lunes, 27 de mayo de 2013

¿Poesía femenina?

Maruja Vieira

Ni le pongo el cascabel al gato, ni soy abogado del diablo. ¿Poesía femenina? ¿Poesía masculina? Creo que cuando se crean estos encasillamientos, en general, se puede estar hablando de cosas propias con nombres ajenos. O de fenómenos sociales y culturales que no corresponden a los literarios o estéticos. Me parece ver ese problema cuando a la poesía se le trasladan los enredos de “género” –reducción de una palabra tan rica en las ciencias sociales y naturales, aplicada pobremente a la pareja humana-.
Apenas terminaba yo mi bachillerato en Garzón, en el Simón Bolívar, cuando alguien me preguntó si existían mujeres poetas en Colombia y que, de ser cierto, si podría escribir una conferencia sobre ellas. Ese interrogante me sorprendió entonces. Y con los años fui descubriendo que, antes o después, por lo menos en la historia posterior al matriarcado en la humanidad, siempre la gente se la ha hecho. ¿Por qué? Las razones pueden ser múltiples, pero no son literarias; siempre son sociales, políticas o económicas. Y en ese desconocimiento juegan sus propios roles hombres y mujeres. En 1962, cuando escribí mi primera conferencia sobre las mujeres poetas en Colombia, que, por supuesto, existían (así se sorprendieran las mismas muchachas), para leerla en una semana cultural en un colegio femenino –lástima que no hubiera sido, también, para otro masculino-, apenas sí se hablaba de poesía femenina, y no de la feminista (aunque ya Simone de Beauvoir y Sartre comenzaban a hacer sus pinitos). No recuerdo la lista de las poetas (o poetisas, como debía decirse por entonces) que analizaba y antologaba en ese momento, pero eran las mismas que, por fortuna, Eduardo Mendoza Varela –tal vez, si hubiera sido mujer no lo habría hecho- publicaba en “Lecturas Dominicales” de El Tiempo en los años sesentas, cuando los suplementos literarios dominicales sí publicaban poesía. Me inclino a pensar que hablé por aquella época, entre otras, de Dora Castellanos, Amira de la Rosa, Olga Elena Mattéi (de Arosemena, figuraba por esos días), Matilde Espinosa, Maruja Vieira,  Beatriz Zuluaga y otras más que citaré cuando rescate aquella vieja charla. Ellas aparecían al lado de los poetas hombres, sin que se hablara de poesía femenina, masculina, feminista o machista. Todos pertenecían a la comunidad literaria total, hablaban como seres humanos, sencillamente. Sin embargo, miren lo curioso, las mujeres no existían a la luz de quienes me pedían que escribiera sobre ellas, incluidas las mujeres. Por eso, insisto en que la literatura, de unas y otros, es una sola. Pero la sociedad las y los ve de otra manera. Es una trampa en la que el verdadero escritor no puede caer.

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 25 de mayo de 2013).

3 comentarios:

Aley Nuvesoy dijo...

y sin embargo, son esas condiciones sociales, culturales, las que se filtran también en el mundo de la literatura. No creo en las distinciones binarias, no hay una escritura negra frente a una blanca, ni una escritura gay frente a la heterosexual, tampoco una escritura femenina frente a la masculina. Hay unas condiciones sociales, históricas,culturales... que llevan a esas denominadas "minorías" a la búsqueda de formas simbólicas de autoafirmación. Entonces no creo que la cuestión sea de denominación, ni de oposiciones binarias sino de desplazamiento de las voces y de búsquedas que lleven a condiciones sociales, ecónómicas, culturales en las que las diferencias se encuentren sin necesidad de ponerse motes.Por ahora no las hay, lo que existe es un discurso que nombra la igualdad, una igualdad que sólo existe en el plano abstracto del nombre.

jerogarciar dijo...

¿Isaías ya se solucionó el problema?

Salomé Guadalupe Ingelmo dijo...

Es curioso. Siempre me he preguntado si será posible distinguir si un texto ha sido escrito por un hombre o por una mujer; si el sexo puede marcar una diferencia en el estilo. Hace unos años, quizá por circunstancias personales, inicié una exhaustiva investigación al respecto entre compañeros de profesión y especialistas de las letras en el ámbito de la docencia. Obtuve todo género de respuestas. Respuestas serias y razonadas que agradecí mucho… y que no me sirvieron para nada. La inquietud, si es que así puede llamarse, sigue ahí, y creo que ahí seguirá siempre.
Desde niña he considerado que el sexo es meramente circunstancial, así que he preferido definirme como una persona antes que como un género. Quizá por eso quiero creer que de haber nacido hombre, escribiría exactamente sobre las mismas cosas. Pero, para ser sincera, no sé si escribiría exactamente de la misma forma. No se trata, como dicen algunos, de una sensibilidad particular ligada a la mujer, sino de un bagaje existencial que por fuerza forja al escritor. Independientemente de cómo piense cada uno de nosotros, vivimos inmersos en un mundo que deja su huella en nosotros; que nos nutre o nos envenena con sus circunstancias. Sé que de haber nacido hombre mi periplo vital no habría resultado exactamente el mismo. Y entonces, supongo, podría ser la misma persona que soy ahora, la que se refleja en mis textos, sólo parcialmente.
Sospecho que cuando trato determinados argumentos relacionados con el género, lo que en efecto he hecho abundantemente, el lector probablemente nutra pocas dudas sobre mi sexo. Nada reivindico salvo la libertad del individuo, de todos los individuos; lejos está mi obra, como mi pensamiento, del feminismo, pues sólo creo en la igualdad. No obstante tampoco escondo lo vivido. Y esa vida que yo hubiese deseado vivir sencillamente como una persona, ha sido a menudo la de una mujer. La de una mujer sometida a las normas de quienes sí definen a los individuos por su sexo. Quizá por eso escribo tan abundantemente sobre ello: para que cada día más personas dejen de hacerlo. O para que cada día más personas se atrevan a escapar de esas normas impuestas por otros.
Muchas gracias por el excelente blog.