miércoles, 13 de noviembre de 2013

"Lecturas Dominicales": 100 años

Eduardo Mendoza Varela
En 1964, salí del sur del Huila a estudiar en Bogotá. Por lo remoto, desconocido y frío, me pareció que llegaba al Polo Norte. Sin embargo, desde Pitalito y Garzón, yo había cultivado en mi bachillerato una amistad que sería mi salvación en Bogotá: los suplementos literarios dominicales. Más que los libros, que nunca llegaban, fueron los suplementos literarios de El Espectador y El Tiempo, las fuentes intelectuales de toda mi generación (años 60 y 70). Y eso fue posible porque ellos (incluido el de El Siglo) eran unos señores suplementos. Y no es cosa de nostalgia. Es que –como lo han recordado Enrique Santos Molano y Daniel Samper Pizano-, con motivo de los cien años de “Lecturas Dominicales” de El Tiempo, en ellos se debatían los grandes temas intelectuales y literarios del mundo. Un solo ejemplo. Yo conocí a Alfonso Reyes, el gran maestro mexicano de todos los tiempos, no por sus libros, sino porque en “Lecturas Dominicales” aparecían sus ensayos. Los grandes escritores latinoamericanos, europeos y norteamericanos, de mediados del siglo XX, eran sus colaboradores. De José Eustasio Rivera, en los años 20, al exótico movimiento Nadaísta, en los 60, tanto el “Magazín” como “Lecturas”, fueron pilares básicos para sus contiendas intelectuales. Pensamiento y creación literaria nunca se excluyeron. Lo digo porque, en este momento de balances, es bueno decir que, de pronto, en Colombia, algunos directores de periódicos decidieron pensar que la literatura no vendía, que la gente no leía, si se publicaban cuentos o poemas o ensayos. Y los suplementos dominicales se vinieron abajo. Y fue sólo en Colombia.

Ahora, vuelvo atrás para recordar con inmensa gratitud las veces que los directores de “Lecturas Dominicales” le abrieron las puertas a este amigo cerrero de los suplementos dominicales. A Eduardo Mendoza Varela, poeta, traductor, columnista literario (un género que desapareció), quien me permitió debutar como escritor a nivel nacional, sin pensarlo, cuando publicó mi primera entrevista literaria el 27 de agosto de 1967; a Enrique Santos Calderón, quien me publicó en los 70 entrevistas con escritores desconocidos con la promesa de que no lo serían después, como Alfredo Bryce Echenique; a Carlos J, Villar Borda, quien me permitió hacer una columna de crítica literaria latinoamericana, y, finalmente, a Roberto Posada García-Peña, quien me acolitó, de 1982 a 2001, sin interrupciones, hacer en “L. D.” una columna semanal. Por eso, a los nuevos dueños de El Tiempo, en los 100 años de “L. D.”, lo único que se les debe pedir es que volvamos pronto al suplemento que fuera la vitamina básica y esencial de los lectores jóvenes y viejos de Colombia, porque hoy “Lecturas Dominicales” pasa por una  penosa crisis. Debe volver a ser semanal, por ejemplo.

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 9 de noviembre de 2013)

3 comentarios:

Rosa del Alba dijo...

Su escrito es muy real, es concreto y muy objetivo. Con la globalizacion desaparecio hasta el derecho a la salud, a la vida, todo se comercializo, y la literatura que era algo hermoso, que no necesito esas generaciones de alucinogenos para escribir, ni inspirarse o elaborar ensayos basandose en otros escritos. Era el conocimiento con la lucidez de mentes sanas.

Anónimo dijo...

Hermosa nota, Isaías.

Pablo Di Marco

Anónimo dijo...

Lástima que en este país nadie se conmueve por nuestra cultura pasada ni presente. Se requiere que se presente un desastre natural o humano para que la sensiblería del pueblo colombiano pueda pellizcarse.