domingo, 25 de agosto de 2013

Saladoblanco

Ceiba y parque central de Saladoblanco
Esta columna la iba a llamar, en forma interrogativa, “¿Salado Blanco?”. La pregunta surgía de la entrevista que hace ocho días publicó en El Tiempo de Bogotá el periodista y escritor Francisco Celis Albán bajo el título de “Isaías Peña, profesión: fundador” (creo que en www.eltiempo.com apareció de otra manera). Y allí mi querido puebo natal (no debe pasar de 10,000 habitantes) no se llama Saladoblanco: se llama Salado Blanco. Con esta observación no quiero reclamarle nada a Pacho Celis, quien harto bregó para sacarme su bondadosa entrevista, menos en momentos en que él le ha dado un impulso extraordinario, con entrevistas y crónicas de fondo, a la sección “Debes leer” que él dirige. Lo hago porque la palabra “Saladoblanco” (que si ustedes la escriben así, unida, el computador les corregirá con rojo, y si la separan, les dará correcto), durante toda mi vida fue una especie de “karma”, en el mejor sentido de la palabra. Ahora, gracias a esta columna en el Diario del Huila, trataré de explicarlo. Primero, “Saladoblanco” por su eufonía extraña (bella para mí), nadie la capta a primer oído. Siempre que digo –porque aún me sigue ocurriendo- que soy de “Saladoblanco”, mi contertulio me repregunta, de inmediato, como si yo fuera un marciano, “¿cómo?”. Por eso, para no pasar por la pena de que nunca me entendieran dónde había nacido yo, durante muchos años dejé de decir “Saladoblanco”. Y comencé a decir y a escribir: “Soy de Pitalito, de Laboyos”. Y me inventé una disculpa (que, por supuesto, ni mis parientes, ni los amigos de la rigidez cuadriculada del mundo, jamás me la perdonaron): Yo era de Pitalito, aunque hubiera nacido en Saladoblanco. Ser y nacer, comencé a usarlos a mi acomodo. La verdad: toda mi vida he vivido en Laboyos, menos los primeros seis meses. La segunda dificultad que tuve con Saladoblanco, mi bello pueblito, donde mis tátaras, los Polanía, los Peña, son los fundadores, fue la de su ubicación. Una vez que lograba hacerles entender, deletreándoles, que yo había nacido en S-a-l-a-d-o-b-l-a-n-c-o (así, unido, como me gusta, a lo vanguardista, a lo anticanónico, a lo oral, a lo antidiccionario Larousse o Google, a lo leyenda), la gente me preguntaba: ¿Isaías, y eso en dónde queda? Lo intenté tantas veces y siempre fracasé. Saladoblanco, queridos lectores, no aparecía en los mapas. Yo quedaba como un solemne mentiroso. Y, ¿cómo se llega a Saladoblanco? Me preguntaban siempre. Y miren mi karma. Ahora veo en la página oficial del municipio que se llega por cuatro posibles carreteras, pero la quinta, por donde llegué hace un mes, no aparece. Mi Saladoblanco, tierra que también fundamos, tierra de mis ancestros.

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 24 de agosto, 2013)

martes, 20 de agosto de 2013

La Vorágine: 1924-2014

Andrea Vergara
El sábado 22 de abril de 1922, en Sogamoso, José Eustasio Rivera comenzó a escribir La Vorágine. En septiembre de 1922 viajó a la frontera como secretario jurídico de la Comisión Demarcadora de Límites con Venezuela, y en la población de Yavita, hacia febrero de 1923, ya escribía la tercera parte de la novela. Dos años después de haberla comenzado –siempre le gustaron esas simetrías a Rivera-, en Neiva, el 21 de abril de 1924, terminó, en familia, la primera versión de La Vorágine. Cuatro meses más tarde, el 28 de agosto de 1924, se publicó un aviso en la prensa en el que se anunciaba la aparición de la novela para un mes después. Pero Rivera demoró la publicación tres meses más debido a las correcciones que le hacía y porque quiso que apareciera en librerías el día del cumpleaños de doña Catalina Salas, su madre, el 24 de noviembre de 1924.
Esto significa que en noviembre de 2014 estaremos celebrando 90 años de la primera edición de La Vorágine. El año entrante. Mi pregunta es, ¿qué haremos los huilenses, Neiva y el Huila, para que la fecha no pase sin pena ni gloria y sirva para acrecentar y divulgar los necesarios estudios sobre un Rivera tan vigente y su obra literaria? Gobernación, Asamblea, Alcaldía, Banco de la República, Fundación Tierra de Promisión, ya nos lo dirán. Mientras tanto les cuento algo importante.
Cuando Andrea Vergara, mi ex alumna en el Taller de Escritores de la Universidad Central, terminaba en 2012 su maestría de literatura en la Universidad de los Andes, supe que había cursado con el profesor Hugo Ramírez la asignatura “Ecdótica y crítica textual”. La ecdótica (de “edición” en griego) es la ciencia que nos blinda contra la “corrupción” de los textos originales. De allí surgen las famosas ediciones críticas. Entonces, le insinué a Andrea que ya era hora de preparar, con herramientas modernas, una nueva edición crítica de La Vorágine. Y ella lo hizo con la segunda parte de la novela. Un año después ella ganó la convocatoria de investigaciones, con el mismo tema, en la Universidad Central. Esta nueva edición crítica, que estaría lista para noviembre del año entrante, compara estas variantes: el manuscrito que reposa en la Biblioteca Nacional, ediciones 1ª. 2ª., 4ª. y 5ª., las ediciones de Luis Carlos Herrera (Caja Agraria, y la de 2009, plagada de errores editoriales), Juan Loveluck (Ayacucho), y Monserrat Ordóñez (Cátedra). Se le suman los criterios y herramientas de la actual crítica textual. Será una verdadera joya –si encontramos editor- para los lectores curiosos y, por fin, tendremos –sin “corrupciones”- la novela que escribió y quiso nuestro amado José Eustasio.

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 17 de agosto de 2013)


domingo, 11 de agosto de 2013

Prensa, premios y Horacio

Horacio Benavides, Premio de Poesía 
De las tantas miserias que nos rodean en Colombia, una, ya crónica, es la ausencia o  deficiencia del periodismo cultural. El Tiempo es, por ejemplo, desdeñoso y caprichoso, aunque haya mejorado mucho en lo teatral. De lo contrario, puedo generalizar, en Colombia no existen criterios profesionales para manejar el hecho y, sobre todo, la noticia cultural. Si lo que caracteriza a la noticia, es su inmediatez, para nosotros, la chiva no existe en el área cultural. Esa noticia en Colombia puede esperar una eternidad, o nunca llegar. Una información cultural, de interés nacional o regional, que en otro país sería noticia del día, entre nosotros puede depender de la prioridad que tengan todas las demás noticias. En el fondo, podemos vivir sin información cultural (según nuestra prensa). Y pueden tener razón: no pasa nada (en apariencia). Esto sucede, de manera evidente y escandalosa –para citar un solo caso-, con los premios (nacionales, internacionales o locales). En España o Argentina, México o Venezuela, la noticia de un fallo literario, al día o al siguiente, es noticia, porque se supone que interesa al suscriptor del medio (lo ha pagado), o debe informársele al público (tiene ese derecho). Eso es parte de su patrimonio. Pero en Colombia no. Y hoy, con las redes, este hecho ha comenzado a producir efectos contraproducentes. El ejemplo que quiero citar es el del premio otorgado a finales de julio (supongo, porque la noticia no la he visto en la prensa, sino en las diatribas y elogios intercambiados por internet, entre defensores y opositores), por el Ministerio de Cultura, a un libro del poeta caucano Horacio Benavides. Son varios los premios (no muchos, por cierto, aunque algunos consideran que son demasiados: también, en eso, somos miserables) que se conceden en Colombia y que jamás la prensa informa sobre sus convocatorias y sus fallos. ¿Quién es el poeta Horacio Benavides, cuyos méritos –es un fatal argumento, usual en Colombia- devienen de ser un hombre humilde o, aparentemente, oculto? ¿Con qué libro se ganó el jugoso premio que pagamos los contribuyentes? ¿Por qué, antes de que el poeta Harold Alvarado Tenorio, nuestro “Matraca” del siglo pasado, lanza en ristre, muerto de la risa, malévolamente, nos abrume con otro panfleto-ficción, no decirle a la gente, en El Tiempo y en todos los medios, este es el fallo, estos son los jurados, este es el libro, miren sus poemas, esto dicen los críticos? Pero que se diga el día del fallo, no al año siguiente, o nunca, cuando ya otros hayan despachado a Horacio como benefactor de favores o prejuicios, y otros hayan terminado con Harold como un hp. También, la violencia comenzó por ahí.

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 10 de agosto, 2013)

martes, 6 de agosto de 2013

El poder de Nairo

Cuando la filosofía o la literatura no me alcanzan para explicarme causas o fenómenos del acontecer cotidiano, suelo recurrir a las historias de vida de los deportistas –sobre todo los del llamado “tercer mundo”-. Entre esas vidas siempre me han parecido extraordinarias las de los ciclistas colombianos. Y no es que las leyendas de boxeadores, atletas o futbolistas, no estén llenas de circunstancias tan ricas como las de una obra de Shakespeare. Es que el ciclismo aúna, como ningún otro deporte, las dos principales facetas del ser humano: la condición íntima e individual, y la solidaria y colectiva. Si es que así fuera siempre. Porque cuando no se suman esas dos circunstancias, el poder y la furia individual, más la necesaria e incondicional solidaridad colectiva, las metas, generalmente, se escapan, y las ilusiones jamás llegan a convertirse en deseos cumplidos.

El pasado 20 de julio, me encontré, en la penúltima etapa del Tour de Francia, cuando faltaban cuatro quilómetros para llegar a la meta, con un ciclista desconocido para mí, Nairo Alexander, el hijo de Luis Quintana y Eloísa Rojas, hermano de otro ciclista, Dayer Uberney, vecinos de la vereda La Concepción del municipio de Cómbita, Boyacá. Entonces, me pegué al televisor para ver cómo ese muchacho de 23 años, apenas 1,67 de estatura y 59 kilos de peso, en los últimos 200 metros, se daba el gusto (digo yo, porque no se si Nairo llegó a sentir eso en semejantes afugios) de no dejar que el inglés, Chris Froome, el doble de Nairo en peso y estatura, le arrebatara, injustamente –porque el gasto lo habían hecho Nairo y el español ´Purito´ Rodríguez-, su triunfo en la cima de Annecy-Semnonz. Me pareció una cosa fantástica, increíble (Nairo dijo que tampoco lo creía). Después vería subir al chiquito ese, tan distinto, incluso, a nuestros grandes ciclistas -me acordé de Cochise y de Lucho, blancos, altos, como previstos y provistos por el destino para llegar a los podios-, a recibir tres primeros premios, por encima de todos los demás. En la prensa, ellos mismos, Cochise entre ellos, lo dirían con sinceridad. El “negro” Nairo, como le dicen en familia, sin saber que es un eufemismo, había puesto a la vista y en lo más alto en la montaña  y luego en París, una condición que siempre ocultamos los colombianos, que nos avergüenza. Porque Nairo no es negro. Nairo es mestizo, con una carga étnica aborigen evidente. Su cara es la de una legendaria y gloriosa esfinge indígena. Pero nadie se ha atrevido a decirlo. A más de racistas, nosotros seguimos sin aceptar nuestro legado aborigen indígena, así lo llevemos oculto en nuestras venas.

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 3 de agosto, 2913)