Botella papel, Ramón Cote
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Ramón Cote Baraibar |
(Leí este texto sobre el libro Botella papel, del poeta colombiano Ramón Cote Baraibar, un jueves de agosto de 2016, en la Casa de Poesía Silva, de Bogotá, con el título "De fulgores y vestigios". Será publicado en la revista que ellos publican y con su autorización lo reproduzco en mi blog).
Tan pronto terminé de leer el libro Botella papel, del poeta colombiano
Ramón Cote Baraibar, me pregunté por sus herencias o afinidades. Y no lo hice
por prejuicios académicos, sino porque me sorprendió verlo alejado de las
corrientes normales de la poesía colombiana e, incluso, latinoamericana.
Nosotros solemos editar libros de poesía que son el resultado de la acumulación
de poemas escritos durante un año, un lustro o una década, sin que los una
ningún propósito en particular, salvo la motivación poética de cada día. Lo
cual no invalida, por supuesto, la edición del libro, ni descalifica la calidad
de los poemas. Pero el caso de libros como Botella
papel, proyecta otros alcances tanto del poeta como de su poesía. Son
horizontes y metas concebidos como grandes unidades, como apropiaciones de
mundos latentes que no aparecían visibles ante los ojos del lector; o, pueden
ser expresiones singulares de las conexiones entre las entrañas del poeta y las
vicisitudes de los objetos que él entiende como suyos. Dicho de otra manera,
utilizando palabras de Cote Baraibar, puede ser la apropiación de los fulgores
y de los vestigios de lo que hoy nace y mañana muere por parte de quien a todo
le duele y nada desperdicia, como lo es el verdadero poeta.
Esa fue mi
primera sorpresa con este libro y por eso él me hizo recordar aquel viejo
título de Hesíodo, Los trabajos y los
días, donde se habla de algunos dioses y, sobre todo, de los quehaceres de
los hombres en el campo, como, por ejemplo, cuáles son los días buenos para la
siembra o cuáles para pescar. Y pensé en otros autores colombianos, muy pocos
por cierto, que hablan de los oficios humildes, de las cosas elementales, de
las márgenes que por marcar los límites casi nunca nadie toca. Recordé a Castro
Saavedra y a Mendoza Varela.
Sin
embargo, aquellas asociaciones que hice sólo me sirvieron para reconocer en el
libro de Ramón Cote Baraibar la distancia que él había tomado frente a todo lo
anterior. Botella papel surge, por
ejemplo, del lamento femenino que recorría las calles bogotanas hace algunos
años y que fue perdiéndose entre el fulgor y los vestigios del tiempo y la
memoria de la ciudad. Es la primera impronta de este bello libro y de estos
poemas en prosa que nos sobrecogen y nunca nos abandonan, tal vez, porque su
autor llegó en el momento crucial del apocalipsis a una ciudad que se
desvanecía entre la neblina y el amañado progreso. El poeta recoge y enarbola
en su portada el sonido que solo entenderían los habitantes de la urbe que
crecía con unos incipientes recicladores. Esas mujeres recitaban al amanecer,
al medio día, o al atardecer, por las calles solitarias, su lamento diario, la
consigna que las acompañaba y sin la cual desaparecerían de sus propias vidas.
Y el poeta no duda en tatuarlo en la carátula de su libro porque allí en sus
páginas desfilarán, entre la euforia del estreno y el óxido del olvido, todos
aquellos que con sus oficios y quehaceres harían vivible el presente que,
inevitablemente, muy pronto se desvanecería. Ramón Cote, sin embargo, juega a
la paradoja con su título. Dos sustantivos seguidos, sin coma, como suenan en
el lamento de las mujeres, con la afectación fonética que ellas le imponen en
su aparente quejumbre gitana, al ser trasferidos a la escritura, se convierten
en algo casi surreal. La expresión “botella papel”, entonces, se transforma en
una imagen plástica, en una pregunta sin respuesta, en un grito que sale entre
lastimero e inocente, y que, en el fondo, sólo está accediendo a una posible y
pobre oferta y demanda. Al cierre del libro, en la página 81, donde comienza
una breve segunda parte, de apenas cinco poemas, escrita en 1999, Ramón Cote
nos entrega un poema titulado “Reservas de visibilidad” (es la sexta parte del
libro, “Conjetura final”). En ese poema se sintetiza, a mi modo de ver, la idea
central de su libro y podría sugerir otro título para el mismo. Es un texto que
potencia lo dicho antes en todos sus poemas, que con cara y sello termina de
redondear las dos realidades que han asediado al poeta cada vez que se ha
enfrentado con algunos objetos propios de la ciudad (por ejemplo, un hidrante),
o con los oficios y sus oficiantes bogotanos. En la primera parte de dicho
poema dice: “De fulgores se componen los días”, y cierra el párrafo diciendo:
“Sólo por eso la vida parece eterna”. Y en la segunda parte, del mismo poema,
juega así: “De vestigios se componen los días”, y cierra el párrafo así: “Sólo
por eso la vida parece eterna”. Para rematar, sentencioso y pensativo, con una
línea final y aparte: “Entre fulgores y vestigios”.
Esa línea
(o verso) final (“Entre fulgores y vestigios”) podría haber sido el título del
libro. No obstante, el poeta se decide por el lamento femenino, por la
composición surreal, por la voz alargada que se desliza por entre pavimentos,
paredes y ventanas de las frías calles de la ciudad, por donde transitarán sus
peatones (ahora recuerdo, también, a los poetas Luis Vidales y Rogelio Echavarría),
sus fantasmas de oficios varios, tan necesarios para todos quienes vivimos la
ciudad, pero tan ligeros en los mapas de la memoria urbana.
Porque otra
de las características de los pobladores de este lujoso y humilde, desgarrador
y acentuado libro de poesía en prosa, es la de que ellos jamás trabajaron en
lugares fijos, en oficinas sedentarias. Fueron siempre nómadas, transeúntes,
fugaces y necesarios como la luz, dueños y poseedores de los no lugares, como
los denominara Marc Augé. Entre el fulgor de sus vidas y el vestigio que
obligados construyeron, se forjó una estela fugaz, como si fuera la función en
una sala de cine, que se fue disolviendo en la flaca memoria humana. Todavía
algunos de esos pobladores ambulantes se atraviesan en los semáforos; otros,
apenas los recordamos, y con estos poemas de Ramón Cote, sin embargo,
advertiremos que reposan anclados en la breve eternidad de nuestros espíritus.
Quiero citarlos (algunos son personas de carne y hueso; otros son sujetos
materiales que haciendo ósmosis con los humanos pasan como unicornios azules
ante nuestros ojos; y otros son objetos que se hacen sujetos al hacer presencia
permanente ante nuestros ojos). Y los cito en su orden de aparición para
recordarlos a todos: las demoliciones, el repartidor de carbón, los fotógrafos
del parque, los zapateros ambulantes, el jardinero, los vendedores de corbatas,
el afilador, el carruaje de los calderos, el melancólico errante, las casas de
electricidad, los buses, los hidrantes, las bicicletas de carnicería, el Pasaje
Almirante, el muro de la 67, los taxis, las camionetas de lavandería, el trueno
y la lluvia, el último cartero, la Ciudad de Hierro.
Esta
relación alude a objetos materiales, a sujetos mecánicos y a sujetos
biológicos. El poeta ha detectado que la vida humana ha superado las
clasificaciones que antes aludían a los sentimientos y afectos de los seres
normales. Ahora, la unión permanente de un hombre sobre la bicicleta de
reparto, ha desencadenado otra forma de ser. Y así con las diferentes clases de
automotores, llámense camioneta, bus o taxi, especies de unicornios con cabeza
de hombre y cuerpo de carrocería. Todos esos seres, nos ha hecho caer en cuenta
el poeta, nacieron bajo el fulgor de todo nacimiento y luego han ido
convirtiéndose en los vestigios de una ciudad que todo lo demuele de manera
apresurada. El poeta siente por todo esto un poco de nostalgia, nostalgia que
muy pronto es superada por una rabia desconsolada, por un cifrado desencanto
que no se cansa de preguntar acerca del por qué de la extrema brevedad que
separa la vida de la muerte, que separa el fulgor del nacimiento de la tristeza
del vestigio, del ser para desaparecer.
Botella papel, en síntesis, es el mapa
inevitable de los recorridos de unos fantasmas que todos conocimos en las calles,
en las esquinas, en las paredes, en los andenes, en su cielo y en su lluvia,
que veíamos sin ver, que nuestra retina no imprimía del todo porque pasaban
fugaces en una película parecida a la cinta de Moebius, y que, por fortuna, el
poeta ha detenido en estos bellos e inteligentes poemas finiseculares.
Por último, los
poemas de este libro de Ramón Cote Baraibar, escritos a doble “columna” -porque
luego de la historia-semblanza-cuento-poema, por ejemplo, del “Jardinero”,
viene la “Oración por el jardinero”-, construyen una textura interna de
extraordinaria riqueza. En “Bicicletas de carnicería”, el poeta escribe: “Por
las alacenas vacías, por las vajillas incompletas, por las baldosas enceradas
al extremo, por las mesas de planchar, caminan ahora solitarios alacranes”. El
tejido de cada poema nos da todos los vasos comunicantes de unos seres vivos
que pasaron de la euforia del estreno a los desafueros de unos vestigios
apresurados. Duele saber que todo se ha oxidado, pero se siente el amparo del
poema que no nos dejará fracasar, porque las bicicletas seguirán pasando de
derecha a izquierda. Porque, como dice Ramón Cote en su poema al hidrante, a
veces es lo mínimo lo que nos salva.
(Bogotá, Casa de
Poesía Silva, agosto de 2016)
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