lunes, 26 de marzo de 2012

Antonio Tabucchi (1943-2012)

Como tituló su libro de nueve cuentos, Il tempo invecchia in fretta. Sí, Antonio Tabucchi, El tiempo envejece deprisa, y por eso ya te fuiste a los apenas 68 años.
Podría decirse que fue un autor tardío si se cuentan sus libros importantes a partir de los ochentas. Cuando leí Réquiem, me extrañé y me divertí mucho. Pero sus novelas conocidas, por el cine o por los lectores, siguen siendo Sostiene Pereira, La cabeza perdida de Damasceno Monteiro y, quizás, El ángel negro.
Nosotros lo tenemos programado en Noche de narradores para el próximo 28 de agosto (Sala Fundadores, Universidad Central), con dos expositores invitados que conocen muy bien su obra, los escritores Rodrigo Parra Sandoval y Nelson Fredy Padilla.
En un país como Colombia, donde los intelectuales pagan tanto peaje ideológico para mantener o alcanzar puestos o dádivas, la lectura del Tabucchi periodista, ensayista o crítico (también, el narrador, por supuesto) sí que es necesario. Allí quedan sus textos graves y luminosos.

viernes, 23 de marzo de 2012

Bienal de novela "José Eustasio Rivera", 2012

Se cumplen 400 años de la fundación de Neiva (Huila), donde naciera José Eustasio Rivera (foto), autor de La Vorágine y de Tierra de promisión. Por eso, la fundación que lleva el nombre del libro de poemas de Rivera, por intermedio de su director ejecutivo, el exministro de Estado y gran promotor cultural del Huila, Dr. Guillermo Plazas Alcid, ha convocado su bienal de novela con carácter internacional. Estas son sus bases, en las que se ofrece un primer premio de 40 millones de pesos para la novela ganadora. El plazo se cierra el próximo 3 de julio.





CONVOCATORIA XIII BIENAL NACIONAL Y I INTERNACIONAL DE NOVELA JOSÉ EUSTASIO RIVERA


"La Fundación para la Enseñanza y Promoción de los Oficios y las Artes, Tierra de Promisión (Ley 42 de 1988), con el apoyo del Municipio de Neiva (Acuerdos 052 de 1996 y 052 de 2009), se han integrado para exaltar la memoria del novelista y poeta huilense José Eustasio Rivera, autor de La Vorágine y de Tierra de Promisión, para lo cual convocan a todos los escritores de lengua castellana, a presentar sus trabajos en la XIII Bienal Nacional y I Internacional de Novela José Eustasio Rivera, de acuerdo a las siguientes Bases:


1. Pueden participar escritores de cualquier edad y sexo, con un solo trabajo inédito en lengua castellana, en tamaño carta, papel bond, por una sola cara, doble espacio, y con una extensión mínima de 120 y máxima de 300 páginas, por triplicado, debidamente paginadas y cosidas, acompañado de medio magnético CD, en sobre dirigido a: FUNDACIÓN TIERRA DE PROMISIÓNXIII, Bienal Nacional yI Internacional de Novela José Eustasio Rivera, Calle 18A No. 7A-14 Teléfono: -8- 865 25 16, GUILLERMO PLAZAS ALCID, Director Ejecutivo, o Calle 5 No. 5-124 -Antiguo Club del Comercio, Neiva, Huila, Colombia. Junto a la novela, se enviará un sobre cerrado en cuyo exterior se escribirá el título de la obra. Dentro del sobre se incluirá: nombre completo del autor, domicilio actual, teléfono, correo electrónico, y breve resumen biográfico, incluidos lugar y fecha de nacimiento.


2. Las obras pueden enviarse hasta el martes 3 de julio de 2012 como máximo, por correo certificado, y el fallo se dará a conocer el viernes 12 de Octubre de 2012. La decisión del Jurado es inapelable, y en ningún caso el premio se declarará desierto. 3. El Jurado Calificador, cuya composición se hará pública en el momento de emitir el fallo, decisión que podrá ser unánime o por mayoría, concederá un único premio indivisible de 80 salarios mínimos legales vigentes, (Acuerdo – 052 – 2009), más medalla y diploma.


4. De la obra premiada se hará una primera edición de 1.000 ejemplares, de los cuales 200 se entregarán al autor ganador de la XIII Bienal Nacional y I Internacional, 230 a la Dirección de Cultura del Municipio de Neiva, y el excedente a la Fundación Tierra de Promisión, los cuales hará llegar a los profesores de literatura, Universidades, diarios, revistas, bibliotecas e instituciones de carácter cultural de la región y el país.


5. El jurado podrá señalar hasta tres finalistas que recibirán mención de honor.


6. La edición de la novela ganadora será entregada en la ciudad de Neiva, en ceremonia especial que se realizará el jueves 29 de Noviembre de 2012, en la sede de la Fundación (calle 5 No. 5-124 – Antiguo Club del Comercio) y/o Centro Cultural de Convenciones José Eustasio Rivera, con la asistencia de los convocantes: directivos y miembros de la Fundación Tierra de Promisión y Autoridades Nacionales, Regionales y Locales, escritor ganador, integrantes del jurado, participantes finalistas, invitados especiales, y medios de comunicación.


7. Las obras serán originales e inéditas. Ningún participante deberá enviar más de una novela, ni concursar simultáneamente en otro certamen con la obra enviada a esta Bienal, así como no participar con una obra que haya tenido algún reconocimiento nacional o internacional.


8. Los participantes deben adjuntar certificación escrita garantizando que los derechos de publicación de la obra están libres y que ésta no ha sido presentada a ninguna otra convocatoria.


9. Al conocer el fallo del jurado, los organizadores no se comprometen a hacer devolución de las obras enviadas. La participación en la Bienal, implica la aceptación de estas bases.


10. Dado que el objetivo primordial del Premio Bienal Nacional e Internacional de Novela José Eustasio Rivera, es mantener vivo el nombre del insigne escritor huilense y difundir su obra, para lograr un mejor conocimiento de la misma en las sucesivas generaciones. la Fundación Tierra de Promisión promocionará igualmente a los escritores participantes, quienes autorizan para tal fin a los convocantes a utilizar sus nombres y su imagen en la promoción del concurso.


(Fdo.)GUILLERMO PLAZAS ALCID, Director Ejecutivo de la Fundación Tierra de Promisión, 1612 - NEIVA 400 AÑOS - 2012".

martes, 20 de marzo de 2012

Alice Munro en NOCHE DE NARRADORES



En la segunda sesión del programa Noche de narradores, de la carrera de Creación Literaria y su especialización en Creación Narrativa, de la Universidad Central, el martes 21 de marzo, en la Sala Fundadores (Calle 22 No. 5-91), tendremos a dos expositores que hablarán de la gran escritora canadiense Alice Munro. El mexicano Daniel Orizaga, de paso por Colombia (viene a investigar las huellas que dejó en Bogotá el poeta mexicano Gilberto Owen), y el colombiano Camilo Castillo, egresado de la maestría de creación literaria de la Universidad del Paso, hablarán de la cuentista y, sobre todo, de su libro El amor de una mujer generosa.

Alice Munro nació en Winghan, Ontario, Canadá, en 1932, y escribe en inglés. Es autora de libros como Escapada, La vista desde Castle Rock, Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio, Secreto a voces. Ha ganado los mejores premios literarios en Canadá, Gran Bretaña y Estados Unidos.

Daniel Orizaga es ensayista, traductor (uno de sus libros: En una castaña, Poesía brasileña del siglo XX), narrador, y nació en 1983, en Tampico, México.

Camilo Castillo es profesor de Creación Literaria en la Universidad Central.

Entrada libre.

lunes, 12 de marzo de 2012

Fernando Hinestrosa Forero (1931-2012)

Cuando ingresé a la Universidad Externado de Colombia en 1964, Fernando Hinestrosa Forero, hijo del Maestro Ricardo Hinestrosa Daza, quien había muerto dos años antes, llevaba como rector apenas un año. Había reemplazado a su padre en la rectoría del Externado luego de haber ejercido la docencia por una década. Y allí viviría -creo que es el mejor término para decir todo lo que hizo en el derecho, la educación, la política, la diplomacia, la doctrina jurídica, el humanismo- por el resto de sus días, que fueron 48 años más. Todo cuanto escribió quedaron en una decena de libros; y todo cuanto hizo por la universidad donde terminé mis estudios de Derecho en 1968, se ve en la cima cuando uno sube por la calle 12 hasta encontrar el cerro y los jardines que él cuidaba con un ejército de hombres cultos en la materia, y varias torres donde se enseñan muchas disciplinas y ciencias, además del Derecho que fue la madre de todas las que vinieron después de que abandonáramos el edificio de la carrera 16 con calle 24 en la década del 70: una señora universidad inspirada en las ideas e ideales, en buena parte, del siempre joven Olimpo Radical del siglo XIX, que hoy tantos liberales han olvidado.
El día que terminé mi carrera y me aprontaba para regresar a mi sur entrañable, Fernando Hinestrosa, el príncipe de la heredad sagrada (como él la reclamaba), me invitó para que me quedara en el Externado de Colombia. Me quedé en el centro del país, pero jamás he olvidado las lecciones del Olimpo Radical y las lecciones de los sacrificados en el Palacio de Justicia en 1985, entre ellos las del poeta Carlos Medellín Forero y las de tantos otros que el gobierno conservador de entonces no quiso defender.
Hoy martes 13, a medio día, será la última lección de cuerpo presente, en el aula máxima del Externado de Colombia, de Fernando Hinestrosa Forero. Y su silencio recorrerá la silletería colmada de antiguos y nuevos estudiantes, como cuando a más de un centenar de muchachos les dictaba sus limpias, densas y certeras lecciones de Obligaciones. Y la luz volverá a resplandecer después de las tinieblas. "Spero lucem post tenebras", dice su escudo.
Transcribo las primeras páginas de su discurso cuando se posesionó como rector en 1963, un homenaje a su padre Ricardo, a él hoy día:

"…Nuestro Rector ha muerto y nadie lo reemplazará; vivirá mientras su espíritu aliente estos claustros y sus ideales orienten la conducta de los educadores.
Aturdido por las más fuertes emociones he venido repasando mi vida; la ilusión y el empuje que son propios de mi temperamento y mis años se penetran de amargura. Definida la profesión sin vacilar —cuatro ge-neraciones me han precedido en el estudio del derecho— tampoco hubo indecisión al escoger esta Casa. Cargado de asperezas dogmáticas, aquí me encontré y me formé.
El Externado fue para mí la prolongación del hogar. El padre ecuánime, austero, justo y comprensivo fue mi maestro y mi Rector. Yo, un alumno más que encontró su ambiente, que vivió con intensidad momentos angustiosos del país y se compenetró con las inquietudes de su tiempo, ante la mirada benévola de sus profesores y sus compañeros. Nadie se espantó, nadie trató de impedir las demasías. No hubo indiferencia ni discriminación ni favoritismo.
Sentí en carne propia en la Universidad la tolerancia que caracterizaba a su conductor. Cuando comenzaba el ejercicio profesional, una transitoria falla de salud de mi profesor y un golpe de mi fortuna me permitieron sucederlo en la cátedra de su predilección. Pienso cuántohubo él de cavilar para decidirse por quien como hijo suyo conocía mejor que nadie y cuyas flaquezas bien sabía. Hoy, con el corazón desagarrado por su ausencia, aprecio más su audaz confianza en mí.
Pronto el Externado se convirtió en parte fundamental de mi vida; era mi casa, la explicación de la existencia de mi padre, al claustro y a su Rector, confundidos en una sola entidad, debía todo mi ser. A poco comencé a intervenir en su administración, oficiosamente, por exigencia vital, contando con el afecto y la condescendencia de todos.
Un día cercano al presente, el anciano amado comunicó a los profesores su fatiga y su preocupación de no contar con fuerzas suficientes para dirigir solo la marcha de su colegio. La respuesta brotó con la generosidad connatural a los miembros de la familia externadista, Así me vi de asistente de nuestro patriarca. Sólo es decir de la compenetración íntima que reinó siempre entre nosotros, de una extraña coincidencia en el ideal entre dos generaciones muy distantes en el tiempo y de mi voraz absorción de sus enseñanzas.
Una madrugada la muerte nos sorprendió. Faltó el padre, que lo era todo para mí, y en mí murió mucho, aún no se cuánto. Ando como Juana de España con su féretro a cuestas, rebelado contra la fatalidad.
De nuevo nos encontramos en esta aula y no alcanzo a percatarme del motivo. He reiterado una promesa y no acierto a descifrar sus proyecciones. Se me reviven las escenas anteriores y se superpone ante mis ojos la imagen yacente de la velación; rememoro el conmovido desfilar de la despedida. Palpo la realidad y me resisto a reconocerla. La vida es sueño y los sueños sueños son. Sueño que soy mi padre y apenas soy su sucesor, sueño volver a ser su discípulo y se me llama a continuar su obra; sueño en mi orfandad y me veo rodeado de abrumadora y magnánima unanimidad en la exaltación a la dignidad rectoral; despierto ante la dura realidad, se me impone la conciencia implacable del abismo que me separa de él, del dramático contraste entre quien encarnaba la Universidad en su más genuina personificación y lo que soy, y vuelvo a soñar con las cualidades que espléndidamente se me atribuyen, traje de gala para mi desnudez intelectual.
Suceder a Ricardo Hinestrosa Daza significa el máximo honor de mi vida, pero es también un sacrificio. Como un maestro de escuela fue definido en feliz y profundo concepto; su panegírico recorrió sus distintas actividades para culminar con la exaltación de su misión de educador; propios y extraños lo señalan como ejemplo de las generaciones por venir…del ideal universitario, que ha de ser recio, fuerte, sin concesiones para consigo mismo, amable, humilde, cordial, sincero y comprensivo; que ha de fundirse con la Institución, ser su guardián y expresarla en sus virtudes.
La muerte del Fundador del Externado implicó el eclipse de su obra, La triste lección fue aprendida y los Restauradores de la Universidad, habiéndole impreso el sello de su pujante personalidad, habiendo encarnado y personificado el claustro, lo despersonalizaron y garantizaron su perennidad.
Muchas veces lo oímos y entendimos la frase como expresión de modestia. 'El Rector es solo un punto de referencia o centro de reunión de los profesores que consagrados con fervor a la enseñanza, marcan con su esfuerzo cotidiano el progreso del establecimiento': Ahora comprobamos la hondura y la exactitud del concepto. Cada uno de ustedes, señores profesores, con merecimientos que ambiciono y con igual dignidad que mis predecesores, podría honrar la Dirección de esta Casa. Han dispuesto ustedes en significativa comunión con el estudiantado que sea yo quien enarbole la bandera de los anhelos comunes. Conmovido y con desbordante gratitud debo reflexionar acerca de lo que esta determinación encarna.
En ochenta años que corona, nuestra Universidad solo ha tenido tres Rectores. Sorprendente estabilidad en lugar y tiempos donde todo es efímero; nos consume la fiebre de la variación, nos cansa la continuidad; oponemos la reducción del período al peligro de la monotonía y el anquilosamiento. Frente a estas constantes del medio se yergue esta Institución. Su firmeza no se asienta en la rigidez de normas constitutivas, es el calor y la vitalidad de sus hombres lo que la hace sólida; la perdurabilidad no deriva aquí de un estatuto, sino de la capacidad de progreso y de rejuvenecimiento de sus gentes.
No podemos razonar en torno a la esencia de este claustro sin evocar a sus proceres: Pinzón Warlosten, Mendoza Pérez, Hinestrosa Daza, fueron lo que todos aspiramos a ser, son nuestros, nuestro orgullo, nuestro patrimonio. No como meros nombres. Fueron obra, actuación, realidades que trascienden sus límites vitales y se proyectan confiadas y airosas al futuro. Es un criterio, un espíritu del que todos nos compenetramos, que nos domina en su grandeza y en cuya función hemos de vivir si queremos ser auténticos. Hacer historia no es simplemente quedar incorporado en el relato de hechos sobresalientes en el acontecer del país; Es tradición, una cultura, una actitud ante la vida, una voluntad heroica; de superación, un concepto de dignidad humana. No es entonces un atajo retórico exaltar las virtudes del maestro como forjador de patria.
La libertad es algo que ennoblece y hace digna la vida; esa la gran lección que aquí aprendimos en el mejor de los libros que es una existencia pulcra, un modelo viviente, tal la enseñanza que nosotros como pá¬ginas escritas por esa mano vigorosa hemos de profesar y transmitir sin claudicaciones.
¿Pero, cuál libertad? ¿La de aherrojar al contrario, la de oprimir al débil, la de sobresalir a expensas del dolor y la miseria ajenos? Nuestra concepción es vital; exige conciencia de nuestra ubicación cultural y represión de nuestros instintos. No es libre sino quien se domina para entender y amar a sus semejantes y toma la existencia como una superación cotidiana. La libertad de investigación y de aprendizaje no son simple fórmulas, sino una lucha constante para proscribir el influjo de conceptos ajenos a la ciencia, una escuela para la vida, una aportación de medios y de condiciones para el desenvol-vimiento de la propia personalidad.
Puerta abierta a cada cual para abrazar la concepción que prefiera, pero no por estímulos sentimentales, sino como una genuina posición del hombre ante la sociedad y el universo, nacida de sus mismas entrañas. Ambiente de emulación y de estudio, disciplina estricta que comienza consigo mismo, pero ante todo, convicción de que la libertad no se recibe sino que se conquista y se adquiere solo con su ejercicio, a poder de trabajo, aprendiendo en la propia experiencia, formándose cada cual y cada cual contribuyendo a la formación de los demás. Por eso en el Externado conviven en plena armonía profesores y estudiantes de las más variadas latitudes ideológicas. Ese es nuestro modo de ser; solo así entende¬mos nuestra existencia [...]".





(En 126 años de vida, la Universidad Externado de Colombia ha tenido cuatro rectores: Nicolás Pinzón Warlosten, Diego Mendoza Pérez, Ricardo Hinestrosa Daza y Fernando Hinestrosa Forero).

domingo, 11 de marzo de 2012

Leticia, Amazonas. Una historia (4 y última entrega)

Esta es la cuarta y última entrega del ensayo "LETICIA, 1928-1964: Municipio, Inspección de Policía, Corregimiento, y Municipio", cedido a este blog por su autor, el historiador y profesor, residente en Leticia, Jorge Enrique Picón Acuña. (Por razones del formato, las notas bibliográficas y la bibliografía quedaron por fuera del texto, pero si alguna persona las necesitara, podría solicitar el texto completo a su autor).


"1964: LETICIA POR SEGUNDA VEZ MUNICIPIO "
"Consecuente con la Ley 96 de 1963 el gobierno del Presidente conservador Guillermo León Valencia, expidió el Decreto No. 352 del 20 de febrero de 1964 y en el artículo 1° se ordenó: “A partir del 22 de febrero del año en curso, elévese a la categoría de municipio el actual corregimiento de Leticia, con cabecera en la población del mismo nombre…”. (Subrayado fuera de texto)
La determinación anterior significaba un triunfo del gremio comercial y de la iglesia que veían incómoda la categoría de corregimiento a un lugar con tanta trascendencia geopolítica, pero sin olvidar el antecedente de la primera experiencia como municipio (1930-1943).
Al recuperar Leticia por segunda oportunidad la categoría de municipio, también se revivió la
figura del alcalde nombrándose al Señor Edgar Gómez Botero, oriundo de la ciudad de Calarcá (hoy pertenece al Departamento del Quindío) quien tomó posesión formal del cargo el primero (1°) de abril de ese año ante la autoridad del juez territorial, en el recinto del antiguo “Teatro Frontera” . El Señor Gómez Botero había desempeñado varios cargos públicos como alcalde de la población de Salento y en Calarcá ofició como juez municipal y personero municipal . En este momento el comisario del Amazonas era el teniente de corbeta Mario Mejía Jaramillo.
Por otra parte, el Concejo Municipal de Leticia se llevó a cabo mediante el voto popular en la fecha del 15 de marzo de 1964, fecha de elecciones en todo el país. Sin embargo, los electos tomaron formal posesión de sus cargos el 1 de noviembre de ese mismo año. Ante la circunstancia anterior, el alcalde quedó facultado por el Decreto 352 de 1964 “para tomar en concordancia con las disposiciones legales y reglamentarias vigentes, todas las medidas administrativas y fiscales necesarias para la organización y normal funcionamiento del Municipio de Leticia” .
Uno de los grandes anhelos de los habitantes de Leticia era contar con un espacio para debatir los problemas e incidir en el progreso del poblado; entre 1930 y 1943, época de la primera experiencia como municipio, la participación de la sociedad civil se dio ante todo a través de la Junta Municipal en cuyo evento los actos proferidos tenían que ser sancionadas por el alcalde e incluyendo la declaratoria de exequibilidad por parte del intendente . Otra instancia fue la Junta de Fomento, también llamada Junta de Obras Públicas. La nueva condición político-administrativa a partir de 1964 abrió la esperanza para la conformación del concejo municipal operando con todas sus atribuciones y funciones.
El Concejo Municipal de 1964 mayoritariamente estuvo conformada por colonos vinculados al sector comercial que continúo consolidándose como un gremio muy influyente en el progreso de Leticia. De igual manera, para la historia de la vida pública de los amazonenses se resalta que los únicos concejales oriundos de la región fueron los señores Benedicto Castillo, Max Oldenburg y Marco Tulio Valencia Sosa, pero en calidad de suplentes.
De acuerdo con el esquema de la “paridad política”, propio del “Frente Nacional” imperante en la época, curiosamente fueron nombrados seis concejales (un número par), repartidos entre tres concejales liberales y tres conservadores con sus respectivos suplentes; con esta medida el más beneficiado fue el partido conservador si se tiene en cuenta que un 80% de la población votante del Amazonas era del partido liberal.
A continuación se muestra la conformación del Concejo Municipal de Leticia, que se posesionó el 1 de noviembre de 1964.
Tabla 1. CONCEJO MUNICIPAL 1964. Fuente: Archivo del Concejo Municipal de Leticia.
PRINCIPALES SUPLENTES FILIACIÓN
POLÌTICA ORIGEN
Principal / Suplente
Sr. Antonio Posada Sr. Max Oldenburg. Liberal Antioqueño / Amazonense.
Sr. Gerardo Melgarejo Sr. José Domingo Puentes. Liberal Boyacense / Huilense.
Sr. Anselmo Revelo Sr. Benedicto Castillo. Liberal Pastuso / Amazonense.
Sr. Antonio Mantilla Sr. Arturo Cháuz Conservador Barranquillero / Caucano
Sr. Juan Domingo Rodríguez. Sr. Marco Tulio Valencia Conservador Sanandresano / Amazonense.
Sr. Jesús Fajardo. Conservador Huilense

A MANERA DE CONCLUSION
El recorrido de Leticia como entidad político-administrativo entre 1930 y 1964, al transitar entre municipio (1928-1943), inspección de policía (1943-1946), corregimiento comisarial (1946-1964) y por segunda vez municipio, a partir de 1964, devela en la élite gubernamental tradicional de la época la carencia de un proyecto político-social sólido y estructurado a las condiciones del medio amazónico en una zona de convergencia trinacional. Este era un requisito fundamental para anexar a la territorialidad colombiana un caserío con una tradición de 63 años de vivencia peruana.
Por otra parte, en el recorrido político-administrativo de Leticia entre 1928 y 1964, paradójicamente los mayores niveles de progreso del poblado, en cuanto se refiere a la implementación de una infraestructura de servicios fundamentales, ocurrieron cuando tenía la condición de corregimiento (1943-1964); la experiencia como municipio (1930-1943) fue más un protocolo que realidades.
Si bien es cierto que el Estado colombiano tardíamente empezó a entender la importancia de la inserción efectiva del territorio de Leticia a la vida nacional, se debe resaltar que en ese propósito fueron muy persistentes los colonos colombianos con el apoyo de la iglesia.
La oportunidad de la alcaldía y del concejo municipal era propicia para el re-posicionamiento del colono; por lo pronto, en menor posibilidad para el leticiano y descartada para el indígena amazónico a la luz del polémico y hasta nefasto ideal civilizador.


Trapecio: Dos familias huilenses en Leticia, Amazonas, hacia 1947, en una de sus calles principales. ¿Alguien las puede reconocer?

jueves, 8 de marzo de 2012

Leticia, Amazonas. Una historia (3)

Esta es la tercera entrega del ensayo "LETICIA, 1928-1964: Municipio, Inspección de Policía, Corregimiento, y Municipio", del historiador Jorge Enrique Picón Acuña.

"1943-1964: LETICIA, INSPECCIÓN DE POLICIA Y CORREGIMIENTO.
Entre el desespero y la esperanza.

Por una confusión administrativa a nivel local, las autoridades asumieron que Leticia tenía la categoría de una Inspección de Policía. Dicha situación fue subsanada mediante el Decreto No. 28 del 15 de octubre de 1946, firmado por el comisario Jaime Cuellar que la ubicó en la categoría precisa: un corregimiento. En estas circunstancias el capitán José R. Rico que oficiaba como Comandante del Puesto de Policía Nacional fue nombrado como el primer corregidor de Leticia y de paso el comisario conformó la “Junta de Fomento Corregimental”, como una instancia asesora al corregidor, recayendo en los nombres de los señores Helí Cataño, Carlos Amaya, Arturo Villarreal, Edmundo Bautista y Silvano Parra .
Entre 1946 y 1950, a través de los semanarios locales “El Pirarucú” y el “Amazonas”, fueron denunciados los agudos problemas del ahora Corregimiento de Leticia, haciendo notar, una vez más, el estado de abandono en que se encontraba por parte del gobierno nacional, cuando a su vez, éste afrontaba la violencia política bipartidista como consecuencia del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en 1948. Problemas como la carestía de alimentos de producción nacional y el elevado costo de la canasta familiar, la tardanza en el correo nacional, la carencia de un muelle, la incomunicación tanto por vía aérea como fluvial con el interior del país y el lento avance en las obras del aeródromo que se inició hacia 1946 ya colmaban la paciencia de los habitantes de Leticia. Los comerciantes, que se fueron mostrando como líderes y voceros de las problemáticas locales enviaron un marconigrama al Presidente de la República expresando el desespero en que se encontraban; en el mismo anunciaron la “…obligada liquidación de negocios fin procurar lugares del país más fáciles para comerciar” .
En la década de los años cincuenta del siglo pasado el fortalecimiento del gremio de los comerciantes más la presencia iglesia van a jugar un papel determinante para continuar reclamando al gobierno nacional el estado de atraso y abandono del corregimiento, tal como quedó consignado en el Memoramdun de 1954 dirigido al entonces Presidente por la vía de facto Gustavo Rojas Pinilla. Lo cierto es que el gobierno nacional empezó a dar respuesta a las necesidades sociales y como cosa paradójica, siendo Leticia un corregimiento vivió una significativa transformación urbana al punto que hacia 1960 dejaba atrás la connotación de caserío que vivió durante los 13 años de vida municipal y ahora era una ciudad que se especializaba en la prestación de servicios, pero en donde además, fue muy importante la dinámica que tomó el deporte, la cultura y la interrelación de interdependencia con los pueblos fronterizos de Brasil y Perú.
La figura del corregidor, que tenía más funciones de control ciudadano que ejecutivas, ante todo fue asumida por miembros del ejército o de la policía acantonada en Leticia y cuyo nombramiento era efectuado por el Comisario. En una típica decisión que evidencia la concepción de los gobernantes con respecto a la amazonia, fue adoptado el Código de Policía del departamento del Huila mediante el Decreto No. 23 del 28 de junio de 1947 firmado por el comisario Jaime Cuellar, bajo el controversial argumento de poseer “similitud de costumbres entre aquel departamento y la comisaria del Amazonas” .
Como una excepción a la regla, el papel de corregidor fue asumido por personas reconocidas por los habitantes de Leticia; fue el caso del señor Pedro Campos Sarria quien ocupó el cargo en 1955; Sixto Arbeláez en 1958 y Francisco Alberto Tamayo en 1961. Al parecer el primero de origen amazónico; los dos últimos de origen antioqueño pero con profundo arraigo amazonense como quiera que conformaron familias con mujeres de la región.
Con respecto a los indígenas, tímidamente empezaron a habitar en el caso urbano, ante todo para acceder a los servicios que allí encontraban como por ejemplo el de la educación. A nivel político, para nada fueron tenidos en cuenta, cuando era muy fuerte el ideal civilizador por parte de los colonos.
Hacia 1960 las problemáticas del corregimiento eran conocidas a nivel nacional gracias a que el gremio del comercio y la iglesia lograron la presencia en Leticia de voceros del Congreso Nacional y de la Prensa Nacional. Todo lo anterior, de alguna manera contribuyó a que el Congreso aprobara, una vez más, un plan de inversiones en infraestructura que sumó $2.550.000, cifra elevada para la época, pero que empezaba a presagiar una firme intencionalidad del gobierno nacional de reivindicar tantos años de abandono y olvido a sus problemáticas. Consideramos que lo anterior obligó al gobierno nacional a re-pensar la categoría política-administrativa de Leticia, como capital de la Comisaría, pero ante todo, como lugar geoestratégico para el país en la frontera que comparte con Brasil y Perú, cuando la ciudad de Leticia emergía como un centro urbano importante en medio del eje Iquitos (Perú) y Manaos (Brasil).
La Ley 96 de 1963 abrió el camino para que el Puerto de Leticia recuperara, por segunda vez, la condición de municipio colombiano y la intención era muy clara: “auspiciar el desarrollo de Puerto Leticia, capital de la Comisaría del Amazonas, y corresponder a su importancia como centro fronterizo… sin sujeción a las normas y leyes preexistentes sobre creación de municipios”. (Artículo 6°. Subrayado fuera de texto)".

Trapecio: Los nombres de los hermanos Silvano y Custodio Parra fueron familiares en la década del 40 para José Joaquín y Ana Silvia. Y en el ensayo de Picón Acuña figuran, el primero, como miembro de la junta asesora del Corregidor, capitán Rico, y el segundo, entre los comerciantes que le pidieron por escrito al gobierno nacional, en 1959, que mirara al sur para no tener ellos que abandonar ese trapecio en el que bien sobrevivían desde los años 40. (En la foto, de 1946, Silvano Parra monta y posa en su bicicleta, en una calle sin pavimentar, al lado del parque principal de Leticia, con el río al fondo. Archivo JJPP).

lunes, 5 de marzo de 2012

Leticia, Amazonas. Una historia (2)



LETICIA, 1928-1964: Municipio, Inspección de Policía, Corregimiento, y Municipio
Por Jorge Enrique Picón Acuña
(Especialista Estudios Amazónicos, Universidad Nacional, Leticia, Amazonas)

"1928-1943: LA PRIMERA EXPERIENCIA DE LETICIA COMO MUNICIPIO

Vale recordar que antes de la Constitución de 1991, la República de Colombia desde el punto de vista político-administrativo, básicamente se dividía en departamentos, intendencias y comisarías, mientras que los poblados podían estar en las siguientes categorías: municipios, corregimientos, inspecciones de policías, veredas o caseríos.
La nueva territorialidad derivada del Tratado Lozano-Salomón implicó para el Estado colombiano la creación de un nuevo ente político-administrativo en el extremo sur del país, para lo cual se recortó una parte del territorio de las comisarías de Putumayo y del Caquetá dando origen a la Comisaría Especial del Amazonas, tal como lo ordenó la Ley 96 de 1928 . Así mismo, dicha Ley le asignó al nuevo poblado colombiano, el de Leticia, una doble connotación: 1°. Capital de la naciente comisaría y 2° La categoría de Municipio , sin el cumplimiento de los requisitos legales para tal categoría. Aunque no lo dice la Ley 28 de 1928, se supone que un motivo para tal determinación pudo haber sido la consideración del poblado, por parte del Estado colombiano, como un lugar geopolítico estratégico en la frontera peruana-brasilera, aspecto que si reconoció la Ley 69 de 1963 al considerar a Leticia como “centro fronterizo”, en esta oportunidad, cuando por segunda vez fue elevada a la categoría de municipio.
Con el marco jurídico del Tratado Lozano-Salomón de 1922, la expedición de la Ley 96 de 1928, la demarcación limítrofe emprendida por la comisión colombo-peruana (1929) y la puesta en marcha de la estrategia colonizadora focalizada inicialmente sobre el curso del rio Putumayo, quedó listo el panorama para la formal entrega de Leticia, por parte de las autoridades peruanas, a la Comisión Mixta colombiana encabezada por orden del gobierno del presidente Miguel Abadía Méndez en la persona del coronel Luís Acevedo Torres . La instrucción impartida por el gobierno nacional fue muy precisa: “…recibir de las autoridades peruanas y tomar posesión material (del caserío) en nombre del gobierno de Colombia”.
El hecho anterior se dio en la trascendental e histórica fecha del 17 de agosto de 1930, a partir de la cual se inició el proceso de construcción de la soberanía nacional en un territorio con una tradición de 63 años de administración peruana (1867-1930). Ese día, una reducida delegación representativa del Estado colombiano, sumado, también, a un reducido número de colonos colombianos, muchos de ellos recogidos de la selva amazónica tras la fallida aventura e ilusión puesta en el “oro negro”, empezaron a sembrar el sentido de la “colombianidad” interactuando con la mayoritaria población de peruanos, brasileros y en menor proporción de otras nacionalidades, para dar una nueva vida al naciente poblado colombiano.
En un acto de soberanía nacional fueron nombradas las primeras autoridades colombianas: Abdón Villarreal como primer comisario del Amazonas y el señor Roberto Ramírez Piñeros como primer alcalde del Municipio de Leticia. En 1931 la alcaldía contaba con una nómina básica de funcionarios compuesta por un secretario de la alcaldía en la persona de Rafael Wandurraga y el señor Pastor Castro Valencia como tesorero municipal . La personería municipal fue encomendada al señor Heriberto Uribe.
Con respecto al cuerpo legislativo del municipio de Leticia la Ley 96 de 1928, inicialmente, estimó la conformación de una “Junta de cinco vecinos nombrados por el Comisario Especial que tendrá las atribuciones que correspondan a los concejos municipales” . Bajo la figura anterior el alcalde Roberto Ramírez Piñeros (1930-1931), con el visto bueno de la personería municipal adjudicó gratuitamente a los colonos los primeros lotes de terreno de 25 metros de frente por 50 de fondo, a título de propiedad, actuando “de acuerdo con disposiciones legales y con las otorgadas por el concejo de este municipio” , beneficiando a los colonos colombianos recién llegados e inclusive a residentes peruanos y brasileros. En el marco de las primeras adjudicaciones de los terrenos urbanos no fueron considerados los indígenas.
En 1931, mediante la Ley 2ª la Comisaría del Amazonas fue elevada a la categoría de Intendencia Nacional. Llama la atención que en la citada Ley no se encuentran unos considerandos para tal determinación, tampoco un plan de acción para lograr la inserción del nuevo territorio a la vida nacional. El hecho claro fue que la comisaría, sin cumplir mayores requisitos fue elevada a Intendencia, inclusive, desconociendo a entidades territoriales más antiguas, como por ejemplo la Comisaría del Caquetá creada en 1912. En principio se podría interpretar la intención del Estado como un mensaje a los países vecinos de lo que empezaba a significar la nueva entidad territorial del Amazonas; pero mucho más allá de esto, tal como ya lo había advertido el intendente Alfredo Villamil Fajardo en el plan que propuso al gobierno nacional para la inserción del nuevo territorio a la vida nacional, dicho interés “sólo se resuelve con dinero” , a lo que se cruzaba la recesión económica mundial de 1930.
Los intentos por constituir el concejo municipal por elección popular tuvieron sus contratiempos, según un informe del intendente Alfredo Villamil elaborado en 1932, en principio por la “falta de personal idóneo” para conformar el jurado electoral de Leticia , sin descartar la desventaja numérica de los colonos colombianos frente a los extranjeros residenciados en mayor número representado por peruanos y brasileños. Para Villamil esta situación era tan apremiante que hasta llegó a insinuar en el citado informe la necesidad de elegir extranjeros en los concejos municipales, en el caso de las regiones fronterizas, sugerencia que, por supuesto, no fue aceptada por el gobierno nacional . Sin embargo, llama la atención que hacia 1932 y cuando oficiaba como alcalde el señor Heriberto Uribe, se desempeñó como tesorero municipal el señor Jacob Mamam, al parecer de nacionalidad siria .
En el marco del conflicto colombo-peruano (1932-1934) y como consecuencia del armisticio firmado en Ginebra el 25 de mayo de 1933, el territorio de Leticia fue administrado por una Comisión Internacional de la Liga de Naciones, un caso muy particular en la historia colombiana, que ocurrió entre el 25 de junio de 1933 y el 19 de junio de 1934, cuando se produjo la segunda entrega de Leticia, por parte del Perú a Colombia, después de ratificarse mediante el Protocolo de Río de Janeiro el Tratado de 1922.
A partir de junio de 1934, se reactivó la tarea del Estado, ahora con el intendente Ignacio Moreno Espinosa y el alcalde de Leticia, el capitán Carlos Bejarano Muñoz, cuando los sentimientos patrióticos, como consecuencia del conflicto colombo-peruano estaban agrandados; en ese momento el caserío de Leticia era la “consentida” entre los municipios colombianos, pero con una cruda realidad: padecía agudos problemas en los servicios públicos, sanitarios y en las comunicaciones con el interior del país, por lo que se requería una política de Estado que superara el concepto de soberanía nacional fundamenta únicamente en la presencia militar.
En 1934 el intendente Moreno, con la intención de organizar la administración, conformó la Junta Municipal de Leticia integrada por Tulio López Isaza, Samuel Arámbula, Roberto Vargas, Liborio Guzmán, Wenceslao Medina en calidad de principales y los señores Marco Tulio Valencia, Félix A. Villa, Pastor Castro Valencia, Manuel Narváez y Néstor Córdoba como suplentes; además, creó la Junta de Mejoras Públicas , cuyas tareas hacia 1935 fueron: a) mensura de terrenos, b) levantamiento del plano de urbanización con la ubicación de los lotes necesarios para calles, plazas, iglesias, escuelas y edificios públicos, y c) elaboración del reglamento de urbanización .
La categoría de Leticia como Municipio se extendió hasta 1943, cuando como consecuencia de la Ley 2° el territorio del Amazonas pasó de Intendencia a Comisaría y Leticia de municipio a corregimiento .
La primera experiencia de Leticia como municipio (1928-1943) arrojó avances en los siguientes campos: en el militar se instaló el batallón Juananbú (1934) después de la experiencia de 1932; en el económico se instaló la agencia del Banco de la República (1934), en la salud el servicio se garantizó con el Hospital Militar construido en la coyuntura del conflicto colombo-peruano; la comunicación de Leticia a través del transporte fluvial se fortaleció con la presencia de una flotilla de lanchas al servicio de la Intendencia y por iniciativa de los civiles se consolidó un espacio para la práctica del fútbol en la “Cancha Popular” (1936-1937).
Es importante registrar la expedición de la Ley 114 de 1940, que se aproximó a lo que podría ser una política de implementación de servicios básicos para Leticia, por cuanto se ordenaron las siguientes construcciones: muelle para cargue y descargue, edificio para las oficinas de la intendencia, edificio para la escuela de artes y oficios, edificio de mercado público, edificio para matadero y la instalación de las redes para alcantarillado y acueducto. Sin embargo, hacia el año de 1943 las obras ordenadas en una Ley de la República no estaban iniciadas.
La realidad en el año 1943 mostraba que los colonos seguían viviendo en condiciones muy difíciles ya que continuaba sin solución el problema de los servicios públicos (servicio de energía eléctrica, acueducto, alcantarillado), la comunicación por vía aérea con Bogotá era muy precaria, los servicios educativos incipientes; en general, Leticia como capital intendencial y cabecera municipal transmitía la imagen de una aldea pobre.
Por otra parte, las condiciones de vida en los demás corregimientos de la Intendencia rayaban con el total abandono estatal, panorama que colocaba en tensión la carencia de políticas estructuradas, por parte de las élites gobernantes, para lograr la inserción del territorio Intendencial y de la capital Leticia a la vida nacional, por lo que los títulos de municipio y de Intendencia Nacional fueron hechos protocolarios más que realidades traducidas en una profunda acción social; inclusive, los mismos compromisos del Estado no se cumplieron ya que las obras contempladas en la Ley 114 de 1940 no se habían realizado al inicio de la década de los cincuenta del siglo pasado".


Foto: Calle de Leticia, hacia 1946. (Archivo de JJPP)

jueves, 1 de marzo de 2012

Leticia, Amazonas. Una historia (1)

Dejó por escrito el presbítero Miguel Antonio Poveda en el registro de la parroquia de la Virgen de las Mercedes de Saladoblanco que el 5 de junio de 1943 había presenciado y celebrado el matrimonio entre José Joaquín Peña y Ana Silvia Gutiérrez. Había sido muy a la madrugada. Y en las primeras horas del mismo día ya el hombre pasaba por Oritoguás rumbo a Garzón y Florencia para embarcarse en el río Orteguaza, caer al río Caquetá y por él navegar hasta La Tagua. Desde allí se cruzaría por una trocha de herradura hasta Puerto Leguízamo, sobre el río Putumayo. Tendría que caer luego al Amazonas, ya en Brasil, para entonces subir por el río más grande del continente a su destino final: Leticia, el caserío del sur del país que hoy podría compararse con Australia para quienes iban del interior a lo más profundo del continente. Allá paró, de nuevo, porque ya antes lo había explorado, José Joaquín. Y seis meses después, en el mismo año 43, llegaríamos por la misma ruta, Ana Silvia, Custodio Parra , un amigo de ellos, y yo (recién nacido), sin saber a qué paraíso me habían llevado y sin presentir que allí pasarían los primeros cinco años de mi vida. Desde entonces, Leticia ha sido una caja fuerte donde guardo mis recuerdos sin sombra, que, inútilmente, trato de abrir cada vez que quiero tocar fondo. Por eso, ahora que el profesor Jorge Enrique Picón Acuña me ha enviado desde Leticia, Amazonas, su ensayo sobre la historia de ese municipio que fuera degradado administrativativamente alguna vez, no he podido menos que releerlo para ver si en él encuentro la sombra que le de luz a mis recuerdos. Por lo pronto, le he pedido que me lo deje transcribir en este blog en las partes que resulten necesarias. Picón Acuña lo ha titulado "LETICIA 1928-1964: MUNICIPIO, INSPECCIÓN DE POLICÍA, CORREGIMIENTO Y MUNICIPIO". Algo así como una variación kafkiana. Es parte de la historia, algunas veces absurda, digo yo, que, en general, desconocen los colombianos de su propio país y que José Eustasio Rivera trató alguna vez de reivindicar con su novela y sus crónicas y sus alegatos periodísticos. Esta es la "Introducción" del ensayo de Jorge Enrique Picón Acuña:
"El 22 de febrero de 2012 Leticia cumple 48 años de recuperar, por segunda oportunidad, la categoría político-administrativa de Municipio, fundamentada en la Ley 69 de 1963, bajo el argumento de “auspiciar el desarrollo de Puerto Leticia, capital de la Comisaría del Amazonas, y corresponder a su importancia como centro fronterizo… sin sujeción a las normas y leyes preexistentes sobre creación de municipios”. (Artículo 6°. Subrayado fuera de texto). Consecuente con lo anterior, el gobierno del Presidente conservador Guillermo León Valencia, a su vez, expidió el Decreto No. 352 del 20 de febrero de 1964 y en el artículo 1° se ordenó: “A partir del 22 de febrero del año en curso, elévese a la categoría de municipio el actual corregimiento de Leticia, con cabecera en la población del mismo nombre…”. (Subrayado fuera de texto).
El presente es un estudio preliminar del proceso político-administrativo que vivió el poblado de Leticia entre 1928 y 1964, tiempo en el cual transitó entre ser un municipio, inspección de policía, corregimiento y nuevamente municipio, con el propósito de analizar, bajo dichas categorías, cuál fue el tratamiento que recibió del Estado colombiano desde el momento de su creación en 1928, así mismo, el funcionamiento como entidad político-administrativa y el papel que jugaron los colonos e indígenas en dicho proceso.
El Tratado Lozano-Salomón de 1922 puso fin a un siglo de indefiniciones limítrofes entre las Repúblicas de Colombia y Perú. En el caso de Colombia, el Tratado Lozano-Salomón significó el reconocimiento de la soberanía en la franja comprendida entre el río Caquetá y la margen izquierda del río Putumayo, la salida y soberanía sobre el río Amazonas, recostada hacia la banda izquierda, en una extensión de tan sólo 116 kilómetros y la posesión del pequeño poblado de Leticia que desde 1867 dependía del gobierno peruano de Loreto. A partir de esta nueva configuración territorial se estructuró el denominado Trapecio Amazónico.
El anterior panorama, de una vez por todas cerraba tristemente un capítulo de ilusiones sobre un territorio que se reclamaba desde los escritorios de Bogotá, comprendido entre el río Napo y la desembocadura del río Caquetá, como consecuencia del bajo nivel de importancia que la región amazónica demandó en las élites gubernamentales tradicionales colombianas y, en consecuencia, el abandono y olvido de territorios cuya soberanía era figurativa –en los mapas-, contrastando con la visión geoestratégica que demostró el gobierno del presidente Ramón Castilla con respecto a la amazonía peruana ; en este sentido, el 7 de enero de 1861 Castilla ordenó la creación del Departamento Marítimo Militar de Loreto fortalecida con la orden de compra de cuatro vapores en Inglaterra: Pastaza, Morona, Napo y Putumayo, los mismos que arribaron a Iquitos entre 1863-1864; indudablemente que dichos vapores tenían la tarea de sentar la soberanía en la amazonia peruana, acción complementada con la organización de la Comisión Hidrográfica en 1867. Hacia 1897 Iquitos ya era al capital de Loreto.
Por otra parte, en una reacción tardía y empañada por la masacre de miles de indígenas de las sociedades Huitoto, Bora, Ocaina, entre otros, a manos de los barones caucheros, se llegó, finalmente, a la demarcación limítrofe con la República del Perú".