lunes, 21 de octubre de 2013

San Agustín, ires y venires

Está diagnosticado hasta la saciedad el alto potencial turístico (ecológico y cultural) del Huila. Pero seguimos siendo apenas eso: un gran potencial, una hipótesis. E hipótesis sin desarrollo significa nada. Hace cuarenta años escucho hablar, por ejemplo, del “anillo turístico del sur del Huila”, y cada vez que,  por razones domésticas (no turísticas), lo repaso, constato su desintegración. En ese anillo se encuentra San Agustín y sus alrededores, incluido, el Parque Arquelógico (que debiera ser “nacional”), del cual se quieren celebrar los primeros 100 años de sus primeras excavaciones en diciembre. Las cifras sobre las visitas al Parque Arqueológico de San Agustín, sin embargo, no hablan bien de su reconocimiento por parte de colombianos y huilenses. Sólo un 8% de los huilenses lo conocen. Hace 55 años, cuando estudiaba mi primaria y primeros dos años de Normal en Pitalito, era mal visto ir a San Agustín.
 Mi primera excursión fue a la Cueva de los Guácharos, no a San Agustín. Cada vez que pregunté en Neiva entre mis familiares por San Agustín, las expresiones fueron de escepticismo y desgano. Estando ya en Bogotá, como profesor universitario, hice una encuesta sobre San Agustín entre mis alumnos de periodismo y todos me preguntaron, ¿San Agustín? Siempre hemos sido –ahora caigo en cuenta- menos que una hipótesis. Quien viene del exterior con emoción y expectativa a visitar las esculturas y la estatuaria de San Agustín espera encontrar  en el aeropuerto internacional de Eldorado siquiera una gran valla con una imagen gigante del parque de San Agustín, pero jamás la encontrará. Es más, cuando tome carretera hacia el sur tampoco la encontrará, ni siquiera cuando llegue al Huila. Alcanzará a imaginar que San Agustín no existe, que era una hipótesis del santo de Hipona, o algo semejante. Verá, en cambio, que al norte hay una “Ciudad Perdida”, tan importante como la del sur, pero que la “perdida” sigue siendo la del sur. Una “ciudad” entera de artistas que, al aire libre, en la cima de los Andes, tejieron unas piedras especiales que el tiempo del hombre no ha podido destruir, pero que siguen siendo invisibles para quienes las tienen a su lado.
            Uno de los puntos destacados, a propósito de lo anterior, en el programa conmemorativo del ICANH de 2013, es demostrarle al país que, entre ires y venires, San Agustín sí existe. Y, digo yo, para no esperar otros cien años, debiéramos institucionalizar “la semana anual” del Parque Nacional Arqueológico de San Agustín, para realizar seminarios, exposiciones fotográficas, concursos de literatura, de teatro, de música, de danza, sobre la realidad y el misterio de ese pueblo escultor que hoy todavía nos pone a reflexionar.

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 19 de octubre, 2013).

lunes, 14 de octubre de 2013

Alice Munro, Nobel de Literatura 2013

Cada año, por esta misma fecha, nos gusta hacer apuestas sobre quién puede ser el Premio Nobel de Literatura del año, el más destacado entre los demás Nobel (de ciencias y paz). En diciembre, el único que habla en representación de los demás es el de literatura. Este año ese discurso le tocará a la gran señora del cuento en el mundo, Alice Munro, casada dos veces, con cuatro hijas y residente entre Victoria y la provincia de Ontario, donde nació en la zona rural de Whingham.
En esta ocasión la Academia premió a una mujer y a un género que suele quedar por fuera, el cuento. Alice Munro (1931) condensa esas dos condiciones de manera maravillosa. El mundo predominante en su obra se debe a la mujer, pero sin que ella, Alice, sea feminista. Por el contrario, sin banderas que arrecien resentimientos, su cuentística, o su narrativa (porque, también, tiene una novela de 1971, Las vidas de las mujeres), zurce o teje (para usar verbos que suelen ser femeninos) los más variados pliegues y repliegues, las más contradictorias caras y máscaras, los más oscuros vericuetos, del ser humano, pero generados a partir de la mujer, entre ellas o en la relación de pareja. En eso, Alice es profesional y desprevenida. No privilegia, ni salva, a nadie. Se regodea con la bondad y la maldad humanas, y las exprime con sinceridad y no sin humor en el fondo. Quizás por eso la Academia ha hablado de “realismo psicológico”, al darle el premio. En un libro suyo (toda su obra, repito, con la excepción de su novela, son cuentos), El amor de una mujer generosa, existen textos donde ese realismo psicológico le sirve para engañar al lector. Para eso, trabaja como realidades lo que, simplemente, son fantasías de sus personajes, y si el lector piensa como el personaje, resultará engañado. Ese doble engaño me encanta. Alice Munro profundiza en él y, con una organización perfecta del cuento, con armonía y sutiliza increíbles, arma peripecias que en sus cuentos, no siempre cortos, conquista al lector página a página. La apabullante riqueza de su mundo no reside, sin embargo, en la acción violenta –que, siempre, se presiente implícita-, sino en la sinuosa molicie o perversidad de las relaciones humanas. Entonces ella, Alice Munro, se acerca a autores como Chejov, Cheever o Carver. Pero yo la veo mucho más allá. Ella es Alice Munro, la que se dejó el apellido de su primer marido, estando casada con el segundo.

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 12 de octubre de 2013, y en El Espectador, Bogotá, 13 de octubre de 2013).

miércoles, 9 de octubre de 2013

El arte del Alto Magdalena (2)

Repito, todo cuanto se haga por el estudio y reconocimiento del arte escultórico del Alto Madgalena (San Agustín, Isnos, Saladoblanco, Pitalito), siempre será insuficiente y precario frente a la inmensidad de su misteriosa belleza, de su invaluable importancia histórica y mítica, de su sorprendente e ignota procedencia material y metodológica. Este museo natural, a campo abierto, donde estética, historia, mito y técnica, donde vida individual, colectiva y cósmica, donde hombres, animales y dioses, donde la abstracción, la simetría y los más variados valores plásticos, se fusionaron en plenitud para dejar el único testimonio físico y espiritual de una cultura aborigen que intuyó que sólo así podía llegar viva hasta nosotros luego de la avalancha del tiempo y del vandalismo religioso e ideológico de occidente, debemos acercarlo al mundo y acercar el mundo a él. Vivió enterrado y escondido durante varios siglos y, hoy, nuestro deber es respetarlo, admirarlo, estudiarlo, aprenderlo, saberlo y divulgarlo, darlo a conocer a sus vecinos locales y departamentales –que han sido los primeros en ignorarlo y siguen sin conocerlo-, llevarlo al país y al mundo, así sea en su mínima parte, para que, poco a poco, los habitantes del mismo San Agustín, del Huila, de Colombia, de Latinoamérica, del mundo, lo coloquen en sus rutas anuales de reconocimiento de las altas bellas artes del universo. No fue fácil que la Unesco lo reconociera como Patrimonio de la Humanidad, hace poco, en 1995. (A quienes lo lograron, también se les debe un reconocimiento).
Creo que cada oportunidad –ojalá se repitieran con mayor frecuencia, sin esperar que pasen cien o doscientos años- de acercamiento al arte lítico del Alto Magdalena, al Parque del Arte Mayor del Macizo Colombiano, debiera tener como meta eso que el ICANH (Instituto Colombiano de Antropología e Historia), en manos, hoy, del profesor Fabián Sanabria (antropólogo, sociólogo y escritor), ha convertido en una meta concreta para este año y que nadie antes, menos cuando la propuesta ha surgido de él y no del Huila, había sugerido y presupuestado: llevar en vivo el arte de Sanagustín a Bogotá (y al mundo, porque eso originará una cadena informativa de carácter internacional), y, al mismo, tiempo, llevar a los bogotanos, a los mismos huilenses, a los colombianos (y el mundo), a que visiten el Huila y su sur tan mal interpretado siempre por el norte. (Todo norte, geográfico o humano, como polo opuesto, jamás avizora su sur). Ya volveré sobre el programa de diciembre, pero quiero decir que esa meta, la de reconocernos entre todos, la de intercambiarnos, la de dialogarnos –sin monólogos eternos, excluyentes, destructivos-, nos hará bien. Habremos aprendido algo de nuestro pasado invisible.

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 5 de octubre de 2013)



sábado, 5 de octubre de 2013

El arte de Sanagustín (1)

Tenemos que aprovechar cualquier fecha para volver sobre la importancia, muchas veces inadvertida o postergada, de las riquezas de nuestros patrimonios artísticos y culturales nacionales. Colombia los tiene al por mayor, pero razones de diversa índole -que no es el caso mencionar ahora-, suelen ocultárnoslos. Y por eso, con mucha frecuencia, vemos los del vecino e ignoramos los nuestros. O, simplemente, no los vemos. Siempre he dicho, por ejemplo, que en Colombia la existencia del parque arqueológico situado al sur del casco urbano del municipio de San Agustín, en el departamento del Huila (en Colombia, no en México, como creen algunos extranjeros), se ha invisibilizado en todos los sentidos, tanto por locales como por nacionales e internacionales. Parte de esa existencia menos que fantasmal (al fin y al cabo los fantasmas existen), obedece, en buena parte, a que, desafortunadamente, el parque tomó el mismo nombre del municipio, calificando un arte aborigen con un nombre opuesto a su propia naturaleza. Pero la invisibilidad obedece, también, a dos causas más: los antropólogos y arqueólogos, que son quienes excavaron y dieron nombres, no han sido apoyados en sus estudios por historiadores, teóricos y críticos de artes visuales. Entonces, lo que podría ser arte religioso, se queda en la categoría de un sarcófago o en las explicaciones representativas de mitos y rituales, sin llegar, por ejemplo, a la dimensión de una obra de arte tridimensional como la escultura, no importa su formato (pequeña, mediana o grande). Así, el arte en piedra (tan válido como en bronce o en mármol), un busto, un monumento, una escultura, se convierte en una simple y peyorativa "estatua". Pareciera que, de otro lado, a nadie le interesaran las estatuas, si, por ejemplo, así hubieran llamado los mexicanos a sus gigantes cabezas olmecas. Una esfinge egipcia no es una simple estatua. Si a eso le sumamos la falta de estudios histórico-artísticos de la inmensa obra lítico-escultural que reposa en las colinas del alto Magdalena (ni profesores, ni estudiantes poseen un libro o un manual de historia que les permita acercarse a ese inmenso número de increíbles pero tangibles representaciones del arte de nuestros no muy remotos parientes, quizá porque no lo ha escrito un extranjero), la invisibilidad se hace casi insuperable.
A todo lo anterior, debemos agregarle otro factor que puede ser consecuencia obvia. Si nos hemos perdido en la conceptualización del arte aborigen del alto Magdalena y donde hay una escultura vemos sólo una piedra rayada, si nuestra riqueza está en la imponderable obra manual de unos artistas que inauguraron el arte en la "calle" cientos de años antes que nosotros, y no reside en la monumentalidad de la naturaleza geográfica, como sucede con la urbe de Machu Pichu -que en lo estrictamente artístico manual tiene poco-, entonces, ni gobiernos, ni particulares, le paran bolas. Por eso, en la llegada internacional de Eldorado o en la salida de Bogotá al sur, ni en el mismo Huila, nunca ha existido nuestro mejor museo internacional de arte visual, el llamado Parque Arqueológico de San Agustín, que yo llamaría de Sanagustín para distinguirlo del pueblo y del santo de Hipona.


(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 28 de septiembre de 2013)

miércoles, 2 de octubre de 2013

El llano en llamas

Así visto, el título de esta columna podría remitirnos a otra escena de violencia de nuestros llanos orientales. O a una pesadilla de verano cuando alguien prende fuego a la llanura y el juego se convierte en fuego. Pero no. Es que por estos días, entre el 23 y el 26 de septiembre, la Fundación Juan Rulfo, la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México) y su Instituto de Investigaciones Filológicas, realizarán varias actividades con motivo de los 60 años de la primera edición de El llano en llamas, el legendario libro de cuentos de Juan Rulfo. Con ese motivo se inaugurará el 23 de septiembre, a las 10 de la mañana, la “Cátedra Extraordinaria Juan Rulfo”. En ella se dará curso al coloquio “El llano en llamas, 60 años: reflexiones multidisciplinarias”, con la asistencia de 30 especialistas de 10 universidades nacionales y 11 internacionales, entre ellos Dylan Brennan, Lucy Bell, Fukumi Nihira. Rafael Olea y Néstor Ponce; también hará presencia Clara Angelina Aparicio de Rulfo, la viuda. Se presentará una muestra de las fotografías tomadas por Juan Rulfo, “Nonoalco y sus alrededores”, 62 imágenes con el tema de los ferrocarriles. Se hará una muestra bibliográfica de la obra de Rulfo, 107 libros en idiomas que van del chino al hebreo. Dos de los cuentos de El llano en llamas, “Macario” y “Es que somos muy pobres”, serán escenificados por grupos teatrales de la UNAM. Y se estrenará el documental “Juan Rulfo por sí mismo”, de Paulina Lavista para TVUNAM.
Juan Rulfo, quien fuera director editorial del Instituto Nacional Indigenista, está traducido en alrededor de 90 países y, aunque no fuera Premio Nobel, se le considera como uno de los más importantes narradores de Latinoamérica del siglo XX, habiendo publicado sólo un libro de cuentos, El llano en llamas, y una novela, Pedro Páramo.

En los años 60 y 70, en Colombia y todo el continente, Juan Rulfo se leía por los jóvenes con una avidez extraña y exultante. Sus cuentos, más que Pedro Páramo, su novela que entrañaba una mayor complejidad, eran leídos y releídos, copiados o imitados, recitados o escenificados, llevados al cine. La magia de esos cuentos nos invadió y nos vimos retratados en una intimidad jamás sospechada. Rulfo extrajo del lenguaje campesino unas notas sonoras que nadie jamás había escuchado. Creó un lenguaje literario renovado sin traicionar jamás sus fuentes primarias. El eco de esos cuentos se pegó a nuestros tímpanos y desde entonces crece inagotable en nuestros seres. Sus personajes y sus atmósferas, sus historias y sus conflictos, sus contrastes nítidos, su ironía, siempre hirieron la fachada falsa de cada una de nuestras sociedades latinoamericanas. Volvamos al Llano en llamas en su 60 aniversario.

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 21 de septiembre de 2013).