martes, 24 de noviembre de 2015

Once días de noviembre, de Óscar Godoy

Una de las novedades bibliográficas más importantes de fin de año en Colombia, ha sido la aparición de la novela Once días de noviembre, del escritor tolimense Óscar Godoy Barbosa, autor ganador de varios concursos nacionales de cuento y novela y actual coordinador académico de los programas de creación literaria en la Universidad Central.
La novela desarrolla dos ejes históricos, la toma y retoma del Palacio de Justicia en Bogotá, 1985, y la tragedia de Armero, la avalancha anunciada sobre el pueblo que desapareció totalmente, y un eje personal, la vida de un estudiante en París que está conectado con personajes que viven las dos tragedias señaladas.
Godoy Barbosa logra sintetizar, con la claridad de su lenguaje literario, ya puesto a prueba en varias obras suyas anteriores, esas vidas que se integraban al diario vivir y a las fases que nadie hubiera querido vivir.
Este miércoles 25 de noviembre, en la Biblioteca Fundadores del Gimnasio Moderno, calle 74 con 11, a las 7 de la noche, la poeta, crítica y profesora tolimense, Luz Mary Giraldo, hablará de manera extensa sobre la novela y luego habrá una charla con el autor.
Están todos muy invitados, tanto por el Gimnasio Moderno, como por la casa que publicó la novela, Ediciones El Huaco.

domingo, 6 de septiembre de 2015

Casa de las Américas llega al 278

Dirigida por el poeta y ensayista Roberto Fernández Retamar y el ensayista Jorge Fornet, la revista Casa de las Américas circula  en estos días con su número 278.
Y llega con autores que han celebrado la reanudación de las relaciones diplomáticas Estados Unidos de Norteamérica con Cuba, aunque siga el bloqueo. Lo hace la legendaria poeta norteamericana Margaret Randall con los poemas “Camaleón” y “”Hermes abandona sus zapatos alados”. Otros colombianos nos sorprenden: José Luis Díaz-Granados escribe un bello poema, “En un bar frente a la Mar Océana”; y Jotamario Arbeláez le dedica a José Luis, en realidad, a Gladys, su esposa muerta, “El tango del viudo No. 2”. Kamai Brathwaite aparece con “Poema del ‘Ebola”; volvemos a saber de Patrick Chamoiseau (Martinica) por su poema “escolta” (con minúsculas). Y más poetas de este mundo latinoamericano: Alex Fleites, Ernest Pépin, Mairym Cruz-Bernal, Shirley Adriana Oro Almagro. Pero verdadera primicia, creo, resultan los seis sonetos de Noé Jitrik a Apollinaire, Roberto Arlt, Beckett, Quevedo, Octavio Paz y Nerval.
Sobre la maestra Fina García Marruz escriben Enrique Saínz, Milena Rodríguez Gutiérrez, Roberto Méndez Martínez.
Sobre Julio Cortázar vienen dos materiales para no dejar por fuera, uno, erudito y con salero, escrito por el narrador y ensayista ecuatoriano Raúl Vallejo Corral (1959), “Cortázar, revolú-cronopio-ario”, y dos, el del viejo cortazariano Saúl Sosnowski, “´El que vuelve´ está en casa: Buenos Aires en Cortázar”.
Efraín Barradas escribe sobre Evelio Grillo y Rodrigo Rey Sosa escribe “La segunda sepultura”.
La revista abre con el discurso del colombiano Alfonso Múnera, “Soñando con muchas casas”, texto que había leído para inaugurar las sesiones del Premio Literario Casa de las Américas, en la Sala Che Guevara de Casa, en enero de 2015, La Habana.

La ilustración de la portada es una pintura del dominicano Cándido Bido.

jueves, 13 de agosto de 2015

Viernes 14, Leoncio Luque Ccota recibe premio

Leoncio Luque Ccota
Desde finales del siglo pasado, anualmente, la Universidad Central convoca los Premios de Literatura, primero organizados por su Taller de Escritores y luego, además, con el apoyo del pregrado, la especialización y la maestría en Creación Literaria, unidades creadas a partir de 2008.
Para este año, el género escogido fue la poesía.
La premiación del I Concurso Internacional de Libro de Poesía "Fernando Charry Lara", 2015, será mañana viernes 14 de agosto, a las 6 p.m., en el Auditorio Fundadores de la Universidad Central (Calle 22 No. 5 - 91).
El acto se hará con la presencia del ganador, el poeta peruano Leoncio Luque Ccota (1974), quien leerá una amplia selección de poemas de su libro premiado, Entrega de memoriasAntes de la lectura de Leoncio Luque Ccota, el poeta Álvaro Miranda hará una breve exposición sobre la vida y obra del poeta colombiano Fernando Charry Lara, a quien estuvo dedicado el concurso.
Tres poetas internacionales hicieron la selección entre 637 libros recibidos al concurso, de países como España (57), Argentina (50), Cuba (48), México (28), Chile (22) y Venezuela (20), y diez países más.
Dicho jurado estuvo integrado por Laura Pardo (Argentina), Vicente Cervera (España) y Eduardo Embry (Chile-Inglaterra).

En el portal "Mundo Cultural Hispánico", el poeta escribió esta nota:

Nací en Perú (Puno - Huancané) el 02 de abril de 1964. Seguí estudio de Economía en la Universidad Nacional del Callao (1985), la misma que abandoné un año después, para seguir estudios de Educación en la Universidad Nacional Federico Villarreal, en la especialidad de Lengua y Literatura (1986-1990). Al llegar a dicha casa de estudio fundé en 1986 (agosto), el grupo literario Neo Babel, en alusión a la confusa y caótica realidad en que se desarrollaba el ambiente universitario. Impulsé la publicación de la revista Estro, en 1987-1988, con la cual realicé y fomenté actividades culturales, recitales y conversatorios. Al inicio de 1990, fundé la agrupación NOBLE KATERBA, con los poetas Johnny Barbieri, Roxana Crisólogo, Pedro Perales, Gonzalo Málaga, Alan Morales, Iván Segura, Manuel Cadenas, Armando Agüero, Milagros Lazo, Valentín Parco López, Teddy Panitz, José Gamboa, Rodrigo Manrique y Raquel Alvarez, ahora disperso por el mundo. Fui editor de la revista cultural Prisma, en el año 1996 y 1997 y Proyección 2002. Participé en el Colectivo Lobo Estepario, dirigido por el profesor José Arce.

Leoncio Luque Ccota ha publicado cuatro libros de poesía y ha ganado varios concursos en su país y fuera de él.
Es la primera vez que viene a Colombia. 

jueves, 25 de junio de 2015

Óscar Collazos (1942-2015)

1.
Primer libro de cuentos
 de Óscar Collazos
Hacia 1970, comencé una investigación –sin patrocinio alguno- sobre literatura colombiana. Tomé una muestra de 23 narradores nacidos en la década del 40 (o muy cerca de ella), levanté la bibliografía de cada uno de ellos (activa y pasiva) y les formulé una entrevista piloto en la búsqueda de la relación causal entre el pensamiento del escritor y su producción literaria. Los resultados se publicaron en el libro –mi primer libro individual- La generación del bloqueo y del estado de sitio (Bogotá, Ediciones Punto Rojo, 1973, pp. 253). De los nueve escritores desaparecidos de aquella lista, Óscar Collazos ha sido el último. Le antecedieron: Eutiquio Leal, Helena Araújo, José Stevenson, Humberto Tafur, Alberto Duque López, Germán Espinosa, Arturo Alape y Jairo Mercado. Y recuerdo estos datos porque uno de los escritores jóvenes, para entonces, con mayor número de publicaciones, fue Collazos, “el negro” Collazos, como se le decía en familia. A partir de esos años, lo vimos crecer muy rápido. Sus dos primeros libros (de cuentos) habían sorprendido a todo el mundo. Hoy, siguen sorprendiendo: El verano también moja las espaldas (publicado en 1966 por Ediciones Papel Sobrante, de Medellín, una empresa quijotesca de Manuel Mejía Vallejo, Oscar Hernández y Darío Ruiz Gómez, entre otros, y Son de máquina, publicado por Ediciones Testimonio en 1968, otra quijotada de David Consuegra (1939-2004), el gran diseñador y artista colombiano, fundador de la revista literaria Nova, donde apareceríamos publicados cuentistas jóvenes, premiados en el concurso organizado por David y el poeta Eduardo Galindo).
Sin embargo, la historia y la reseña analítica de la obra de Collazos, como la de aquellos que conformaron esa rica generación de la década del 70, que también llamé la “narrativa del Frente Nacional”, sigue sin escribirse. ¿Cuántos libros dejó Oscar publicados? Yo apenas tengo una quincena. ¿Y la cantidad de ensayos y artículos que dejó regados por América Latina y España?
Transcribo a continuación una reseña que publiqué hace 40 años, en 1975, en El Espectador –sin los cambios que quisiera hacerle, para que fuera más clara; las columnas obligan a la elipsis-, sobre su primera novela, de la época cuando apareció, en la misma colección de la Editorial Planeta, la novela El cadáver, de Benhur Sánchez.

2.
Collazos, novelista
Isaías Peña Gutiérrez
Primera novela
de Óscar Collazos
No es que la literatura se divida en urbana y rural según su tema, como desde Luis Alberto Sánchez o antes se pretendía. Y si fuera así, la clasificación sería más nonata. Es que si José Félix Fuenmayor termina su libro La muerte en la calle  (también Sudamericana de Buenos Aires tiene una edición) con un cuento que es canto popular a Barranquilla, precisamente, cuando muere el viejo piquero Juan, de extracción campesina, es porque, como un símbolo advertido o apenas intuido, Fuemayor significaba con su nueva perspectiva socio-literaria (nueva expresión, nuevo sentido) un ingreso definitivo al mundo-ciudad, en una literatura que había sido siempre manifestación de un hispanismo añejo y conservador (rural, en fin de cuentas). Ahora, esa nueva perspectiva o tendencia la encontramos en la primera novela de Oscar Collazos. (1)
Al decir que con Crónica de tiempo muerto hemos ingresado a una etapa nueva en nuestra literatura, queremos dar a entender que se ha logrado el tránsito, lento y paulatino, de una literatura que vivió largos años en el campo, merodeó otro tanto en el caserío, abordó el pueblo –hasta donde llegaría García Márquez-, atracó en el suburbio de la Gran Ciudad, que era la manera de prolongar esa existencia rural-semifeudal, y ahora ha llegado al centro de una era que han llamado capitalista dependiente, donde la Gran Ciudad es motor y fuente del desarrollo de la sociedad. (Y las homologías resultan, desconcertantemente, ciertas).
¿Cómo ha armado Collazos -acudiendo al leitmotiv de la novela, innecesario en nuestra opinión- su novela?
Un autor-narrador-soporte, que con gran habilidad estilística logra camuflarse en una primera persona polisémica (por eso decimos que sobran las excusas al lector), ha llegado a su barrio -ya es un acuerdo- y se ha instalado en la ciudad, Bogotá. Ahora, en una semana, con los tres tiempos, compone una novela, donde son ejes principales, duramente contradichos, Mario y Marta, quienes se debaten entre el pasado y el futuro que acá tiene nombre propio -sus clases sociales-, en presente caótico y desesperadamente difícil. Alrededor de ellos, permitiendo esa lucha que se libra en toda la novela -es la derrota o la superación-, Stella y Roberto, dos escépticos fumadores de yerba; Álvaro, el político oportunista de izquierda, Jorge Zapata, dirigente político de procedencia pequeño burguesa, en desplazamiento supuesto, y Piedad, la “hija alternativa”, vencedor y vencida en una tarde de jardín con Mario. En torno al eje principal, también, suceden cosas (del pasado) que permiten ubicar mejor ese “tiempo muerto” de Mario (¿Oscar?): las luchas estudiantiles, las torturas a los presos políticos, el cuestionamiento de la vida en Madrid o Paris, la presencia del sexo como valor social. Donde sexo y luchas sociales serían las coordenadas generales.
Libro polémico este que nos entrega Collazos. Los problemas de un sector ambiguo de la sociedad que al lado de las luchas estudiantiles del 60, cristalizó o se rompió. Una ciudad parcelada por la riqueza y la pobreza que todavía aparece a través de un metalenguaje, aunque sublevado.
Crónica de tiempo muerto, como testimonio de un des-clasado –Mario Fernández-, a quien le preocupa “el paso más largo” que tendría que dar para sobrevivir a ese pasado y presente, tenso e intenso, pero “muerto” por lo mediocre y desechable.
(1)Oscar Collazos, Crónica de tiempo muerto, Barcelona, Editorial Planeta, 1975.
(Publicada en El Espectador, Bogotá, 11 de julio de 1975, en mi columna semanal “Libros de actualidad”).

jueves, 11 de junio de 2015

Pablo Montoya Campuzano., ¿otro secreto?

Pablo Montoya C.
 Foto: Adriana Agudelo-Toro
 (Tomada de Literariedad)
La frase del “secreto bien guardo”, como slogan publicitario hasta funciona. Visto desde la realidad misma, me parece perverso. Porque los responsables directos del “secreto”, son quienes, a la postre, se ufanan de haberlo guardado.
Acaba de ganar el Premio Internacional de Novela “Rómulo Gallegos”, nuestro viejo amigo, profesor y doctor en literatura, estudioso de Carpentier, intérprete de Coetzee, incrédulo de Bolaño, flautista y musicólogo, peleado por tres municipios colombianos (Barrancabermeja, Medellín y Tunja), filósofo por naturaleza y viajero irrevocable, madrigalista y pintor de viejas escenas del dolor humano, Pablo Montoya Campuzano. Nunca he sabido si a Pablo le gusta o le disgusta que sus amigos le digamos “Pablito”, cosa que en el siglo pasado resultaba obvia que le dijéramos, porque así era Pablo, delgado como una flauta dulce o traversa, hace 22 años, cuando en 1993 se ganó el primer premio del Concurso Nacional “El cuentista inédito” –que para entonces yo le había puesto el apelativo de “Germán Vargas”, en honor a uno de los cuatro amigos que figuran al final de Cien años de soledad-, concurso que hacíamos desde 1985 los del Centro de Estudios Alejo Carpentier (grupo de mis alumnos egresados del Taller de Escritores de la Universidad Central). Pablo ganó con el cuento “El madrigal”, seleccionado por los jurados Philip Potdevin, Evelio Rosero y César Valencia Solanilla. El cuento, publicado en aquella época por El Tiempo, e incluido en el volumen Once cuentos premiados. Concurso Nacional El cuentista inédito Germán Vargas (1985-1994), editado por la Universidad Central en 1995, lo acaba de incorporar Albeiro Montoya en el último número de su revista virtual Literariedad, homenaje a Pablo Montoya Campuzano por el Premio Rómulo Gallegos.
Eso fue, repito, en 1993. Y, ahora, Pablo ha recordado aquel momento con estas palabras: “Acaso sea el más importante de todos (los premios), porque me lanzó a la convicción de la escritura que desde entonces sostiene mi vida” (e-mail, 5 de junio de 2015, La Plata, Argentina).
Desde entonces, Pablo Montoya ha recorrido el mundo (el premio lo sorprendió en La Plata) sin ruborizarse y un poco con desenfado. No creo que haya pasado un día de su vida sin escribir; lo digo porque basta mirar las páginas que ha llenado. A su inteligencia y sensibilidad abrumadoras, él le suma, sin ninguna dificultad, una disciplina y una constancia puestas a prueba hace rato. Pueden constatarlo si repasan su bibliografía. Sus libros de poesía, ensayo, cuento y novela, historia, crítica literaria, etc., llegan ya a una veintena, y sus conferencias y ponencias y ensayos y artículos en revistas literarias o académicas, en suplementos dominicales, son innumerables.
Quiero decir –con alegría, con entusiasmo- que si alguien en estos últimos 25 años, ha sido una figura pública destacada y respetada en nuestro país, sin secretos, ni mitomanías, ha sido Pablito (aunque ya no sea la flauta de antes, sino el saxofón contralto que se ha hecho escuchar más allá de los límites que algunos se imaginaron imponerle). Hoy, Pablo tiene 52 años. Y al ganar el Rómulo Gallegos, de inmediato, se le vino encima un vendaval de abrazos, mensajes y afectos. Porque, qué pena con quienes apenas lo descubren, Pablo no era ningún secreto guardado.
Y remato con una reflexión que suelo hacer en estos casos para hablar de la prensa cultural colombiana, a la que he pertenecido desde hace 50 años. Por falta de espacio en los medios para la noticia cultural (que suele no existir como tal; existe la información cultural, es decir, la noticia que envejecida luego aparece en el diario algún día: por ejemplo, ahora mismo, ¿alguien ha dicho en Colombia que Ricardo Piglia acaba de ganarse el Premio Formentor?), o por falta de política editorial o de apoyo económico, o por cansancio de los redactores culturales, el cubrimiento de nuestra vida cultural, literaria, artística, es muy precaria. Y de ahí surgen frases como la del secreto bien guardado. Resulta que, por causas conocidas o desconocidas, los medios invisibilizan a ciertas personas del arte y la cultura. No importa que publiquen libros, ganen concursos, dicten conferencias internacionales, lleven una vida activa y pública. Las vuelven invisibles. Y luego, cuando alguien desde afuera las reconoce, deciden romper el “secreto” acá. Y aparece la frase del secreto bien guardado. Nunca me ha parecido justa esa política periodística nuestra.

En fin, por fortuna, con Pablo la fiesta comenzó hace rato y no termina aún. Del Concurso Nacional El Cuentista Inédito de 1993 al Premio Internacional Rómulo Gallegos de 2015, por lo pronto, sin secretos, y ahora más visible que nunca, porque su música y su pensamiento siguen abriéndose camino en la academia, en las librerías, en los foros públicos. En sus lectores todos.

miércoles, 3 de junio de 2015

Zhou Daxin y Xu Zechen en la U. Central

Zhou Daxin  y  Xu Zechen, en Bogotá
Los escritores chinos Xu Zechen (1978) y Zhou Daxin (1952) conversarán con estudiantes y docentes de los programas de Creación Literaria de la Universidad Central, alumnos del Instituto Confucio U. Tadeo y con todas las personas que estén interesadas en la literatura china, el viernes 5 de junio, 11 a.m., Calle 21 No. 4–40 (Aula Múltiple de la Universidad Central). Habrá entrada libre.

Xu Zechen, magíster en literatura china de la Universidad de Beijing, es considerado uno de los mejores escritores jóvenes de China. Ha publicado obras como A la orilla de las aguas, Tren nocturno, Jerusalén, Puertas de medianoche, Paraíso en la tierra, El último cazador y Si la nieve corta el camino, que han sido traducidas al alemán, inglés, francés, español, holandés, japonés, italiano y ruso, entre otros idiomas. 
Durante el encuentro, Xu Zechen exhibirá la novela Corriendo por Beijing, traducida al español, una novela que explora los submundos del crimen en la China contemporánea.

Zhou Daxin, por su parte, ganador del Premio Nacional de Novela Corta, del Premio Feng Mu y del destacado Premio de Literatura Mao Dun, ha publicado más de 30 obras literarias en los géneros de novela y ensayo, muchas de ellas también traducidas a otros idiomas. Entre sus obras más destacadas se encuentran Saliendo de la cuenca, Lagos y montañas, Acto No.20, Leyendas de guerra y Torre 21.
En este espacio, Zhou Daxin presentará las traducciones al español de sus obras Joyas de plata y Réquiem. La primera de estas obras incluye dos novelas cortas: la que le da el título al libro brinda una mirada sobre la China antigua, a partir de una relación amorosa oculta, y la segunda Niebla violeta, cuenta la enemistad entre dos familias en el marco de los cambios históricos registrados en China a lo largo del siglo XX. En cuanto a  la novela Réquiem, esta relata el drama de un matrimonio que intenta salvar la vida de su hijo, aquejado por un tumor cerebral.

El encuentro con los escritores Xu Zechen y Zhou Daxin es posible gracias al Instituto Confucio de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, que dirige el escritor Enrique Posada, y los programas de creación literaria del Departamento de Humanidades y Letras de la Universidad Central, que dirige Isaías Peña Gutiérrez.


sábado, 25 de abril de 2015

Al final de la guerra

Friedo Lampe
Tuve siempre curiosidad de saber cómo construiría o compondría Patrick Modiano su novela Dora Bruder, siendo que jamás encontraría la historia cierta y real de esa niña –su protagonista-, asesinada por los nazis que ocupaban el territorio francés en 1942.
Modiano realiza el milagro de contar una historia perdida porque es un endiablado tejedor de hilos mágicos. Parte del principio –me parece- de que una historia desconocida puede ser la suma de mil historias conocidas. Tejer mil historias puede darte una sola. Dicho de otra manera, con mil sombras, yo construyo una figura. Y lo logra, y de qué manera. Supone qué le habrá sucedido a Dora Bruder porque a sus padres y abuelos les sucedió, porque al narrador-autor le sucedió, porque les sucedió a tantos otros, en medio de la brutalidad de la guerra, de la oscuridad de los odios religiosos, racistas e ideológicos. Por supuesto, al terminar la novela –que apenas son 127 páginas-, uno siente el peso, no de la desgracia de un personaje, sino del terror y la pesadumbre de miles de desaparecidos. Uno se desploma y vuelve a llorar.
De esas tantas pequeñas historias tejidas, me impresionó la que cuenta en la página 84. Es la del escritor alemán Friedo Lampe. Ocurrió al final de la guerra, en mayo de 1945, hace 70 años.
Lampe había nacido en Bremen en 1899, estudiado en Heidelberg, trabajado como bibliotecario en Hamburgo –donde comenzó a escribir su primera novela Al borde de la noche, publicada en 1933 y, de inmediato, confiscada y destruida, y su autor declarado por Hitler como sospechoso-. Pero Lampe no era judío, ni le interesaba la política; dice Modiano que la única ambición en su novela, según una carta de Lampe, era la de “hacer sensibles ciertas horas de la noche, entre las ocho y las doce, en las inmediaciones del puerto (Bremen)”.
Al final de la guerra, en 1945, Lampe vivía a las afueras de Berlín. El 2 de mayo, recorría esas calles cuando se topó con unos soldados rusos que le pidieron sus documentos. Luego lo arrastraron hasta un jardín, y allí lo mataron. Los vecinos, dice Modiano en Dora Bruder, “lo enterraron en un lugar cercano, a la sombra de un abedul, e hicieron llegar a la policía lo que quedaba de él: sus papeles y su sombrero”.
Es el absurdo aberrante y es el tejido de las historias de la guerra que le permiten a Modiano conocer la historia invisible de Dora Bruder, la niña judía que terminó sus días en las masacres de Auschwitz, que, para entonces,  nadie veía ni oía. (Normalmente, los adoradores de la guerra, los que la azuzan y la aplauden, ni la oyen ni la ven).
Lo de Lampe, el bibliotecario melancólico, descubridor de la noche y, por lo tanto, sospechoso, sucedió al final de la guerra.

Sí, al final de la (para tanta gente, de antes y de ahora) adorada guerra.

jueves, 16 de abril de 2015

Jotaspeña: 1915-2015

Recuerdo haber leído en la literatura de todos los tiempos, textos a favor y en contra del padre. La carta de Franz Kafka a su padre, por ejemplo, es durísima. Con razón o sin ella, es dura. Y frente a esa carta y a otros textos por el estilo, existen otras tantas que hablan de relaciones menos tempestuosas.
Hoy, jueves 16 de abril de 2015, cuando mi padre hubiera cumplido 100 años de su nacimiento, en Saladoblanco, un caserío a pocos quilómetros del río en el Alto Magdalena, quiero resaltar un par de detalles suyos.
Primero, el juego que siempre hizo con las letras de su nombre. Tenía su nombre dos jotas, las de José Joaquín, y su apellido dos pees, las de Peña Polanía. Mientras existió la telegrafía, entonces, siempre firmó “Jotaspeña”, y así sus cartas que escribía desde Leticia, Amazonas, con estilo cortazariano –cuando Julio no existía todavía-; y sus amigos así llegaron a llamarlo. Cuando dejó de ser funcionario público y abandonó la ciudad para reinventar la finca que había heredado de mi abuelo Isaías, sin que fuera necesario, le gustaba “autografiar” los costales en que empacaba el maíz, el fríjol o lo que dieran las rocerías, con las iniciales “J.J.P.P.”, que estampaba en letras grandes, con tintura azul, azul de metileno, en la letra de dibujante que tenía (Inés, su única hermana, llegaría a ser pintora). Yo las veía, y sigo viendo esas letras, como si fueran la firma en un libro de cabuya, escrito por alguien que me enseñó a leer como la mejor compañía.

No se si ya lo he dicho, que mi abuelo le decía, “eres el espíritu de la contradicción”. Mi abuelo era conservador laureanista; mi papá resultó ser liberal gaitanista. Pero la vez que le preguntaron que si podría ser comunista, les contestó que él era un eterno contradictor, que no lo atajaba ni el viento. Así murió en el 2001, con la nostalgia de no ver al país en paz, ni con libertades públicas respetadas, y con una oposición política en el cementerio. Mi padre, mi Jotaspeña, mi JJPP, el espíritu de la contradicción, en un país con una sola horma; él que quería ser todas las hormas, a la vez.

lunes, 23 de febrero de 2015

Minicuentos de Luis Alberto Murgas

Estos dos minicuentos de Luis Alberto Murgas Guerra resultaron ganadores del 2º. puesto en el II Concurso de Minicuentos "David Sánchez Juliao", Zona Caribe, Universidad de Córdoba, 2014. Jurados. Ramón Illán Bacca y Gustavo Tatis Guerra.

 

PASO DE CARACOL

Casa+Babosa=Caracol

El caracol decidió vivir cómodo y feliz en su lujosa casa rodante. Pero no tuvo ojos para pensar que con el pasar del tiempo su casa se convertiría en su propio sarcófago.

 

ELLOS NO TRAJERON NADA

Un tren, casi interminable, de hombres, mujeres y niños, llegó a la ciudad para quedarse. Ellos no trajeron nada, pero debajo de sus ropas venía la muerte.



Luis Albeto Murgas Guerra (San Diego, Cesar), dirige en Valledupar el Taller de Escritores, seccional Relata del Ministerio de Cultura. Ganó en 2008 el Concurso Nacional de Poesía "Gustavo Ibarra Merlano". Es profesor de la Universidad Popular del Cesar.


viernes, 6 de febrero de 2015

Adelaida Fernández y Nelson Romero, premiados

Nelson Romero Guzmán
(Foto: Milcíades Arévalo)
Un jurado integrado por los escritores Ignacio Echevarría (España), Nona Fernández (Chile), Luis Negrón (Puerto Rico), Carol Zardetto (Guatemala) y Hugo Luis Sánchez (Cuba), decidió por unanimidad darle, entre 184 novelas recibidas para la edición 56 del Premio Literario Casa de las Américas, el primer premio a la obra La hoguera lame mi piel con cariño de perro, de la colombiana Adelaida Fernández Ochoa.
Y otro jurado, integrado por los escritores Piedad Bonnett (Colombia), Manuel Orestes Nieto (Panamá), Tony Raful (República Dominicana), Ariel Silva Colomer (Uruguay) y Alex Fleites (Cuba), entre 235 libros de poesía, también por unanimidad, decidió otorgarle el Premio Literario Casa de la Américas a la obra Bajo el brillo de la Luna, de otro colombiano, el tolimense Nelson Romero Guzmán.
De este último, dice el acta del jurado: “Por la ingeniosa sucesión de los recursos verbales que fluyen con asombrosa riqueza de imágenes, así como los soportes estructurados de una angustia vital, que hace de los autorretratos y de otras obras plásticas de artistas, un contrapunto de confesiones fantasmales y oscuras que logran abordar con éxito el cálido escenario de sus nostalgias en una consumación ontológica de sí mismo bajo el absoluto brillo de la luna”.
 Nelson Romero Guzmán, de Ataco, Tolima, nació en 1962. Es licenciado y magister en literatura. Desde la década del 90 viene recibiendo reconocimientos locales y nacionales por sus libros de poesía. Ahora salta al campo internacional. Algunos de sus libros publicados: Días sonámbulos (1988), Surgidos de la luz (2000), La quinta del sordo (2006), Obras de mampostería (2007), Música lenta (2014). Vincent van Gogh, Goya y, ahora, Edvard Munch en Bajo el brillo de la Luna, son los pintores de referencia que ha “traducido” o convertido a su poesía, en esta trilogía que cierra con broche de oro. Trilogía que une pintura y poesía y que, me imagino, valdría editar en un solo volumen: Surgidos de la luz, La quinta del sordo y Bajo el brillo de la Luna.
Nelson Romero trabaja con la Universidad del Tolima y dirige el Taller de Escritores de la Biblioteca Darío Echandía, en Ibagué.
Adelaida Fernández Ochoa
Adelaida Fernández Ochoa, la ganadora en novela del Casa de las Américas 2015, es vallecaucana, estudió lenguas en la Universidad del Valle, hizo una especialización en la Universidad del Quindío, es magister en literatura de la Universidad Tecnológica de Pereira, y profesora de la Universidad del Quindío, en Armenia. Había publicado la novela Que me busquen en el río, basada en las masacres del municipio de Trujillo, Valle.
La hoguera lame mi piel con cariño de perro cuenta la historia de una esclava citada en la novela de Jorge Isaacs. “Para el posgrado yo escribí sobre la presencia de la mujer negra en la novela colombiana, para lo que me basé en las del siglo XIX, como María, que es una obra icónica, pero también en algunas más contemporáneas y de ese trabajo surgió la idea de ponerme a escribir el libro premiado”, contó la escritora a La Crónica del Quindío, de Armenia, la semana pasada, cuando supo del Premio. Esta novela, por lo visto, empata con un personaje, la nana Nay de María, para ir en la búsqueda de las raíces africanas nuestras y siempre bajo el tema de libertad/esclavismo (como en La ceiba de la memoria, de Roberto Burgos Cantor, obra entre las preferidas de Adelaida Fernández).

Dos títulos para leer tan pronto sean editados: La hoguera lame mi piel con cariño de perro y Bajo el brillo de la Luna, del Premio Casa de las Américas, 2015, de La Habana, Cuba.

viernes, 30 de enero de 2015

Francisco (Paco) Porrúa (1922-2014)

El 18 de diciembre del año pasado, cuando nos preparábamos para la Nochebuena, nos llegó la noticia de la muerte de Francisco Porrúa. Quise escribir algo sobre su obra y personalidad, pero los días se fueron impunes. Ahora veo que Roberto Burgos Cantor le ha dedicado su columna "Baúl de mago", que cada semana escribe, sagradamente, desde hace muchos años, en el diario El Universal de Cartagena, al sabio editor e intelectual, don Francisco, o Paco, Porrúa. La transcribo a continuación con su permiso. Es una bella página, muy útil ahora cuando necesitamos editores intelectuales como Paco Porrúa.

Santos oficios
Por Roberto Burgos Cantor
(El Universal, Cartagena)

Antes de la navidad reciente, murió en Barcelona Francisco Porrúa. Tenía 92 años y toda una vida dedicada sin flaquezas al oficio de editor. Lo ejercía en la editorial Sudamericana de la Argentina.
Los colombianos comenzamos a interesarnos en él cuando publicó, en 1967, Cien años de soledad. Gabriel García Márquez le guardó siempre gratitud. Por eso las ediciones de sus libros en el país austral salieron siempre en la editorial nombrada.
El interés por Porrúa no fue porque tuviera la suerte de ser el editor de una novela que se vendió como pan caliente y que sigue circulando entre lectores admirados. Más bien ese accidente que es la fama de un autor y su libro, permitió saber algo de don Francisco.
Había editado el primer libro de cuentos de Julio Cortázar. Se vendieron menos de cinco ejemplares. Y sin inmutarse convenció a la editorial de publicar el segundo, con un resultado en ventas, muy parecido.
De este hecho surge una primera observación sobre las exigencias del oficio de editor. Una sensibilidad y un ojo educados en las intuiciones de largo alcance. Consiste en ver más allá de la calidad literaria de un libro, la potencialidad de su autor. Algo que se siente y a lo mejor es indemostrable con razonamientos críticos o análisis de mercado. Esa obstinación obtuvo su recompensa: la publicación de Rayuela fue un éxito de librerías.
Es probable que de esta raza de editores queden pocos. La presión del ilusorio comercio dañó el oficio y dejó al lector sin un reto estético. Desorientado.
Con los años el hermano menor de Gabriel García Márquez, Eligio, empezó a obsesionarse por descubrir el secreto del éxito de Cien años de soledad. No le faltaba razón. Cada vez que hablo con Alberto Salcedo Ramos me hace un comentario sobre las calidades de periodista que observa en los reportajes de Eligio. Es una curiosidad secreta. En la misma Buenos Aires dónde arrancó el huracán de esa novela, había aparecido en 1959 la espléndida de V. S. Naipaul, Una casa para el señor Biswas. Con las complejidades de la narrativa india y otras magias, pasó desapercibida. ¿Por qué?
A la búsqueda de pistas, Eligio se fue a Buenos Aires. Encontró la ausencia de Paco Porrúa y los restos de la editorial en cajas apiladas cubiertas de polvo.
Siguió para Barcelona y una tarde temprana, en una esquina, encontró a don Paco, observando pájaros marinos en balcones de Gaudí. Hablaron. Sobre la novela de Gabriel, con un gesto que removía años, sin envanecimiento, le dijo: ¡Ah, si! Con esa novela nos fue bien.
De inmediato se puso a contarle su proyecto de traducir de nuevo a Ray Bradbury. Lo editaba en su editorial, Minotauro. Es de suponer que lo seducía del norteamericano su portentosa poesía.
Esa serena aceptación del destino, sin alharacas de orgullo, muestra otro rasgo del oficio: la discreción. Y de paso la persistencia.
Queda su ejemplo.