lunes, 25 de noviembre de 2013

Mi Simón Bolívar

Había terminado cinco años de primaria y dos de secundaria en la Escuela Normal Superior y su Escuela Anexa, de Pitalito. Y había cursado los cuatro años restantes de la secundaria en el Colegio Nacional Simón Bolívar de Garzón. (Esas nomenclaturas las cambió el Ministerio de Educación sin razón alguna no se en qué año, o con razones que siempre imponen las misiones o los consejeros que vienen del exterior. Hoy se usa una expresión horrible, que nunca he sabido a qué obedece, aunque intuyo muy neoliberal, que es “Institución Educativa”, que suelen resumir –por lo larga o por lo fea- con sus letras iniciales “I. E.”, a las cuales se les agrega el nombre del “colegio” o “escuela”). Entre Pitalito y Garzón pasaron mi niñez y adolescencia. De eso hace 50 años. Y es lo que quiero recordar en este fin de semana.

El Simón Bolívar de Garzón, como de todos modos le seguimos diciendo, era un colegio nuevo en 1960 cuando llegué a cursar mi tercero bachillerato. Lo habían fundado en 1951. Sus modernas instalaciones me impresionaron. Me sentí grande. Se manejaba con un sistema administrativo muy coherente para el momento y muy útil para las condiciones del país rural que éramos: quienes veníamos de otros lugares del departamento o del país, quedábamos “internos”, y eran “externos” los de Garzón (aunque también existía la posibilidad del internado para los estudiantes locales que no podían asumir sus gastos de estudio). La mayor parte de los “internos” llegábamos becados por la nación. Eso permitió, entre otras cosas, una democracia real de la educación –que luego perderíamos. Y posibilitó un efecto cosmopolita, si así se pudiera decir. Como las becas eran nacionales, quería decir que uno iba a donde lo mandaran. En un país tan endogámico y tan parroquial (posibles causas de su violencia), puedo decir que fue entonces cuando, sin salir del sur del Huila, desde mi Simón Bolívar, conocí por primera vez a Colombia. Allí supe de los bogotanos, de los costeños, de los llaneros, de los chocoanos, de los pastusos, de los santandereanos, de los paisas. Porque lo mismo sucedía con los profesores: eran un rico mosaico de voces que venían de todos los rincones del país. Convivir con ellos y con alumnos de todos los colores en esa pequeña ciudad educativa que era ese inmenso colegio, enclavado entre el Seminario Mayor y la parte alta de ese Garzón apacible y caluroso, fue una experiencia maravillosa, que siento hoy, a los 50 años de ocurrido, como si estuviera graduándome una vez más de bachiller. Sin dudas fue eso lo que marcó mi vocación universalista, renacentista y humanista que ampliaría pocos años después.

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 23 de noviembre de 2013)

lunes, 18 de noviembre de 2013

J. M. Coetzee: "Biblioteca personal"

La primera parte de esta historia la conté en esta columna a comienzos de año. En septiembre de 2012 invité al Premio Nobel de Literatura 2003, J. M. Coetzee, a Colombia. Enseguida la Universidad Central, por intermedio de su pasado rector, Guillermo Páramo Rocha, me dio el aval. En abril de 2013, Coetzee vino. Fue un éxito y, sobre todo, muy útil. Cada vez que rompemos el cerco, sumamos puntos en contra del ancestral aislamiento colombiano.
Ahora, tengo nuevas noticias acerca del maestro J. M. Coetzee. Aunque Colombia figura en algunas de sus obras –por ejemplo, Diario de un mal año-, nunca como ahora parece estar cerca de nosotros. Y esta vez lo será por vía Argentina.
En alguna visita a Buenos Aires, al Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA), su directora María Soledad Constantini, le propuso a Coetze que armara su “biblioteca personal” con los libros que él considerara básicos en su vida de escritor, que ella, como codirectora de la editorial El hilo de Ariadna, los publicaría bajo el sello de “Biblioteca Personal” de J. M. Coetze. Algo parecido a la biblioteca de Borges, pero con un matiz especial: la de Borges fue un listado de obras universales que a él le parecían importantes. Ahora, son los libros que un autor de la talla de Coetzee considera básicos en su proceso de creación literaria. Interesante para cualquier lector y muy importante para los aprendices de escritores.
Bueno, la primera parte –el primer tercio de esa “Biblioteca personal” de J. M. Coetzee- se presentará en una conferencia de prensa, presidida por los directores de la editorial, Leandro Pinkler y María Soledad Constantini, en la sede del MALBA, pasado mañana, en Buenos Aires. Entiendo que no estará Coetzee, pero la noticia es que él y Soledad sí estarán en Colombia para el lanzamiento de la colección en la Feria del Libro de Bucaramanga (agosto de 2014), y luego en Bogotá (Universidad Central y, posiblemente, otra institución, por confirmar).
En un momento en el que la edición digital amenaza la posibilidad de acariciar la belleza de un libro hecho con cartón, papel, linos, hilos, pinturas y separador de cinta, esta colección de El hilo de Ariadna nos regresa a esa realidad: tapa dura, formato grande (25x17.5), letra e interlineados generosos, portadas ilustradas con cuadros, seleccionados por Coetzee, del pintor norteamericano, tan caro a latinoamérica, Frederic Edwin Church, 1826-1900). Sólo un esteticista que piensa, como Coetzee, y una directora de arte, como Soledad Constantini, podrían haber hecho esto. De los 12 autores seleccionados por J. M. Coetze, los primeros cuatro editados son: Nathaniel Hawthorne, Heinrich von Kleist, Robert Musil y Gustave Flaubert, con títulos que pronto mencionaré.

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 16 de noviembre de 2013).




miércoles, 13 de noviembre de 2013

"Lecturas Dominicales": 100 años

Eduardo Mendoza Varela
En 1964, salí del sur del Huila a estudiar en Bogotá. Por lo remoto, desconocido y frío, me pareció que llegaba al Polo Norte. Sin embargo, desde Pitalito y Garzón, yo había cultivado en mi bachillerato una amistad que sería mi salvación en Bogotá: los suplementos literarios dominicales. Más que los libros, que nunca llegaban, fueron los suplementos literarios de El Espectador y El Tiempo, las fuentes intelectuales de toda mi generación (años 60 y 70). Y eso fue posible porque ellos (incluido el de El Siglo) eran unos señores suplementos. Y no es cosa de nostalgia. Es que –como lo han recordado Enrique Santos Molano y Daniel Samper Pizano-, con motivo de los cien años de “Lecturas Dominicales” de El Tiempo, en ellos se debatían los grandes temas intelectuales y literarios del mundo. Un solo ejemplo. Yo conocí a Alfonso Reyes, el gran maestro mexicano de todos los tiempos, no por sus libros, sino porque en “Lecturas Dominicales” aparecían sus ensayos. Los grandes escritores latinoamericanos, europeos y norteamericanos, de mediados del siglo XX, eran sus colaboradores. De José Eustasio Rivera, en los años 20, al exótico movimiento Nadaísta, en los 60, tanto el “Magazín” como “Lecturas”, fueron pilares básicos para sus contiendas intelectuales. Pensamiento y creación literaria nunca se excluyeron. Lo digo porque, en este momento de balances, es bueno decir que, de pronto, en Colombia, algunos directores de periódicos decidieron pensar que la literatura no vendía, que la gente no leía, si se publicaban cuentos o poemas o ensayos. Y los suplementos dominicales se vinieron abajo. Y fue sólo en Colombia.

Ahora, vuelvo atrás para recordar con inmensa gratitud las veces que los directores de “Lecturas Dominicales” le abrieron las puertas a este amigo cerrero de los suplementos dominicales. A Eduardo Mendoza Varela, poeta, traductor, columnista literario (un género que desapareció), quien me permitió debutar como escritor a nivel nacional, sin pensarlo, cuando publicó mi primera entrevista literaria el 27 de agosto de 1967; a Enrique Santos Calderón, quien me publicó en los 70 entrevistas con escritores desconocidos con la promesa de que no lo serían después, como Alfredo Bryce Echenique; a Carlos J, Villar Borda, quien me permitió hacer una columna de crítica literaria latinoamericana, y, finalmente, a Roberto Posada García-Peña, quien me acolitó, de 1982 a 2001, sin interrupciones, hacer en “L. D.” una columna semanal. Por eso, a los nuevos dueños de El Tiempo, en los 100 años de “L. D.”, lo único que se les debe pedir es que volvamos pronto al suplemento que fuera la vitamina básica y esencial de los lectores jóvenes y viejos de Colombia, porque hoy “Lecturas Dominicales” pasa por una  penosa crisis. Debe volver a ser semanal, por ejemplo.

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 9 de noviembre de 2013)

miércoles, 6 de noviembre de 2013

La repatriación interior (4)

Asistí la semana antepasada a la Casa del Huila, en Bogotá, a una mesa redonda convocada por su director, Dr. Julio Enrique Ortiz, para hablar del libro Las estatuas del pueblo escultor. San Agustín y el Macizo Colombiano, de David Dellenback, traducido por él y su esposa Martha Gil. La reunión resultó ser un ejemplo magistral de diálogo civilizado entre opositores frente a una misma causa. Sin embargo, como suele suceder en estos casos, lo coyuntural le ganó a lo sustancial. David comenzó a hablar de su libro, que era lo importante. Debo repetir: lo importante, lo que está en juego, es el tesoro artístico, arqueológico y cultural que se llama Parque Arqueológico de San Agustín, que sigue en el olvido (a pesar del actual Icanh y de la administración de Julio Enrique Ortiz Cuenca que logró la declaratoria de Patrimonio de la Humanidad). Pero David no habló mucho de su libro –del que mi pariente Roberto Castro Polanía me había puesto sobre aviso-, sino que se perdió en la polémica suscitada con motivo del centenario del alemán que se llevó parte de lo que excavó –como se las han llevado tantos otros, porque ellos sí le han dado la importancia que huilenses y colombianos no le han dado-. David no habló de su libro, que era lo principal. Y eso nos está pasando con el homenaje al Parque Arqueológico: que la polémica coyuntural podría impedirnos ver la esencia del problema. El doctor Fabián Sanabria ha removido el tema, ha propuesto un homenaje y le ha puesto un programa y un presupuesto en grande y en serio a pesar de la fecha. Más adelante la podemos cambiar. Que no sea la del alemán, ni la del otro alemán, que ambos resultaron nazistas (razones políticas que no invalidan las científicas). Entonces, pensaremos en Fray Juan de Santa Gertrudis, el Sabio Caldas, Agustín Codazzi, Cuervo Márquez, Pérez de Barradas,  Luis Duque Gómez, Llanos y en los investigadores locales que siempre decapitan (es necesaria esa historiografía). O pensemos en la fecha anual del arte del Alto Magdalena. Y propongo que con estos homenajes en Bogotá, San Agustín y Neiva, a tiempo que el Icanh y el gobierno negocian la lenta repatriación de las esculturas embodegadas en Berlín, trabajemos desde ya por la más difícil de las repatriaciones, la más cara, la más lenta aún, la que nunca hemos querido encarar: la repatriación de toda la obra escultórica de San Agustín, que tenemos acá pero que nadie ve, que nadie visita, que nadie estudia, que nadie pinta o fotografía, que nadie narra, que nadie mitifica, que nadie filma, que nadie teoriza, y que pareciera existir expatriada, sepultada, embodegada. Esa repatriación interior sí que debiera conmovernos, pienso yo.