martes, 6 de agosto de 2013

El poder de Nairo

Cuando la filosofía o la literatura no me alcanzan para explicarme causas o fenómenos del acontecer cotidiano, suelo recurrir a las historias de vida de los deportistas –sobre todo los del llamado “tercer mundo”-. Entre esas vidas siempre me han parecido extraordinarias las de los ciclistas colombianos. Y no es que las leyendas de boxeadores, atletas o futbolistas, no estén llenas de circunstancias tan ricas como las de una obra de Shakespeare. Es que el ciclismo aúna, como ningún otro deporte, las dos principales facetas del ser humano: la condición íntima e individual, y la solidaria y colectiva. Si es que así fuera siempre. Porque cuando no se suman esas dos circunstancias, el poder y la furia individual, más la necesaria e incondicional solidaridad colectiva, las metas, generalmente, se escapan, y las ilusiones jamás llegan a convertirse en deseos cumplidos.

El pasado 20 de julio, me encontré, en la penúltima etapa del Tour de Francia, cuando faltaban cuatro quilómetros para llegar a la meta, con un ciclista desconocido para mí, Nairo Alexander, el hijo de Luis Quintana y Eloísa Rojas, hermano de otro ciclista, Dayer Uberney, vecinos de la vereda La Concepción del municipio de Cómbita, Boyacá. Entonces, me pegué al televisor para ver cómo ese muchacho de 23 años, apenas 1,67 de estatura y 59 kilos de peso, en los últimos 200 metros, se daba el gusto (digo yo, porque no se si Nairo llegó a sentir eso en semejantes afugios) de no dejar que el inglés, Chris Froome, el doble de Nairo en peso y estatura, le arrebatara, injustamente –porque el gasto lo habían hecho Nairo y el español ´Purito´ Rodríguez-, su triunfo en la cima de Annecy-Semnonz. Me pareció una cosa fantástica, increíble (Nairo dijo que tampoco lo creía). Después vería subir al chiquito ese, tan distinto, incluso, a nuestros grandes ciclistas -me acordé de Cochise y de Lucho, blancos, altos, como previstos y provistos por el destino para llegar a los podios-, a recibir tres primeros premios, por encima de todos los demás. En la prensa, ellos mismos, Cochise entre ellos, lo dirían con sinceridad. El “negro” Nairo, como le dicen en familia, sin saber que es un eufemismo, había puesto a la vista y en lo más alto en la montaña  y luego en París, una condición que siempre ocultamos los colombianos, que nos avergüenza. Porque Nairo no es negro. Nairo es mestizo, con una carga étnica aborigen evidente. Su cara es la de una legendaria y gloriosa esfinge indígena. Pero nadie se ha atrevido a decirlo. A más de racistas, nosotros seguimos sin aceptar nuestro legado aborigen indígena, así lo llevemos oculto en nuestras venas.

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 3 de agosto, 2913)


1 comentario:

Marco Polo dijo...

De esos personajes debían estar llenas nuestras historias, novelas y telenovelas. Pero sí, es evidente el racismo contra nuestro historial de sangre. Semana únicamente lo ubicó en el recuadro del personaje que sube. Otro programa televisivo de humor hizo un listado de "los galanes" masculinos colombianos que dejaron de ser bonitos. Los ideales de "colombiano" los buscan en el exterior.
Pero ése colombiano es Nairo. El "negrito" que nos eleva al podio y nos produce piedad por "lo indio". Felicitaciones por artículo.