jueves, 11 de junio de 2015

Pablo Montoya Campuzano., ¿otro secreto?

Pablo Montoya C.
 Foto: Adriana Agudelo-Toro
 (Tomada de Literariedad)
La frase del “secreto bien guardo”, como slogan publicitario hasta funciona. Visto desde la realidad misma, me parece perverso. Porque los responsables directos del “secreto”, son quienes, a la postre, se ufanan de haberlo guardado.
Acaba de ganar el Premio Internacional de Novela “Rómulo Gallegos”, nuestro viejo amigo, profesor y doctor en literatura, estudioso de Carpentier, intérprete de Coetzee, incrédulo de Bolaño, flautista y musicólogo, peleado por tres municipios colombianos (Barrancabermeja, Medellín y Tunja), filósofo por naturaleza y viajero irrevocable, madrigalista y pintor de viejas escenas del dolor humano, Pablo Montoya Campuzano. Nunca he sabido si a Pablo le gusta o le disgusta que sus amigos le digamos “Pablito”, cosa que en el siglo pasado resultaba obvia que le dijéramos, porque así era Pablo, delgado como una flauta dulce o traversa, hace 22 años, cuando en 1993 se ganó el primer premio del Concurso Nacional “El cuentista inédito” –que para entonces yo le había puesto el apelativo de “Germán Vargas”, en honor a uno de los cuatro amigos que figuran al final de Cien años de soledad-, concurso que hacíamos desde 1985 los del Centro de Estudios Alejo Carpentier (grupo de mis alumnos egresados del Taller de Escritores de la Universidad Central). Pablo ganó con el cuento “El madrigal”, seleccionado por los jurados Philip Potdevin, Evelio Rosero y César Valencia Solanilla. El cuento, publicado en aquella época por El Tiempo, e incluido en el volumen Once cuentos premiados. Concurso Nacional El cuentista inédito Germán Vargas (1985-1994), editado por la Universidad Central en 1995, lo acaba de incorporar Albeiro Montoya en el último número de su revista virtual Literariedad, homenaje a Pablo Montoya Campuzano por el Premio Rómulo Gallegos.
Eso fue, repito, en 1993. Y, ahora, Pablo ha recordado aquel momento con estas palabras: “Acaso sea el más importante de todos (los premios), porque me lanzó a la convicción de la escritura que desde entonces sostiene mi vida” (e-mail, 5 de junio de 2015, La Plata, Argentina).
Desde entonces, Pablo Montoya ha recorrido el mundo (el premio lo sorprendió en La Plata) sin ruborizarse y un poco con desenfado. No creo que haya pasado un día de su vida sin escribir; lo digo porque basta mirar las páginas que ha llenado. A su inteligencia y sensibilidad abrumadoras, él le suma, sin ninguna dificultad, una disciplina y una constancia puestas a prueba hace rato. Pueden constatarlo si repasan su bibliografía. Sus libros de poesía, ensayo, cuento y novela, historia, crítica literaria, etc., llegan ya a una veintena, y sus conferencias y ponencias y ensayos y artículos en revistas literarias o académicas, en suplementos dominicales, son innumerables.
Quiero decir –con alegría, con entusiasmo- que si alguien en estos últimos 25 años, ha sido una figura pública destacada y respetada en nuestro país, sin secretos, ni mitomanías, ha sido Pablito (aunque ya no sea la flauta de antes, sino el saxofón contralto que se ha hecho escuchar más allá de los límites que algunos se imaginaron imponerle). Hoy, Pablo tiene 52 años. Y al ganar el Rómulo Gallegos, de inmediato, se le vino encima un vendaval de abrazos, mensajes y afectos. Porque, qué pena con quienes apenas lo descubren, Pablo no era ningún secreto guardado.
Y remato con una reflexión que suelo hacer en estos casos para hablar de la prensa cultural colombiana, a la que he pertenecido desde hace 50 años. Por falta de espacio en los medios para la noticia cultural (que suele no existir como tal; existe la información cultural, es decir, la noticia que envejecida luego aparece en el diario algún día: por ejemplo, ahora mismo, ¿alguien ha dicho en Colombia que Ricardo Piglia acaba de ganarse el Premio Formentor?), o por falta de política editorial o de apoyo económico, o por cansancio de los redactores culturales, el cubrimiento de nuestra vida cultural, literaria, artística, es muy precaria. Y de ahí surgen frases como la del secreto bien guardado. Resulta que, por causas conocidas o desconocidas, los medios invisibilizan a ciertas personas del arte y la cultura. No importa que publiquen libros, ganen concursos, dicten conferencias internacionales, lleven una vida activa y pública. Las vuelven invisibles. Y luego, cuando alguien desde afuera las reconoce, deciden romper el “secreto” acá. Y aparece la frase del secreto bien guardado. Nunca me ha parecido justa esa política periodística nuestra.

En fin, por fortuna, con Pablo la fiesta comenzó hace rato y no termina aún. Del Concurso Nacional El Cuentista Inédito de 1993 al Premio Internacional Rómulo Gallegos de 2015, por lo pronto, sin secretos, y ahora más visible que nunca, porque su música y su pensamiento siguen abriéndose camino en la academia, en las librerías, en los foros públicos. En sus lectores todos.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Totalmente cierto, maestro, todos los escritores en Colombia son el secreto mejor guardado hasta cuando son reconocidos por fuera con un premio o una beca. ¿Cuándo será que podremos tener a "Pablito" en la Central para una noche de narradores?
Saludos,
Iván.