lunes, 9 de febrero de 2009

Viaje a Rodrigues, de Le Clézio


Es un corto e intenso viaje de 125 páginas. Se considera la continuación, o el otro final, de otra novela suya, de mayor extensión, El buscador de oro. En Viaje a Rodrigues (Bogotá, Editorial Norma, 2008), el nieto –que nunca conoció al abuelo- va a la búsqueda de los rastros de sus antepasados y, en especial, de la historia que recorrió su abuelo, sobre todo de los últimos años cuando, expulsado de la finca Eureka, fundada en el siglo XIX por los otros abuelos, se fue para la Ensenada de los Ingleses y se dedicó a investigar en dónde estaría el tesoro que los bucaneros habrían abandonado ahí. Con los planos y mapas, “papeles sin valor”, como lo dijo la tía en venganza (p. 107), el nieto recorre, muchos años después, el valle del río Roseaux, busca la quebrada y los tamarindos y las piedras que lo orientan en la búsqueda, ya no del tesoro que buscó el abuelo, sino de los pasos que dio por esos roquedales.
La expulsión, dice la novela, y el exilio, nos llevan a la búsqueda de otro sueño, de un tesoro que, al buscarlo, nunca se encuentra. Y volver a la finca, a la casa primigenia, donde se fundaron todos los linajes, alivia un poco, aunque, finalmente,se convierte en otro reto imposible. Rodrigues es la isla donde el abuelo vivió y absolvió sus sueños, sin nunca realizarlos, porque la realidad se fue por otro lado. Ahora, el nieto pasa y posa su mirada en el paisaje eterno, en las aves que nunca mueren –porque siempre, desde hace miles de años, pasan a la misma hora de regreso- y en las rocas y piedras que el abuelo marcó para su búsqueda del tesoro. El nieto, un hombre maduro, piensa que ha sido reencarnado por una sombra que recorre la isla. Y que revividos los pasos de su abuelo y de sus antepasados, ya ha cancelado su cuenta, aunque el tesoro, como el mundo, se haya perdido.
[La isla Rodrigues hace parte del archipiélago de las Mascareñas, en el sudoeste del Océano Índico, junto a la isla Mauricio. El navegante Diego Rodríguez la descubrió en 1528, y los franceses tomaron posesión de ella en 1638. En la década del 80, J. M. G. Le Clézio (1940), Premio Nobel de Literatura 2008, vivió en esas islas].

7 comentarios:

Silvia Reyes Cepeda dijo...

Me gusta tu comentario, invita a leer el libro; le tenía algún recelo, pues El Diluvio es un tanto denso.

Orlando dijo...

Esta reseña me permite apreciar el texto de otra manera, pues en la primera lectura que hice no me gusto mucho.

MARIO dijo...

Aleida, Oscar, Joaquin y Manuel, por caminos diferentes, me condujeron a Le Clézio. Ahora, pronto, viajaré hasta su alma.
Despaché al insomnio: volvió "Noche de Narradores". Gracias Maestro Isaías.

Anónimo dijo...

A todos, gracias por los comentarios sobre Le Clézio. Una cosa muy importante, desde el punto de vista de la creación narrativa, es entender que Le Clézio no es un escritor convencional y que perteneció en sus orígenes al nouveau roman francés.Isaías

LIR dijo...

El hombre es el eterno buscador de tesoros literarios. Cada sueño es una proyección de sí mismo y un encuentro con el lector. La palabra posibilita encuentros soñadores.

Anónimo dijo...

Isaías,

Interesante la reseña del libro de Le Clézio. No conozco mucho del hombre pero usted ha logrado llamar mi atención. Me gustaría saber qué otra novela o escrito recomienda de él. ¿El libro que antecede a este?

Gracias

Camilo Castillo

Silvia Reyes dijo...

Recomiendo leer EL BUSCADOR DE ORO, que parece ser la obra antecedente al Viaje a Rodrígues. Es, sencillamente, hermoso. El personaje tal vez va en busca de un camino a la felicidad perdida, o de su sueño de navegar por el mar en completa libertad, lejos de un mundo en caos.