viernes, 11 de enero de 2013

Un poema de Ledo Ivo (1923-2012)

Cuando preparaba mi Manual de la literatura latinoamericana (1987), cuya primera edición aparecería en 1987 (en este año, a 26 años, me ha dicho Yolanda Correal, aparecerá una nueva reedición para la Feria Internacional del Libro de Bogotá), conocí la poesía de Ledo Ivo. Ya era un escritor reconocido en una tradición tan nutrida como la del Brasil. Había publicado Las imaginaciones en 1944, a los 20 años, y se había "acreditado" entre los jóvenes de la que se llamaría la generación del 45, con Thiago de Mello, Joao Cabral de Melo Neto, Fernando Ferreira, etc. En 2009, ganaría el Premio Casa de las Américas (Cuba) con su libro Requiem. Y ahora, mientras pasaba vacaciones en Sevilla (España), un infarto, en la mañana del 23 de diciembre pasado, no lo dejó llegar a los 89 años que cumpliría el próximo 18 de febrero. Para comenzar bien el 2013, transcribo un poema de Ledo Ivo, de su libro La noche misteriosa (1982), traducido por Mario Bojórquez (Página web del Círculo de Poesía, Palabra virtual).

Los pobres en la estación de autobuses

Los pobres viajan. En la estación de autobuses
levantan los pescuezos como gansos para mirar
los letreros del autobús. Sus miradas
son de quien teme perder alguna cosa:
la maleta que guarda un radio de pilas y una chaqueta
que tiene el color del frío en un día sin sueños,
el sandwich de mortadela en el fondo de la mochila,
y el sol del suburbio y polvo más allá de los viaductos.
Entre el rumor de los alto-parlantes y el traqueteo de los autobuses
temen perder su propio viaje
escondido en la neblina de los horarios.
Los que dormitan en las bancas despiertan asustados,
aunque las pesadillas sean un privilegio
de los que abastecen los oídos y el tedio de los psicoanalistas
en consultorios asépticos como el algodón que tapa
la nariz de los muertos.
En las filas los pobres asumen un aire grave
que une temor, impaciencia y sumisión.
¡Qué grotesco son los pobres! ¡Y cómo molestan sus olores
aun a la distancia!
No tienen la noción de los conveniente,
no saben portarse en público.
El dedo sucio de nicotina restriega el ojo irritado
que del sueño retuvo apenas la legaña.
Del seno caído e hinchado un hilillo de leche
escurre hacia la pequeña boca habituada al lloriqueo.
En los andenes van y vienen, saltan y
aseguran maletas y paquetes,
hacen preguntas impertinentes en las ventanillas,
susurran palabras misteriosas
y contemplan las portadas de las revistas con aire espantado
de quien no sabe el camino del salón de la vida.
¿Por qué ese ir y venir? ¿Y esas ropas extravagantes,
esos amarillos de aceite de dendé que lastiman la vista delicada
del viajero obligado a soportar tantos olores incómodos,
y esos rojos chillantes de feria y parque de diversiones?
Los pobres no saben viajar ni saben vestirse.
Tampoco saben vivir: no tienen noción del confort
aunque algunos de ellos tengan hasta televisión.
Verdaderamente los pobres no saben ni morir.
(Tienen casi siempre una muerte fea y de mal gusto)
Y en cualquier lugar del mundo molestan,
viajeros inoportunos que ocupan nuestros lugares
aun cuando vayamos sentados y ellos viajen de pie.




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