sábado, 11 de agosto de 2018

Garcés González, Andrés Mauricio y otros


Banquete sagrado, de Garcés González
Como José Luis Garcés González siempre ha sabido qué es lo está escribiendo (su destacada carrera literaria comenzó hacia 1980, cuando publicó Oscuras cronologías y, desde entonces, ha ganado los principales premios literarios del país), para presentar su nuevo libro de cuentos, Banquete sagrado (Montería, Editorial El Túnel), resalto con sus propias palabras de la contratapa el significado de los 21 cuentos escritos y publicados en su Montería natal: “Este libro, Banquete sagrado, recoge cuentos que hablan de las peripecias del cuerpo, de sus diversas aventuras, de sus distintas realidades que pueden ir, y van, del placer a lo fisiológico, y del estremecimiento a la tristeza”.

Hay días en que estamos idos, de Andrés Mauricio Muñoz
Andrés Mauricio Muñoz (Popayán, 1974) es uno de los fundadores de la narrativa colombiana del siglo XXI que con más fuerza y virtudes hemos visto destacarse. Tiene varios volúmenes circulando entre sus lectores, algunos de ellos premiados en concursos nacionales. Recuerdo: Desasosiegos menores (Premio Nacional de cuento, UIS, 2010); Un lugar para que rece Adela, libro de cuentos que, en 2015, la Universidad de Antioquia le editó; El último donjuán, la primera novela publicada (Seix Barral, 2016), donde algo de su profesión de ingeniero de sistemas se cuela en medio de las peripecias domésticas del mundo. Su libro de cuentos Hay días en que estamos idos, de Seix Barral, forcejeó por el primer premio (en el concurso de narrativa colombiana que organiza en Medellín la Universidad Eafit), junto a Pilar Quintana (la ganadora con La Perra) y Humberto Ballesteros. Ahora, ese mismo libro de cuentos ha sido seleccionado entre los 15 libros mejores para disputar la final del Premio Hispanoamericano de Cuento García Márquez. En septiembre se escogerán los cinco finalistas que en noviembre fallarán. (Los colombianos seleccionados, junto a Andrés Mauricio Muñoz, son las narradoras Alejandra Jaramillo y María Ospina Pizano).

Otras novedades: No es tan fácil ser león en tiempos de sequía, poemas de José Martínez Sánchez (Medellín, Esquina Tomada Editores, 2018); Ojos rasgados, cuentos de Elena Li Chow (Bogotá, Ícono Editores, 2018); Un día extraordinario, cuentos de Julio Hernán Correal (Bogotá, Editorial Babilonia, 2018, prólogo de Fabio Rubiano); Del relámpago nacerán luciérnagas, novela de Alejandro Cortés González (Bogotá, Esquina Tomada Ediciones, 2018); Felipe en vacaciones, novela corta para niños y jóvenes, de José Luis Díaz Granados (Bogotá, Editorial Norma, 2018).





viernes, 3 de agosto de 2018

Burgos Cantor y Lo Amador


[Roberto Burgos Cantor acaba de ganar, el pasado 26 de julio de 2018, el Premio Nacional de Narrativa del Ministerio de Cultura, con su novela Ver lo que veo, editada el año pasado por Seix Barral-Planeta, dejando tendidos en la lona -como podría haberlo dicho “Torito”- a los otros cuatro finalistas, Pilar Quintana, Orlando Echeverri, Gilmer Mesa y Antonio García. Fueron jurados finales de dicho concurso, el mexicano Álvaro Enrigue (no Enrique, como dijo la prensa, Premio Herralde de Novela 2013), y los colombianos Luis Fayad y Liliana Ramírez. No he leído todavía la novela premiada, pero Julio Olaciregui con su texto sobre Ver lo que veo (El Espectador, 27 de julio de 2018), me hace pensar que la nueva novela viene a ser la repotenciación magnífica de aquel lejano y excelente libro de cuentos de Roberto, Lo Amador, editado en 1981 por el Instituto Colombiano de Cultura. A raíz de ese libro fundacional, el jueves 24 de septiembre de aquel remoto 1981, escribí en “Lecturas desobedientes”, mi columna semanal de entonces, en El Espectador, la nota que transcribo a continuación, tal cual, sin enmendar nada, y que, tal vez, Roberto no conozca aún, pues no la cita en su memoriosa columna “La alegría de compartir” (Baúl de magoEl universal, Cartagena), de este jueves 2 de agosto de 2018. (Sea, también, este el momento propicio para preguntar por la ortografía del título y del nombre del barrio, que en todas las ediciones se ha escrito de manera diferente)].

“Roberto Burgos Cantor, autor del libro de cuentos Lo Amador, publicado en este año por el Instituto Colombiano de Cultura, puede resultar un nombre desconocido para las nuevas generaciones. E incluso muchos de quienes lo conocíamos desde los años 60 alcanzamos a pensar que jamás veríamos editado su primer libro. En 1966 Roberto fue incluido en una antología de cuentos realizada por Gerardo Rivas, sin embargo. Y después, en 1969, apareció en la revista Casa de las Américas su famoso cuento “Esta noche de siempre”. En agosto de 1970 lo conocí, personalmente, cuando junto a él me iniciaba no tanto en el oficio de escribir, que habíamos principiado hacía unos años antes, como en el de jurado, labor tan entrañable como la de escribir, aunque más agridulce que esta, y, no obstante, tan ineludible por estos tiempos santos, como diría Fernando. En 1971 gana el Concurso Nacional de Cuento de Cúcuta. Pero uno no sabía si el Derecho le había ganado por doble U a la literatura, en su caso, o si, simplemente, Roberto estaba sumido en el único silencio terrorista que yo haya conocido.
Ahora, lo sabemos. A sus 33 años, edad maliciosamente subversiva, ha publicado un libro con siete cuentos, todos nuevos, concatenados en tal forma que por muchas razones nos recuerdan Calila y Dimna o Las mil y una noches. Así, el libro fue concebido como libro, no como selección de cuentos para formar un libro. Construcción que permite ampliar el sentido de una situación o de una metáfora en un cuento sin que se resienta la unidad de los mismos. La muerte de la madre de Mabel Herrera, por ejemplo, es uno de los hechos que repetidos en otros cuentos se enriquece grandemente.
La oralidad que utilizó Roberto y muchos de los escritores iniciados en la década del 60, como lo he dicho desde hace muchos años, de nuevo se observa en estos cuentos, ya no con la facilidad ingenua de los monólogos de entonces, sino montada sobre la racionalidad del argumento, que siempre sorprende en todas sus historias, y modelada con el sabio lirismo aprendido por Roberto y con las mesuradas reflexiones que en conjunto crean el lenguaje popular de unos filósofos de barrio, del barrio Lo Amador (de Cartagena, en la vida real). Solamente, en un cuento yo me atrevería a decir que esa oralidad falla y es en el de la reina, “Era una vez una reina que tenía”. Me parece que ni el lenguaje ni el mundo pensado por la reina coinciden con el personaje recreado. Las reinas, como la violencia, será un tema recurrente de nuestra literatura, y bien valdría la pena acercarse más a ellas.
El músico que abandona la familia para irse a Venezuela provocando la muerte de su esposa (que se suicida), agravada por la carrera de cantante aficionada de su hija; el cantante frustrado que terminó de ayudante de mecánica en el taller de Albertico Tirado y una madrugada lo descargaron muerto en una esquina que será desde entonces sagrada en el barrio; la reina del barrio que no podía prender el radio porque su madre lloraba al recordar su marido muerto en su trabajo de constructor; la trágica historia del músico José Raquel que se filtra paralela a la del periodista y su mujer izquierdista; la mujer que creció con el barrio de invasión y ya no puede echar las barajas; Onissa y el marinero que rompieron el cristal de la castidad del barrio y que un día se separaron sin dejar rastros de vida y el camaján que se pudre “en esta angosta esquina de la tierra”, todos ellos, más otros personajes que construyen el barrio, vuelven una y otra vez, como un tema melódico que crece a medida que se repite, para establecer como filosofía, como gusto, como divertimento, como crítica, como literatura, las medidas del barrio que fuera nuestro y cuyos principales pilares fueron, en la realidad y en este hermoso libro, la música y el llanto. La música y el llanto, para reiterarlo.
(El espectador, 1981)”.

sábado, 7 de julio de 2018

Todo Julio Cortázar

Aunque se trata de una edición de 2014, la celebro como si acabara de salir. Me refiero a una ardua y feliz investigación, yo diría, icono-bibliográfica. Nos la había comentado el año pasado el escritor argentino, bibliófilo él mismo, Federico Barea (Buenos Aires, 1982). Que apareció en Buenos Aires el año 2014, cuando se cumplían los primeros cien años del natalicio de Julio Florencio Cortázar Descotte.
          Es un volumen de lujo patrocinado por las librerías anticuario (“librerías de viejo”, dicen en Bogotá) Fernández Blanco y Aquilanti, de 256 páginas, a color. Los dos autores de la que fuera una larga investigación son el librero e investigador Lucio Aquilanti y el escritor e investigador literario Federico Barea.
          Todo Cortázar. Bio-bibliografía, el título del libro que comento y que hubiera entusiasmado de manera febril a nuestro Alberto Duque López, desaparecido hace unos años, incluye:
1.- Las introducciones de Lucio Aquilanti, Federico Barea, Carlos Álvarez y Jaime Correas. 2.- Una excelente y abreviada biografía, en orden cronológico, muy bien ilustrada con fotos de Cortázar, de Lucio Aquilanti. 3.- La bibliografía activa de Julio Cortázar, ilustrada con las tapas de los libros, que comprende las siguientes secciones:
a. Primeras ediciones, colaboraciones para catálogos de arte, obras políticas y literarias; b. Ediciones de autor impresas a mimeógrafo por Cortázar; c. Prólogos y contratapas; d. Traducciones realizadas por Cortázar; e. Correspondencia publicada en libros; f. Entrevistas publicadas en libros; g. Vinilos con la voz de Cortázar; h. Iconografía (que va, además, por todo el libro); i. Publicaciones periódicas con textos de Cortázar de primera vez; j. Films de ficción basados en su obra y films documentales y entrevistas; k. Índice completo de títulos, subtítulos y primeros versos de poemas sin título.
Un plato exquisito para los lectores desprevenidos, los investigadores, los amigos, los fanáticos o los que apenas descubren a Julio Cortázar. (todocortazar@gmail.com)

lunes, 19 de marzo de 2018

Luis Loayza (1934-2018)

Luis Loayza (Archivo de A. Oquendo)

Cuando viajé por primera vez a Lima, debió ser por allá en 1974, una de las figuras jóvenes emergentes era Luis Loayza, pero tenía ya la fama de ser lejano. Recuerdo que Eduardo González Viaña me puso en contacto con algunos escritores de su época, como Alejandro Romualdo, Arturo Corcuera, Oswaldo Reynoso, Abelardo Oquendo, José Miguel Oviedo y otros más. De ellos me traje un morralado de libros firmados. Sin embargo, de Loayza no pude conocer nada. Con el tiempo, sin que nunca lo olvidara, la figura de Loayza se fue diluyendo hasta ahora que por vía de El País de Madrid, en nota de Raúl Tola y con foto del archivo de Abelardo Oquendo, me entero de su muerte en París el 12 de marzo, la semana pasada.
Con la muerte de Luis Loayza, la literatura iberoamericana pierde a uno de sus prosistas más elegantes e inteligentes”, dice Tola. Era un “raro talento”, nacido en Lima en 1934.
Muy jóvenes, con Oquendo y Vargas Llosa, fundaron la revista Literatura. Luego se fue del todo para Francia (salvo en vacaciones, regresaba). Trabajó como intérprete y como traductor. Dejó varios libros publicados, muy elogiados, pero que como antes, hoy tampoco se consiguen: Una piel de serpiente (novela, 1964), El sol de Lima (ensayos, 1974), El avaro y otros textos (1974), Otras tardes (cuentos, 1985), Sobre el 900 (ensayos, 1990). 
“A Loayza lo precedía el mito. Se decía que lo había leído todo, que su erudición era de una profundidad y amplitud abrumadora”. Raúl Tola cita a Alonso Cueto: "Yo lo escuchaba hablar de libros y autores. El ingenio, la gracia, la variedad de temas, sus chistes y bromas, su erudición, los personajes peruanos que evocaba, sus comentarios sobre Machen, De Quincey o Henry James (a quien conocía a la perfección), están entre los recuerdos más valiosos que tengo".
Miguel Saenz cita esta anécdota de Luis Loayza: “El 21 de mayo de 1965, Luis Loayza le ganó a Bobby Fischer, que encaraba 26 partidas simultáneas en Nueva York”.
Del retraimiento de Luis Loayza habla Fernando Ampuero: "No daba entrevistas, no le interesaba el mundillo literario. Le interesaban solo los buenos libros, que leía vorazmente y que a veces traducía. Muchos jóvenes, en una época, pensaban que era un fantasma inventado por Mario Vargas Llosa y Abelardo Oquendo”.
Y Vargas Llosa escribió: "Loayza es uno de los grandes prosistas de nuestra lengua y estoy seguro de que tarde o temprano será reconocido como tal. Ya lo era cuando yo lo conocí, en la Lima de los años cincuenta. Lector voraz, desdeñoso de la feria y la pompa literaria, ha escrito solo por placer, sin importarle si será leído, pero, acaso por eso mismo, todo lo que ha escrito exhala un vaho de verdad y de autenticidad que engancha al lector desde las primeras frases y lo seduce y tiene magnetizado hasta el final".
Es curioso. A Loayza nunca lo he leído; pero, nunca lo he olvidado. Y porque no pude conocerlo hace casi cincuenta años, he querido recordarlo hoy con esta nota. Tal vez, digo, tal vez, en eso consista la realidad de aquellos excelentes escritores fantasmas para quienes el placer de escribir se agota en ellos mismos, sin importarles si serán o no leídos.

lunes, 5 de marzo de 2018

Badrán, Boris y Luna de Locos


(De vez en cuando, en este blog, trataré de dar cuenta de los libros, revistas y periódicos que caen en mis manos. No a manera de crítica, sino de saludo. Hay demasiados codazos en el mundo de hoy; en cambio, muy pocos, poquísimos, abrazos. No importa que por saludar, también, me caigan coscorrones).

Nuevos cuentos de Pedro Badrán.
Este volumen, Margarita entre los cerdos (Random House Editores), es su quinto libro de cuentos. Badrán, nacido en Magangué, comenzó en 1985 con El lugar difícil. Ganó en 2000, con El día de la mudanza, el Premio Nacional de Novela Breve. Este libro, de nueve cuentos en 138 páginas, viene con los saludos amables de los escritores Luis Noriega y Juan Gabriel Vásquez. En esos cuentos, dice la nota de contraportada, “el detective Ulises Lopera busca su lugar en un mundo que le trae sorpresas todos los días”. Comienza con "La cruz de hierro" y cierra con "El misterio del cuarto amarillo". 

Los cuentos de Boris Ramírez Serafinoff
A raíz del I Concurso Nacional de Cuento de Pupiales, hace casi 20 años atrás, en 1999, conocí a Boris Arturo Ramírez Serafinoff, médico oftalmólogo, nacido en Mompox en 1967. Ahora veo su cuento ganador -aunque no se le da el crédito- en este bonito volumen, La música sobrenatural de Emilia Herrera, publicado por la Editorial Universidad de Antioquia. Junto a “Malocelli ante los pájaros”, el ganador, vienen otros once cuentos, incluido el que le da nombre al libro (editado a finales de 2015). “En todas las historias de la obra susurra la música”, dice la contraportada. Y en todos sobresale la escritura fina de Boris.

Luna de Locos, No. 26
Hace 18 años, el poeta Giovanny Gómez, publica en Pereira esta bella revista dedicada a la poesía. Este No. 26 abre con una portada del gran Dioscórides (Pérez), “Jonás y la abuela pechugona” (dibujo a lápiz), artista invitado para todo el número, el cual incluye poemas y textos de Wislawa Szymborska, Tonino Guerra, Enrique Vila-Matas, Hernando López Yepes, Carolina Sanín, Ma. Mercedes Carranza por Víctor Rodríguez Núñez, Jaime Sabines por Juan Felipe Robledo, Neruda por William Ospina, Víctor López Racha, Nelson Romero Guzmán y Julio César Londoño.
Luna de Locos recibe, por fortuna, el apoyo de la Universidad Tecnológica de Pereira.

jueves, 15 de febrero de 2018

Gerardo Rivas Moreno


El pasado 26 de enero, el escritor Umberto Valverde informó en su columna del diario Occidente que acababa de morir Gerardo Rivas Moreno. “Gerardo Rivas Moreno acaba de fallecer y no es justo que su nombre quede en el olvido”.
Cuando preparaba alguna otra edición importante, de un infarto Gerardo debió morir en Cali el 25 de enero.
Rivas Moreno, como lo dice Umberto, no merece el olvido y, para comenzar, alguien debiera escribir una gran crónica sobre vida y otra. En el 2015, Antonio Morales, en su programa de Canal Capital, “El primer café recargado”, le hizo una excelente entrevista que podría servir de base. 
Conocí a Gerardo muchos años después del libro que lo haría legendario (sin que él lo sospechara, como suele suceder con las cosas del arte y la cultura), la antología que tituló, sencillamente, Cuentistas colombianos, con moderna portada de Trejos para ese año 1966, cuando algunos de nosotros -los de provincia- ni siquiera habíamos llegado a Bogotá.
Y fueron pocas las veces que nos vimos. Su vida siempre tuvo algo de clandestinidad -así lo recuerdo-, aunque su obra editorial fuera de las más conocidas en el país. Yo diría, desde ese ángulo, que Gerardo fue el Benjamín Villegas de la otra orilla. Sólo que Gerardo solía encerrarse por meses a preparar sus ediciones (las de Simón Bolívar, Federico García Lorca, José María Cordovez Moure, Juan de Castellanos y tantas otras que lo dejaban a uno perplejo, porque fueron señoras ediciones).
Siempre sonreía, como si la dureza del oficio no lo afectara. Y, también, se lamentaba de la pobreza de propósitos culturales de nuestros gobiernos (que le deben, por cierto, a Gerardo el reconocimiento por tanto rescate literario como él hizo). Para que le rindiera el tiempo -porque él investigaba, cotejaba, escribía, editaba y comercializaba con su morral de libros- siempre andaba corriendo.
Pero el golpe de suerte -llamémoslo así- para Gerardo fue su libro de cuentos colombianos, reunidos con el ánimo de ser una antología, así no lo dijera la portada. Habría que reproducir su prólogo para entenderlo. Salió a la calle bajo el sello de Ediciones El Estudiante. Y fue punta de lanza para quienes creíamos en la existencia de una literatura colombiana, polémica que hoy se ha superado apenas parcialmente. Incluía 16 cuentos, desde Bonilla Naar, Clemente Airó, Zapata Olivella, Arnoldo Palacios, Eutiquio Leal, Eduardo Santa, Tirso Castrillón, Antonio Montaña, Gonzalo Arango, Soto Aparicio, hasta Alberto Duque López, Germán Espinosa, Óscar Collazos, Fanny Buitrago, Umberto Valverde y Roberto Burgos Cantor.
Frente a la antología del cuento colombiano de Eduardo Pachón Padilla, la de Gerardo fue de un atrevimiento inusual. Incluyó a varios jóvenes, dos de ellos (los dos últimos) aún no bachilleres, autores todos que, años más tarde, se integrarían a la bibliografía de la gran narrativa colombiana. Esa antología, Cuentistas colombianos, pronto se convirtió en legendaria. Y con ella, sin saberlo, Gerardo comenzó su carrera de estudioso, divulgador y gran editor de la literatura colombiana. Dice Efer Arocha que en enero trabajaba en otra antología marginal del cuento colombiano. Pero Gerardo no alcanzó a cerrarla. Ya lo dijimos, murió el 25 de enero. Se fue de afán, como diríamos en Colombia. Como había vivido. Y nos dejó su testimonio a favor de la literatura colombiana.

sábado, 3 de febrero de 2018

Alrededor de Kazuo Ishiguro

Sigo pensando en Kazuo Ishiguro. Se dicen muchas cosas a su alrededor.
No es cierto que Ishiguro no figurara en los listados de los “nobelables”. No punteaba como los que siempre pierden en Suecia (para quienes insisten cada año en postularlo, creo que a Murakami nunca le darán el premio). Kazuo Ishiguro (Ish, como le dice su primer editor en español, Jorge Herralde), figuraba entre los candidatos al Nobel, como sucede con la mayoría de los ganadores del Man Booker Prize del Reino Unido, que él había ganado, en 1989, con la novela del mayordomo (como le decimos los lectores), Los restos del día.
El 5 de octubre de 2017, la Academia Sueca se decidió por Kazuo Ishiguro (nació en Nagazaki el 8 de noviembre de 1954), un escritor que había llegado a Inglaterra a los cinco años, donde su padre trabajaba como oceanógrafo.
Su historial, resumido: Estudió filosofía y literatura inglesa en la Universidad de Kent, a un kilómetro largo del pueblo de Canterbury, donde Geoffrey Chaucer escribió sus famosos cuentos. Luego estudió creación literaria en la Universidad de East Anglia (donde estudió, también, Ian McEwan), en la ciudad de Norwich, al oriente de Inglaterra, donde tuvo como profesores distinguidos a los novelistas y profesores Malcolm Bradbury (1932-2000) y Ángela Carter (1940-1992). Ishiguro, gran aficionado a la música, toca guitarra, compone, admira a Bob Dylan, no le gusta el Brexit, admira a Charlotte Brontë, hizo parte de la lista de jóvenes promesas de la revista Granta, se hizo británico en 1982, desde 1988 lo viene publicando Anagrama en español (gracias a Jorge Herralde, su patrocinador), con Julian Barnes, Martin Amis y Mc Ewan conforman el llamado British Dream Team, ya varias novelas suyas pasaron al cine, sólo tiene un libro de cuentos, Nocturnos. Cinco historias de música y crepúsculo, Lorna, su esposa, no es ciencia ficción, viene de Escocia, antes del Nobel 2017, The Times lo puso entre los 50 mejores escritores británicos desde 1945.

Ishiguro huele a clásico en su prosa. Ha resultado un clásico fresco, rejuvenecido. Tiene su misterio. Y siempre busca sorprender el oído del lector.