lunes, 25 de febrero de 2013

La película de J. E. Rivera


La vida de José Eustasio Rivera fue de película. Fue lo que quise decir hace 25 años cuando publiqué Breve historia de José Eustasio Rivera (1988), basado, entre otros textos, en la biografía que escribió el chileno Eduardo Neale-Silva, con el título de Horizonte humano. Vida de José Eustasio Rivera (1960). La Breve historia sirvió para que Guillermo Plazas Alcid tramitara y se expidiera la ley que garantizó la conmemoración del centenario del natalicio de Rivera en 1988. Se creó, entonces, la cátedra riveriana, que me parece ver en decadencia; se gestionó la fundación de una casa museo sobre Rivera y su obra; motivamos las convocatorias de la Bienal de Novela J. E. R., y de guión para hacer la película sobre La Vorágine; se reeditaron sus libros, etc. Pero mi idea de la película sobre la vida y la obra de Rivera siguió en el vacío. Como tampoco se ha podido realizar una película colombiana sobre La Vorágine, que sí filmaron los mexicanos y que para televisión acá hizo Lisandro Duque Naranjo. (Rivera quería que fuera en su país donde se rodara esa película). Bueno, pero vuelvo a mi película. En mi libro diseñé una ruta de las principales acciones privadas y públicas de Rivera, todas cinematográficas. La corta vida de Rivera (40 años), que no le dio tiempo siquiera para casarse, es un cúmulo impresionante de actuaciones personales y públicas, que van, sin interrupción, desde su nacimiento en el camino hacia Neiva hasta su extraña muerte en Nueva York y su épico regreso a Colombia. Esas actuaciones (incómodas) de Rivera en la educación pública y privada, en el ejercicio social del Derecho, en el delicado mundo diplomático, en el periodismo, en la polémica literaria, en la representación política en el Congreso, en la fiscalización de los recursos públicos, en la investigación de las contrataciones lesivas para los intereses del país, en el trazado de los límites con Venezuela, en la defensa de los recursos naturales de Colombia (leer “Los falsos postulados nacionales”), en la necesidad de mantener navegables nuestros grandes ríos, en la vigilancia y asistencia de las fronteras del país,  en su increíble responsabilidad frente a la novela y la poesía (con dos libros se inmortalizó), lo colocaron, acá y fuera de Colombia, en la avanzada por un mundo más humano, más equitativo, más justo, más sensible, más ético y más estético. Más limpio. Por eso digo, si todo esto no da para una gran película, entonces no se qué esperan los señores del cine colombiano.
José Eustasio Rivera cumplió el 19 de febrero, 125 años de nacido. Y en 2014, La Vorágine cumplirá 90 años de su primera edición.

(Columna publicada en Diario del Huila, Neiva, 23 de febrero de 2013).

domingo, 10 de febrero de 2013

J. M. Coetzee, 73 años


(Tomado de Diario del Huila, Neiva, 9 de febrero de 2013, en donde con este artículo comencé a escribir una columna quincenal sobre temas culturales y artísticos).

Hoy, 9 de febrero, cumple 73 años. En las portadas de sus libros se llama J. M. Coetzee, pero firma sus cartas tan solo con su primer nombre, John. La “m” de Maxwell, desaparece. Ganó en 2003 el Premio Nobel de Literatura, que recibió en diciembre de ese año con una sorpresiva pieza narrativa, titulada “Él y su hombre” (su único cuento, pues su obra se compone de novelas y ensayos extraordinarios).
La biografía J. M. Coetze. A life in writing, la única autorizada por el autor, terminada hace dos años por John Kannemeyer (1939-2011), vertida del surafricano al inglés, fue publicada en Australia a finales de 2012 y ya sabemos que allí, en más de 700 páginas, se le cuenta al lector, con la  sobriedad que Coetzee irradia, acerca de una vida dedicada a escudriñar y valorar con absoluta franqueza, las complejas y contradictorias conductas del ser humano contemporáneo. Coetzee, el profesor universitario, el ciudadano surafricano-australiano, el hombre sin fronteras, es el filtro de un lente por donde mejor se ven los problemas éticos, morales y estéticos de la perpleja sociedad del fin del XX y comienzos del XXI. Él busca y encuentra la dignidad del ser humano en medio de los conflictos más deprimentes y desesperantes, con personajes que marcan hasta el dolor la sensibilidad del lector, utilizando una prosa directa y diáfana, bajo estructuras literarias innovadoras, aplicando todo su saber literario y asediando al lector con nuevas revelaciones.
Antes y después del Apartheid de su Suráfrica (1992), antes y después de su Premio Nobel (2003), antes y después de su vida universitaria en su Adelaide, Australia, a partir del 2002, J. M. Coetze ha sido el autor más consistente, más coherente y más profundo de nuestra época, sin claudicar jamás en su exploración de una nueva ética social e individual en medio de conflictos humanos casi impenetrables. Me atrevo a decir que si algún escritor pudiera repetir el Premio Nobel, uno de los pocos, o el único, sería él. Novelas como Desgracia, Elizabeth Costello, Esperando a los bárbaros, Foe, La edad de hierro, El maestro de Petersburgo, Diario de un mal año, Infancia, Juventud y Verano, lo demuestran con lujo y de lejos. Como sucede, también, con sus libros de ensayo: Contra la censura. Ensayos sobre la pasión por silenciar, Costas extrañas, Mecanismos internos. Y con sus envidiables cartas cruzadas con Paul Auster, Aquí y ahora, del año pasado.
J. M. Coetzee, el lejano, el discreto, el sabio, ha sido invitado por la Universidad Central de Bogotá para visitar a Colombia en abril de este año. 

martes, 5 de febrero de 2013

Escribir, competir, concursar

Carlos Castillo Quintero

Piedad Bonnett escribió el domingo 27 de enero, en su columna dominical de El Espectador, un artículo que tituló “Escribir y competir”. “A la hora de escribir no tiene ningún sentido competir”, dice. Y, con toda razón, concluye que el camino del escritor es “el de la exploración y el riesgo”. En su columna, Piedad alude a varios temas de mucho interés, incluido el del Hay Festival y la competencia de titulares que la prensa arma alrededor de escritores que banalizan la dignidad del escritor (aunque critiquen la banalización de la cultura en los periódicos). También, Piedad se refiere a los concursos literarios y a los premios. Al Nobel, por ejemplo. Incluso, como lo dice ella, el Nobel no significa nada “en términos absolutos”. Por eso –digo yo-, algunos lo ganan para salir a exhibirlo, vanagloriarse y escribir luego libritos; mientras otros, en cambio, es como si les abrieran la puerta para escribir, con mayor dignidad y esfuerzo, otros libros (leer las cartas entre Paul Auster y J. M. Coetzee).
Cuando me preguntan por los “mejores” escritores del Taller de Escritores de la Universidad Central (ahora con pregrado y postgrado de Creación Literaria), en los 32 años corridos, siempre me he encontrado con la dificultad de responder quiénes son. Esto porque lo que primero reseño en la sesión inaugural con ellos es mi vocación anti-olimpista en la literatura y el arte. La escritura posee el poder de los medicamentos de amplio espectro y cubre todos los rangos posibles. Por eso, no se pueden exigir metas. Un record es imposible en literatura. Y si lo concedemos, el tiempo lo minará. Lo puede decir Anatole France (si pudiera decirlo). Solo la escritura, en el camino, dará unas metas o unos espejismos llamados metas. Los lectores, después, conjeturarán sobre la validez de Orgullo y prejuicio (200 años después de publicada) y, aún así, tendremos que ceder ante la tentación de la duda. Nada tan dañino para el arte y la literatura que el olimpismo que destruye al “perdedor” y envanece al “ganador”. Siempre la competencia en el arte establece unas cifras ciertas para el publicista, pero inciertas para el futuro del artista y del arte.
Sin embargo, en la preparación calificada del escritor en la universidad, nosotros evaluamos en Creación Literaria (y no es que yo crea en esa evaluación, porque en arte todo es impredecible, imprevisible) los resultados de un proceso en curso (que puede crecer o decrecer). Y lo hacemos (aconsejo hacerlo si es voluntario) con los concursos literarios. Sobre todo, el concurso como una estrategia para enfrentar al mercado, como el encuentro con un lector anónimo –ajeno a la molicie humana-, como una forma de salir a flote en una sociedad que le cerró las “páginas” al nuevo escritor. Jamás como una contienda olímpica de ganadores y perdedores. Me gusta ver el concurso como un esfuerzo por vencer al azar. Por eso, cierro estas líneas con la lista de mis ex alumnos que, en 2012, fueron ganadores o finalistas en alguna prueba de estas (ajenas al salón de clase). (Si alguno se me escapa, le ruego que me lo haga saber. Me refiero a concursos de cuento y novela):
Marco Fidel Sánchez, Carlos Castillo Quintero(en la foto, ganador del Concurso de Novela Corta de la Universidad Javeriana y del Concurso Nacional de Cuento de la Universidad Central), Sonia Ramón, Jairo Andrade, Oscar Ramírez, Juan Malaver, Andrea Vergara, Diana Perico, Juan de Dios Sánchez, Joaquín Restrepo, Jerónimo García, Tomás Castro, Héctor García, Juan Carlos Carvajal, Andrés Pascuas, Pablo Zapata.