martes, 11 de octubre de 2011

En La Cueva de Barranquilla

Viene el Ministerio de Cultura, a propósito de los 100 años de la muerte de Rufino José Cuervo, promoviendo charlas, conferencias o mesas redondas, sobre su vida y obra, que no es más (ni menos) que la vida y obra de las palabras. Entonces, el sábado pasado nos encontramos con el cronista y narrador Cristian Valencia y con el poeta y cuentista Antonio Silvera, en la salita de eventos (muy atractiva, por cierto, rodeada de fotos históricas, en este espacio cultural recuperado del abandono en que estuvo hace unos lustros) de La Cueva, en Barranquilla. Cristian Valencia dijo que para los indígenas no existen las difiniciones abstractas; no existe el agua, sino el arroyo, el manantial, la gota fría, el aguacero. El poeta Antonio Silvera nos contó que para Borges los adjetivos podían modificarse con el tiempo, como en efecto lo había hecho en algún poema de Fervor de Buenos Aires. Alguna reduplicación que Borges descubrió en alguno de sus poemas y la eliminó. Y yo desempolvé -pues sigo siendo consciente de que en este país no pasa el tiempo y no sólo los periódicos y los noticieros son los mismos de hace 40 años, sino que muchas de las cosas que uno ha escrito siguen siendo entes fantásticos que no envejecen-, desempolvé un homenaje que le hice a Gabo hace unos 20 años cuando rescaté de Cien años de soledad su idea de un proyecto de "diccionario giratorio" (para mí, más importante que el aleph de Borges), indispensable cuando los nombres de las cosas, las funciones y las razones de sus funciones, se le van borrando a uno de los ojos de la memoria. Volví por un repaso que había hecho sobre varios diccionarios de literatura de la colonia y de la república colombiana, donde se habla de los escritores como si se tratara de una página "social" de Cromos, de El Tiempo o de El Heraldo. Y recordé que hacía un mes había querido proponerle a la Universidad Central hacer un censo (o un diccionario) de los narradores colombianos del siglo XX, con algunos indicadores interesantes (¿cuántos cuentistas de ciencia ficción o literatura fantástica, tenemos?, por ejemplo), y que no había podido porque el formulario debía realizarlo por internet y a las cuatro de la mañana colapsamos los dos. En fin, que fue una noche chévere en La Cueva, con la salita llena, a pesar de ser sábado en la noche (ni la "Tiendecita" estaba abierta), sin Heriberto Fiorillo (andaba por Santa Marta), pero sí con el novelista Ramón Illán Bacca, con el filósofo Numas Armando Gil, con los nuevos escritores y el público que se anima con la magia de la creación literaria. (No se si para J. Alexandra Rodríguez, la coordinadora del evento, fuimos más allá de Cuervo). [En las fotos, Cristian, Antonio, Ramón, y este viejo conductor de camiones, al lado de Villa, Obregón y Cepeda).