miércoles, 25 de diciembre de 2013

De viajes y fronteras

Es viajando como se descubren las costuras del mundo. Y una de ellas, la más fastidiosa, es la que corresponde a las fronteras entre los países. Se dice que surgieron cuando los hombres pasaron del nomadismo al sedentarismo y cada grupo decidió separar su territorio. Esos límites convencionales se convirtieron en la peor limitación de la libertad del ser humano. Es la peor de todas las costuras. Porque el planeta Tierra frente al cosmos es tan pequeño que no vale la pena limitar la libertad de desplazamiento de sus habitantes. De esos límites, de esas fronteras, surgieron esas odiosas categorías llamadas las aduanas, que físicas o intelectuales sólo han servido para causar guerras y muertes. Me gustaría imaginar o ver en la realidad a nuestro planeta sin límites, sin frontras y sin aduanas. Pero, mientras tanto, debemos soportarlas cada vez que salimos de viaje. He pasado por estos días varias de ellas. La primera, la de Colombia, a la salida. Porque nadie en el mundo tiene la libertad de salir de su país sin pedir permiso, sin dejar la constancia de que sale por un tiempo determinado y sin decir para dónde va. En esta ocasión, asumida la obligación de quedar reseñado, puedo decir que en Colombia el sistema se ha modernizado y ha dejado de ser intimidatorio. Pero cuando llegué a San Salvador pareciera haber regresado veinte años atrás. Siendo apenas un tránsito, las medidas son tan primarias como arbitrarias. El ingreso a Los Ángeles, poco después, será muy cómodo, pero no así a la salida para Seúl, cuando, como en San Salvador, se usan perros, escáneres, quitada de zapatos y tratamientos que son denigrantes y un tanto estúpidos. En general, todos los protocolos de seguridad, en un aerpuerto, o en una carretera, son ilógicos, absurdos y tontos. La entrada a Seúl, la ciudad sorpresa, a pesar de las bajísimas temperaturas de su invierno, por el contrario, fue amable y cortés. ¿Por qué el paso de una frontera en la aduana respectiva tendría que ser humillante? Es como si no fueran seres humanos quienes migran de un país a otro, como si la convencionalidad de un límite entre seres de una misma condición -aún no son los marcianos nuestros enemigos- les permitiera invalidar las razones de su humanidad.
Las presuntas razones de seguridad se convierten en las peores armas para agredir a quien se arriesga a volar por la esfera terrestre, cuando debiera ser todo lo contrario: sólo se hace mejor el ser humano cuando descubre que, después de la Torre de Babel, los viajeros querían volver al origen de la única lengua y de la única nación que fue el hombre original.

Luego de salir de Seúl, entraré a Cambodia por el aeropuerto de Phnom Penh. Y me haré más humano. A ver si lo logro.

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 21 de diciembre de 2014)

jueves, 19 de diciembre de 2013

Lecturas de diciembre

Aunque tenemos el mejor español del mundo, según nos dicen cuando viajamos, y a Bogotá la llamaban la Atenas sudamericana, seguimos (me refiero a Colombia) apareciendo en las estadísticas latinoamericanas y mundiales como un país con una educación deficiente. Por eso figuramos entre los últimos de las tablas que miden a los estudiantes. Se acusa a los profesores, a veces, o al mismo sistema educativo. La estratificación y la división abismal entre educación pública y privada, con seguridad, ha aumentado la deficiencia acotada en las estadísticas. Y creo que parte del problema ha sido, también, el manejo descuidado y prejuiciado de la lectura. Se lee poco, se limitan las listas de nombre de autores y títulos, se satanizan los medios electrónicos, y no existen políticas de motivación de la lectura. Por ejemplo, para estas épocas del año, cuando salimos a vacaciones, en otras partes, todo el mundo separa sus libros para leer en el tiempo libre. Libros, sobre todo, de literatura.

Por eso, voy a recomendar los autores y los títulos con los que el Premio Nobel de Literatura de 2003, J. M. Coetzee, ha conformado su Biblioteca Personal, publicados en español por la editorial argentina El Hilo de Ariadna. Seguramente, esos libros alcancen no sólo para diciembre, sino para todo el año 2014. Es una lista prodigiosa, apta, además, para tener en cuenta en los cursos de literatura de colegios y universidades.

Tomo de la revista Ñ, de Buenos Aires, la lista total de los doce autores que Coetzee seleccionó para hacer su Biblioteca Personal: 1. NathanielHawthorne (1804-1864), con La letra escarlata; 2. Heinrich von Kleist(1777-1811), con La marquesa de O y Michael Kohlhaas; 3. RobertMusil (1880-1942), con Tres mujeres y Uniones; 4. Gustave Flaubert(1821-1880), con Madame Bovary; 5. Samuel Beckett (1906-1989), conWatt; 6. Robert Walser (1878-1956)con El ayudante; 7. Daniel Defoe(1660-1731), con Roxana; 8. Ford Madox Ford (1873-1939), con El buen soldado; 9. Franz Kafka (1883-1924), con Cuentos; 10. Patrick White (1912-1990), con Las esferas del mandala; 11. León Tolstoi(1828-1910), con La muerte de Iván Ilich y Amo y criado; 12. Antología de poesía.

La ventaja de esta lista es la de que Coetzee incluye autores de tres siglos y no se ciñe ni a los clásicos antiguos, ni a los clásicos modernos, defecto usual entre los profesores de literatura. Parte de un genio del romanticismo, como lo es Kleist, joven suicida de mucha influencia en su época, pasa por clásicos que siguen siendo modernos como Flauberty Tolstoi, y culmina con autores del siglo XX, imperecederos, como Kafka, Musil y Beckett. Más sus caprichos personales que tendremos que descubrir leyéndolos.

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 14 de diciembre de 2013)

 

 

viernes, 13 de diciembre de 2013

Materia y memoria de San Agustín (5)

Bajo el nombre de “San Agustín: materia y memoria viva hoy”, se realizó en el Museo Nacional de Colombia, los días 4 y 5 de diciembre, la XVII Cátedra de Historia Ernesto Tirado Mejía. La cátedra había sido inaugurada el 3 de diciembre en la Biblioteca Luis Ángel Arango, con una lectura magistral del reconocido maestro francés Marc Augé, titulada “El tiempo en ruinas”. Con esto, Fabián Sanabria, director del ICAHN, lograba que alrededor de la cultura llamada agustiniana, convergieran tres hechos de suma importancia: primero, que a la cultura y al arte escultórico de San Agustín se le dedicara, por primera vez, un programa tan destacado como el de la Cátedra de Historia Ernesto Tirado Mejía; segundo, que con este evento el Museo Nacional de Colombia, más el de la exposición fotográfica y sonoro-ambiental, rindiera homenaje a San Agustín; y, tercero, que una figura de la talla mundial de Marc Augé, inaugurara la Cátedra.
Las conferencias abordaron con profundidad el tema de la cultura y el arte del Alto Magdalena, con un temario que nos hizo volver a la memoria a aquellos, extranjeros o colombianos, que alguna vez exploraron el sentido de este arte monumental, mediano y de pequeño formato, comenzando por Fray Juan de Santa Gertrudis en 1757. (A propósito -para hacerlo en el Huila-, qué bueno sería editar un libro con una selección especializada de los textos de esos autores, para con su lectura crear conciencia de lo que tenemos y nunca hemos querido ver).
Se conmemoraron los 100 años de las excavaciones de Konrad Th. Preuss, de quien se reeditó su libro Arte monumental prehistórico, prologado por el maestro Héctor Llanos, con una serie de conferencias que revivieron las figuras de quienes lucharon un día por ese arte escultórico perdido en el tiempo. Los conferencistas y sus temas –un ejemplo que debiera seguirse en el Huila-, fueron: “¿Por qué el silencio de los ídolos?”, de Fabián Sanabria; “La contribución latinoamericana a la antropología”, de Luis Guillermo Lumbreras (Perú), quien no asistió por razones de salud; “San Agustín, una nueva memoria para una nueva nación”, de Roberto Pineda Camacho (Colombia); “Viajeros ilustrados y arqueólogos de San Agustín”, de Héctor Llanos (profesor emérito de la U. Nacional de Colombia); “La organización social en el alto Magdalena”, de Robert D. Drennan (Universidad de Pittsburgh); “Tres lustros para la formación del programa de investigación antropológica americanista de K. Th. Preuss”, de Paulina Alcocer (México); “José Pérez de Barradas y el patrimonio arqueológico en España y Colombia”, de Gloria Mora (España); “Detrás de las montañas de San Agustín: mito, rito y petroglifo en el río Caquetá”, de Fernando Urbina (Colombia).

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 7 de diciembre de 2013)

martes, 3 de diciembre de 2013

Monroe vs. Monroe

Cincuenta años después, el Secretario de Estado (de los Estados Unidos), John Kerry, me ha concedido la razón. La semana ante pasada, en una reunión de la OEA, dijo: “La era de la Doctrina Monroe ha terminado”. Lo ha recordado Michael Shifter, director de la organización Diálogo Interamericano, en un texto publicado por El Tiempo de Bogotá el 25 de noviembre, bajo un título, a ocho columnas, que dice: “Tras casi 200 años, era hora de enterrar la Doctrina Monroe”. Bueno, ese entierro era el que yo le había pedido, cuando terminaba mi bachillerato en el Simón Bolívar de Garzón, hace 50 años, a mi profesor de historia universal, Guillermo Ruales. Debió ser uno de mis últimos escritos en su excelente clase de historia. Y recuerdo que cuando nos encontramos, casi a la entrada de los dormitorios, sonriente, y, con cara de picardía, me dijo algo parecido a: “Ya leí su trabajo; muy bueno, pero, ¿de dónde ha sacado usted tantas cosas revolucionarias?” Le dije que había leído a Indalecio Liévano Aguirre y que me parecía que él tenía la razón. En esa época lo que ahora es obvio –los países deben ser soberanos-, se veía mal, herético. Mucho más en Colombia y no se diga en Garzón. El profesor Ruales quiso decirme que exageraba, pero en el fondo me aplaudió. Cincuenta años después me gustaría decirle –no se si viva todavía- que ambos teníamos la razón. La Doctrina Monroe fue fundada por el presidente James Monroe en 1823 con el objeto de defender al continente americano (y “América” significaba, entonces, Norteamérica) de Europa y el resto del mundo. Fue siempre un embeleco y una forma de convertirnos, como dice Shifter en su artículo, en el “patio trasero” de Estados Unidos, que siempre nos trató como menores de edad o incapacitados mentales. Sus consecuencias (invasiones y asesinatos) fueron funestas para nosotros e incluso para ellos. Menos mal que hoy, gracias a ellos mismos, volvemos a tener la razón y ya no podrán calificarnos de subversivos por reclamar soberanía nacional.
En cambio, a 51 años de su suicidio, hoy quiero reafirmar y reactivar mi militancia por la otra doctrina Monroe, la de nuestra hechicera y hada mayor, Marilyn Monroe. Pienso que ella fue conducida al suicidio a los 36 años porque el mundo cultural y las telarañas de la otra doctrina Monroe, la condujeron allá. Ernesto Cardenal en su bellísimo poema “Oración por Marilyn Monroe” lo explicó todo: “Ella soñó cuando niña que estaba desnuda en una iglesia (según cuenta el Times)/ ante una multitud postrada, con las cabezas en el suelo/ y tenía que caminar en puntillas para no pisar las cabezas”. Amén.

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 30 de noviembre de 2013)

lunes, 25 de noviembre de 2013

Mi Simón Bolívar

Había terminado cinco años de primaria y dos de secundaria en la Escuela Normal Superior y su Escuela Anexa, de Pitalito. Y había cursado los cuatro años restantes de la secundaria en el Colegio Nacional Simón Bolívar de Garzón. (Esas nomenclaturas las cambió el Ministerio de Educación sin razón alguna no se en qué año, o con razones que siempre imponen las misiones o los consejeros que vienen del exterior. Hoy se usa una expresión horrible, que nunca he sabido a qué obedece, aunque intuyo muy neoliberal, que es “Institución Educativa”, que suelen resumir –por lo larga o por lo fea- con sus letras iniciales “I. E.”, a las cuales se les agrega el nombre del “colegio” o “escuela”). Entre Pitalito y Garzón pasaron mi niñez y adolescencia. De eso hace 50 años. Y es lo que quiero recordar en este fin de semana.

El Simón Bolívar de Garzón, como de todos modos le seguimos diciendo, era un colegio nuevo en 1960 cuando llegué a cursar mi tercero bachillerato. Lo habían fundado en 1951. Sus modernas instalaciones me impresionaron. Me sentí grande. Se manejaba con un sistema administrativo muy coherente para el momento y muy útil para las condiciones del país rural que éramos: quienes veníamos de otros lugares del departamento o del país, quedábamos “internos”, y eran “externos” los de Garzón (aunque también existía la posibilidad del internado para los estudiantes locales que no podían asumir sus gastos de estudio). La mayor parte de los “internos” llegábamos becados por la nación. Eso permitió, entre otras cosas, una democracia real de la educación –que luego perderíamos. Y posibilitó un efecto cosmopolita, si así se pudiera decir. Como las becas eran nacionales, quería decir que uno iba a donde lo mandaran. En un país tan endogámico y tan parroquial (posibles causas de su violencia), puedo decir que fue entonces cuando, sin salir del sur del Huila, desde mi Simón Bolívar, conocí por primera vez a Colombia. Allí supe de los bogotanos, de los costeños, de los llaneros, de los chocoanos, de los pastusos, de los santandereanos, de los paisas. Porque lo mismo sucedía con los profesores: eran un rico mosaico de voces que venían de todos los rincones del país. Convivir con ellos y con alumnos de todos los colores en esa pequeña ciudad educativa que era ese inmenso colegio, enclavado entre el Seminario Mayor y la parte alta de ese Garzón apacible y caluroso, fue una experiencia maravillosa, que siento hoy, a los 50 años de ocurrido, como si estuviera graduándome una vez más de bachiller. Sin dudas fue eso lo que marcó mi vocación universalista, renacentista y humanista que ampliaría pocos años después.

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 23 de noviembre de 2013)

lunes, 18 de noviembre de 2013

J. M. Coetzee: "Biblioteca personal"

La primera parte de esta historia la conté en esta columna a comienzos de año. En septiembre de 2012 invité al Premio Nobel de Literatura 2003, J. M. Coetzee, a Colombia. Enseguida la Universidad Central, por intermedio de su pasado rector, Guillermo Páramo Rocha, me dio el aval. En abril de 2013, Coetzee vino. Fue un éxito y, sobre todo, muy útil. Cada vez que rompemos el cerco, sumamos puntos en contra del ancestral aislamiento colombiano.
Ahora, tengo nuevas noticias acerca del maestro J. M. Coetzee. Aunque Colombia figura en algunas de sus obras –por ejemplo, Diario de un mal año-, nunca como ahora parece estar cerca de nosotros. Y esta vez lo será por vía Argentina.
En alguna visita a Buenos Aires, al Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA), su directora María Soledad Constantini, le propuso a Coetze que armara su “biblioteca personal” con los libros que él considerara básicos en su vida de escritor, que ella, como codirectora de la editorial El hilo de Ariadna, los publicaría bajo el sello de “Biblioteca Personal” de J. M. Coetze. Algo parecido a la biblioteca de Borges, pero con un matiz especial: la de Borges fue un listado de obras universales que a él le parecían importantes. Ahora, son los libros que un autor de la talla de Coetzee considera básicos en su proceso de creación literaria. Interesante para cualquier lector y muy importante para los aprendices de escritores.
Bueno, la primera parte –el primer tercio de esa “Biblioteca personal” de J. M. Coetzee- se presentará en una conferencia de prensa, presidida por los directores de la editorial, Leandro Pinkler y María Soledad Constantini, en la sede del MALBA, pasado mañana, en Buenos Aires. Entiendo que no estará Coetzee, pero la noticia es que él y Soledad sí estarán en Colombia para el lanzamiento de la colección en la Feria del Libro de Bucaramanga (agosto de 2014), y luego en Bogotá (Universidad Central y, posiblemente, otra institución, por confirmar).
En un momento en el que la edición digital amenaza la posibilidad de acariciar la belleza de un libro hecho con cartón, papel, linos, hilos, pinturas y separador de cinta, esta colección de El hilo de Ariadna nos regresa a esa realidad: tapa dura, formato grande (25x17.5), letra e interlineados generosos, portadas ilustradas con cuadros, seleccionados por Coetzee, del pintor norteamericano, tan caro a latinoamérica, Frederic Edwin Church, 1826-1900). Sólo un esteticista que piensa, como Coetzee, y una directora de arte, como Soledad Constantini, podrían haber hecho esto. De los 12 autores seleccionados por J. M. Coetze, los primeros cuatro editados son: Nathaniel Hawthorne, Heinrich von Kleist, Robert Musil y Gustave Flaubert, con títulos que pronto mencionaré.

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 16 de noviembre de 2013).




miércoles, 13 de noviembre de 2013

"Lecturas Dominicales": 100 años

Eduardo Mendoza Varela
En 1964, salí del sur del Huila a estudiar en Bogotá. Por lo remoto, desconocido y frío, me pareció que llegaba al Polo Norte. Sin embargo, desde Pitalito y Garzón, yo había cultivado en mi bachillerato una amistad que sería mi salvación en Bogotá: los suplementos literarios dominicales. Más que los libros, que nunca llegaban, fueron los suplementos literarios de El Espectador y El Tiempo, las fuentes intelectuales de toda mi generación (años 60 y 70). Y eso fue posible porque ellos (incluido el de El Siglo) eran unos señores suplementos. Y no es cosa de nostalgia. Es que –como lo han recordado Enrique Santos Molano y Daniel Samper Pizano-, con motivo de los cien años de “Lecturas Dominicales” de El Tiempo, en ellos se debatían los grandes temas intelectuales y literarios del mundo. Un solo ejemplo. Yo conocí a Alfonso Reyes, el gran maestro mexicano de todos los tiempos, no por sus libros, sino porque en “Lecturas Dominicales” aparecían sus ensayos. Los grandes escritores latinoamericanos, europeos y norteamericanos, de mediados del siglo XX, eran sus colaboradores. De José Eustasio Rivera, en los años 20, al exótico movimiento Nadaísta, en los 60, tanto el “Magazín” como “Lecturas”, fueron pilares básicos para sus contiendas intelectuales. Pensamiento y creación literaria nunca se excluyeron. Lo digo porque, en este momento de balances, es bueno decir que, de pronto, en Colombia, algunos directores de periódicos decidieron pensar que la literatura no vendía, que la gente no leía, si se publicaban cuentos o poemas o ensayos. Y los suplementos dominicales se vinieron abajo. Y fue sólo en Colombia.

Ahora, vuelvo atrás para recordar con inmensa gratitud las veces que los directores de “Lecturas Dominicales” le abrieron las puertas a este amigo cerrero de los suplementos dominicales. A Eduardo Mendoza Varela, poeta, traductor, columnista literario (un género que desapareció), quien me permitió debutar como escritor a nivel nacional, sin pensarlo, cuando publicó mi primera entrevista literaria el 27 de agosto de 1967; a Enrique Santos Calderón, quien me publicó en los 70 entrevistas con escritores desconocidos con la promesa de que no lo serían después, como Alfredo Bryce Echenique; a Carlos J, Villar Borda, quien me permitió hacer una columna de crítica literaria latinoamericana, y, finalmente, a Roberto Posada García-Peña, quien me acolitó, de 1982 a 2001, sin interrupciones, hacer en “L. D.” una columna semanal. Por eso, a los nuevos dueños de El Tiempo, en los 100 años de “L. D.”, lo único que se les debe pedir es que volvamos pronto al suplemento que fuera la vitamina básica y esencial de los lectores jóvenes y viejos de Colombia, porque hoy “Lecturas Dominicales” pasa por una  penosa crisis. Debe volver a ser semanal, por ejemplo.

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 9 de noviembre de 2013)

miércoles, 6 de noviembre de 2013

La repatriación interior (4)

Asistí la semana antepasada a la Casa del Huila, en Bogotá, a una mesa redonda convocada por su director, Dr. Julio Enrique Ortiz, para hablar del libro Las estatuas del pueblo escultor. San Agustín y el Macizo Colombiano, de David Dellenback, traducido por él y su esposa Martha Gil. La reunión resultó ser un ejemplo magistral de diálogo civilizado entre opositores frente a una misma causa. Sin embargo, como suele suceder en estos casos, lo coyuntural le ganó a lo sustancial. David comenzó a hablar de su libro, que era lo importante. Debo repetir: lo importante, lo que está en juego, es el tesoro artístico, arqueológico y cultural que se llama Parque Arqueológico de San Agustín, que sigue en el olvido (a pesar del actual Icanh y de la administración de Julio Enrique Ortiz Cuenca que logró la declaratoria de Patrimonio de la Humanidad). Pero David no habló mucho de su libro –del que mi pariente Roberto Castro Polanía me había puesto sobre aviso-, sino que se perdió en la polémica suscitada con motivo del centenario del alemán que se llevó parte de lo que excavó –como se las han llevado tantos otros, porque ellos sí le han dado la importancia que huilenses y colombianos no le han dado-. David no habló de su libro, que era lo principal. Y eso nos está pasando con el homenaje al Parque Arqueológico: que la polémica coyuntural podría impedirnos ver la esencia del problema. El doctor Fabián Sanabria ha removido el tema, ha propuesto un homenaje y le ha puesto un programa y un presupuesto en grande y en serio a pesar de la fecha. Más adelante la podemos cambiar. Que no sea la del alemán, ni la del otro alemán, que ambos resultaron nazistas (razones políticas que no invalidan las científicas). Entonces, pensaremos en Fray Juan de Santa Gertrudis, el Sabio Caldas, Agustín Codazzi, Cuervo Márquez, Pérez de Barradas,  Luis Duque Gómez, Llanos y en los investigadores locales que siempre decapitan (es necesaria esa historiografía). O pensemos en la fecha anual del arte del Alto Magdalena. Y propongo que con estos homenajes en Bogotá, San Agustín y Neiva, a tiempo que el Icanh y el gobierno negocian la lenta repatriación de las esculturas embodegadas en Berlín, trabajemos desde ya por la más difícil de las repatriaciones, la más cara, la más lenta aún, la que nunca hemos querido encarar: la repatriación de toda la obra escultórica de San Agustín, que tenemos acá pero que nadie ve, que nadie visita, que nadie estudia, que nadie pinta o fotografía, que nadie narra, que nadie mitifica, que nadie filma, que nadie teoriza, y que pareciera existir expatriada, sepultada, embodegada. Esa repatriación interior sí que debiera conmovernos, pienso yo.

lunes, 21 de octubre de 2013

San Agustín, ires y venires

Está diagnosticado hasta la saciedad el alto potencial turístico (ecológico y cultural) del Huila. Pero seguimos siendo apenas eso: un gran potencial, una hipótesis. E hipótesis sin desarrollo significa nada. Hace cuarenta años escucho hablar, por ejemplo, del “anillo turístico del sur del Huila”, y cada vez que,  por razones domésticas (no turísticas), lo repaso, constato su desintegración. En ese anillo se encuentra San Agustín y sus alrededores, incluido, el Parque Arquelógico (que debiera ser “nacional”), del cual se quieren celebrar los primeros 100 años de sus primeras excavaciones en diciembre. Las cifras sobre las visitas al Parque Arqueológico de San Agustín, sin embargo, no hablan bien de su reconocimiento por parte de colombianos y huilenses. Sólo un 8% de los huilenses lo conocen. Hace 55 años, cuando estudiaba mi primaria y primeros dos años de Normal en Pitalito, era mal visto ir a San Agustín.
 Mi primera excursión fue a la Cueva de los Guácharos, no a San Agustín. Cada vez que pregunté en Neiva entre mis familiares por San Agustín, las expresiones fueron de escepticismo y desgano. Estando ya en Bogotá, como profesor universitario, hice una encuesta sobre San Agustín entre mis alumnos de periodismo y todos me preguntaron, ¿San Agustín? Siempre hemos sido –ahora caigo en cuenta- menos que una hipótesis. Quien viene del exterior con emoción y expectativa a visitar las esculturas y la estatuaria de San Agustín espera encontrar  en el aeropuerto internacional de Eldorado siquiera una gran valla con una imagen gigante del parque de San Agustín, pero jamás la encontrará. Es más, cuando tome carretera hacia el sur tampoco la encontrará, ni siquiera cuando llegue al Huila. Alcanzará a imaginar que San Agustín no existe, que era una hipótesis del santo de Hipona, o algo semejante. Verá, en cambio, que al norte hay una “Ciudad Perdida”, tan importante como la del sur, pero que la “perdida” sigue siendo la del sur. Una “ciudad” entera de artistas que, al aire libre, en la cima de los Andes, tejieron unas piedras especiales que el tiempo del hombre no ha podido destruir, pero que siguen siendo invisibles para quienes las tienen a su lado.
            Uno de los puntos destacados, a propósito de lo anterior, en el programa conmemorativo del ICANH de 2013, es demostrarle al país que, entre ires y venires, San Agustín sí existe. Y, digo yo, para no esperar otros cien años, debiéramos institucionalizar “la semana anual” del Parque Nacional Arqueológico de San Agustín, para realizar seminarios, exposiciones fotográficas, concursos de literatura, de teatro, de música, de danza, sobre la realidad y el misterio de ese pueblo escultor que hoy todavía nos pone a reflexionar.

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 19 de octubre, 2013).

lunes, 14 de octubre de 2013

Alice Munro, Nobel de Literatura 2013

Cada año, por esta misma fecha, nos gusta hacer apuestas sobre quién puede ser el Premio Nobel de Literatura del año, el más destacado entre los demás Nobel (de ciencias y paz). En diciembre, el único que habla en representación de los demás es el de literatura. Este año ese discurso le tocará a la gran señora del cuento en el mundo, Alice Munro, casada dos veces, con cuatro hijas y residente entre Victoria y la provincia de Ontario, donde nació en la zona rural de Whingham.
En esta ocasión la Academia premió a una mujer y a un género que suele quedar por fuera, el cuento. Alice Munro (1931) condensa esas dos condiciones de manera maravillosa. El mundo predominante en su obra se debe a la mujer, pero sin que ella, Alice, sea feminista. Por el contrario, sin banderas que arrecien resentimientos, su cuentística, o su narrativa (porque, también, tiene una novela de 1971, Las vidas de las mujeres), zurce o teje (para usar verbos que suelen ser femeninos) los más variados pliegues y repliegues, las más contradictorias caras y máscaras, los más oscuros vericuetos, del ser humano, pero generados a partir de la mujer, entre ellas o en la relación de pareja. En eso, Alice es profesional y desprevenida. No privilegia, ni salva, a nadie. Se regodea con la bondad y la maldad humanas, y las exprime con sinceridad y no sin humor en el fondo. Quizás por eso la Academia ha hablado de “realismo psicológico”, al darle el premio. En un libro suyo (toda su obra, repito, con la excepción de su novela, son cuentos), El amor de una mujer generosa, existen textos donde ese realismo psicológico le sirve para engañar al lector. Para eso, trabaja como realidades lo que, simplemente, son fantasías de sus personajes, y si el lector piensa como el personaje, resultará engañado. Ese doble engaño me encanta. Alice Munro profundiza en él y, con una organización perfecta del cuento, con armonía y sutiliza increíbles, arma peripecias que en sus cuentos, no siempre cortos, conquista al lector página a página. La apabullante riqueza de su mundo no reside, sin embargo, en la acción violenta –que, siempre, se presiente implícita-, sino en la sinuosa molicie o perversidad de las relaciones humanas. Entonces ella, Alice Munro, se acerca a autores como Chejov, Cheever o Carver. Pero yo la veo mucho más allá. Ella es Alice Munro, la que se dejó el apellido de su primer marido, estando casada con el segundo.

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 12 de octubre de 2013, y en El Espectador, Bogotá, 13 de octubre de 2013).

miércoles, 9 de octubre de 2013

El arte del Alto Magdalena (2)

Repito, todo cuanto se haga por el estudio y reconocimiento del arte escultórico del Alto Madgalena (San Agustín, Isnos, Saladoblanco, Pitalito), siempre será insuficiente y precario frente a la inmensidad de su misteriosa belleza, de su invaluable importancia histórica y mítica, de su sorprendente e ignota procedencia material y metodológica. Este museo natural, a campo abierto, donde estética, historia, mito y técnica, donde vida individual, colectiva y cósmica, donde hombres, animales y dioses, donde la abstracción, la simetría y los más variados valores plásticos, se fusionaron en plenitud para dejar el único testimonio físico y espiritual de una cultura aborigen que intuyó que sólo así podía llegar viva hasta nosotros luego de la avalancha del tiempo y del vandalismo religioso e ideológico de occidente, debemos acercarlo al mundo y acercar el mundo a él. Vivió enterrado y escondido durante varios siglos y, hoy, nuestro deber es respetarlo, admirarlo, estudiarlo, aprenderlo, saberlo y divulgarlo, darlo a conocer a sus vecinos locales y departamentales –que han sido los primeros en ignorarlo y siguen sin conocerlo-, llevarlo al país y al mundo, así sea en su mínima parte, para que, poco a poco, los habitantes del mismo San Agustín, del Huila, de Colombia, de Latinoamérica, del mundo, lo coloquen en sus rutas anuales de reconocimiento de las altas bellas artes del universo. No fue fácil que la Unesco lo reconociera como Patrimonio de la Humanidad, hace poco, en 1995. (A quienes lo lograron, también se les debe un reconocimiento).
Creo que cada oportunidad –ojalá se repitieran con mayor frecuencia, sin esperar que pasen cien o doscientos años- de acercamiento al arte lítico del Alto Magdalena, al Parque del Arte Mayor del Macizo Colombiano, debiera tener como meta eso que el ICANH (Instituto Colombiano de Antropología e Historia), en manos, hoy, del profesor Fabián Sanabria (antropólogo, sociólogo y escritor), ha convertido en una meta concreta para este año y que nadie antes, menos cuando la propuesta ha surgido de él y no del Huila, había sugerido y presupuestado: llevar en vivo el arte de Sanagustín a Bogotá (y al mundo, porque eso originará una cadena informativa de carácter internacional), y, al mismo, tiempo, llevar a los bogotanos, a los mismos huilenses, a los colombianos (y el mundo), a que visiten el Huila y su sur tan mal interpretado siempre por el norte. (Todo norte, geográfico o humano, como polo opuesto, jamás avizora su sur). Ya volveré sobre el programa de diciembre, pero quiero decir que esa meta, la de reconocernos entre todos, la de intercambiarnos, la de dialogarnos –sin monólogos eternos, excluyentes, destructivos-, nos hará bien. Habremos aprendido algo de nuestro pasado invisible.

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 5 de octubre de 2013)



sábado, 5 de octubre de 2013

El arte de Sanagustín (1)

Tenemos que aprovechar cualquier fecha para volver sobre la importancia, muchas veces inadvertida o postergada, de las riquezas de nuestros patrimonios artísticos y culturales nacionales. Colombia los tiene al por mayor, pero razones de diversa índole -que no es el caso mencionar ahora-, suelen ocultárnoslos. Y por eso, con mucha frecuencia, vemos los del vecino e ignoramos los nuestros. O, simplemente, no los vemos. Siempre he dicho, por ejemplo, que en Colombia la existencia del parque arqueológico situado al sur del casco urbano del municipio de San Agustín, en el departamento del Huila (en Colombia, no en México, como creen algunos extranjeros), se ha invisibilizado en todos los sentidos, tanto por locales como por nacionales e internacionales. Parte de esa existencia menos que fantasmal (al fin y al cabo los fantasmas existen), obedece, en buena parte, a que, desafortunadamente, el parque tomó el mismo nombre del municipio, calificando un arte aborigen con un nombre opuesto a su propia naturaleza. Pero la invisibilidad obedece, también, a dos causas más: los antropólogos y arqueólogos, que son quienes excavaron y dieron nombres, no han sido apoyados en sus estudios por historiadores, teóricos y críticos de artes visuales. Entonces, lo que podría ser arte religioso, se queda en la categoría de un sarcófago o en las explicaciones representativas de mitos y rituales, sin llegar, por ejemplo, a la dimensión de una obra de arte tridimensional como la escultura, no importa su formato (pequeña, mediana o grande). Así, el arte en piedra (tan válido como en bronce o en mármol), un busto, un monumento, una escultura, se convierte en una simple y peyorativa "estatua". Pareciera que, de otro lado, a nadie le interesaran las estatuas, si, por ejemplo, así hubieran llamado los mexicanos a sus gigantes cabezas olmecas. Una esfinge egipcia no es una simple estatua. Si a eso le sumamos la falta de estudios histórico-artísticos de la inmensa obra lítico-escultural que reposa en las colinas del alto Magdalena (ni profesores, ni estudiantes poseen un libro o un manual de historia que les permita acercarse a ese inmenso número de increíbles pero tangibles representaciones del arte de nuestros no muy remotos parientes, quizá porque no lo ha escrito un extranjero), la invisibilidad se hace casi insuperable.
A todo lo anterior, debemos agregarle otro factor que puede ser consecuencia obvia. Si nos hemos perdido en la conceptualización del arte aborigen del alto Magdalena y donde hay una escultura vemos sólo una piedra rayada, si nuestra riqueza está en la imponderable obra manual de unos artistas que inauguraron el arte en la "calle" cientos de años antes que nosotros, y no reside en la monumentalidad de la naturaleza geográfica, como sucede con la urbe de Machu Pichu -que en lo estrictamente artístico manual tiene poco-, entonces, ni gobiernos, ni particulares, le paran bolas. Por eso, en la llegada internacional de Eldorado o en la salida de Bogotá al sur, ni en el mismo Huila, nunca ha existido nuestro mejor museo internacional de arte visual, el llamado Parque Arqueológico de San Agustín, que yo llamaría de Sanagustín para distinguirlo del pueblo y del santo de Hipona.


(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 28 de septiembre de 2013)

miércoles, 2 de octubre de 2013

El llano en llamas

Así visto, el título de esta columna podría remitirnos a otra escena de violencia de nuestros llanos orientales. O a una pesadilla de verano cuando alguien prende fuego a la llanura y el juego se convierte en fuego. Pero no. Es que por estos días, entre el 23 y el 26 de septiembre, la Fundación Juan Rulfo, la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México) y su Instituto de Investigaciones Filológicas, realizarán varias actividades con motivo de los 60 años de la primera edición de El llano en llamas, el legendario libro de cuentos de Juan Rulfo. Con ese motivo se inaugurará el 23 de septiembre, a las 10 de la mañana, la “Cátedra Extraordinaria Juan Rulfo”. En ella se dará curso al coloquio “El llano en llamas, 60 años: reflexiones multidisciplinarias”, con la asistencia de 30 especialistas de 10 universidades nacionales y 11 internacionales, entre ellos Dylan Brennan, Lucy Bell, Fukumi Nihira. Rafael Olea y Néstor Ponce; también hará presencia Clara Angelina Aparicio de Rulfo, la viuda. Se presentará una muestra de las fotografías tomadas por Juan Rulfo, “Nonoalco y sus alrededores”, 62 imágenes con el tema de los ferrocarriles. Se hará una muestra bibliográfica de la obra de Rulfo, 107 libros en idiomas que van del chino al hebreo. Dos de los cuentos de El llano en llamas, “Macario” y “Es que somos muy pobres”, serán escenificados por grupos teatrales de la UNAM. Y se estrenará el documental “Juan Rulfo por sí mismo”, de Paulina Lavista para TVUNAM.
Juan Rulfo, quien fuera director editorial del Instituto Nacional Indigenista, está traducido en alrededor de 90 países y, aunque no fuera Premio Nobel, se le considera como uno de los más importantes narradores de Latinoamérica del siglo XX, habiendo publicado sólo un libro de cuentos, El llano en llamas, y una novela, Pedro Páramo.

En los años 60 y 70, en Colombia y todo el continente, Juan Rulfo se leía por los jóvenes con una avidez extraña y exultante. Sus cuentos, más que Pedro Páramo, su novela que entrañaba una mayor complejidad, eran leídos y releídos, copiados o imitados, recitados o escenificados, llevados al cine. La magia de esos cuentos nos invadió y nos vimos retratados en una intimidad jamás sospechada. Rulfo extrajo del lenguaje campesino unas notas sonoras que nadie jamás había escuchado. Creó un lenguaje literario renovado sin traicionar jamás sus fuentes primarias. El eco de esos cuentos se pegó a nuestros tímpanos y desde entonces crece inagotable en nuestros seres. Sus personajes y sus atmósferas, sus historias y sus conflictos, sus contrastes nítidos, su ironía, siempre hirieron la fachada falsa de cada una de nuestras sociedades latinoamericanas. Volvamos al Llano en llamas en su 60 aniversario.

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 21 de septiembre de 2013).

jueves, 19 de septiembre de 2013

La historia sin historia

La vida de un ser humano puede ser sólo un instante, pero si logra superarlo, entonces, la vida se convierte en una cadena de instantes. Es elemental, más no siempre evidente para todos. Cuando la persona hace conciencia de ese sucederse en la cadena, podría decirse que ha adquirido el sentido de lo histórico. Engarzar el pasado con el presente y el futuro en la cadena de instantes de la humanidad, con toda su complejidad y sin perder el orden perentorio que implican espacio y tiempo en las acciones –en la realidad que nos ha tocado vivir a los humanos de la Tierra-, es lo histórico. Y, repito, si se tiene conciencia de ese inevitable transcurrir, se tendrá, a su vez, el sentido de lo histórico. Lo cual, pareciera ser, resulta muy importante para el desarrollo de una sociedad culta que aspire a un futuro cierto y digno para sus ciudadanos.
Sin embargo, entre nosotros vienen ocurriendo -las razones podrían encontrarse en las fracturas sociales producidas por la larga violencia política padecida en Colombia- un fenómeno extraño: a nadie le importa la historia. Y menos el sentido histórico de la vida. Alguna vez en el Taller de Escritores, un muchacho me advirtió con severidad que la historia no existía para lo que él quería hacer. Y hace poco le pregunté a otro por el nombre completo de su abuela paterna y me dijo que no lo sabía, ni le interesaba saberlo. Cero historia, señores. Pero el Estado, también, desde su Ministerio de Educación –con otras intenciones, por supuesto-, hace unos lustros, convirtió la historia en “ciencias sociales”. Hubo dos razones: una, los críticos de la historia entendida como suma de nombres de guerras y batallas, de héroes y presidentes buenos, presionaron para que pasáramos de las historias oficiales y excluyentes a otra integral y de revelación de los procesos sociales; dos, como forma pedagógica y didáctica, para hacerla más atractiva, la historia entró a hacer parte de un coctel dulzón, que se agrió, llamado “ciencias sociales”, junto con la economía, la sociología, la antropología, el derecho, la geopolítica y la geografía, donde la historia naufragó o se evaporó. Algo así como los suplementos literarios que para hacerse más “viables” se integraron al “entretenimiento” y la “cultura” y jamás volvieron a publicar literatura. También con la filosofía podría suceder lo mismo. Si la convertimos –para hacerla más sumisa- en “ciencias humanas” y le revolvemos un poquito de todo, podremos terminar creyendo que filosofía son las conferencias de los promeseros de autoayudas.

Caímos en los extremos, sencillamente. El remedio resultó peor que la enfermedad. Por eso, la historia se quedó sin historia.

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 14 de septiembre de 2013).

domingo, 8 de septiembre de 2013

La Feria del Libro de Neiva

Feria del Libro de Frankfurt, creada en 1948.
Como la rueda o los sistemas digitales, uno de los grandes inventos de la humanidad fue el libro. Y en la vida del libro existen dos momentos culminantes: primero, cuando uno lo termina de escribir y, segundo, cuando lo ve en sus manos (hoy, real o virtualmente). Pero hay un momento intermedio, fundamental, en la vida del libro: me refiero a aquel en el cual uno, como autor, como padre de la criatura, se desprende del mismo para que alguien se entere de su existencia. Es cuando se vende o se regala. Es un punto culminante. Sin esa instancia, autor, libro y lector, nunca ingresarían en la cadena del conocimiento que genera todo libro, ese motor de la historia de la humanidad.
Ese momento de intercambio definitivo, suele producirse en un templo sagrado -propio de los pueblos cultos y civilizados- que todos conocemos como la librería (San Librario, como diría el librero y escritor Álvaro Castillo).
Sin embargo, la librería llegó a tener su máxima expresión cuando alguien descubrió que diez, cien o mil librerías unidas, armaban un espectáculo inolvidable. De ahí surgió la bella e increíble idea de la feria del libro, que otros han denominado festival o fiesta del libro. Así como una vez al año llega a la ciudad el circo, la ciudad de hierro, el grupo de teatro, el concierto musical, el carnaval, el equipo deportivo excepcional, así debe llegar la Feria del Libro. Es el momento feliz del encuentro, ya no en el, a veces, intimidante templo de la librería, sino en un espacio abierto, apacible, incitante, donde el lector se encuentra con los autores, con los otros lectores, cultos o desprevenidos que buscan la alegría de la lectura. En fin, si el libro es serio, en la feria -que es fiesta y festival-, el lector lo encontrará divertido y accesible.
En Colombia, además de la Feria Internacional del Libro de Bogotá, que fundara el ex ministro de estado, Jorge Valencia Jaramillo, tenemos otras que organizan las cámaras de comercio y del libro, los editores, impresores y libreros, comerciantes, y los funcionarios públicos que ven en el libro el primer peldaño para el desarrollo social y económico de una región y de un país. Esas ferias del libro son, si no se me escapa alguna, las de Medellín, Cali, Bucaramanga y Cúcuta.

Mi pregunta optimista es, ¿cuándo tendremos nosotros los huilenses la Feria del Libro de Neiva?

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 7 de septiembre de 2013)

domingo, 1 de septiembre de 2013

Guillermo Páramo Rocha: 2003-2013

Guillermo Páramo R. (Óleo de F. Sánchez Torres)
El miércoles pasado, 28 de agosto, en una de las cuatro salas de teatro que posee la Universidad Central sobre la tradicional y cultural calle 22 de la Bogotá antigua, en la Sala Fundadores, se despidió de la comunidad docente unicentralista, su rector de los últimos diez años (20103-2013), el doctor Guillermo Páramo Rocha. Pero la despedida no fue al estilo colombiano, con discursos y cocteles, sino muy dentro de los rituales propiciados por él y que a él lo han convertido en una leyenda viva del pensamiento nuestro. Escogió, para esa ocasión del adiós académico-administrativo, un tema que desarrollaría de largo, con su sapiente narrativa y argumentación embelesadora, durante casi tres horas sin que nadie se diera cuenta. Esa noche, Guillermo Páramo Rocha, el sabio descendiente de artistas, habló sobre uno de sus temas más caros y que con mayor fervor desarrolla: el mito universal y el saber de las etnias de nuestra Amazonia. Habló de “Geometría y consistencia lógica en la cosmografía tucano del Vaupés”. Y tal como lo habíamos escuchado durante una década –pues antes no lo conocimos en su rectoría de la Universidad Nacional, entre 1993 y 1997, cuando fundó las sedes de la Universidad Nacional en Arauca, Leticia y San Andrés-, volvimos a disfrutar, emocionados y hasta conmovidos, su maravillosa exposición que fusiona y sintetiza lo universal y lo particular nuestro, los conceptos de la ciencia, de las matemáticas, de la geometría, con los del arte y la literatura. Que reivindica a los olvidados de la tierra, los de acá y los de allá del otro lado del oceáno, que descubre nuevas y perplejas relaciones (sin duda, la imagen que deja Páramo Rocha, cada vez que habla, es la de un sabio creador en toda su plenitud), que ausculta el mundo y sus razones más allá del canon ortodoxo, sumergido en atrevidas y paradójicas simetrías. Es el rector renacentista que hoy echamos de menos en las universidades. Su dominio, con una sencillez que hipnotiza, de todos los discursos y saberes, le posibilita ser siempre un nuevo descubridor. Sus temas se enriquecen en la medida que vuelve sobre ellos, como en la tradición oral de los cantos homéricos.
Sociólogo, filósofo, dibujante, antropólogo, matemático, entomólogo, coleccionista, fabricante a escala de barcos y veleros, alumno de Mircea Eliade, Howard Stein y Valerio Valeri, su vida y su obra escrita o aún no recogida, es de una riqueza incuestionable. Por eso, mi propuesta para el año entrante, desde el Depto. de Humanidades y Letras y el pregrado y postgrado de Creación Literaria, de la Universidad Central, será la de crear, para seguir escuchándolo en su saber ya legendario, la Cátedra Guillermo Páramo Rocha.

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 31 de agosto de 2013)

domingo, 25 de agosto de 2013

Saladoblanco

Ceiba y parque central de Saladoblanco
Esta columna la iba a llamar, en forma interrogativa, “¿Salado Blanco?”. La pregunta surgía de la entrevista que hace ocho días publicó en El Tiempo de Bogotá el periodista y escritor Francisco Celis Albán bajo el título de “Isaías Peña, profesión: fundador” (creo que en www.eltiempo.com apareció de otra manera). Y allí mi querido puebo natal (no debe pasar de 10,000 habitantes) no se llama Saladoblanco: se llama Salado Blanco. Con esta observación no quiero reclamarle nada a Pacho Celis, quien harto bregó para sacarme su bondadosa entrevista, menos en momentos en que él le ha dado un impulso extraordinario, con entrevistas y crónicas de fondo, a la sección “Debes leer” que él dirige. Lo hago porque la palabra “Saladoblanco” (que si ustedes la escriben así, unida, el computador les corregirá con rojo, y si la separan, les dará correcto), durante toda mi vida fue una especie de “karma”, en el mejor sentido de la palabra. Ahora, gracias a esta columna en el Diario del Huila, trataré de explicarlo. Primero, “Saladoblanco” por su eufonía extraña (bella para mí), nadie la capta a primer oído. Siempre que digo –porque aún me sigue ocurriendo- que soy de “Saladoblanco”, mi contertulio me repregunta, de inmediato, como si yo fuera un marciano, “¿cómo?”. Por eso, para no pasar por la pena de que nunca me entendieran dónde había nacido yo, durante muchos años dejé de decir “Saladoblanco”. Y comencé a decir y a escribir: “Soy de Pitalito, de Laboyos”. Y me inventé una disculpa (que, por supuesto, ni mis parientes, ni los amigos de la rigidez cuadriculada del mundo, jamás me la perdonaron): Yo era de Pitalito, aunque hubiera nacido en Saladoblanco. Ser y nacer, comencé a usarlos a mi acomodo. La verdad: toda mi vida he vivido en Laboyos, menos los primeros seis meses. La segunda dificultad que tuve con Saladoblanco, mi bello pueblito, donde mis tátaras, los Polanía, los Peña, son los fundadores, fue la de su ubicación. Una vez que lograba hacerles entender, deletreándoles, que yo había nacido en S-a-l-a-d-o-b-l-a-n-c-o (así, unido, como me gusta, a lo vanguardista, a lo anticanónico, a lo oral, a lo antidiccionario Larousse o Google, a lo leyenda), la gente me preguntaba: ¿Isaías, y eso en dónde queda? Lo intenté tantas veces y siempre fracasé. Saladoblanco, queridos lectores, no aparecía en los mapas. Yo quedaba como un solemne mentiroso. Y, ¿cómo se llega a Saladoblanco? Me preguntaban siempre. Y miren mi karma. Ahora veo en la página oficial del municipio que se llega por cuatro posibles carreteras, pero la quinta, por donde llegué hace un mes, no aparece. Mi Saladoblanco, tierra que también fundamos, tierra de mis ancestros.

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 24 de agosto, 2013)

martes, 20 de agosto de 2013

La Vorágine: 1924-2014

Andrea Vergara
El sábado 22 de abril de 1922, en Sogamoso, José Eustasio Rivera comenzó a escribir La Vorágine. En septiembre de 1922 viajó a la frontera como secretario jurídico de la Comisión Demarcadora de Límites con Venezuela, y en la población de Yavita, hacia febrero de 1923, ya escribía la tercera parte de la novela. Dos años después de haberla comenzado –siempre le gustaron esas simetrías a Rivera-, en Neiva, el 21 de abril de 1924, terminó, en familia, la primera versión de La Vorágine. Cuatro meses más tarde, el 28 de agosto de 1924, se publicó un aviso en la prensa en el que se anunciaba la aparición de la novela para un mes después. Pero Rivera demoró la publicación tres meses más debido a las correcciones que le hacía y porque quiso que apareciera en librerías el día del cumpleaños de doña Catalina Salas, su madre, el 24 de noviembre de 1924.
Esto significa que en noviembre de 2014 estaremos celebrando 90 años de la primera edición de La Vorágine. El año entrante. Mi pregunta es, ¿qué haremos los huilenses, Neiva y el Huila, para que la fecha no pase sin pena ni gloria y sirva para acrecentar y divulgar los necesarios estudios sobre un Rivera tan vigente y su obra literaria? Gobernación, Asamblea, Alcaldía, Banco de la República, Fundación Tierra de Promisión, ya nos lo dirán. Mientras tanto les cuento algo importante.
Cuando Andrea Vergara, mi ex alumna en el Taller de Escritores de la Universidad Central, terminaba en 2012 su maestría de literatura en la Universidad de los Andes, supe que había cursado con el profesor Hugo Ramírez la asignatura “Ecdótica y crítica textual”. La ecdótica (de “edición” en griego) es la ciencia que nos blinda contra la “corrupción” de los textos originales. De allí surgen las famosas ediciones críticas. Entonces, le insinué a Andrea que ya era hora de preparar, con herramientas modernas, una nueva edición crítica de La Vorágine. Y ella lo hizo con la segunda parte de la novela. Un año después ella ganó la convocatoria de investigaciones, con el mismo tema, en la Universidad Central. Esta nueva edición crítica, que estaría lista para noviembre del año entrante, compara estas variantes: el manuscrito que reposa en la Biblioteca Nacional, ediciones 1ª. 2ª., 4ª. y 5ª., las ediciones de Luis Carlos Herrera (Caja Agraria, y la de 2009, plagada de errores editoriales), Juan Loveluck (Ayacucho), y Monserrat Ordóñez (Cátedra). Se le suman los criterios y herramientas de la actual crítica textual. Será una verdadera joya –si encontramos editor- para los lectores curiosos y, por fin, tendremos –sin “corrupciones”- la novela que escribió y quiso nuestro amado José Eustasio.

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 17 de agosto de 2013)


domingo, 11 de agosto de 2013

Prensa, premios y Horacio

Horacio Benavides, Premio de Poesía 
De las tantas miserias que nos rodean en Colombia, una, ya crónica, es la ausencia o  deficiencia del periodismo cultural. El Tiempo es, por ejemplo, desdeñoso y caprichoso, aunque haya mejorado mucho en lo teatral. De lo contrario, puedo generalizar, en Colombia no existen criterios profesionales para manejar el hecho y, sobre todo, la noticia cultural. Si lo que caracteriza a la noticia, es su inmediatez, para nosotros, la chiva no existe en el área cultural. Esa noticia en Colombia puede esperar una eternidad, o nunca llegar. Una información cultural, de interés nacional o regional, que en otro país sería noticia del día, entre nosotros puede depender de la prioridad que tengan todas las demás noticias. En el fondo, podemos vivir sin información cultural (según nuestra prensa). Y pueden tener razón: no pasa nada (en apariencia). Esto sucede, de manera evidente y escandalosa –para citar un solo caso-, con los premios (nacionales, internacionales o locales). En España o Argentina, México o Venezuela, la noticia de un fallo literario, al día o al siguiente, es noticia, porque se supone que interesa al suscriptor del medio (lo ha pagado), o debe informársele al público (tiene ese derecho). Eso es parte de su patrimonio. Pero en Colombia no. Y hoy, con las redes, este hecho ha comenzado a producir efectos contraproducentes. El ejemplo que quiero citar es el del premio otorgado a finales de julio (supongo, porque la noticia no la he visto en la prensa, sino en las diatribas y elogios intercambiados por internet, entre defensores y opositores), por el Ministerio de Cultura, a un libro del poeta caucano Horacio Benavides. Son varios los premios (no muchos, por cierto, aunque algunos consideran que son demasiados: también, en eso, somos miserables) que se conceden en Colombia y que jamás la prensa informa sobre sus convocatorias y sus fallos. ¿Quién es el poeta Horacio Benavides, cuyos méritos –es un fatal argumento, usual en Colombia- devienen de ser un hombre humilde o, aparentemente, oculto? ¿Con qué libro se ganó el jugoso premio que pagamos los contribuyentes? ¿Por qué, antes de que el poeta Harold Alvarado Tenorio, nuestro “Matraca” del siglo pasado, lanza en ristre, muerto de la risa, malévolamente, nos abrume con otro panfleto-ficción, no decirle a la gente, en El Tiempo y en todos los medios, este es el fallo, estos son los jurados, este es el libro, miren sus poemas, esto dicen los críticos? Pero que se diga el día del fallo, no al año siguiente, o nunca, cuando ya otros hayan despachado a Horacio como benefactor de favores o prejuicios, y otros hayan terminado con Harold como un hp. También, la violencia comenzó por ahí.

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 10 de agosto, 2013)

martes, 6 de agosto de 2013

El poder de Nairo

Cuando la filosofía o la literatura no me alcanzan para explicarme causas o fenómenos del acontecer cotidiano, suelo recurrir a las historias de vida de los deportistas –sobre todo los del llamado “tercer mundo”-. Entre esas vidas siempre me han parecido extraordinarias las de los ciclistas colombianos. Y no es que las leyendas de boxeadores, atletas o futbolistas, no estén llenas de circunstancias tan ricas como las de una obra de Shakespeare. Es que el ciclismo aúna, como ningún otro deporte, las dos principales facetas del ser humano: la condición íntima e individual, y la solidaria y colectiva. Si es que así fuera siempre. Porque cuando no se suman esas dos circunstancias, el poder y la furia individual, más la necesaria e incondicional solidaridad colectiva, las metas, generalmente, se escapan, y las ilusiones jamás llegan a convertirse en deseos cumplidos.

El pasado 20 de julio, me encontré, en la penúltima etapa del Tour de Francia, cuando faltaban cuatro quilómetros para llegar a la meta, con un ciclista desconocido para mí, Nairo Alexander, el hijo de Luis Quintana y Eloísa Rojas, hermano de otro ciclista, Dayer Uberney, vecinos de la vereda La Concepción del municipio de Cómbita, Boyacá. Entonces, me pegué al televisor para ver cómo ese muchacho de 23 años, apenas 1,67 de estatura y 59 kilos de peso, en los últimos 200 metros, se daba el gusto (digo yo, porque no se si Nairo llegó a sentir eso en semejantes afugios) de no dejar que el inglés, Chris Froome, el doble de Nairo en peso y estatura, le arrebatara, injustamente –porque el gasto lo habían hecho Nairo y el español ´Purito´ Rodríguez-, su triunfo en la cima de Annecy-Semnonz. Me pareció una cosa fantástica, increíble (Nairo dijo que tampoco lo creía). Después vería subir al chiquito ese, tan distinto, incluso, a nuestros grandes ciclistas -me acordé de Cochise y de Lucho, blancos, altos, como previstos y provistos por el destino para llegar a los podios-, a recibir tres primeros premios, por encima de todos los demás. En la prensa, ellos mismos, Cochise entre ellos, lo dirían con sinceridad. El “negro” Nairo, como le dicen en familia, sin saber que es un eufemismo, había puesto a la vista y en lo más alto en la montaña  y luego en París, una condición que siempre ocultamos los colombianos, que nos avergüenza. Porque Nairo no es negro. Nairo es mestizo, con una carga étnica aborigen evidente. Su cara es la de una legendaria y gloriosa esfinge indígena. Pero nadie se ha atrevido a decirlo. A más de racistas, nosotros seguimos sin aceptar nuestro legado aborigen indígena, así lo llevemos oculto en nuestras venas.

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 3 de agosto, 2913)


miércoles, 31 de julio de 2013

Carolina y la muerte

María Carolina Cuervo Navia, de ascendencia huilense (de Garzón), desde muy niña se vinculó a las actividades artísticas. Primero, a los cinco años, hizo parte del elenco de “Pequeños Gigantes” y luego del muy famoso “Oki-Doki”, en la televisión colombiana. Un poco más adelante pasó al teatro y, en distintas épocas, ha pertenecido a diferentes grupos (incluso, fundó uno) y ha participado en festivales nacionales y en el prestigioso Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá. Estudió literatura en la Universidad de los Andes y luego ingresó al Taller de Escritores de la Universidad Central y a la maestría de la U. Nacional. Hoy sigue haciendo teatro. En 2009, fue finalista en el Premio Nacional de Cuento Ciudad de Bogotá, con el libro Nueve maneras de morir, que fuera publicado por la Editorial Planeta, en 2009. Ha escrito obras de teatro, como Veneno.
Transcribo el prólogo que escribí para su libro de cuentos en 2009:
“De estas nueve maneras de matar (y otros cuentos similares) no se escapa nadie, ni la muerte. Ella, que atraviesa el libro, y pareciera salir indemne, con su ruindad a cuestas, queda en aprietos. La escritora y su escritura se encargan de engañarla para entregársela al lector en bandeja de plata.
Mirados a la distancia, sin la premura que impone su lectura –por su versatilidad, ritmo y calidez-, los cuentos de este primer libro de María Carolina Cuervo, se convierten en un concierto coral, de voces altas, unas veces, y graves, otras, que alternadas en contrapuntos y fugas, no permiten escapar a la vergüenza de la muerte. El sabio rioplatense de Misiones, don Horacio, hace ya muchos años, nos dejó unos inolvidables cuentos de amor, de locura y de muerte, pero acá, en estos cuentos, cien años después, la muerte, con muchas locuras desatadas y pocos amores conseguidos, se enseñorea en cuartos y confines disímiles, con muecas y sonrisas perversas, para no pensar sino en la muerte misma. Como proyección de una realidad muy colombiana y como ardid argumental, la complejidad del ser humano no permite otra salida. No se sabe si es una rabia contenida que se transforma en ira calculada, o la locura que aspira a resolverse con la muerte prematura. O el simple engaño del tiempo mal herido. Estos personajes de María Carolina, cultivados en agua de rosas revuelta con un poco de pimienta negra, pocas veces las habíamos vivido en la literatura colombiana. Historias fuertes, apasionadas, locas, que lo dejan a uno perplejo, abatidos los sentidos. Miradas torvas, sonrisas ciegas, moscas perversas, salones vacíos, plazos cumplidos, todos con un futuro seguro, la muerte ya llega. Cuando terminen de leerlos, me cuentan”.

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 27 de julio, 2013)

domingo, 21 de julio de 2013

Arte y arte(sanía)

Cecilia Vargas Muñoz
Esta exposición en el Museo de Arte Moderno de Bogotá (MAMBO), “Grandes maestros del arte popular de Iberoamérica. Colección Fomento Cultural Banamex”, inaugurada el pasado 17 de julio y que estará abierta hasta el 1 de septiembre, nos puede enseñar muchas cosas. Lo primero es que busca, desde su misma convocatoria, borrar una injusta y ficticia línea limítrofe entre arte y artesanía, diferencia causada por provenir esta última de sujetos (personas) populares, de materiales no consagrados por las academias del arte (no son lienzos, por ejemplo) y por no moverse en altos mercados financieros (aunque hoy una colección como la de Banamex debe costar una millonada en dólares). La directora, investigadora y curadora de la colección, Cándida Fernández de Calderón, pareciera tener esta visión. Por eso, desde 2007, cuando se inició el proyecto del Banco Nacional de México y su área de Fomento Cultural Banamex, junto con la Fundación Roberto Hernández Ramírez, de recorrer 22 países iberoamericanos para la negociación de 4227 piezas de arte popular, siempre se tuvo en cuenta que realmente cuando la “artesanía” tiene su origen en las manos de un creador, de un “maestro”, como los llaman en su catálogo de presentación, y cuando la pieza u obra es única e irrepetible –condiciones elementales y básicas para identificar una obra de arte-, no podemos establecer límites entre arte y artesanía. Arte y oficio se unen para entregarnos en estos casos, en el material que sea (barro, madera, metales, vidrios, vegetales, animales, textiles, piedras preciosas o comunes, masas o pastas, semillas, pieles, papeles, fibras, etc.), sólo arte. Por eso, no hay arte y arte(sanía), sino arte y arte.
Esa falsa dicotomía, que se usó en la música –y que ya nadie discute- cuando se habló de “culta” y “popular”, tiene su origen en la diferenciación que nos impusieron en la colonia entre el arte europeo y el no europeo. En esta magnífica exposición, que incluye obras de artistas colombianos del Huila (Cecilia Vargas Muñoz), Nariño, Chocó, Córdoba, Boyacá, comprueba uno, ante la singularidad y la altísima calidad estética, que la pretensión de la investigación (2007-2012, 22 países, 500 maestros artistas) fue ir más allá del concepto de lo artesanal repetitivo. Y, al contrario, en una época en que las artes visuales (las llamadas, primero, pintura, y luego, plástica) se vieron invadidas por los conceptos escénicos, musicales y de intervenciones multimediales, y que desaparecieron los cuadros de caballete, ahora sí que podríamos destacar estas obras de arte que desbordan la escultura clásica, el óleo en el lienzo o las diversas pinturas clásicas. Descubrimos, por fin, que también el arte se hacía con los elementos madres del planeta.

(Publicado en Diario del Huila, 20 de julio, 2013)


martes, 16 de julio de 2013

Revista Ñ, no. 500

Portada de Ñ, No.511
Es probable que muchos lectores nunca hayan terminado un libro, o que jamás lo hayan tenido en sus manos. Sin embargo, pueden haber sido voraces lectores de revistas. Populares, académicas, especializadas, monográficas o de miscelánea. En mi casa siempre recuerdo haber tenido de niño a Life, Mecánica Popular, Semana, Cromos y Selecciones del Reader’s Digest. Más los suplementos literarios dominicales que (por una estulta audacia de los directores y dueños de los periódicos) fueron masacrados. Pero en Colombia no ha existido una tradición seria de revistas culturales. Por épocas, esporádicamente, hemos tenido algunas oficiales y otras privadas. Yo destacaría la que fundara Jorge Gaitán Durán, Mito, y, quizás, Eco, de la librería Buchholz. Lo demás ha sido una serie de esfuerzos individuales con resultados parciales o precarios. Las revistas culturales que han tenido países como Francia, Estados Unidos, España, México o Argentina, no han sido de nuestro interés. Además, en las últimas décadas el temor a la reflexión, a la crítica y a la creación innovadora, en Colombia, nos condujo a la absoluta aridez en cuanto a revistas culturales. Las agencias de publicidad, por orden de las empresas que pautan, eliminaron los avisos en las revistas culturales. Y la anemia intelectual se convirtió en pandemia.
Por eso, una revista como Ñ, la revista que sale con el diario Clarín cada sábado (óigase, cada semana), y que sostiene uno de los portales de la web más importantes de América Latina, en Colombia sería un sueño o una pesadilla. Su nombre ya indica una contundencia. La “ñ” no existe sino en castellano: por eso, como nombre, la hace peculiar e incisiva, aunque no por eso la convierte en excluyente, como seguramente sucedería si fuera colombiana. Allí están América Latina, Iberoamérica y el mundo. Yo diría –si señaláramos un lunar- que sólo le hace falta una mirada más generosa con los escritores y pensadores jóvenes argentinos y del mundo. La revista Ñ –dirigida por Juan Bedoian y manejada por un formidable equipo de editores- cada semana lo sorprende a uno con ensayos sesudos y legibles, con entrevistas, con reseñas, con crónicas, con clásicos y con nuevos, con temas tradicionales o que acaban de emerger a la vida pública.
Su No. 500, del pasado 27 de abril, es una brillante muestra. Es una antología, en retrospectiva, con autores como Marc Augé, Ricardo Bartis, Zygmunt Bauman, Borges, León Ferrari, Leonardo Favio, Fontanarrosa, Griselda Gambaro, García Canclini, Juan Goytisolo, Frida Kahlo, Lévi-Strauss, David Lynch, Claudio Magris, Eduardo Pavlovsky, Pérez-Reverte, Ricardo Piglia, Adriana Puiggrós, José Saramago, Beatriz Sarlo, Vargas Llosa, Enrique Vila-Matas, Juan Villoro, David Viñas, María Elena Walsh y tantos más. (Pueden verla en www.revistaenie.com)

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, 13 de julio, 2013)

domingo, 7 de julio de 2013

¿Quién era Néstor Sánchez?

Néstor Sánchez
Si pasado un tiempo después de sus últimas publicaciones, alguien preguntara de dónde era García Márquez y otro escritor respondiera que mexicano, es lo mismo que Federico Andahazi haya respondido, en 2001, que Néstor Sánchez, habiendo sido un escritor muy reconocido, no era argentino, sino mexicano. Fue lo que conté en mi pasada columna. Por eso, Federico me ha respondido desde Buenos Aires, antes de salir para ciudad de México a lanzar su nueva novela El libro de los placeres prohibidos, que “peor lo debe haber pasado Néstor Sánchez cuando sus propios amigos le rindieron un homenaje creyéndolo muerto. Si es que se enteró”.
Néstor Sánchez
Fue la gran paradoja de Néstor Sánchez (Buenos Aires, 1935-2003). Combatió lo que él llamaba la “estafa biológica”, esta farsa de vivir tan poco, pero aún sin haber muerto algunos lo enterraron vivo, muchos lo olvidaron y otros le cambiaron el origen. De nada le sirvieron las lecturas de Gurdjieff y las de Castaneda: jamás pudo llegar a vivir 300 años, porque, poco a poco, después de sus libros fundadores de la “novela poemática”, fue descubriendo que se quedaba sin nada qué contar. La lucha contra la muerte, su épica, quedaría estampada en las novelas Nosotros dos (1966), Siberia blues (1967), El amor, los orsinis y la muerte (1969), Cómico de la lengua (1973) y en los relatos de La condición efímera (1988), pero su paso fugaz por muchos países, solamente, le confirmó la realidad y contumacia de la “estafa biológica”. Por eso no volvió a escribir y un día, el 15 de abril de 2003, dos días después de fallecido, lo encontraron solo en la habitación de su casa natal, donde había nacido el 7 de abril de 1935, en el barrio de Villa Pueyrredón, Buenos Aires.

Néstor Sánchez surgió a la vida literaria con el aplauso de Julio Cortázar. Luego siguió su propia ruta. Había cantado y bailado tango, pero su obra se basó en los ritmos del blues y del jazz. Toda su obra persiguió evadir el comienzo, el desarrollo y la culminación de una historia. Odió el boom de la literatura latinoamericana y el canon occidental. Quiso hacer música y poesía en sus novelas y cuentos. Decía que seguía al Joyce de Ulises, a la beat generation, al surrealismo. Las únicas histo
rias que utilizó fueron las de su barrio que llamó, en sus libros, Siberia. Y, curiosamente, él, que aborreció la literatura comprometida, que jugó al “lenguaje”, ha quedado como el máximo representante de la realidad de los desplazados, de los marginados. Y así vivió, como clochard, en París y en Nueva York. Hasta cuando su hijo Claudio lo rescató del olvido.

(Publicado en Diario del Huila, Neiva, el 6 de julio de 2013).