo
literario que convocó desde la Universidad del Valle: desde el mítico Juan
Rulfo, el Premio Nobel Mario Vargas Llosa, el Premio Nobel Camilo José Cela, y
otras celebridades como Clarice Lispector, Jorge Edwards, Fernando Alegría,
entre otros. Su novela Cóndores no entierran todos los días fue
premiada en España y exaltada por uno de los jurados: el Premio Nobel Miguel Ángel
Asturias.
Todas las mañanas me
despierta Álvarez Gardeazábal con sus magistrales audios interpretativos de la
realidad nacional, que son, a la vez, un diario conmovedor de la peste que
vivimos. Con él iniciamos esta conversación.
¿Qué siente y
piensa al saber que cincuenta años después su novela Cóndores no
entierran todos los días es leída por las nuevas generaciones y sigue
siendo estudiada en universidades de Colombia y el mundo?
-Ahora, que esta pandemia
afectó de manera tan dramática la educación, la lectura de libros y las
librerías, me siento un privilegiado: ya tiene su nicho en el altar de la
historia literaria de este país.
Regresemos a
la infancia: ¿Qué imágenes y vivencias de infancia permearon su sensibilidad y
vocación de escritor? ¿Qué hay del temperamento de sus padres en usted?
-Curiosamente, mis
personajes no han sido niños. Esa deuda trato de pagarla en El papagayo
tocaba el violín, la novela que estoy a punto de terminar, donde el
narrador es un niño dotado de la capacidad de recordar desde el mismo día de su
nacimiento. Por el otro lado, la influencia de mis padres es evidente, soy hijo
de un paisa emprendedor (pleonasmo), autodidacta y como tal sembrador de
lecturas. Y de una madre artista, pintora, violinista y fundamentalmente católica.
¿Qué libros y
autores fueron decisivos en su juventud? Hábleme de algunos de ellos y a cuál
de esos libros sigue deslumbrándolo.
-Como fui precoz en la
lectura y antes de entrar al kínder (en aquella época no existían pre-escolares
ni nada de eso) sabía leer de corrido, mi padre me regaló El libro de
oro de los niños, que era una colección de seis libros con resúmenes
de todas las áreas de humanidades y, cuando los devoré, me regaló la
colección Pulga, que eran 100 libritos en tamaño enano que condensaban
de manera absurda las grandes obras literarias de la humanidad. Es decir que yo
primero me leí el resumen de las obras que después me cautivaron.
¿En qué
momento intuyó que el escenario de sus novelas iniciales sería Tuluá, su pueblo
natal? ¿Cómo recuerda al pueblo de su infancia y qué lugares de allí siguen
ejerciendo en usted una presencia misteriosa para sus narraciones?
-Cuando llegué a Pasto,
hace 51 años, la extraña lejanía que daba esa ciudad sin habernos ido de
Colombia me aumentó la nostalgia por el terruño nativo y la volví metáfora.
¿Cómo fue el
proceso de convertir personas de carne y hueso en personajes de ficción?
-Inicialmente muy fácil,
después un problema porque confundí la realidad con la ficción y más de un vivo
que yo había matado en mis novelas acudió a hacerme el reclamo. Después llegó
la Constitución del 91 y nos prohibió a los escritores abusar de la realidad
con nombre propio.
¿Qué
obsesiones cree que han sido claves y persistentes en su obra literaria?
-Fundamentalmente, el poder.
Lo he estudiado desde muchos ángulos y, como tal, lo he descrito en una y otra
mano, masculina y femenina. Si usted revisa mis novelas, todas son una
radiografía del poder a lo largo de la historia de la segunda mitad del siglo
XX en Colombia.
Su novela
sobre Armero, vuelta a editar, cobra vigencia y nos revela su intuición
profética ante la mayor tragedia en la que murieron más de 25.000 habitantes
del pueblo. ¿Qué nuevas sorpresas le ha generado esta novela entre sus nuevos
lectores?
-La más grande sorpresa: no
creía que hubiese sido una novela tan bien escrita. Como el mejor juez de la
literatura es el paso del tiempo, el que Los sordos ya no hablan pueda
leerse como si la hubiese escrito hace un mes y no hace 30 años, cuando la
publiqué, me ha demostrado que lo hice bien. Eso es muy grato verlo en vida.
Usted
sostiene un diario hablado desde mucho antes de empezar la pandemia y en él
descubrimos su sorprendente agudeza crítica, su gran sentido de humor y su
visión política de la realidad colombiana. ¿Qué es lo peor que le ha ocurrido a
Colombia y qué puede ser lo mejor durante y después de esta pandemia?
-Lo peor que le sucedió a
Colombia en un solo día fue lo de Armero. Lo peor que le sucedió en 10 años fue
la violencia del 48 al 58 del siglo pasado. Lo más grave que le puede suceder
en el futuro es que no seamos capaces de superar la pandemia por falta de
liderazgo público, político y empresarial. De las dos primeras he hecho novelas
eternas. De la última aspiro a no alcanzar a resistir esa crisis.
¿Qué autores,
libros y aventuras cotidianas ha descubierto en el confinamiento?
-Me he dado el lujo de
volver a leer autores que había clasificado en mí ya muy larga vida de lector
enfermizo. Algunos les he ratificado mi admiración a otros he tenido que
bajarlos del pedestal.
¿En qué
ambiente escribe sus libros? ¿Sigue cultivando orquídeas? ¿Qué objetos o
talismanes le gusta coleccionar o guardar?
-La agüerista era mi
abuela, yo no cargo nada de eso. He vivido una gran parte de mi vida en mi finca
El Porce, a orillas del río Cauca, y soy muy campesino en costumbres, cultivo
orquídeas y soy animalero, pero me hace mucha falta Cartagena. Llevaba 15 años
yendo a pasar una semana al mes mirando el mar y esperando la brisa y esta
pandemia me tiene castigado, estoy muy viejo, ya tengo 75 y poseo un prontuario
médico que me hace candidato a tener que vivir confinado hasta que no pase la
peste.
Usted es
quizá el único escritor que ya tiene su propia tumba en Medellín. ¿Por qué
eligió estar al lado de la tumba de Tomás Carrasquilla?
-Al lado de Carrasquilla y
enfrente de Jorge Isaacs en el cementerio museo de San Pedro en Medellín, ya
está lista, con escultura del maestro Vélez Correa esperando que vaya a ocupar
el hueco...
Epílogo
Testigo de su tiempo, él es
ahora una memoria viviente de una tierra sangrante, cuyos horrores aún no
cesan. Su perplejidad y su sentido crítico se mantienen en alto detrás de sus
vivaces ojos de buceador de milagros. Sabe que ya ha escrito una obra
perdurable e insoslayable en las letras nacionales e intuye que las nuevas
generaciones seguirán pasando sin cesar por sus páginas, viendo el retrato
quebrado de nuestras atrocidades, el retrato de una violencia con nuevos
actores, bajo el ala de nuevos cóndores. Pero no ha dejado de escribir en más
de sesenta años de vocación literaria. Siente que, pese al paso del tiempo, él
seguirá siendo aquel niño que se asomó a las rendijas de la ventana de su casa
de Tuluá y “se quedó mirando para siempre el mundo que le rodeaba”.
Sensible, insobornable,
capaz de asumir cada una de sus verdades, amanece descifrando las noticias del
mundo, con su valiente y obstinado corazón de sembrador de orquídeas.
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