lunes, 1 de julio de 2013

Andahazi y Néstor Sánchez

Había invitado a los escritores Mario Barrero y Alfredo Laverde para que me acompañaran en la entrevista que le haríamos al novelista argentino Federico Andahazi, de visita a Bogotá en 2001, con motivo del lanzamiento de su última novela sobre el poder, El Príncipe. Siempre he apreciado de manera muy especial a los escritores argentinos y esa grabación la utilizaría en un evento público de la Universidad Central. (A los escritores argentinos en colectivo, ya que no se lo han dado a nadie en particular, debieran darles un Nobel de Literatura, simbólico). La entrevista fluía con interés por distintos problemas de la literatura latinoamericana y Federico Andahazi (Buenos Aires, 1963), autor, entonces, de obras reconocidas como El anatomista, El árbol de las tentaciones y Las piadosas, hablaba de manera discreta y certera. De pronto, yo me devuelvo en el tiempo y le recuerdo una polémica de los años sesentas relacionada con los escritores que superaron la importancia del argumento y se posesionaron del lenguaje literario como eje central de su narrativa. (Tema revivido por estos días con los 50 años de Rayuela, cuando algunos han vuelto sobre Néstor Sánchez). Y para continuar la entrevista, se lo comento a Andahazi porque después del 90, los escritores como él, recuperaron y volvieron a visibilizar las historias y los argumentos en sus obras, sin abandonar, por supuesto, la artisticidad del lenguaje. Es el momento en el que se me vienen a la cabeza las novelas de Néstor Sánchez, donde bajo la sombrilla “experimental”, “vanguardista”, quizá “noveau roman”, muy de los años sesentas y setentas y muy a lo Cortázar o superándolo, había escrito novelas como Nosotros dos (1966), Siberia blues (1967) y El amhor, los orsinis y la muerte (1969). Y para darle el ejemplo de un autor en particular, explorador del lenguaje en los sesentas, le digo a Federico Andahazi, con el duende de la ambigüedad que siempre utilizo en mis sesiones con los estudiantes: “Había un escritor argentino o mexicano, creo que era argentino, que era Néstor Sánchez…”. Y Federico, que venía sosegado en la entrevista, de repente, me interpela para aclararme de manera categórica, “…creo que es mexicano”.
La entrevista la pasamos en un acto público, una semana después, en uno de los teatros de Universidad Central, sin editarla. Cuando Andahazi me corrije, el público suelta una carcajada que todavía escucho. Yo no me río y caigo en doble depresión: ni Federico Andahazi, el gran escritor argentino, ni mi joven público literario en Bogotá, en 2001, ya no saben quién es Néstor Sánchez. (Murió dos años después). Pienso: con razón la última novela de Sánchez la llamó La condición efímera (1988).

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, el 29 de junio de 2013)


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