sábado, 25 de abril de 2015

Al final de la guerra

Friedo Lampe
Tuve siempre curiosidad de saber cómo construiría o compondría Patrick Modiano su novela Dora Bruder, siendo que jamás encontraría la historia cierta y real de esa niña –su protagonista-, asesinada por los nazis que ocupaban el territorio francés en 1942.
Modiano realiza el milagro de contar una historia perdida porque es un endiablado tejedor de hilos mágicos. Parte del principio –me parece- de que una historia desconocida puede ser la suma de mil historias conocidas. Tejer mil historias puede darte una sola. Dicho de otra manera, con mil sombras, yo construyo una figura. Y lo logra, y de qué manera. Supone qué le habrá sucedido a Dora Bruder porque a sus padres y abuelos les sucedió, porque al narrador-autor le sucedió, porque les sucedió a tantos otros, en medio de la brutalidad de la guerra, de la oscuridad de los odios religiosos, racistas e ideológicos. Por supuesto, al terminar la novela –que apenas son 127 páginas-, uno siente el peso, no de la desgracia de un personaje, sino del terror y la pesadumbre de miles de desaparecidos. Uno se desploma y vuelve a llorar.
De esas tantas pequeñas historias tejidas, me impresionó la que cuenta en la página 84. Es la del escritor alemán Friedo Lampe. Ocurrió al final de la guerra, en mayo de 1945, hace 70 años.
Lampe había nacido en Bremen en 1899, estudiado en Heidelberg, trabajado como bibliotecario en Hamburgo –donde comenzó a escribir su primera novela Al borde de la noche, publicada en 1933 y, de inmediato, confiscada y destruida, y su autor declarado por Hitler como sospechoso-. Pero Lampe no era judío, ni le interesaba la política; dice Modiano que la única ambición en su novela, según una carta de Lampe, era la de “hacer sensibles ciertas horas de la noche, entre las ocho y las doce, en las inmediaciones del puerto (Bremen)”.
Al final de la guerra, en 1945, Lampe vivía a las afueras de Berlín. El 2 de mayo, recorría esas calles cuando se topó con unos soldados rusos que le pidieron sus documentos. Luego lo arrastraron hasta un jardín, y allí lo mataron. Los vecinos, dice Modiano en Dora Bruder, “lo enterraron en un lugar cercano, a la sombra de un abedul, e hicieron llegar a la policía lo que quedaba de él: sus papeles y su sombrero”.
Es el absurdo aberrante y es el tejido de las historias de la guerra que le permiten a Modiano conocer la historia invisible de Dora Bruder, la niña judía que terminó sus días en las masacres de Auschwitz, que, para entonces,  nadie veía ni oía. (Normalmente, los adoradores de la guerra, los que la azuzan y la aplauden, ni la oyen ni la ven).
Lo de Lampe, el bibliotecario melancólico, descubridor de la noche y, por lo tanto, sospechoso, sucedió al final de la guerra.

Sí, al final de la (para tanta gente, de antes y de ahora) adorada guerra.

jueves, 16 de abril de 2015

Jotaspeña: 1915-2015

Recuerdo haber leído en la literatura de todos los tiempos, textos a favor y en contra del padre. La carta de Franz Kafka a su padre, por ejemplo, es durísima. Con razón o sin ella, es dura. Y frente a esa carta y a otros textos por el estilo, existen otras tantas que hablan de relaciones menos tempestuosas.
Hoy, jueves 16 de abril de 2015, cuando mi padre hubiera cumplido 100 años de su nacimiento, en Saladoblanco, un caserío a pocos quilómetros del río en el Alto Magdalena, quiero resaltar un par de detalles suyos.
Primero, el juego que siempre hizo con las letras de su nombre. Tenía su nombre dos jotas, las de José Joaquín, y su apellido dos pees, las de Peña Polanía. Mientras existió la telegrafía, entonces, siempre firmó “Jotaspeña”, y así sus cartas que escribía desde Leticia, Amazonas, con estilo cortazariano –cuando Julio no existía todavía-; y sus amigos así llegaron a llamarlo. Cuando dejó de ser funcionario público y abandonó la ciudad para reinventar la finca que había heredado de mi abuelo Isaías, sin que fuera necesario, le gustaba “autografiar” los costales en que empacaba el maíz, el fríjol o lo que dieran las rocerías, con las iniciales “J.J.P.P.”, que estampaba en letras grandes, con tintura azul, azul de metileno, en la letra de dibujante que tenía (Inés, su única hermana, llegaría a ser pintora). Yo las veía, y sigo viendo esas letras, como si fueran la firma en un libro de cabuya, escrito por alguien que me enseñó a leer como la mejor compañía.

No se si ya lo he dicho, que mi abuelo le decía, “eres el espíritu de la contradicción”. Mi abuelo era conservador laureanista; mi papá resultó ser liberal gaitanista. Pero la vez que le preguntaron que si podría ser comunista, les contestó que él era un eterno contradictor, que no lo atajaba ni el viento. Así murió en el 2001, con la nostalgia de no ver al país en paz, ni con libertades públicas respetadas, y con una oposición política en el cementerio. Mi padre, mi Jotaspeña, mi JJPP, el espíritu de la contradicción, en un país con una sola horma; él que quería ser todas las hormas, a la vez.