martes, 24 de abril de 2012

Autores en la Feria del Libro de Bogotá (2)

Nélida Piñón



La autora de La república de los sueños, en la Feria del Libro de Bogotá, volvió a decir muchas cosas importantes. Una de ellas fue, palabra más, palabra menos: Para escuchar, debes tener tiempo. (En un país que no escucha, que no tiene tiempo para dialogar, que sólo monologa, qué buena esta reflexión de doña Nélida Piñón).


Guillermo Cano
Tinta indeleble. Guillermo Cano. Vida y obra, es el libro que recoge lo más sensible de la producción periodística del heredero de una saga de intelectuales que han defendido no sólo la libertad de expresión, sino la dignidad de un país que se acostumbró a la cultura de la violencia, a la inmoralidad estatal, a la impunidad rampante frente a los peores crímenes de lesa humandiad.


Vladdo

Como Osuna, Vladdo sigue siendo Vladdo. ¡Qué bueno verlo en sus caricaturas e ilustraciones! ¡Pero qué satisfacción oirlo hablar con tanta frescura y tanta entereza! Con su libro celebra una carrera que nunca ha tenido puntos suspensivos.


Alberto Salcedo Ramos, Antonio Morales y Jairo Torres Sánchez (finalista del Premio Planeta de Novela, en 1988, con El predestinado, ahora en la editorial Caza de Libros), lanzaron sus libros con salas llenas.

domingo, 22 de abril de 2012

25a. Feria Internacional del Libro de Bogotá (1)

Una trivialidad
El 18 de abril comienza la Feria Internacional del Libro de Bogotá (Filbo), que con apoyo de Ecopetrol, y con Brasil como país invitado, pareciera ser la mejor oportunidad para celebrar la edición 25 de la misma. Quiero asistir a su inauguración con una charla entre Luis Fayad y Roberto Burgos Cantor. Es miércoles y he pasado un día intenso haciendo con Andrea Vergara las correcciones de la que será la segunda edición de El universo de la creación narrativa, mi último libro. Llevo una hora consiguiendo, inútilmente, taxi. Decido coger buseta. Entre el centro y Corferias no hay más de 20 cuadras. La buseta tampoco pasa. Al final, perdida una hora y, por supuesto, perdido el encuentro de Fayad-Burgos, me aproximo a la entrada del arco principal de Corferias, en su entrada oriental. Me encuentro con Yolanda Correal, editora de Educar Editores. Me deja una invitación para el día siguiente: lanzarán Los misterios del Hotel Roc Blanc, de Nora Arango y Elkin Obregón, dos paisas obsesionados con la literatura de detectives, y otra para el jueves 26: lanzamiento del libro infantil El regalo de Pipe, de Gerardo Meneses. Corro a ver si, al menos, alcanzo al conversatorio de Nélida Piñón con Guido Tamayo. Son las 7 p. m. Una mujer, con traje largo, elegante, se destaca en la entrada. Dos empleado de Corferias me piden la boleta. Le paso a uno de ellos la invitación V.I.P. que me ha enviado Cristina Católico Espinel de Corferias y Cámara del Libro. El muchacho me dice que debo cambiarla por una credencial, pero que ya se han quienes hacen eso. Le digo que son las 7, que debo entrar para asistir a la programación de esa hora y que luego cambiaré la invitación. El muchacho no entiende nada, no sabe que quiero y debo escuchar a Nélida Piñón -que no nombro porque le sonará un nombre extraño y ficticio. De inmediato sé que no se trata de un amigo de los libros, sino de uno más de los innumerables guardianes que le cierran las puertas a la gente en mi país. Su compañero de trabajo, entonces, más vigilante y menos inteligente (Corferias y la Cámara debieran entrevistar a estos personajes antes de ponerlos en una puerta como ésta), para sacarlo del embrollo -porque a esas alturas ya estoy más alterado que cuando esperaba el taxi que no llegó-, se me acerca muy cordial y me dice que la Feria se cierra a las 7 y que por eso no puedo entrar. Recuerdo, para mis adentros, que en Colombia las puertas no se han hecho para abrirlas, sino para cerrarlas. Y ante la "cerrada" de la Feria a las 7 (¡qué tal!), de un momento para otro, se me acerca la mujer de traje largo y me dice, conmovida ante mi impotencia frente a los dos vigilantes de la ley, "señor, nosotros tenemos un evento muy, pero muy especial, a las 7 y media, tenga su entrada". Le doy las gracias y entro corriendo a la sala Silva, donde acaba de comenzar mi admirada, profunda y amable Nélida Piñón. Pasadas las 8 de la noche, inmensamente satisfecho, pero aún alterado, salgo de la sala Silva y me acuerdo de la dama de negro y me pregunto a qué baile especial me habría invitado. Miro por primera vez la tarjeta de invitación, la que me había salvado la noche. Y la sorpresa es la de que Planeta Editores lanzaba a esa hora (a la que, según el vigilante de la historia, la feria estaría ya cerrada) el libro Historias de gigantes. 10 colombianos excepcionales. Gustavo Gómez, uno de sus autores, entrevistaba a Raúl Cuero, Mario Hernández y Roberto Pinilla (tres de los gigantes; los otros son: Fernando Botero, John Leguízamo, Leo Katz, John Gómez, Orlando Ayala, Juan Carlos Ortiz, Ruvén Afanador). Y veo entre los entrevistadores a Sergio Álvarez, Mario Mendoza, Fernando Quiroz, Marta Orrantia, Carlos Framb, Diego Garzón, María Paulina Ortiz, entre otros. Pero la noche ha entrado y me han llegado a recoger. La Filbo seguirá. A veces, para entrar a la Feria -me voy pensando- necesita uno ser un gigante.

miércoles, 18 de abril de 2012

Roberto Rodríguez Silva y Feria del Libro de Bogotá


[Fueron poquísimas las notas de prensa con ocasión del fallecimiento de Roberto Rodríguez Silva el pasado 9 de abril. Y no se si sea acertado lo que quiero escribir, pero lo que sí, es cierto].
Nunca conocí en persona a "Roberto Rodríguez Silva". Y el nombre debe pronunciarse así, completo y con ritmo y sombra de jazz, porque así nos enseñó a pronunciarlo desde sus programas de jazz durante más de 50 años. Ni siquiera la emisora HJCK, la casa que, por fortuna, le dio hospedaje por medio siglo, en sus archivos fonográficos dan el nombre real de su programa. El programa se llamaba "Jazz..., les habla Roberto Rodríguez Silva". Basta escuchar alguno de los 58 registros -al menos quedan 58- que guarda el portal web de la emisora. Tampoco, las pocas notas que se hicieron -las mejores las de Miguel Camacho Castaño en Semana.com y de Oscar Acevedo en El Tiempo- recuerdan los horarios del programa. Cuando yo era un recién llegado a la ciudad, en la década del 60, siempre almorzaba con ese programa; todavía no era de 5 a 7 de la tarde.

Los méritos de RRS son muchos, y mientras alguien escribe algo a fondo sobre su historia (a María Elvira Arango Pardo, directora de Bocas.Una revista de entrevistas, de El Tiempo, nunca se le ocurrió entrevistarlo, porque a veces llueve mucho sobre mojado), habrá que decir, así de simple, que fue él quien le enseñó al país que, fuera de todas las demás músicas -en ocasiones muy pobres- que escuchábamos por la radio o en las radiolas de los pueblos o barrios, existía el jazz y el blues. Y nos enseñó sus temas, su historia, sus compositores y sus cantantes e intérpretes. Hacia la década del 80 -en Colombia las cosas necesitan décadas y hasta siglos para cambiar-, ya existirían grupos de fanáticos del jazz y nacerían otros programas radiales y hasta llegarían los festivales.


A finales del año pasado le dije a Rafael Serrano, un joven poeta que se dedica al apostolado de enseñar música por la Radio Universidad Nacional, que me presentara a RRS. El tiempo pasó y me quedé sólo con la imagen contraria de lo que él era (que lo sé ahora por las pocas notas y fotos sobre él). ¡Qué iba a imaginar que fuera blanco, rubio, como si fuera un representante del jazz blanco, si su voz grave, melódica y un tanto oscura, con la que introducía sus comentarios, podía parecerse más a la de Louis Armstrong! ¡Qué iba a imaginar que fuera un señor tan grande, y que tuviera tantos méritos académicos, si el jazz venía de orígenes pobretones! ¿Un arquitecto, fundador de la U. de los Andes, decano, urbanista, profesor universitario, haciendo un programa de jazz todos los días, como un esclavo, con sueldito bien poquito, como les pagan a los programadores de espacios culturales en la radio colombiana? Pero ese era Roberto Rodríguez Silva. Quien nos enseñó a escuchar la música de los dioses negros, que otros blancos han aprendido a tocar y a escuchar.

Nos hará falta, por supuesto, la inolvidable cortina musical de entrada en su programa. Con ella, tan pronto explotaba, sabíamos que íbamos a escuchar media, una o dos horas de jazz (la franja fue creciendo con los años, como crecía su audiencia). Ahora sé -porque la escucho con tristeza mientras escribo estas líneas- que se trataba del tema "Four brothers", de Jimmy Giuffre, compuesta a instancias de Woody Hermann, quien la interpretaba con su mejor swing y con su banda del mismo nombre. Y nos hará falta su programa, Roberto Rodríguez Silva, y su armstroniana voz de jazz de todos los tiempos.


25 Feria Internacional del Libro de Bogotá

Hoy, 18 de abril de 2012, comienza esta Feria que ni la lluvia suele apocar. Les recomiendo la franja que la Cámara del Libro, con Diana Rey y Juan David Correa, ha organizado todos los días de 6 a 9 de la noche. Tiene un nombre a lo Coelho (porque es Brasil el país invitado especial), "Conversaciones que le cambiarán la vida", pero a lo mejor es cierto. Vayan todos los días para comprobarlo o desaprobarlo (no vayan a criticar sin haber ido).

Esta noche comienza con dos grandes actos: Roberto Burgos Cantor presentará y conversará con el escritor colombianao, residente en Berlín, Luis Fayad, y Guido Tamayo conversará con la narradora brasileña, de ascendencia gallega, Nélida Piñón, autora de esa inmensa novela La república de los sueños.

domingo, 8 de abril de 2012

A propósito del Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá

A propósito del XIII Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá: Del teatro teatro a las artes escénicas

Una argumentación razonada deja entrever un cierto hastío frente a un evento pantagruélico. Mejor sería una dosis moderada de teatro de verdad combinada con otros espectáculos escénicos a lo largo de todo el año.
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Teatro clásico, reglas definidas
En el ámbito de las artes siempre se vive provisionalmente en un punto determinado de su desarrollo, avizorando la meta siguiente. Por ejemplo, desde su nacimiento, el teatro ha estado sometido a esa rutina y con frecuencia quienes lo disfrutan preferirían no tener que abandonar un momento específico de ese desarrollo. Surgen, entonces, las diferencias frente a la naturaleza misma del arte.
En la época de Aristóteles, el teatro griego adquirió una dimensión especial, que él mismo definió y clasificó. Un mito se convertía en una manera artística y fácil de reflexionar colectivamente sobre los problemas sociales o individuales de la comunidad mediante una acción representada por actores en un escenario y acompañada por coros.
En esa representación primaban parlamentos y acciones limitados a un escenario rodeado de espectadores. Allí todos veían sus propias contradicciones y acompañaban a los actores hasta el final fatal, que se sufría o se gozaba, sin que pudieran escapar al designio de los dioses. Fueron las distintas etapas del teatro griego clásico: Esquilo, Sófocles, Eurípides o Aristófanes.

Ahora artes escénicas
Pero el teatro, como todas las artes, se fue transformando y a finales del siglo XX se fusionó con otras manifestaciones artísticas y con otras formas escénicas. Como lo harían también la música y la pintura. Del teatro pasamos a las artes escénicas.
Y, en ese momento, los asistentes a las salas de teatro se dividieron entre quienes querían y quieren teatro teatro, y quienes aceptan o prefieren las nuevas formaciones y formulaciones escénicas.
Las fusiones del teatro con la música, la danza, la pintura, el cine y los audiovisuales, el circo y los escenarios de boxeo y lucha libre (pienso que aún quedan algunos escenarios que podrían aprovecharse como las galleras o los hipódromos) no fueron los únicos cambios: se sacó a los espectadores de las salas y se los puso en plena calle, por ejemplo. A propósito, cabe recordar cómo algunos teatros griegos se construyeron al aire libre, sin perder nunca la gradería y con un escenario delimitado abajo, al fondo.
Si nos propusiéramos hacer un inventario de las artes escénicas que hoy hacen se clasifican como parte del teatro, la lista resultante sería larga. Muchos nombres nuevos van apareciendo cada día y en cada festival la lista se alarga aún más. Algunos nombres suenan extraños y estrambóticos (procuro olvidarlos). Otros tienen afinidades ciertas y se han convertido en nuevos géneros teatrales. La danza–teatro, por ejemplo.
Pues, a propósito del XIII Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá (FITB), que culmina al terminar la Semana Santa, este tema ha provocado una intensa polémica. No hay duda de que nuestro festival, al sumar teatro propiamente dicho a todas las variedades escénicas que se han traído, puede ser uno de los más grandes del mundo. Pero, ¿no habrá dejado de ser un festival de teatro para convertirse en un festival de artes escénicas?

De la acción dramática a los malabares
Y es que la diferencia comienza a notarse. No me refiero al crecimiento natural del género teatral. No me refiero a un montaje de época, a uno moderno, a una variación en las relaciones del argumento original: como puede haber sucedido con Casa de Muñecas, de Enrique Ibsen, en una nueva propuesta del grupo alemán Teatro Oberhausen, dirigido por Herbert Fritsch, o con Esperando a Godot, de Samuel Beckett, en un montaje contemporáneo del grupo rumano Teatro Nacional Radu Stanca de Sibiu, dirigido por Silviu Purcarete, o a una versión que venga de una obra literaria, como en el caso de José Saramago con su novela Ensayo sobre la Ceguera, montada por el grupo KTO, bajo la dirección de Jerzy Zon, o de una obra cinematográfica.
No se trata de amarrarnos a un canon que determine la teatralidad del género. Lo preocupante ha sido que el Festival haya comenzado a privilegiar todo lo que pasa sobre un escenario – tal vez porque produce emoción, escalofrío o pasión – como si fuera teatro de verdad.
Cuando los parlamentos o el silencio, en medio de una acción dramática, entre unos y otros actores, comienzan a ceder frente a las maromas o a los malabares, los zancos o los guantes de boxeo, los trapecios o las barras de strip tease, quiere decir que nos hemos olvidado del teatro, que nos aburre el teatro, o que ya no nos interesa el teatro.
La opción que sigue es asistir a un concierto donde actúan unos artistas que no son de teatro, a una magnífica presentación del Circo del Sol, a una pista de hielo con música que permita a un actor deslizarse sin pretender hacer teatro, a un carnaval en Pasto o Barranquilla...

Mejor evitar la indigestión
Desde hace algunos años, ese ha sido uno de los puntos frágiles del Iberoamericano: para evitar quiere darle una dimensión que corre el riesgo de perderse en las indefiniciones de las artes escénicas (donde todo lo que pase por un escenario resulta válido), podría pensarse en dividirlo: una convocatoria para ver teatro, y otra para artes escénicas.
Y así nos evitaríamos la confusión del momento, que resulta doble:
•para quienes comienzan a formarse como espectadores, porque van a pensar que el teatro es cualquier espectáculo de calle, con maracas y panderetas, cualquier carrera de pista, o un video musical con hielo pulverizado a discreción;
•para quienes quisiéramos ver teatro y nos perdemos en una programación caótica, con títulos engañosos, con grupos ambiguos, con puestas en escena de doble fondo, donde de todo se va a ver, menos teatro.
Siempre he pensado que siendo el Festival Iberoamericano de Teatro una de las fiestas más grandes de nuestras artes escénicas, paradójicamente tiende a producir un efecto perverso: es tan grande que pareciera matar el gusto y la asistencia a las salas durante los siguientes dos años; todos quedan ahítos de teatro y se preparan para volverlo a ver solo dentro de dos años.
Esto produce un efecto negativo en el teatro nacional: el público que ha invertido todo su dinero para ver teatro en quince días, espera ahorrar para poder volver a ver teatro en el siguiente festival.
La prensa colombiana — tan pronta para apalancar el show grande y tan sorda frente a la cultura cotidiana, al teatro de la semana, al de la sala que debe mantenerse viva cada uno de los 365 días del año — deja de interesarse por los estrenos teatrales del mes. Pasado el extraordinario Festival Iberoamericano de Teatro, nunca volverán a registrar ni obras, ni dramaturgos ni directores y menos a los actores (que dejaron de existir para la prensa colombiana hace 40 años, porque sólo son actores los de la farándula de la pantalla pequeña).
Tal vez, el Teatro Nacional y las salas del Teatro Mayor Julio Mario Santodomingo y las demás de Bogotá, deberían pensar en convertir el año entero en un festival permanente, sin sobregiros y sin taquillas imposibles, con horarios cómodos, con divulgación apoyada por los medios de prensa, y con diferencias evidentes entre teatro, artes escénicas y otros espectáculos escénicos semiteatrales.

* Escritor.
@isaiaspenag


(Publicado en la sección "Artes y libros" de http://www.razonpublica.com/, semanario digital de la Fundación Razón Pública, el 1 de abril de 2012).

lunes, 2 de abril de 2012

Un poema de Jorge Luis Borges para Semana Santa




Francisco José Cruz (Sevilla, 1962) publica una bella revista de poesía en España, llamada Palimpsesto, por donde han pasado muchos colombianos. Pero Francisco José, excelente poeta, maneja, también, un blog que le rinde homenajes a los poetas hispanoamericanos. Allí nos ha recordado este bello poema de Jorge Luis Borges, el que abre uno de sus últimos libros, Los conjurados. Me parece oportuno, en Semana Santa, trascribirlo aquí.





Cristo en la cruz

Cristo en la cruz. Los pies tocan la tierra.
Los tres maderos son de igual altura.
Cristo no está en el medio. Es el tercero.
La negra barba pende sobre el pecho.
El rostro no es el rostro de las láminas.
Es áspero y judío. No lo veo
y seguiré buscándolo hasta el día
último de mis pasos por la tierra.
El hombre quebrantado sufre y calla.
La corona de espinas lo lastima.
No lo alcanza la befa de la plebe
que ha visto su agonía tantas veces.
La suya o la de otro. Da lo mismo.
Cristo en la cruz. Desordenadamente
piensa en el reino que tal vez lo espera,
piensa en una mujer que no fue suya.
No le está dado ver la teología,
la indescifrable Trinidad, los gnósticos,
las catedrales, la navaja de Occam,
la púrpura, la mitra, la liturgia,
la conversión de Guthrum por la espada,
la Inquisición, la sangre de los mártires,
las atroces Cruzadas, Juana de Arco,
el Vaticano que bendice ejércitos.
Sabe que no es un dios y que es un hombre
que muere con el día. No le importa.
Le importa el duro hierro con los clavos.
No es un romano. No es un griego. Gime.
Nos ha dejado espléndidas metáforas
y una doctrina del perdón que puede
anular el pasado. (Esa sentencia
la escribió un irlandés en una cárcel.)
El alma busca el fin, apresurada.
Ha oscurecido un poco. Ya se ha muerto.
Anda una mosca por la carne quieta.
¿De qué puede servirme que aquel hombre
haya sufrido, si yo sufro ahora?

JORGE LUIS BORGES
(Buenos Aires, 1899; Ginebra, 1986)

Tomado de: http://franciscojosecruz.blogspot.com.es/2012/03/via-crucis.html