domingo, 3 de octubre de 2010

María Elena Lorenzín y Diego Muñoz V., cuentistas



Este fin de semana se realiza en Bogotá, entre las universidades Nacional, Pedagógica y Javeriana, el Congreso Internacional de Minificción, un subgénero que se desprendió del cuento y que hoy posee una importancia indudable.


Dos de sus representantes destacados son la argentina María Elena Lorenzín, quien trabaja en Adelaide, Australia, y el chileno Diego Muñoz Valenzuela (Constitución, 1956), autor de varios libros de cuentos y novelas. De ellos dos, son estas minificciones o minicuentos, como sigo nombrándolos.




De María Elena Lorenzín


Milagros posmodernos
En el barrio de Malhaber cada cual guarda lo ajeno. Las casas cambian de dueño de un día para otro, los coches desaparecen por arte de magia y los niños de multiplican como si trajeran bajo el brazo el bíblico pan. Todo es posible en el barrio de Malhaber para descrédito de los incrédulos que aún no creen en milagros.

La niña que comía tierra
Era una niña pequeñita que comía tierra, tierra y más tierra. Nada pudieron hacer ni los padres, ni los médicos por ella. Un buen día la niña cayó enferma y después de una prolongada agonía, pasó a mejor vida. La enterraron, pero no por eso dejó de comer tierra hasta que se hartó.

Rebirth
Cuando perdió el último diente se decidió. Había acumulado una pequeña fortuna y podría hacerlo. El proceso fue lento y doloroso. Cuando le salió el primer diente los padres no pudieron festejarlo.

Estrategias
En un lugar de Australia, devorado por las frecuentes sequías, un día comenzó a brotar pasto azul. Algunas sectas religiosas pronosticaron el final de los tiempos y hasta hubo una gran ola de suicidios. Sin embargo, el turismo subió a índices imprevisibles para esa árida región del planeta.

Consecuencias
Con la primavera llegan las flores y los floros, unos seres pequeñitos que no se dejan ver pero que se estremecen en cada estornudo primaveral. Viven de rentas, se acomodan como pueden y hasta acampan gratuitamente a fuerza de quien le dé algo de sustento. A mí no me gustan los floros, son impertinentes, insistidores e inoportunos, pero qué se puede hacer, con la primavera llegan las flores y los floros.

De Diego Muñoz Valenzuela
Rehabilitación de Circe
La preciosísima Circe estaba aburrida de la simplicidad de Ulises. Si bien era fogoso, bien dotado y bello, la convivencia no daba para más. Solía convertirlo en perro para propinarle patadas, y él sollozaba y le imploraba perdón. Lo transformaba en caballo para galopar por la isla de Ea, fustigándolo con dureza. Lo transmutaba en cerdo para humillarlo alimentándolo con desperdicios. Volvía a darle forma humana para hacer el amor, y volvía a fastidiarse con su charla insulsa. Por fin lo expulsó del reino, le devolvió su barca y sus tripulantes y lo dotó con alimentos para un largo viaje. “Vete y no vuelvas”, le ordenó con voz terminante al lloroso viajero, “y cuenta lo que quieras para quedar bien ante la historia”. Después sopló un hálito mágico para hinchar la vela de la embarcación.

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