martes, 23 de febrero de 2010

José Eustasio Rivera, un hombre en contravía (1)

En la Biblioteca Nacional de Colombia (Bogotá), hoy dirigida por Ana Roda, estará abierta, hasta el 6 de marzo, una bella y extraña exposición sobre la obra y la vida del novelista, poeta y estadista colombiano, José Eustasio Rivera, con la curaduría de Carlos Páramo. No dejen de verla. Mientras tanto, para reiniciar mi blog, abandonado por un par de semanas, publico, de nuevo, en dos entregas, una crónica que escribí sobre Rivera cuando avanzaba en mis estudios sobre su vorágine, la de su vida -tan vigorosa y útil como su novela-, que algún día deberá convertirse en una película.


JOSE EUSTASIO RIVERA
Un hombre en contravía
Isaías Peña Gutiérrez

Ahora estaba sentado en la mecedora, junto al brevo de la mitad del patio, escribiendo las aventuras de Alicia y Arturo Cova en una libreta de pastas carmelitas y hojas amarillentas. A este retiro, en la casa de Solita Murillo de Martínez, había llegado a mediados de junio. Sogamoso le brindaba el sosiego que Bogotá le negaba para dedicarse a estampar en un cuadro orgánico la azarosa vida de los llaneros colombianos.
Hacía un año había publicado su primer libro, Tierra de promisión, en enero de 1921. Toda la crítica nacional lo había aplaudido, como antes sus sonetos dados a conocer en El Tiempo, El Espectador, Cromos, El Gráfico, El Nuevo Tiempo, Gil Blas. Pero, una entrevista concedida en Lima al joven escritor Luis Alberto Sánchez para Mundial, cuando asistía como Secretario de la Legación Diplomática a los festejos patrios peruanos, lo había convertido en blanco gratuito de polemistas como Eduardo Castillo y Manuel Antonio Bonilla (este último como “Atahualpa Pizarro” y “Américo Mármol”). Por eso, no había dado, después, entrevistas verbales en La Habana y México. Pero ya Castillo había sido demasiado duro con él: “Todo eso se explica en boca del señor Rivera, cuya cultura mental es de una deplorable deficiencia”. Y, a su regreso, entre noviembre de 1921 y febrero de 1922, se trabó con ellos en la más frenética controversia intelectual de esos años. Y hubiera seguido si su padre, don Eustacio Rivera, no muere en Neiva el 9 de febrero, dejándolo con el alma en el aire.
Sogamoso, además, le ofrecía remedios caseros para el mal misterioso que había comenzado a perseguirlo desde la Normal en Bogotá, cuando no pudo terminar el 5o. Curso, porque un diabólico dolor de cabeza, fiebres y convulsiones, lo dejaban casi inconsciente, tal como le sucedió la vez que viajaba Magdalena arriba, de cacería, y por poco muere en Purificación. Y como le había sucedido en Lima durante dos eternos días, y lo mismo, después, en Orocué, en que se le puso la cara casi negra y Franco y Alicia lo salvaron. Acá, retirado de las tertulias bogotanas de los cafés Windsor e Inglés, o de las del grupo Cultura, de Luis López de Mesa, podía continuar su régimen de abstemio, de cuidados domésticos, para así escabullírsele a la muerte que siempre le aleteaba tan cerca.
Ahora, le repicaban en su cabeza sus dos viajes al llano, el de vacaciones en 1916, siendo estudiante de último año de Derecho en la Universidad Nacional, y el de 1918, como profesional, en que contratado por José Nieto para que lo representara en la sucesión de Jacinto Estévez, terminó apoderando a la contraparte, a Josefa Estévez viuda de Oropeza, porque le parecía que en justicia (no en derecho) debía estar de parte de ella. En dos años, con seis jueces y un Tribunal Superior, Rivera había perdido su primer litigio, pero había ganado la vocación que siempre trataría de imponerle al país: primero la justicia que el derecho, primero la moral que los credos, primero la honradez que el interés. Con el tiempo, esa vocación se convertiría en su liberalidad republicana, la que anteponía el concepto de patria a la mezquindad partidaria. Era la misma vocación quijotesca que meses antes, cerca de Orocué, lo había llevado a enfrentarse a un ganadero que azotaba a una india, en el camino, y echándole el caballo encima lo había desarmado, respondiendo, así, al “Para usted también hay, y para su madre”, y castigándolo con diez latigazos, “uno por esa pobre india, otro por todos los indios, y los ocho restantes por mi madre”, sin que terminara con los diez ante los ruegos del hombre, diciéndole Rivera: “Tome su revólver y asesíneme, si quiere, por la espalda. Le perdono los ocho latigazos en nombre de mi madre”.
José Eustasio Rivera, ese hombre grandote, de bigotes arreglados y cejas negras, de gesto amable, que ahora escribía la primera parte de La vorágine, había nacido el 19 de febrero de 1888, el mismo año del futuro presidente de la República, Eduardo Santos, dos años después de promulgarse la Constitución de Rafael Núñez y Miguel Antonio Caro, 11 años antes de la Guerra de los Mil Días, 15 antes de la cómica separación de Panamá, 23 antes del perdido -por nosotros- combate de “La Pedrera” entre peruanos y colombianos, y 34 antes de la perezosa demarcación de límites con Venezuela. Patriotas, artesanos y políticos de influencia nacional, eran sus antepasados. Nacido en el camino de San Mateo (hoy Rivera) a Neiva, entre padres de escaso poder y parientes ricos, adolescente jocoso en medio de un ambiente escolar rígido, educado por religiosos pero predicador de las tesis de Galileo, creyente pero no beato, poeta de la naturaleza y cazador empedernido, conversador mas no bohemio, protegido del académico Antonio Gómez Restrepo pero rechazado por la Academia, conservador consentido de los liberales Eduardo Santos y Luis Cano, autor y personaje de su obra que escribía al lado de ese brevo de Sogamoso, José Eustasio Rivera, ese hombre grueso de letra de perfiles tan claros -que le valió no cursar el 1º de Normal cuando llegó a Bogotá-, seguiría vagando como un señor aventurero, al mes siguiente, como secretario jurídico de la Comisión Demarcadora de Límites con Venezuela. Un telegrama de Antonio Gómez Restrepo, se lo pedía.
Su fracaso como pedagogo (Marco Fidel Suárez le había censurado su conferencia en Neiva sobre la pedagogía moderna), su fracaso como político (Monseñor Esteban Rojas lo había “barrido de un sotanazo” en sus aspiraciones a la Cámara de Representantes), su fracaso en la diplomacia (los poetas no le habían perdonado los errores del periodista de Lima), su fracaso en su primer proceso judicial (había preferido la justicia a los honorarios), dejaban una estela de limpieza que abonaba el terreno, paradójicamente, para que el gobierno lo enviara a la difícil tarea de demarcar los límites de su país. Y él lo aceptaba alborozado. Necesitaba conocer los linderos de su patria, sus ríos, sus selvas y, sobre todo, las explotaciones inhumanas de los caucheros que tanto le habían contado Custodio Morales, en Ibagué, y Luis Franco Zapata, en Orocué. Además, la novela estaba andando. En definitiva, seguía el consejo de Franco Zapata, el manizalita, quien le había dicho en tono paisa: “Sí, pero no hagás más versos, que esos los hace todo el mundo. ¿Sabés? Allá en mi tierra había un negrito ignorante que hacía enjalmas y que también hacía versos muy buenos. Escribíte un buen libro”.

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