domingo, 24 de marzo de 2013

Los originales de La Vorágine


Conservar la memoria

Así titulado, suena a autoayuda o a la enfermedad que descubrieron Emil Kraepelin y Alois Alzeheimer. Pero no me refiero a eso, aunque algo tiene que ver con el alzheimer social y cultural. Conservar la memoria hace parte del “instinto” de humanos y animales. Significa mantener vivo, en el futuro, el camino que se recorrió en el pasado. Así, la memoria ayuda a desarrollar las destrezas necesarias para superar los futuros obstáculos. También, pueden existir otras razones, menos prácticas, para argumentar la necesidad de mantener viva la memoria del pasado. Por ejemplo, porque el agradecimiento o el rechazo al éxito o al fracaso de nuestros antepasados, o la simple nostalgia por lo meritorio de ellos, nos impulsan hacia esa irrenunciable conservación.
          En esas cosas pensaba cuando, con Sergio Calderón Prada, sobrino nieto de José Eustasio Rivera, tratábamos de convencer a alguien en Colombia (y no en el exterior) de que los originales de La Vorágine, así fueran parciales, no tenían por qué seguir corriendo los riesgos de los trasteos de Sergio en Bogotá o entre esta ciudad y Medellín. Su angustia y su diligencia para tratar de salvar esos manuscritos y otros documentos de JER, en las que siempre lo acompañé, duraron 21 años. ¡Impresionante!. Uno diría, ¡a ritmo opita!, pero no, digo, ¡a ritmo colombiano! Siempre sucede cuando se trata de la conservación de nuestro patrimonio histórico y cultural, tangible o intangible.
A partir de 1988, año del primer centenario del natalicio de Rivera, los originales se le ofrecieron a distintas administraciones departamentales del Huila, sin ningún resultado favorable. Razón por la cual las gestiones se desplazaron a Bogotá. A comienzos del siglo XXI, se le propusieron a la Biblioteca Luis-Angel Arango (no recuerdo quién era su director). Nada. Y ocho años después a la Universidad Central. Tampoco. Todos descartaron la oportunidad –que cualquier institución cultural del mundo se hubiera disputado- de tener en su patrimonio particular el cuaderno de contabilidad que acompañó a Rivera por el Orinoco arriba hasta San Fernando de Atabapo y donde “consignó” buena parte de su magistral novela.
          A finales de 2009,  hice contactos con la Biblioteca Nacional de Colombia. Encontré interés y se lo hice saber a Sergio, quien en diciembre, con la directora de la misma, Ana María Roda, experta y sensible en patrimonios bibliográficos y artísticos –hija de Antonio Roda y María Fornaguera-, llegaron a un acuerdo para que los manuscritos de José Eustasio reposaran tranquilos y bien cuidados en la Biblioteca Nacional de Colombia, para uso público y sin correr ningún riesgo en su integridad. Allí hoy pueden ser consultados por todo el mundo. Y así nos salvamos del alzheimer que acosa a huilenses y colombianos.

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 23 de marzo de 2013).

lunes, 11 de marzo de 2013

El amor de M. Haneke


M. Haneke (SDPNoticias)
Amor (Amour) es la última película del austríaco Michael Haneke, director de cine, de teatro y de ópera. Con ella ganó el Óscar a la mejor película extranjera 2013. Pudo y debió haber ganado todos los óscares, pienso. Haneke es autor de una serie de cintas memorables. Por eso se dice que puede ser el director más importante del mundo en este momento.
¿Pero qué receta utilizó Haneke para crear esta joya, Amor?
En ella se ve una síntesis sublimada de sus anteriores obras. Creo que en Amor consolidó su poética cinematográfica: la de la ternura y la del horror de la vida. Amor es un extraño y supremo poema, que sólo puede escribirse a su edad (a los 70 años), con actores que no necesitaron de la máscara, porque ellos eran sus mismas representaciones (cada uno de ellos, Jean-Louis Trintignant y Emmanuelle Riva, con más de 80 años, representan a dos personajes de esa misma edad, Georges y Anna). Con esos actores (que vienen de Hiroshima, mon amour y de Un hombre y una mujer, de los años sesentas), Haneke proyectó todos sus conocimientos de teatro, cine, guión, música, fotografía, pintura, filosofía y  literatura. Y a partir de un segmento de vida (las últimas semanas en la vida de una pareja de edad avanzada), construye una hermosa película, primero, con una partitura de signos, algunos muy sigilosos, que nos llevan a admirar la belleza plástica de movimientos muy bien marcados en el espacio (Haneke nos obliga, plano a plano, a memorizar el mapa de aquel apartamento donde se libran las últimas batallas de la pareja que enfrenta a la muerte, que es el apartamento de los padres de Haneke, en la vida real); segundo, con una iluminación que siempre recuerda a Rembrandt y que Haneke escoge porque su historia guarda pliegues de luces y sombras de ternura y horror; tercero, con un sonido de un meticuloso tiempo real, que lleva y trae las voces de los actores al espectador guardando la distancia entre todos, de manera casi perfecta, como si se tratara de un prodigioso teatro en casa que nos sumerge aún más en el mapa de ese apacible e impredecible apartamento (donde una embolia transforma el amor en horrible paradoja); cuarto, con un guión de palabras, sonidos y silencios magistrales, que resistiría las más altas exigencias del teatro y del cine; y quinto, con una fotografía que, con oportunos y certeros primeros y planos medios, nos hunde en los insospechados e infames vericuetos de aquel eterno amor que sólo puede salvar la muerte. Amor, la mejor joya de Haneke. Memorable.
(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 9 de marzo de 2013)