jueves, 19 de septiembre de 2013

La historia sin historia

La vida de un ser humano puede ser sólo un instante, pero si logra superarlo, entonces, la vida se convierte en una cadena de instantes. Es elemental, más no siempre evidente para todos. Cuando la persona hace conciencia de ese sucederse en la cadena, podría decirse que ha adquirido el sentido de lo histórico. Engarzar el pasado con el presente y el futuro en la cadena de instantes de la humanidad, con toda su complejidad y sin perder el orden perentorio que implican espacio y tiempo en las acciones –en la realidad que nos ha tocado vivir a los humanos de la Tierra-, es lo histórico. Y, repito, si se tiene conciencia de ese inevitable transcurrir, se tendrá, a su vez, el sentido de lo histórico. Lo cual, pareciera ser, resulta muy importante para el desarrollo de una sociedad culta que aspire a un futuro cierto y digno para sus ciudadanos.
Sin embargo, entre nosotros vienen ocurriendo -las razones podrían encontrarse en las fracturas sociales producidas por la larga violencia política padecida en Colombia- un fenómeno extraño: a nadie le importa la historia. Y menos el sentido histórico de la vida. Alguna vez en el Taller de Escritores, un muchacho me advirtió con severidad que la historia no existía para lo que él quería hacer. Y hace poco le pregunté a otro por el nombre completo de su abuela paterna y me dijo que no lo sabía, ni le interesaba saberlo. Cero historia, señores. Pero el Estado, también, desde su Ministerio de Educación –con otras intenciones, por supuesto-, hace unos lustros, convirtió la historia en “ciencias sociales”. Hubo dos razones: una, los críticos de la historia entendida como suma de nombres de guerras y batallas, de héroes y presidentes buenos, presionaron para que pasáramos de las historias oficiales y excluyentes a otra integral y de revelación de los procesos sociales; dos, como forma pedagógica y didáctica, para hacerla más atractiva, la historia entró a hacer parte de un coctel dulzón, que se agrió, llamado “ciencias sociales”, junto con la economía, la sociología, la antropología, el derecho, la geopolítica y la geografía, donde la historia naufragó o se evaporó. Algo así como los suplementos literarios que para hacerse más “viables” se integraron al “entretenimiento” y la “cultura” y jamás volvieron a publicar literatura. También con la filosofía podría suceder lo mismo. Si la convertimos –para hacerla más sumisa- en “ciencias humanas” y le revolvemos un poquito de todo, podremos terminar creyendo que filosofía son las conferencias de los promeseros de autoayudas.

Caímos en los extremos, sencillamente. El remedio resultó peor que la enfermedad. Por eso, la historia se quedó sin historia.

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 14 de septiembre de 2013).

domingo, 8 de septiembre de 2013

La Feria del Libro de Neiva

Feria del Libro de Frankfurt, creada en 1948.
Como la rueda o los sistemas digitales, uno de los grandes inventos de la humanidad fue el libro. Y en la vida del libro existen dos momentos culminantes: primero, cuando uno lo termina de escribir y, segundo, cuando lo ve en sus manos (hoy, real o virtualmente). Pero hay un momento intermedio, fundamental, en la vida del libro: me refiero a aquel en el cual uno, como autor, como padre de la criatura, se desprende del mismo para que alguien se entere de su existencia. Es cuando se vende o se regala. Es un punto culminante. Sin esa instancia, autor, libro y lector, nunca ingresarían en la cadena del conocimiento que genera todo libro, ese motor de la historia de la humanidad.
Ese momento de intercambio definitivo, suele producirse en un templo sagrado -propio de los pueblos cultos y civilizados- que todos conocemos como la librería (San Librario, como diría el librero y escritor Álvaro Castillo).
Sin embargo, la librería llegó a tener su máxima expresión cuando alguien descubrió que diez, cien o mil librerías unidas, armaban un espectáculo inolvidable. De ahí surgió la bella e increíble idea de la feria del libro, que otros han denominado festival o fiesta del libro. Así como una vez al año llega a la ciudad el circo, la ciudad de hierro, el grupo de teatro, el concierto musical, el carnaval, el equipo deportivo excepcional, así debe llegar la Feria del Libro. Es el momento feliz del encuentro, ya no en el, a veces, intimidante templo de la librería, sino en un espacio abierto, apacible, incitante, donde el lector se encuentra con los autores, con los otros lectores, cultos o desprevenidos que buscan la alegría de la lectura. En fin, si el libro es serio, en la feria -que es fiesta y festival-, el lector lo encontrará divertido y accesible.
En Colombia, además de la Feria Internacional del Libro de Bogotá, que fundara el ex ministro de estado, Jorge Valencia Jaramillo, tenemos otras que organizan las cámaras de comercio y del libro, los editores, impresores y libreros, comerciantes, y los funcionarios públicos que ven en el libro el primer peldaño para el desarrollo social y económico de una región y de un país. Esas ferias del libro son, si no se me escapa alguna, las de Medellín, Cali, Bucaramanga y Cúcuta.

Mi pregunta optimista es, ¿cuándo tendremos nosotros los huilenses la Feria del Libro de Neiva?

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 7 de septiembre de 2013)

domingo, 1 de septiembre de 2013

Guillermo Páramo Rocha: 2003-2013

Guillermo Páramo R. (Óleo de F. Sánchez Torres)
El miércoles pasado, 28 de agosto, en una de las cuatro salas de teatro que posee la Universidad Central sobre la tradicional y cultural calle 22 de la Bogotá antigua, en la Sala Fundadores, se despidió de la comunidad docente unicentralista, su rector de los últimos diez años (20103-2013), el doctor Guillermo Páramo Rocha. Pero la despedida no fue al estilo colombiano, con discursos y cocteles, sino muy dentro de los rituales propiciados por él y que a él lo han convertido en una leyenda viva del pensamiento nuestro. Escogió, para esa ocasión del adiós académico-administrativo, un tema que desarrollaría de largo, con su sapiente narrativa y argumentación embelesadora, durante casi tres horas sin que nadie se diera cuenta. Esa noche, Guillermo Páramo Rocha, el sabio descendiente de artistas, habló sobre uno de sus temas más caros y que con mayor fervor desarrolla: el mito universal y el saber de las etnias de nuestra Amazonia. Habló de “Geometría y consistencia lógica en la cosmografía tucano del Vaupés”. Y tal como lo habíamos escuchado durante una década –pues antes no lo conocimos en su rectoría de la Universidad Nacional, entre 1993 y 1997, cuando fundó las sedes de la Universidad Nacional en Arauca, Leticia y San Andrés-, volvimos a disfrutar, emocionados y hasta conmovidos, su maravillosa exposición que fusiona y sintetiza lo universal y lo particular nuestro, los conceptos de la ciencia, de las matemáticas, de la geometría, con los del arte y la literatura. Que reivindica a los olvidados de la tierra, los de acá y los de allá del otro lado del oceáno, que descubre nuevas y perplejas relaciones (sin duda, la imagen que deja Páramo Rocha, cada vez que habla, es la de un sabio creador en toda su plenitud), que ausculta el mundo y sus razones más allá del canon ortodoxo, sumergido en atrevidas y paradójicas simetrías. Es el rector renacentista que hoy echamos de menos en las universidades. Su dominio, con una sencillez que hipnotiza, de todos los discursos y saberes, le posibilita ser siempre un nuevo descubridor. Sus temas se enriquecen en la medida que vuelve sobre ellos, como en la tradición oral de los cantos homéricos.
Sociólogo, filósofo, dibujante, antropólogo, matemático, entomólogo, coleccionista, fabricante a escala de barcos y veleros, alumno de Mircea Eliade, Howard Stein y Valerio Valeri, su vida y su obra escrita o aún no recogida, es de una riqueza incuestionable. Por eso, mi propuesta para el año entrante, desde el Depto. de Humanidades y Letras y el pregrado y postgrado de Creación Literaria, de la Universidad Central, será la de crear, para seguir escuchándolo en su saber ya legendario, la Cátedra Guillermo Páramo Rocha.

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 31 de agosto de 2013)