martes, 31 de enero de 2017

Botella papel, Ramón Cote


Ramón Cote Baraibar

(Leí este texto sobre el libro Botella papel, del poeta colombiano Ramón Cote Baraibar, un jueves de agosto de 2016, en la Casa de Poesía Silva, de Bogotá, con el título "De fulgores y vestigios". Será publicado en la revista que ellos publican y con su autorización lo reproduzco en mi blog).
Tan pronto terminé de leer el libro Botella papel, del poeta colombiano Ramón Cote Baraibar, me pregunté por sus herencias o afinidades. Y no lo hice por prejuicios académicos, sino porque me sorprendió verlo alejado de las corrientes normales de la poesía colombiana e, incluso, latinoamericana. Nosotros solemos editar libros de poesía que son el resultado de la acumulación de poemas escritos durante un año, un lustro o una década, sin que los una ningún propósito en particular, salvo la motivación poética de cada día. Lo cual no invalida, por supuesto, la edición del libro, ni descalifica la calidad de los poemas. Pero el caso de libros como Botella papel, proyecta otros alcances tanto del poeta como de su poesía. Son horizontes y metas concebidos como grandes unidades, como apropiaciones de mundos latentes que no aparecían visibles ante los ojos del lector; o, pueden ser expresiones singulares de las conexiones entre las entrañas del poeta y las vicisitudes de los objetos que él entiende como suyos. Dicho de otra manera, utilizando palabras de Cote Baraibar, puede ser la apropiación de los fulgores y de los vestigios de lo que hoy nace y mañana muere por parte de quien a todo le duele y nada desperdicia, como lo es el verdadero poeta.
   Esa fue mi primera sorpresa con este libro y por eso él me hizo recordar aquel viejo título de Hesíodo, Los trabajos y los días, donde se habla de algunos dioses y, sobre todo, de los quehaceres de los hombres en el campo, como, por ejemplo, cuáles son los días buenos para la siembra o cuáles para pescar. Y pensé en otros autores colombianos, muy pocos por cierto, que hablan de los oficios humildes, de las cosas elementales, de las márgenes que por marcar los límites casi nunca nadie toca. Recordé a Castro Saavedra y a Mendoza Varela.
   Sin embargo, aquellas asociaciones que hice sólo me sirvieron para reconocer en el libro de Ramón Cote Baraibar la distancia que él había tomado frente a todo lo anterior. Botella papel surge, por ejemplo, del lamento femenino que recorría las calles bogotanas hace algunos años y que fue perdiéndose entre el fulgor y los vestigios del tiempo y la memoria de la ciudad. Es la primera impronta de este bello libro y de estos poemas en prosa que nos sobrecogen y nunca nos abandonan, tal vez, porque su autor llegó en el momento crucial del apocalipsis a una ciudad que se desvanecía entre la neblina y el amañado progreso. El poeta recoge y enarbola en su portada el sonido que solo entenderían los habitantes de la urbe que crecía con unos incipientes recicladores. Esas mujeres recitaban al amanecer, al medio día, o al atardecer, por las calles solitarias, su lamento diario, la consigna que las acompañaba y sin la cual desaparecerían de sus propias vidas. Y el poeta no duda en tatuarlo en la carátula de su libro porque allí en sus páginas desfilarán, entre la euforia del estreno y el óxido del olvido, todos aquellos que con sus oficios y quehaceres harían vivible el presente que, inevitablemente, muy pronto se desvanecería. Ramón Cote, sin embargo, juega a la paradoja con su título. Dos sustantivos seguidos, sin coma, como suenan en el lamento de las mujeres, con la afectación fonética que ellas le imponen en su aparente quejumbre gitana, al ser trasferidos a la escritura, se convierten en algo casi surreal. La expresión “botella papel”, entonces, se transforma en una imagen plástica, en una pregunta sin respuesta, en un grito que sale entre lastimero e inocente, y que, en el fondo, sólo está accediendo a una posible y pobre oferta y demanda. Al cierre del libro, en la página 81, donde comienza una breve segunda parte, de apenas cinco poemas, escrita en 1999, Ramón Cote nos entrega un poema titulado “Reservas de visibilidad” (es la sexta parte del libro, “Conjetura final”). En ese poema se sintetiza, a mi modo de ver, la idea central de su libro y podría sugerir otro título para el mismo. Es un texto que potencia lo dicho antes en todos sus poemas, que con cara y sello termina de redondear las dos realidades que han asediado al poeta cada vez que se ha enfrentado con algunos objetos propios de la ciudad (por ejemplo, un hidrante), o con los oficios y sus oficiantes bogotanos. En la primera parte de dicho poema dice: “De fulgores se componen los días”, y cierra el párrafo diciendo: “Sólo por eso la vida parece eterna”. Y en la segunda parte, del mismo poema, juega así: “De vestigios se componen los días”, y cierra el párrafo así: “Sólo por eso la vida parece eterna”. Para rematar, sentencioso y pensativo, con una línea final y aparte: “Entre fulgores y vestigios”.
   Esa línea (o verso) final (“Entre fulgores y vestigios”) podría haber sido el título del libro. No obstante, el poeta se decide por el lamento femenino, por la composición surreal, por la voz alargada que se desliza por entre pavimentos, paredes y ventanas de las frías calles de la ciudad, por donde transitarán sus peatones (ahora recuerdo, también, a los poetas Luis Vidales y Rogelio Echavarría), sus fantasmas de oficios varios, tan necesarios para todos quienes vivimos la ciudad, pero tan ligeros en los mapas de la memoria urbana.
   Porque otra de las características de los pobladores de este lujoso y humilde, desgarrador y acentuado libro de poesía en prosa, es la de que ellos jamás trabajaron en lugares fijos, en oficinas sedentarias. Fueron siempre nómadas, transeúntes, fugaces y necesarios como la luz, dueños y poseedores de los no lugares, como los denominara Marc Augé. Entre el fulgor de sus vidas y el vestigio que obligados construyeron, se forjó una estela fugaz, como si fuera la función en una sala de cine, que se fue disolviendo en la flaca memoria humana. Todavía algunos de esos pobladores ambulantes se atraviesan en los semáforos; otros, apenas los recordamos, y con estos poemas de Ramón Cote, sin embargo, advertiremos que reposan anclados en la breve eternidad de nuestros espíritus. Quiero citarlos (algunos son personas de carne y hueso; otros son sujetos materiales que haciendo ósmosis con los humanos pasan como unicornios azules ante nuestros ojos; y otros son objetos que se hacen sujetos al hacer presencia permanente ante nuestros ojos). Y los cito en su orden de aparición para recordarlos a todos: las demoliciones, el repartidor de carbón, los fotógrafos del parque, los zapateros ambulantes, el jardinero, los vendedores de corbatas, el afilador, el carruaje de los calderos, el melancólico errante, las casas de electricidad, los buses, los hidrantes, las bicicletas de carnicería, el Pasaje Almirante, el muro de la 67, los taxis, las camionetas de lavandería, el trueno y la lluvia, el último cartero, la Ciudad de Hierro.
   Esta relación alude a objetos materiales, a sujetos mecánicos y a sujetos biológicos. El poeta ha detectado que la vida humana ha superado las clasificaciones que antes aludían a los sentimientos y afectos de los seres normales. Ahora, la unión permanente de un hombre sobre la bicicleta de reparto, ha desencadenado otra forma de ser. Y así con las diferentes clases de automotores, llámense camioneta, bus o taxi, especies de unicornios con cabeza de hombre y cuerpo de carrocería. Todos esos seres, nos ha hecho caer en cuenta el poeta, nacieron bajo el fulgor de todo nacimiento y luego han ido convirtiéndose en los vestigios de una ciudad que todo lo demuele de manera apresurada. El poeta siente por todo esto un poco de nostalgia, nostalgia que muy pronto es superada por una rabia desconsolada, por un cifrado desencanto que no se cansa de preguntar acerca del por qué de la extrema brevedad que separa la vida de la muerte, que separa el fulgor del nacimiento de la tristeza del vestigio, del ser para desaparecer.
   Botella papel, en síntesis, es el mapa inevitable de los recorridos de unos fantasmas que todos conocimos en las calles, en las esquinas, en las paredes, en los andenes, en su cielo y en su lluvia, que veíamos sin ver, que nuestra retina no imprimía del todo porque pasaban fugaces en una película parecida a la cinta de Moebius, y que, por fortuna, el poeta ha detenido en estos bellos e inteligentes poemas finiseculares.
Por último, los poemas de este libro de Ramón Cote Baraibar, escritos a doble “columna” -porque luego de la historia-semblanza-cuento-poema, por ejemplo, del “Jardinero”, viene la “Oración por el jardinero”-, construyen una textura interna de extraordinaria riqueza. En “Bicicletas de carnicería”, el poeta escribe: “Por las alacenas vacías, por las vajillas incompletas, por las baldosas enceradas al extremo, por las mesas de planchar, caminan ahora solitarios alacranes”. El tejido de cada poema nos da todos los vasos comunicantes de unos seres vivos que pasaron de la euforia del estreno a los desafueros de unos vestigios apresurados. Duele saber que todo se ha oxidado, pero se siente el amparo del poema que no nos dejará fracasar, porque las bicicletas seguirán pasando de derecha a izquierda. Porque, como dice Ramón Cote en su poema al hidrante, a veces es lo mínimo lo que nos salva.
(Bogotá, Casa de Poesía Silva, agosto de 2016)



martes, 24 de enero de 2017

Rhodes: Instrumental. Música, medicina y locura

Portada del libro Instrumental.
Memorias de música, medicina y locura.
Al filo entre el año 16 y el 17, terminé de leer Las voces de Marrakesch. El testigo oidor, el libro 6 de las obras completas de Elías Canetti, en el que disfruté la delicadeza de la prosa y de las historias en su primera parte y me aburrí con los cuadros del "oidor", de la segunda parte; Piedra infernal, una novela corta, póstuma, de Malcolm Lowry, una especie de alegoría (o realidad, según se vea) donde un músico inglés, que siempre recuerda a Melville y un par de novelas suyas, busca sin buscarlo un sanatorio para su alcoholismo y se encuentra con un siquiatra y dos internos que terminan siendo sus mejores amigos, para desde allí siempre observar los barcos del puerto sobre el mar, las tormentas y el tiempo que lo sacude, hasta cuando sale y comienza su final o su comienzo, su alcoholismo salvador; y, leí otro libro muy extraño, extrañísimo, que va más allá de lo que dice el título y subtítulo, Instrumental.Memorias de música, medicina y locura, del pianista inglés James Rhodes (Londres, 1975), cuya publicación debió ser peleada en los tribunales por más de un año y en Colombia fue editado por Rey Naranjo Editores en 2016.
En mi guasap, cuando comencé a leer Instrumental, en alguna madrugada, dos o tres de la mañana, les dije a mis amigos que estaba leyendo un libro para mayores de 80 años. A medida que fui avanzando, les bajé la edad hasta llegar a decirles que era un libro necesario para mayores de seis años, la edad en que Rhodes fue violado sexualmente por su profesor de gimnasia.
Sintetizar, analizar o criticar el libro es ridículo porque siempre terminará uno diciendo lo que no es el libro. Rhodes dice que en su libro no hablará de eso, de la violación (por cierto que reclama a quienes, incluso en los códigos, hablan de "abuso", como el más infame de los eufemismos), sino de cómo la música y, sobre todo, Bach, le salvaron la vida. Tampoco eso es cierto. Hace las dos cosas. Y muchísimas cosas más. Instrumental sobrepasa todos los límites. Hay que leerlo para engañarse y desengañarse y terminar enamorado de él.
 Está armado en 20 capítulos que Rhodes llama "Temas", como en la música clásica -uno de los grandes ejes del libro-, ejemplo, "Tema I: Bach, Variaciones Goldberg, aria (Glenn Gould, piano)", más un "Preludio", un "Epílogo", "Agradecimientos" y un "Apéndice". Y cada capítulo se desdobla, primero, en música, la forma irreverente como Rhodes ama y defiende la música clásica, incluidos los pobres y maltrechos (por la vida) compositores, y, segundo, en cortos o largos capítulos donde Rhodes, de manera sincera, descarnada, afrentosa, narra y piensa (iba a decir "reflexiona") la barbaridad y la benevolencia de su vida, la mentira y la verdad, las sombras, las tinieblas y las luces, la inmensa contradicción de la vida humana.
Sin embargo, algo más me entusiasmó de este extraño libro. Es locura, es medicina, es música, como reza la portada. Pero, también, es literatura. Rhodes estructura (para algo le han servido las estructuras musicales) su historia, la rompe y la vuelve un remolino envolvente; configura sus personajes, que vienen de la realidad y parecen de novelas tenebrosas, de modo deslumbrante; y, de manera vigorosa, lo noquea a uno con su lenguaje despercudido, irreverente, jab de derecha, jab de izquierda, hasta ganar por nocaut.
Tengo entendido que James Rhodes, gran escritor, gran concertista de piano, gran pensador, gran renovador de lenguajes en todos los sentidos, gran auto-sicoanalista, gran enunciador de los procesos de creación, estará en Bogotá este final de mes en el Teatro Colón. (Sin confirmar).

martes, 17 de enero de 2017

Gilberto Martínez Arango (1934-2017)

Gilberto Martínez (1934-2017)
Creo que Gilberto Martínez, así siempre lo conocimos (ahora, con su muerte, recuerdo que su segundo apellido era Arango), por su actividad permanente, apasionada, casi obsesiva, configuró en los últimos 50 años de la historia cultural colombiana uno de los pilares más destacados del teatro colombiano y latinoamericano. Aunque su profesión, la medicina, lo mantuvo por varios años cerca de la cardiología, y siempre fue un hombre atlético (alcanzó a ser campeón suramericano de natación), Gilberto sólo habló de teatro. Fue actor, director, gestor teatral, administrador público de teatro, ensayista, investigador y divulgador de las artes escénicas.
En 1976, como jurados que fuimos en los premios de Casa de las Américas, compartimos un enero entre La Habana y la Isla de la Juventud. Extrovertido, franco en sus opiniones, poco ortodoxo, severo en sus opiniones, respetuoso pero cercano a la polémica, indagador como pocos de los intríngulis del quehacer teatral y de las nuevas fronteras del texto y de la actuación teatrales, desde entonces siempre nos vimos en eventos comunes. Alguna vez me llevó a visitar la (su) Casa del Teatro de Medellín, que él había fundado y que sentía como su casa propia, más que su propio domicilio. También, fue un editor incansable, sufrido, tesonero, en las disciplinas teatrales. Publicaba una revista de teatro, editaba obras de ensayo sobre el tema. Le gustaba llevar su diario de trabajo, con el rigor de muchos grandes directores de teatro, como su maestro Bertold Brecht. Debió dejar muchas libretas escritas con sus observaciones acuciosas, diferenciadoras de tantas facetas que le gustaba contrastar.
Mario Yepes Londoño, su compañero de batallas teatrales, publicó en El Espectador (Bogotá, 6 de enero de 2017) una excelente y extensa crónica sobre Gilberto. A ella los remito. Es una manera de entender por qué, aunque tuviera menos prensa, su trabajo, desde Medellín, por más de medio siglo, lo sitúa al lado de referentes teatrales colombianos como Enrique Buenaventura, Santiago García, Ricardo Camacho, entre otros.
Extrañaremos su bisturí teatral, tan fino y delicado, como certero y visionario. Ojalá Medellín recoja su legado, su inmensa y rica biblioteca, su Casa, sus obras de teatro, su crítica, su revista, sus libros, su lealtad al teatro. Ojalá.