lunes, 12 de marzo de 2012

Fernando Hinestrosa Forero (1931-2012)

Cuando ingresé a la Universidad Externado de Colombia en 1964, Fernando Hinestrosa Forero, hijo del Maestro Ricardo Hinestrosa Daza, quien había muerto dos años antes, llevaba como rector apenas un año. Había reemplazado a su padre en la rectoría del Externado luego de haber ejercido la docencia por una década. Y allí viviría -creo que es el mejor término para decir todo lo que hizo en el derecho, la educación, la política, la diplomacia, la doctrina jurídica, el humanismo- por el resto de sus días, que fueron 48 años más. Todo cuanto escribió quedaron en una decena de libros; y todo cuanto hizo por la universidad donde terminé mis estudios de Derecho en 1968, se ve en la cima cuando uno sube por la calle 12 hasta encontrar el cerro y los jardines que él cuidaba con un ejército de hombres cultos en la materia, y varias torres donde se enseñan muchas disciplinas y ciencias, además del Derecho que fue la madre de todas las que vinieron después de que abandonáramos el edificio de la carrera 16 con calle 24 en la década del 70: una señora universidad inspirada en las ideas e ideales, en buena parte, del siempre joven Olimpo Radical del siglo XIX, que hoy tantos liberales han olvidado.
El día que terminé mi carrera y me aprontaba para regresar a mi sur entrañable, Fernando Hinestrosa, el príncipe de la heredad sagrada (como él la reclamaba), me invitó para que me quedara en el Externado de Colombia. Me quedé en el centro del país, pero jamás he olvidado las lecciones del Olimpo Radical y las lecciones de los sacrificados en el Palacio de Justicia en 1985, entre ellos las del poeta Carlos Medellín Forero y las de tantos otros que el gobierno conservador de entonces no quiso defender.
Hoy martes 13, a medio día, será la última lección de cuerpo presente, en el aula máxima del Externado de Colombia, de Fernando Hinestrosa Forero. Y su silencio recorrerá la silletería colmada de antiguos y nuevos estudiantes, como cuando a más de un centenar de muchachos les dictaba sus limpias, densas y certeras lecciones de Obligaciones. Y la luz volverá a resplandecer después de las tinieblas. "Spero lucem post tenebras", dice su escudo.
Transcribo las primeras páginas de su discurso cuando se posesionó como rector en 1963, un homenaje a su padre Ricardo, a él hoy día:

"…Nuestro Rector ha muerto y nadie lo reemplazará; vivirá mientras su espíritu aliente estos claustros y sus ideales orienten la conducta de los educadores.
Aturdido por las más fuertes emociones he venido repasando mi vida; la ilusión y el empuje que son propios de mi temperamento y mis años se penetran de amargura. Definida la profesión sin vacilar —cuatro ge-neraciones me han precedido en el estudio del derecho— tampoco hubo indecisión al escoger esta Casa. Cargado de asperezas dogmáticas, aquí me encontré y me formé.
El Externado fue para mí la prolongación del hogar. El padre ecuánime, austero, justo y comprensivo fue mi maestro y mi Rector. Yo, un alumno más que encontró su ambiente, que vivió con intensidad momentos angustiosos del país y se compenetró con las inquietudes de su tiempo, ante la mirada benévola de sus profesores y sus compañeros. Nadie se espantó, nadie trató de impedir las demasías. No hubo indiferencia ni discriminación ni favoritismo.
Sentí en carne propia en la Universidad la tolerancia que caracterizaba a su conductor. Cuando comenzaba el ejercicio profesional, una transitoria falla de salud de mi profesor y un golpe de mi fortuna me permitieron sucederlo en la cátedra de su predilección. Pienso cuántohubo él de cavilar para decidirse por quien como hijo suyo conocía mejor que nadie y cuyas flaquezas bien sabía. Hoy, con el corazón desagarrado por su ausencia, aprecio más su audaz confianza en mí.
Pronto el Externado se convirtió en parte fundamental de mi vida; era mi casa, la explicación de la existencia de mi padre, al claustro y a su Rector, confundidos en una sola entidad, debía todo mi ser. A poco comencé a intervenir en su administración, oficiosamente, por exigencia vital, contando con el afecto y la condescendencia de todos.
Un día cercano al presente, el anciano amado comunicó a los profesores su fatiga y su preocupación de no contar con fuerzas suficientes para dirigir solo la marcha de su colegio. La respuesta brotó con la generosidad connatural a los miembros de la familia externadista, Así me vi de asistente de nuestro patriarca. Sólo es decir de la compenetración íntima que reinó siempre entre nosotros, de una extraña coincidencia en el ideal entre dos generaciones muy distantes en el tiempo y de mi voraz absorción de sus enseñanzas.
Una madrugada la muerte nos sorprendió. Faltó el padre, que lo era todo para mí, y en mí murió mucho, aún no se cuánto. Ando como Juana de España con su féretro a cuestas, rebelado contra la fatalidad.
De nuevo nos encontramos en esta aula y no alcanzo a percatarme del motivo. He reiterado una promesa y no acierto a descifrar sus proyecciones. Se me reviven las escenas anteriores y se superpone ante mis ojos la imagen yacente de la velación; rememoro el conmovido desfilar de la despedida. Palpo la realidad y me resisto a reconocerla. La vida es sueño y los sueños sueños son. Sueño que soy mi padre y apenas soy su sucesor, sueño volver a ser su discípulo y se me llama a continuar su obra; sueño en mi orfandad y me veo rodeado de abrumadora y magnánima unanimidad en la exaltación a la dignidad rectoral; despierto ante la dura realidad, se me impone la conciencia implacable del abismo que me separa de él, del dramático contraste entre quien encarnaba la Universidad en su más genuina personificación y lo que soy, y vuelvo a soñar con las cualidades que espléndidamente se me atribuyen, traje de gala para mi desnudez intelectual.
Suceder a Ricardo Hinestrosa Daza significa el máximo honor de mi vida, pero es también un sacrificio. Como un maestro de escuela fue definido en feliz y profundo concepto; su panegírico recorrió sus distintas actividades para culminar con la exaltación de su misión de educador; propios y extraños lo señalan como ejemplo de las generaciones por venir…del ideal universitario, que ha de ser recio, fuerte, sin concesiones para consigo mismo, amable, humilde, cordial, sincero y comprensivo; que ha de fundirse con la Institución, ser su guardián y expresarla en sus virtudes.
La muerte del Fundador del Externado implicó el eclipse de su obra, La triste lección fue aprendida y los Restauradores de la Universidad, habiéndole impreso el sello de su pujante personalidad, habiendo encarnado y personificado el claustro, lo despersonalizaron y garantizaron su perennidad.
Muchas veces lo oímos y entendimos la frase como expresión de modestia. 'El Rector es solo un punto de referencia o centro de reunión de los profesores que consagrados con fervor a la enseñanza, marcan con su esfuerzo cotidiano el progreso del establecimiento': Ahora comprobamos la hondura y la exactitud del concepto. Cada uno de ustedes, señores profesores, con merecimientos que ambiciono y con igual dignidad que mis predecesores, podría honrar la Dirección de esta Casa. Han dispuesto ustedes en significativa comunión con el estudiantado que sea yo quien enarbole la bandera de los anhelos comunes. Conmovido y con desbordante gratitud debo reflexionar acerca de lo que esta determinación encarna.
En ochenta años que corona, nuestra Universidad solo ha tenido tres Rectores. Sorprendente estabilidad en lugar y tiempos donde todo es efímero; nos consume la fiebre de la variación, nos cansa la continuidad; oponemos la reducción del período al peligro de la monotonía y el anquilosamiento. Frente a estas constantes del medio se yergue esta Institución. Su firmeza no se asienta en la rigidez de normas constitutivas, es el calor y la vitalidad de sus hombres lo que la hace sólida; la perdurabilidad no deriva aquí de un estatuto, sino de la capacidad de progreso y de rejuvenecimiento de sus gentes.
No podemos razonar en torno a la esencia de este claustro sin evocar a sus proceres: Pinzón Warlosten, Mendoza Pérez, Hinestrosa Daza, fueron lo que todos aspiramos a ser, son nuestros, nuestro orgullo, nuestro patrimonio. No como meros nombres. Fueron obra, actuación, realidades que trascienden sus límites vitales y se proyectan confiadas y airosas al futuro. Es un criterio, un espíritu del que todos nos compenetramos, que nos domina en su grandeza y en cuya función hemos de vivir si queremos ser auténticos. Hacer historia no es simplemente quedar incorporado en el relato de hechos sobresalientes en el acontecer del país; Es tradición, una cultura, una actitud ante la vida, una voluntad heroica; de superación, un concepto de dignidad humana. No es entonces un atajo retórico exaltar las virtudes del maestro como forjador de patria.
La libertad es algo que ennoblece y hace digna la vida; esa la gran lección que aquí aprendimos en el mejor de los libros que es una existencia pulcra, un modelo viviente, tal la enseñanza que nosotros como pá¬ginas escritas por esa mano vigorosa hemos de profesar y transmitir sin claudicaciones.
¿Pero, cuál libertad? ¿La de aherrojar al contrario, la de oprimir al débil, la de sobresalir a expensas del dolor y la miseria ajenos? Nuestra concepción es vital; exige conciencia de nuestra ubicación cultural y represión de nuestros instintos. No es libre sino quien se domina para entender y amar a sus semejantes y toma la existencia como una superación cotidiana. La libertad de investigación y de aprendizaje no son simple fórmulas, sino una lucha constante para proscribir el influjo de conceptos ajenos a la ciencia, una escuela para la vida, una aportación de medios y de condiciones para el desenvol-vimiento de la propia personalidad.
Puerta abierta a cada cual para abrazar la concepción que prefiera, pero no por estímulos sentimentales, sino como una genuina posición del hombre ante la sociedad y el universo, nacida de sus mismas entrañas. Ambiente de emulación y de estudio, disciplina estricta que comienza consigo mismo, pero ante todo, convicción de que la libertad no se recibe sino que se conquista y se adquiere solo con su ejercicio, a poder de trabajo, aprendiendo en la propia experiencia, formándose cada cual y cada cual contribuyendo a la formación de los demás. Por eso en el Externado conviven en plena armonía profesores y estudiantes de las más variadas latitudes ideológicas. Ese es nuestro modo de ser; solo así entende¬mos nuestra existencia [...]".





(En 126 años de vida, la Universidad Externado de Colombia ha tenido cuatro rectores: Nicolás Pinzón Warlosten, Diego Mendoza Pérez, Ricardo Hinestrosa Daza y Fernando Hinestrosa Forero).

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