miércoles, 31 de julio de 2013

Carolina y la muerte

María Carolina Cuervo Navia, de ascendencia huilense (de Garzón), desde muy niña se vinculó a las actividades artísticas. Primero, a los cinco años, hizo parte del elenco de “Pequeños Gigantes” y luego del muy famoso “Oki-Doki”, en la televisión colombiana. Un poco más adelante pasó al teatro y, en distintas épocas, ha pertenecido a diferentes grupos (incluso, fundó uno) y ha participado en festivales nacionales y en el prestigioso Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá. Estudió literatura en la Universidad de los Andes y luego ingresó al Taller de Escritores de la Universidad Central y a la maestría de la U. Nacional. Hoy sigue haciendo teatro. En 2009, fue finalista en el Premio Nacional de Cuento Ciudad de Bogotá, con el libro Nueve maneras de morir, que fuera publicado por la Editorial Planeta, en 2009. Ha escrito obras de teatro, como Veneno.
Transcribo el prólogo que escribí para su libro de cuentos en 2009:
“De estas nueve maneras de matar (y otros cuentos similares) no se escapa nadie, ni la muerte. Ella, que atraviesa el libro, y pareciera salir indemne, con su ruindad a cuestas, queda en aprietos. La escritora y su escritura se encargan de engañarla para entregársela al lector en bandeja de plata.
Mirados a la distancia, sin la premura que impone su lectura –por su versatilidad, ritmo y calidez-, los cuentos de este primer libro de María Carolina Cuervo, se convierten en un concierto coral, de voces altas, unas veces, y graves, otras, que alternadas en contrapuntos y fugas, no permiten escapar a la vergüenza de la muerte. El sabio rioplatense de Misiones, don Horacio, hace ya muchos años, nos dejó unos inolvidables cuentos de amor, de locura y de muerte, pero acá, en estos cuentos, cien años después, la muerte, con muchas locuras desatadas y pocos amores conseguidos, se enseñorea en cuartos y confines disímiles, con muecas y sonrisas perversas, para no pensar sino en la muerte misma. Como proyección de una realidad muy colombiana y como ardid argumental, la complejidad del ser humano no permite otra salida. No se sabe si es una rabia contenida que se transforma en ira calculada, o la locura que aspira a resolverse con la muerte prematura. O el simple engaño del tiempo mal herido. Estos personajes de María Carolina, cultivados en agua de rosas revuelta con un poco de pimienta negra, pocas veces las habíamos vivido en la literatura colombiana. Historias fuertes, apasionadas, locas, que lo dejan a uno perplejo, abatidos los sentidos. Miradas torvas, sonrisas ciegas, moscas perversas, salones vacíos, plazos cumplidos, todos con un futuro seguro, la muerte ya llega. Cuando terminen de leerlos, me cuentan”.

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 27 de julio, 2013)

domingo, 21 de julio de 2013

Arte y arte(sanía)

Cecilia Vargas Muñoz
Esta exposición en el Museo de Arte Moderno de Bogotá (MAMBO), “Grandes maestros del arte popular de Iberoamérica. Colección Fomento Cultural Banamex”, inaugurada el pasado 17 de julio y que estará abierta hasta el 1 de septiembre, nos puede enseñar muchas cosas. Lo primero es que busca, desde su misma convocatoria, borrar una injusta y ficticia línea limítrofe entre arte y artesanía, diferencia causada por provenir esta última de sujetos (personas) populares, de materiales no consagrados por las academias del arte (no son lienzos, por ejemplo) y por no moverse en altos mercados financieros (aunque hoy una colección como la de Banamex debe costar una millonada en dólares). La directora, investigadora y curadora de la colección, Cándida Fernández de Calderón, pareciera tener esta visión. Por eso, desde 2007, cuando se inició el proyecto del Banco Nacional de México y su área de Fomento Cultural Banamex, junto con la Fundación Roberto Hernández Ramírez, de recorrer 22 países iberoamericanos para la negociación de 4227 piezas de arte popular, siempre se tuvo en cuenta que realmente cuando la “artesanía” tiene su origen en las manos de un creador, de un “maestro”, como los llaman en su catálogo de presentación, y cuando la pieza u obra es única e irrepetible –condiciones elementales y básicas para identificar una obra de arte-, no podemos establecer límites entre arte y artesanía. Arte y oficio se unen para entregarnos en estos casos, en el material que sea (barro, madera, metales, vidrios, vegetales, animales, textiles, piedras preciosas o comunes, masas o pastas, semillas, pieles, papeles, fibras, etc.), sólo arte. Por eso, no hay arte y arte(sanía), sino arte y arte.
Esa falsa dicotomía, que se usó en la música –y que ya nadie discute- cuando se habló de “culta” y “popular”, tiene su origen en la diferenciación que nos impusieron en la colonia entre el arte europeo y el no europeo. En esta magnífica exposición, que incluye obras de artistas colombianos del Huila (Cecilia Vargas Muñoz), Nariño, Chocó, Córdoba, Boyacá, comprueba uno, ante la singularidad y la altísima calidad estética, que la pretensión de la investigación (2007-2012, 22 países, 500 maestros artistas) fue ir más allá del concepto de lo artesanal repetitivo. Y, al contrario, en una época en que las artes visuales (las llamadas, primero, pintura, y luego, plástica) se vieron invadidas por los conceptos escénicos, musicales y de intervenciones multimediales, y que desaparecieron los cuadros de caballete, ahora sí que podríamos destacar estas obras de arte que desbordan la escultura clásica, el óleo en el lienzo o las diversas pinturas clásicas. Descubrimos, por fin, que también el arte se hacía con los elementos madres del planeta.

(Publicado en Diario del Huila, 20 de julio, 2013)


martes, 16 de julio de 2013

Revista Ñ, no. 500

Portada de Ñ, No.511
Es probable que muchos lectores nunca hayan terminado un libro, o que jamás lo hayan tenido en sus manos. Sin embargo, pueden haber sido voraces lectores de revistas. Populares, académicas, especializadas, monográficas o de miscelánea. En mi casa siempre recuerdo haber tenido de niño a Life, Mecánica Popular, Semana, Cromos y Selecciones del Reader’s Digest. Más los suplementos literarios dominicales que (por una estulta audacia de los directores y dueños de los periódicos) fueron masacrados. Pero en Colombia no ha existido una tradición seria de revistas culturales. Por épocas, esporádicamente, hemos tenido algunas oficiales y otras privadas. Yo destacaría la que fundara Jorge Gaitán Durán, Mito, y, quizás, Eco, de la librería Buchholz. Lo demás ha sido una serie de esfuerzos individuales con resultados parciales o precarios. Las revistas culturales que han tenido países como Francia, Estados Unidos, España, México o Argentina, no han sido de nuestro interés. Además, en las últimas décadas el temor a la reflexión, a la crítica y a la creación innovadora, en Colombia, nos condujo a la absoluta aridez en cuanto a revistas culturales. Las agencias de publicidad, por orden de las empresas que pautan, eliminaron los avisos en las revistas culturales. Y la anemia intelectual se convirtió en pandemia.
Por eso, una revista como Ñ, la revista que sale con el diario Clarín cada sábado (óigase, cada semana), y que sostiene uno de los portales de la web más importantes de América Latina, en Colombia sería un sueño o una pesadilla. Su nombre ya indica una contundencia. La “ñ” no existe sino en castellano: por eso, como nombre, la hace peculiar e incisiva, aunque no por eso la convierte en excluyente, como seguramente sucedería si fuera colombiana. Allí están América Latina, Iberoamérica y el mundo. Yo diría –si señaláramos un lunar- que sólo le hace falta una mirada más generosa con los escritores y pensadores jóvenes argentinos y del mundo. La revista Ñ –dirigida por Juan Bedoian y manejada por un formidable equipo de editores- cada semana lo sorprende a uno con ensayos sesudos y legibles, con entrevistas, con reseñas, con crónicas, con clásicos y con nuevos, con temas tradicionales o que acaban de emerger a la vida pública.
Su No. 500, del pasado 27 de abril, es una brillante muestra. Es una antología, en retrospectiva, con autores como Marc Augé, Ricardo Bartis, Zygmunt Bauman, Borges, León Ferrari, Leonardo Favio, Fontanarrosa, Griselda Gambaro, García Canclini, Juan Goytisolo, Frida Kahlo, Lévi-Strauss, David Lynch, Claudio Magris, Eduardo Pavlovsky, Pérez-Reverte, Ricardo Piglia, Adriana Puiggrós, José Saramago, Beatriz Sarlo, Vargas Llosa, Enrique Vila-Matas, Juan Villoro, David Viñas, María Elena Walsh y tantos más. (Pueden verla en www.revistaenie.com)

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 13 de julio, 2013)

domingo, 7 de julio de 2013

¿Quién era Néstor Sánchez?

Néstor Sánchez
Si pasado un tiempo después de sus últimas publicaciones, alguien preguntara de dónde era García Márquez y otro escritor respondiera que mexicano, es lo mismo que Federico Andahazi haya respondido, en 2001, que Néstor Sánchez, habiendo sido un escritor muy reconocido, no era argentino, sino mexicano. Fue lo que conté en mi pasada columna. Por eso, Federico me ha respondido desde Buenos Aires, antes de salir para ciudad de México a lanzar su nueva novela El libro de los placeres prohibidos, que “peor lo debe haber pasado Néstor Sánchez cuando sus propios amigos le rindieron un homenaje creyéndolo muerto. Si es que se enteró”.
Néstor Sánchez
Fue la gran paradoja de Néstor Sánchez (Buenos Aires, 1935-2003). Combatió lo que él llamaba la “estafa biológica”, esta farsa de vivir tan poco, pero aún sin haber muerto algunos lo enterraron vivo, muchos lo olvidaron y otros le cambiaron el origen. De nada le sirvieron las lecturas de Gurdjieff y las de Castaneda: jamás pudo llegar a vivir 300 años, porque, poco a poco, después de sus libros fundadores de la “novela poemática”, fue descubriendo que se quedaba sin nada qué contar. La lucha contra la muerte, su épica, quedaría estampada en las novelas Nosotros dos (1966), Siberia blues (1967), El amor, los orsinis y la muerte (1969), Cómico de la lengua (1973) y en los relatos de La condición efímera (1988), pero su paso fugaz por muchos países, solamente, le confirmó la realidad y contumacia de la “estafa biológica”. Por eso no volvió a escribir y un día, el 15 de abril de 2003, dos días después de fallecido, lo encontraron solo en la habitación de su casa natal, donde había nacido el 7 de abril de 1935, en el barrio de Villa Pueyrredón, Buenos Aires.

Néstor Sánchez surgió a la vida literaria con el aplauso de Julio Cortázar. Luego siguió su propia ruta. Había cantado y bailado tango, pero su obra se basó en los ritmos del blues y del jazz. Toda su obra persiguió evadir el comienzo, el desarrollo y la culminación de una historia. Odió el boom de la literatura latinoamericana y el canon occidental. Quiso hacer música y poesía en sus novelas y cuentos. Decía que seguía al Joyce de Ulises, a la beat generation, al surrealismo. Las únicas histo
rias que utilizó fueron las de su barrio que llamó, en sus libros, Siberia. Y, curiosamente, él, que aborreció la literatura comprometida, que jugó al “lenguaje”, ha quedado como el máximo representante de la realidad de los desplazados, de los marginados. Y así vivió, como clochard, en París y en Nueva York. Hasta cuando su hijo Claudio lo rescató del olvido.

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, el 6 de julio de 2013).

lunes, 1 de julio de 2013

Andahazi y Néstor Sánchez

Había invitado a los escritores Mario Barrero y Alfredo Laverde para que me acompañaran en la entrevista que le haríamos al novelista argentino Federico Andahazi, de visita a Bogotá en 2001, con motivo del lanzamiento de su última novela sobre el poder, El Príncipe. Siempre he apreciado de manera muy especial a los escritores argentinos y esa grabación la utilizaría en un evento público de la Universidad Central. (A los escritores argentinos en colectivo, ya que no se lo han dado a nadie en particular, debieran darles un Nobel de Literatura, simbólico). La entrevista fluía con interés por distintos problemas de la literatura latinoamericana y Federico Andahazi (Buenos Aires, 1963), autor, entonces, de obras reconocidas como El anatomista, El árbol de las tentaciones y Las piadosas, hablaba de manera discreta y certera. De pronto, yo me devuelvo en el tiempo y le recuerdo una polémica de los años sesentas relacionada con los escritores que superaron la importancia del argumento y se posesionaron del lenguaje literario como eje central de su narrativa. (Tema revivido por estos días con los 50 años de Rayuela, cuando algunos han vuelto sobre Néstor Sánchez). Y para continuar la entrevista, se lo comento a Andahazi porque después del 90, los escritores como él, recuperaron y volvieron a visibilizar las historias y los argumentos en sus obras, sin abandonar, por supuesto, la artisticidad del lenguaje. Es el momento en el que se me vienen a la cabeza las novelas de Néstor Sánchez, donde bajo la sombrilla “experimental”, “vanguardista”, quizá “noveau roman”, muy de los años sesentas y setentas y muy a lo Cortázar o superándolo, había escrito novelas como Nosotros dos (1966), Siberia blues (1967) y El amhor, los orsinis y la muerte (1969). Y para darle el ejemplo de un autor en particular, explorador del lenguaje en los sesentas, le digo a Federico Andahazi, con el duende de la ambigüedad que siempre utilizo en mis sesiones con los estudiantes: “Había un escritor argentino o mexicano, creo que era argentino, que era Néstor Sánchez…”. Y Federico, que venía sosegado en la entrevista, de repente, me interpela para aclararme de manera categórica, “…creo que es mexicano”.
La entrevista la pasamos en un acto público, una semana después, en uno de los teatros de Universidad Central, sin editarla. Cuando Andahazi me corrije, el público suelta una carcajada que todavía escucho. Yo no me río y caigo en doble depresión: ni Federico Andahazi, el gran escritor argentino, ni mi joven público literario en Bogotá, en 2001, ya no saben quién es Néstor Sánchez. (Murió dos años después). Pienso: con razón la última novela de Sánchez la llamó La condición efímera (1988).

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, el 29 de junio de 2013)