domingo, 28 de febrero de 2010

Un minicuento de Miguel Ángel Giraldo

SE ME ESCURRIERON LOS OJOS
Miguel Ángel Giraldo


Mami:

Hoy se me vinieron las lágrimas en la calle
Antier concelebramos la misa por el segundo aniversario de tu partida y hoy, sábado, almorzamos juntos en casa, pero no fuimos a visitar tu tumba
Vos entendés la razón;
la cobardía emocional impide compartir flaquezas y nos atrinchera en rincones de autosuficiencia,
somos soledades que nos agreden y nos vuelven mutuamente agresivos

Después de la siesta salí a recordar mi ciudad
… y encontré tanques por la Quinta, mami
se me escurrieron los ojos

Sí señora, la misma Quinta por la que bajábamos bailando “Cali pachanguero”, ¿te acordás?

Yo nunca había visto un desfile con tanques de guerra por la Quinta y no sé si los hubo antes, pero si fue así, gracias por no llevarme a verlos, gracias por no sembrarlos en mí

Algo muy divertido perdura con nuestros seres más allá de su partida, y es la irrespetuosa complicidad que nos autoriza el afecto:
Hace dos años, acompañándote al cementerio, bromeábamos porque en manifestación de solidaridad los guardas de tránsito, colegas del primo Andresito, precedieron tu cortejo con un atronador ulular de sirenas. Ya conocés a Alex, dijo que debías estar feliz porque siempre te hacías sentir a donde llegaras, y esa no iba a ser la excepción

¿Qué sentirás hoy, al ver que el segundo aniversario de tu entierro está precedido de un desfile militar por la Quinta?

¡Ah!, ¿mami?

[Tomado del libro Oxígeno. Minificciones urbanas, publicado por la Universidad Nacional en 2009. Miguel Ángel Giraldo nació en Cali, en 1959. Estudió Economía e hizo un postgrado en Gestión cultural en la Universidad de Barcelona. Egresado del Taller de Escritores de la Universidad Central. Ha sido ganador y finalista en algunos concursos de cuento. Trabaja con el Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá].

jueves, 25 de febrero de 2010

José Eustasio Rivera, un hombre en contravía (2)


José Eustasio Rivera
Un hombre en contravía
Isaías Peña Gutiérrez


Siguiendo la ruta del Magdalena a Barranquilla se fueron. Pasaron por Puerto Cabello, La Guaira, Puerto España, entraron por el Orinoco hasta Ciudad Bolívar, antigua Angostura, y llegaron a Caicara a finales de octubre de ese año 1922. Antes de la confluencia del Meta con el Orinoco, en los raudales de San Borja, Rivera, ante el abandono en que los tenían los gobiernos colombiano y venezolano, renunció a la Comisión y decidió viajar solo Orinoco arriba, en canoa alquilada, con dos indios, un revólver y unas latas de conserva. El 20 de diciembre llegó a San Fernando de Atabapo, en la confluencia del Orinoco, Guaviare, Atabapo e Inírida. Las fiebres del paludismo -distintas a las de su misterioso mal- lo atacaron, como en Orocué. Piel marchita, terrosa y opaca, ojos vidriosos y amarillos, andar inapetente, desaliento y decadencia general, era el cuadro de salud suya, según su compañero de Comisión, Melitón Escobar, quien lo había alcanzado en ese destartalado caserío.
Después de un año largo, volvieron por el Río Negro y el Amazonas. Como pudieron, sin teodolitos, ni mapas, habían trazado los límites entre el Atabapo y el Guainía. Al llegar a Bogotá, se sorprendió con su elección como suplente de su tío Pedro Rivera a la Cámara. Ahí, no dejó pasar por alto el absoluto abandono de las fronteras colombianas por parte del gobierno de Pedro Nel Ospina y de sus antecesores. Hubo sesión secreta para tratar el tema, se retiraron los liberales y Rivera, y gran escándalo nacional. Sin que al final pasara nada grave. Allá, en la selva, seguiría la orfandad, acá, la indigencia. Sólo que, de nuevo, este hombre en contravía para un país que se enredaba con los 25 millones de dólares de la indemnización norteamericana por la separación de Panamá, con la apertura licensiosa del mercado petrolero y con el crecimiento descontrolado de una enmarañada red de ferrocarriles nacionales, salió avante y ganancioso en su ruta, porque empapado de las fisuras sociales de nuestras fronteras y advertido, por experiencia propia, del peligro de la Casa Arana en el Caquetá y Putumayo (63 años después, el gobierno de Virgilio Barco le daría la razón al ordenar, como pedía Rivera, la apertura de la carretera Neiva-San Vicente del Caguán-Florencia), dió el toque final, en Neiva, a su novela. La vorágine aparecía, luego de dos años exactos de trabajo, el 24 de noviembre de 1924, día del cumpleaños de su madre, doña Catalina Salas.
Entonces, lo encargaron de la presidencia de la Comisión Investigadora de 1925. Como si supiera que la vida apenas le duraría lo necesario para ser justo, puro y vertical por última vez, sin ambages, realizó la investigación más pulcra que el Congreso colombiano haya presenciado. Por eso, su Informe sobre el contrato del oleoducto Cartagena-Barrancabermeja, suscrito entre la Andian National Co. y Colombia, aunque recibido en sesión secreta por la Cámara, fue ordenado para su publicación en la Imprenta Nacional a finales de 1925. Con base en él y en lo que aprendió en esos archivos de la Andian, Rivera principió a escribir su segunda novela, La mancha negra, perdida, después, en Nueva York.
Ese hombre corpulento, afable, chistoso, con un santo temor de patria, ahora sin bigotes, medio envejecido por su deambular a pie, a caballo, en canoas o vapores, en ferrocarriles o primitivos autos, salió hacia Cuba en marzo de 1928. Una vez más, y a pesar de su suicida campaña moralizadora en el Congreso, viajaba a representar a su país en el Congreso Internacional de Inmigración y Emigración de La Habana. Cumplió ahí y, en busca de horizontes más amplios, se embarcó, solo, para Nueva York. Quería fundar la Editorial Andes (¿irónica metaforización de la Andian National Co.?) para divulgar la literatura latinoamericana desde la capital del mundo, para publicar la edición definitiva de La vorágine con las 3000 correcciones que le había hecho de 1924 para acá, para sacar su edición en inglés, y para -fue su sueño más grande, aún irrealizado- pasarla al cine con actores y escenarios colombianos.
José Eustasio (la “c” se la cambió por “s”, para seguir en contravía, cuando estudiaba en la Normal) murió de muerte misteriosa el 1º de diciembre de 1928. Y como nació, murió. En el camino. Sin que llegara a descansar con su deceso, porque su cuerpo, embalsamado, siguió viviendo durante un mes y nueve días, por mar, río y ferrocarril, recibiendo en cada puerto y en cada pueblo, los homenajes que su muy corta edad (40 años) no le permitió recibir en vida. El 9 de enero de 1929, fue enterrado en el Cementerio Central de Bogotá, en una de las más grandes y sentidas despedidas a un escritor que se recuerden en Colombia.

martes, 23 de febrero de 2010

José Eustasio Rivera, un hombre en contravía (1)

En la Biblioteca Nacional de Colombia (Bogotá), hoy dirigida por Ana Roda, estará abierta, hasta el 6 de marzo, una bella y extraña exposición sobre la obra y la vida del novelista, poeta y estadista colombiano, José Eustasio Rivera, con la curaduría de Carlos Páramo. No dejen de verla. Mientras tanto, para reiniciar mi blog, abandonado por un par de semanas, publico, de nuevo, en dos entregas, una crónica que escribí sobre Rivera cuando avanzaba en mis estudios sobre su vorágine, la de su vida -tan vigorosa y útil como su novela-, que algún día deberá convertirse en una película.


JOSE EUSTASIO RIVERA
Un hombre en contravía
Isaías Peña Gutiérrez

Ahora estaba sentado en la mecedora, junto al brevo de la mitad del patio, escribiendo las aventuras de Alicia y Arturo Cova en una libreta de pastas carmelitas y hojas amarillentas. A este retiro, en la casa de Solita Murillo de Martínez, había llegado a mediados de junio. Sogamoso le brindaba el sosiego que Bogotá le negaba para dedicarse a estampar en un cuadro orgánico la azarosa vida de los llaneros colombianos.
Hacía un año había publicado su primer libro, Tierra de promisión, en enero de 1921. Toda la crítica nacional lo había aplaudido, como antes sus sonetos dados a conocer en El Tiempo, El Espectador, Cromos, El Gráfico, El Nuevo Tiempo, Gil Blas. Pero, una entrevista concedida en Lima al joven escritor Luis Alberto Sánchez para Mundial, cuando asistía como Secretario de la Legación Diplomática a los festejos patrios peruanos, lo había convertido en blanco gratuito de polemistas como Eduardo Castillo y Manuel Antonio Bonilla (este último como “Atahualpa Pizarro” y “Américo Mármol”). Por eso, no había dado, después, entrevistas verbales en La Habana y México. Pero ya Castillo había sido demasiado duro con él: “Todo eso se explica en boca del señor Rivera, cuya cultura mental es de una deplorable deficiencia”. Y, a su regreso, entre noviembre de 1921 y febrero de 1922, se trabó con ellos en la más frenética controversia intelectual de esos años. Y hubiera seguido si su padre, don Eustacio Rivera, no muere en Neiva el 9 de febrero, dejándolo con el alma en el aire.
Sogamoso, además, le ofrecía remedios caseros para el mal misterioso que había comenzado a perseguirlo desde la Normal en Bogotá, cuando no pudo terminar el 5o. Curso, porque un diabólico dolor de cabeza, fiebres y convulsiones, lo dejaban casi inconsciente, tal como le sucedió la vez que viajaba Magdalena arriba, de cacería, y por poco muere en Purificación. Y como le había sucedido en Lima durante dos eternos días, y lo mismo, después, en Orocué, en que se le puso la cara casi negra y Franco y Alicia lo salvaron. Acá, retirado de las tertulias bogotanas de los cafés Windsor e Inglés, o de las del grupo Cultura, de Luis López de Mesa, podía continuar su régimen de abstemio, de cuidados domésticos, para así escabullírsele a la muerte que siempre le aleteaba tan cerca.
Ahora, le repicaban en su cabeza sus dos viajes al llano, el de vacaciones en 1916, siendo estudiante de último año de Derecho en la Universidad Nacional, y el de 1918, como profesional, en que contratado por José Nieto para que lo representara en la sucesión de Jacinto Estévez, terminó apoderando a la contraparte, a Josefa Estévez viuda de Oropeza, porque le parecía que en justicia (no en derecho) debía estar de parte de ella. En dos años, con seis jueces y un Tribunal Superior, Rivera había perdido su primer litigio, pero había ganado la vocación que siempre trataría de imponerle al país: primero la justicia que el derecho, primero la moral que los credos, primero la honradez que el interés. Con el tiempo, esa vocación se convertiría en su liberalidad republicana, la que anteponía el concepto de patria a la mezquindad partidaria. Era la misma vocación quijotesca que meses antes, cerca de Orocué, lo había llevado a enfrentarse a un ganadero que azotaba a una india, en el camino, y echándole el caballo encima lo había desarmado, respondiendo, así, al “Para usted también hay, y para su madre”, y castigándolo con diez latigazos, “uno por esa pobre india, otro por todos los indios, y los ocho restantes por mi madre”, sin que terminara con los diez ante los ruegos del hombre, diciéndole Rivera: “Tome su revólver y asesíneme, si quiere, por la espalda. Le perdono los ocho latigazos en nombre de mi madre”.
José Eustasio Rivera, ese hombre grandote, de bigotes arreglados y cejas negras, de gesto amable, que ahora escribía la primera parte de La vorágine, había nacido el 19 de febrero de 1888, el mismo año del futuro presidente de la República, Eduardo Santos, dos años después de promulgarse la Constitución de Rafael Núñez y Miguel Antonio Caro, 11 años antes de la Guerra de los Mil Días, 15 antes de la cómica separación de Panamá, 23 antes del perdido -por nosotros- combate de “La Pedrera” entre peruanos y colombianos, y 34 antes de la perezosa demarcación de límites con Venezuela. Patriotas, artesanos y políticos de influencia nacional, eran sus antepasados. Nacido en el camino de San Mateo (hoy Rivera) a Neiva, entre padres de escaso poder y parientes ricos, adolescente jocoso en medio de un ambiente escolar rígido, educado por religiosos pero predicador de las tesis de Galileo, creyente pero no beato, poeta de la naturaleza y cazador empedernido, conversador mas no bohemio, protegido del académico Antonio Gómez Restrepo pero rechazado por la Academia, conservador consentido de los liberales Eduardo Santos y Luis Cano, autor y personaje de su obra que escribía al lado de ese brevo de Sogamoso, José Eustasio Rivera, ese hombre grueso de letra de perfiles tan claros -que le valió no cursar el 1º de Normal cuando llegó a Bogotá-, seguiría vagando como un señor aventurero, al mes siguiente, como secretario jurídico de la Comisión Demarcadora de Límites con Venezuela. Un telegrama de Antonio Gómez Restrepo, se lo pedía.
Su fracaso como pedagogo (Marco Fidel Suárez le había censurado su conferencia en Neiva sobre la pedagogía moderna), su fracaso como político (Monseñor Esteban Rojas lo había “barrido de un sotanazo” en sus aspiraciones a la Cámara de Representantes), su fracaso en la diplomacia (los poetas no le habían perdonado los errores del periodista de Lima), su fracaso en su primer proceso judicial (había preferido la justicia a los honorarios), dejaban una estela de limpieza que abonaba el terreno, paradójicamente, para que el gobierno lo enviara a la difícil tarea de demarcar los límites de su país. Y él lo aceptaba alborozado. Necesitaba conocer los linderos de su patria, sus ríos, sus selvas y, sobre todo, las explotaciones inhumanas de los caucheros que tanto le habían contado Custodio Morales, en Ibagué, y Luis Franco Zapata, en Orocué. Además, la novela estaba andando. En definitiva, seguía el consejo de Franco Zapata, el manizalita, quien le había dicho en tono paisa: “Sí, pero no hagás más versos, que esos los hace todo el mundo. ¿Sabés? Allá en mi tierra había un negrito ignorante que hacía enjalmas y que también hacía versos muy buenos. Escribíte un buen libro”.

domingo, 7 de febrero de 2010

Tres poemas de Gwendolyn Brooks


Gwendolyn Brooks
(EEUU, 1917–2000)
Trad. de Oscar Godoy Barbosa


Mis sueños, mis trabajos,
tendrán que esperar hasta
mi vuelta del infierno

Almaceno mi miel y mi pan tierno
en jarras y cajones protegidos
recomiendo a las tapas y pestillos
resistir hasta mi vuelta del infierno.
Hambrienta, me siento como incompleta
no se si una cena volveré a probar
todos me dicen que debo aguardar
la débil luz. Con mi mirada atenta
espero que al acabar los duros días
al salir a rastras de mi tortura
mi corazón recordará sin duda
cómo llegar hasta la casa mía.
Y mi gusto no será indiferente
a la pureza del pan y de la miel.


El funeral de la prima Vit

Sin protestar es llevada afuera.
Golpea el ataúd que no la aguanta
ni satín ni cerrojos la contentan
ni los párpados contritos que tuviera.
Oh, mucho, es mucho, ahora sabe
ella se levanta al sol, va, camina
regresa a sus lugares y se inclina
en camas y cosas que la gente ve.
Vital y rechinante se endereza
y hasta mueve sus caderas y sisea
derrama mal vino en su chal de seda
habla de embarazos, dice agudezas
feliz, recorre senderos y parques
histérica, loca feliz. Feliz es.


Los niños de los pobres
1.

Las personas sin niños endurecen
alcanzan la frialdad y la insolencia
no se cuidan y van con displicencia
el huracán o el fuego acometen.
Y si la tierra entera es arrasada
mueren simplemente, agitadas
sus almas sin huellas, desmañadas
ríen o caen, tímidas, paralizadas.
Mientras tanto, en la sombra, nosotros
escuchamos impotentes el extraño
gimoteo-lloriqueo de los niños
que suave nos atrapa y hace otros,
nos conjura y convierte en azúcar
las molestias y verdades del amor.

2.
¿Qué le daré a mis hijos? Pobres son
condenados como parias de la tierra
mis dulces leprosos que no piden
ropa de terciopelo suave y tierna
pero me ruegan por un brusco giro
tomados de mi mano van gritando
no quieren seguir más de contrabando
ni ángeles, ni admirables, ni seguros.
Mi mano atosigada de pendientes
sin derecho a mi propia morada
ningún proyecto servirá de nada
ni penas ni amor serán suficientes
para afianzar a mis mitades que viajan
por el otoño helado en todas partes.

3.
¿Diré a mis niños que recen por rezar?
Pequeños, invadan el sobrio lugar
fantasmal, con ecos de penitentes
histéricos y arrogantes por esta vez.
Entiendan, niños, no hay pecados que expiar
protejan sus almas en normas dudosas
sean como tumbas, mulas metafísicas
aprendan que Dios no suele abandonar.
Tras el susurro de sus limpias palabras
esperaré si quieren: repasen salmos
si esto los asusta: tejan creencias
y si los desgarra: vuélvanse calmos.
En la frente y en los dedos, sean sabios,
alisten una venda para sus ojos.