martes, 25 de junio de 2013

Manuel Mejía Vallejo y el tango

Arreglaba los materiales para una segunda edición del libro La puerta y la historia. Textos, que me publicara Ediciones Pijao (Ibagué) en 2004, cuando me encontré con una escasa página que le escribiera a Manuel Mejía Vallejo –debió ser en la década del 90- para un homenaje que le hacía la Biblioteca Pública Piloto. Su gran amigo y gran filósofo de la cultura, Miguel Escobar Calle (1944-2008), decía que allí se condensaban muchas cosas, que le impresionaba. Creo que esa página sigue inédita y la publico hoy con esta columna. Lo hago porque en Neiva, con el patrocinio de la Fundación Tierra de Promisión y Guillermo Plazas Alcid, en 1989, le rendimos un magnífico homenaje académico al gran Manuel (ocho escritores colombianos analizaron su obra el 12 y 13 de octubre, con textos que luego se publicaron como La tierra soy yo). Y por estos días, en Medellín, se celebra, dedicado a Manuel, el VII Festival Internacional de Tango de Medellín. Si viviera, Manuel tendría hoy 90 años. Nació el 23 de abril. Murió hace 15 años, el 23 de julio de 1998. En 1963 ganó con su novela El día señalado el Premio Nadal en España. Y una de sus grandes novelas, Aire de tango, ganó el Premio Vivencias en 1973, nombre que se le dio al festival en este año. En 2013, el Congreso de la República aprobó la Ley 1619 en homenaje a Manuel, gestionada por su hija María José, directora de la fundación que lleva su nombre. Hoy, Aire de tango es, también, un ballet teatral. Con Medellín y tango, pues, celebremos sus 90 años.

“Postal para Manuel Mejía Vallejo
Hace muchos años escribí esto que quiero repetir en relación con Manuel Mejía Vallejo.
Cuando por los aires se escuchen los aullidos de una nave inter espacial y en la aldea -porque las ciudades desaparecerán- un niño quiera recordar la inmensidad del relincho de un caballo en las profundidades de la noche, en ese instante un libro de Manuel Mejía Vallejo estará abierto ante los ojos ansiosos del pequeño y nuevo forastero.
Manuel, feliz, alumbrará en algún lugar de la montaña. Y en sus cuentos, novelas y poemas los hombres encontrarán la verdad que el viento dijo sobre el amor y la muerte; lo que la música le arrancó al alma de los desesperados; lo que nadie dijo del destierro o del exilio interior.
Manuel, el último hombre-obra sin fisuras de nuestra literatura, significó para nosotros la conciencia de una historia que se nos escurrió de las manos pero que, por fortuna, quedó atrapada en las tercas y portentosas páginas de sus libros.

Porque su alma cabalgaba entre leopardos y colibríes.”

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 22 de junio de 2013).

martes, 18 de junio de 2013

Concurso de libro de cuentos

El próximo 21 de junio vence el plazo de entrega para los Premios de Literatura 2013 de la Universidad Central.
 Abierto para todo el mundo es el concurso de LIBRO DE CUENTOS, con una extensión entre 80 y 120 páginas, doble espacio, arial 12 puntos, con un premio de ocho millones de pesos y la publicación de la obra en colaboración con Ediciones B. Debe enviarse por triplicado y con seudónimo.
El de cuento suelto, entre 4 y 12 páginas, doble espacio, tamaño carta, por triplicado, es para egresados o estudiantes de las áreas de creación literaria (Teuc, pregrado y maestría de Creación Literaria) de la Universidad Central.
Informes:
tel. 3423790
 mail: mbaqueror@ucentral.edu.co

lunes, 17 de junio de 2013

70 años

Mirando desde el 7o. piso
Si Jiroemon Kimura, el ser humano más viejo que existía en la Tierra, acaba de morir en Kyotango (Japón) a los 116 años, se podría deducir que uno alcanzaría a celebrar dos veces el mismo cumpleaños, multiplicado por dos, hasta los 58 años. Eso significa que si acabo de cumplir los 70 el pasado 13 de junio, he celebrado esa fecha por última vez. Jamás llegaré a los 140, como Matusalén. Y no pienso dejarme amedrentar por la tristeza, aunque la vida sea única e irrepetible. Pero sí me parece un buen momento para hacer un rápido balance, una “rendición de cuentas”. Los hombres públicos –así asumí siempre mi vida, estuviera en un salón de clases o de conferencias, en una mesa de decisiones, en una columna periodística, o, simplemente, escribiendo un libro para miles de lectores- deben hacerlo. Celebrar, además, el arribo a una cifra no menospreciable, como son los 70 años, en Colombia, donde la guerra y la violencia, o los sistemas de salud, suelen bajar los promedios de longevidad, resulta mucho más meritorio. Y, como dicen los chinos, mejor romper la botella de champán en la quilla de la nave cuando se llega, que cuando se parte.
Siempre me recuerdo escribiendo y leyendo. De ahí surgen todos los destinos posteriores. Félix María Celis, mi profesor de lenguaje en la primaria, hoy podría testimoniarlo. Luego aparecieron las más diversas maneras como le fui dando expresión a ese escribir y leer. Las enumero para ver si alguna vez las entiendo:
 1. Escritor de cuentos (muchos premiados)  y poemas, de artículos, críticas y ensayos, de conferencias, crónicas y entrevistas, de cartas y de prólogos: la mayor parte de ellos hoy editados en una docena de libros que siguen circulando: La generación del bloqueo y del estado de sitio, Manual de la literatura latinoamericana, La narrativa del Frente Nacional, Escribir para respirar, Ensayos y contraseñas de la literatura colombiana, El universo de la creación narrativa, La puerta y la historia;
 2. Periodista cultural desde el colegio y Radio Garzón, hasta esta columna que escribo ahora mismo, pasando por los 18 años de columnista dominical en El Tiempo;
 3. Académico universitario por 44 años consecutivos en literatura y humanidades;
 4. Fundador del Taller de Escritores de la Universidad Central (1981-2013) y del pregrado y  postgrado de Creación Literaria de la Universidad Central, únicos en América Latina;
 5. Historiador y analista de movimientos, grupos y autores colombianos y latinoamericanos;
 6. Jurado “profesional” (o fundador) de concursos nacionales e internacionales, como decía Germán Vargas, en literatura, cine y teatro.
 (Y tantas cosas más que me harían digno merecedor de un Doble Anís bien helado, si pudiera tomármelo).

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 15 de junio de 2013).

martes, 11 de junio de 2013

5,5 millones de víctimas

La última portada de la revista Semana es escalofriante, como lo ha sido la historia de Colombia desde el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en 1948. Semana titula en primera: “5,5 millones de víctimas y contando…”. Y luego en 60 páginas destaca una equilibrada radiografía de lo que ha sido la confrontación armada entre el estado, la guerrilla y los paramilitares, y sus complejas e irremediables consecuencias para el país. Las cifras –que abarcan el conflicto apenas desde 1985- son apabullantes. Cito algunas: Al 31 de marzo de este año, se habían registrado 5.405.629 víctimas, de ellas, 2.683.335 mujeres y 1.163.218 niños menores de 12 años; 2.994 sindicalistas asesinados entre 1978 y 2012; 299 defensores de derechos humanos asesinados; en 2.087 masacres, entre 1983 y 2011, fueron asesinadas 9.509 personas; 137 periodistas asesinados desde 1977; 16.123 secuestros extorsivos entre 1996 y 2012; 395.577 colombianos salieron del país por razones de la guerra; más de 3.000 funcionarios, empleados o candidatos públicos fueron asesinados; entre 4 y 5 millones de personas han sufrido desplazamiento forzoso desde 1985; 10.272 personas (incluidos los soldados y policías, me imagino, porque el informe no los detalla) han sido afectadas por las minas antipersonales; 4.586 atentados contra la infraestructura económica del país; 2.628 indígenas asesinados. Y uno de los actos más infames, grotescos y aberrantes de esta guerra (suplantar a una persona, a sabiendas de su identidad, para matarlo y poder cobrar así unos pesos y producir unas estadísticas exigidas por el gobierno), los mal llamados “falsos positivos”, han cobrado alrededor de 3.000 víctimas (la fotografía de la portada ilustra el momento en que una de las madres de Soacha reconoce los restos de su hijo en Ocaña). Pienso que en ningún país del mundo ha existido este crimen auspiciado por el estado mismo.

Toda guerra es bárbara, es cierto. Pero la colombiana, llena de perversos eufemismos, ha superado todos los límites, incluso el de la invisibilidad de la misma guerra. Tampoco los alemanes veían, en sus goteras, cómo aniquilaban a miles de seres humanos por razones (hoy) increíbles. La Guerra Civil Española fue cruel y cruenta entre republicanos y franquistas, pero duró pocos años, y sus víctimas no pasaron de un millón. Nosotros, con cifras aberrantes, continuamos en medio de esa aniquiladora barbarie y aún existen personas, entre ellas algunos periodistas, intelectuales y políticos, que suspiran por la guerra. Otros muchos, sin embargo,  que nos tocó nacer con esta guerra sucia, pero que quisiéramos ver a Colombia regresar a la normalidad jamás vivida desde 1948, damos un voto indefinido y rotundo porque un día las balas pierdan la memoria y nos dejen vivir y morir en paz.

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 8 de junio de 2013)

lunes, 3 de junio de 2013

¿Qué es un clásico?

Un clásico, diría un muchacho de hoy, es un partido entre Real Madrid y Barcelona, o entre Santa Fe y Millonarios, por ejemplo. Eso significa que dos equipos de tradición y poder, se juegan la vida en un estadio de fútbol ante la vista de millones de espectadores. Pero detrás de esas suposiciones –tradición y poder-, la palabra “clásico” arrastra toda una historia de siglos, con verdades y eufemismos. Por eso, jamás ha existido unanimidad frente a su significado esencial. Y, por supuesto, ya no estoy hablando de fútbol, sino de lo artístico y literario, que fue donde primero se habló de los clásicos.
“La idea de clásico alude a algo que tiene continuidad y consistencia, que genera unidad y tradición, que se forma, se transmite y perdura”, dijo Ch. A. Sainte-Beuve, el 21 de octubre de 1850. También dijo: “Un clásico (…) es un autor antiguo, consagrado por la admiración, y una autoridad en su género”. Sin embargo, la continuidad y consistencia, la unidad y tradición, la perdurabilidad de la obra clásica, no son cualidades recetables. El poeta Alexander Pope fue un clásico, mientras todos dudaban de Shakespeare, y creo que hoy el clásico es el dramaturgo de Avon, quien ha logrado –hasta el momento- traspasar las barreras del tiempo. Por eso, el mismo Sainte-Beuve propuso que el clásico es “un autor que ha enriquecido el espíritu humano, que realmente ha aumentado su tesoro, que ha descubierto una verdad moral inequívoca o revelado alguna pasión eterna en ese corazón donde todo parecía conocido y explorado”. Y, sobre todo, que haya hablado en un lenguaje “nuevo y antiguo”. El clásico, por tanto, debe hablar con la ubicuidad de los tiempos presentes, futuros y pasados. Quizás, por eso mismo, no se pueda recetar. Al final, dice Sainte-Beuve, lo mejor es que cada quien escriba como mejor pueda: “Nosotros, que llegamos tan tarde, esforcémonos al menos por ser nosotros mismos”.
Goethe había dicho: “Las obras antiguas no son clásicas porque sean viejas, sino porque son enérgicas, frescas y ágiles”. Italo Calvino dijo: “Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”. Y el aguafiestas de Jorge Luis Borges, con toda razón, dijo: “Clásico no es un libro que necesariamente posee tales o cuales méritos; es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad”.

(A propósito de ¿Qué es un clásico?, cuaderno de 60 páginas, publicado por la Decanatura Cultural de la U. Externado de Colombia, que dirige el poeta Miguel Méndez Camacho, y preparado por el sociólogo Gonzalo Cataño).

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 1 de junio de 2013).