jueves, 25 de febrero de 2010

José Eustasio Rivera, un hombre en contravía (2)


José Eustasio Rivera
Un hombre en contravía
Isaías Peña Gutiérrez


Siguiendo la ruta del Magdalena a Barranquilla se fueron. Pasaron por Puerto Cabello, La Guaira, Puerto España, entraron por el Orinoco hasta Ciudad Bolívar, antigua Angostura, y llegaron a Caicara a finales de octubre de ese año 1922. Antes de la confluencia del Meta con el Orinoco, en los raudales de San Borja, Rivera, ante el abandono en que los tenían los gobiernos colombiano y venezolano, renunció a la Comisión y decidió viajar solo Orinoco arriba, en canoa alquilada, con dos indios, un revólver y unas latas de conserva. El 20 de diciembre llegó a San Fernando de Atabapo, en la confluencia del Orinoco, Guaviare, Atabapo e Inírida. Las fiebres del paludismo -distintas a las de su misterioso mal- lo atacaron, como en Orocué. Piel marchita, terrosa y opaca, ojos vidriosos y amarillos, andar inapetente, desaliento y decadencia general, era el cuadro de salud suya, según su compañero de Comisión, Melitón Escobar, quien lo había alcanzado en ese destartalado caserío.
Después de un año largo, volvieron por el Río Negro y el Amazonas. Como pudieron, sin teodolitos, ni mapas, habían trazado los límites entre el Atabapo y el Guainía. Al llegar a Bogotá, se sorprendió con su elección como suplente de su tío Pedro Rivera a la Cámara. Ahí, no dejó pasar por alto el absoluto abandono de las fronteras colombianas por parte del gobierno de Pedro Nel Ospina y de sus antecesores. Hubo sesión secreta para tratar el tema, se retiraron los liberales y Rivera, y gran escándalo nacional. Sin que al final pasara nada grave. Allá, en la selva, seguiría la orfandad, acá, la indigencia. Sólo que, de nuevo, este hombre en contravía para un país que se enredaba con los 25 millones de dólares de la indemnización norteamericana por la separación de Panamá, con la apertura licensiosa del mercado petrolero y con el crecimiento descontrolado de una enmarañada red de ferrocarriles nacionales, salió avante y ganancioso en su ruta, porque empapado de las fisuras sociales de nuestras fronteras y advertido, por experiencia propia, del peligro de la Casa Arana en el Caquetá y Putumayo (63 años después, el gobierno de Virgilio Barco le daría la razón al ordenar, como pedía Rivera, la apertura de la carretera Neiva-San Vicente del Caguán-Florencia), dió el toque final, en Neiva, a su novela. La vorágine aparecía, luego de dos años exactos de trabajo, el 24 de noviembre de 1924, día del cumpleaños de su madre, doña Catalina Salas.
Entonces, lo encargaron de la presidencia de la Comisión Investigadora de 1925. Como si supiera que la vida apenas le duraría lo necesario para ser justo, puro y vertical por última vez, sin ambages, realizó la investigación más pulcra que el Congreso colombiano haya presenciado. Por eso, su Informe sobre el contrato del oleoducto Cartagena-Barrancabermeja, suscrito entre la Andian National Co. y Colombia, aunque recibido en sesión secreta por la Cámara, fue ordenado para su publicación en la Imprenta Nacional a finales de 1925. Con base en él y en lo que aprendió en esos archivos de la Andian, Rivera principió a escribir su segunda novela, La mancha negra, perdida, después, en Nueva York.
Ese hombre corpulento, afable, chistoso, con un santo temor de patria, ahora sin bigotes, medio envejecido por su deambular a pie, a caballo, en canoas o vapores, en ferrocarriles o primitivos autos, salió hacia Cuba en marzo de 1928. Una vez más, y a pesar de su suicida campaña moralizadora en el Congreso, viajaba a representar a su país en el Congreso Internacional de Inmigración y Emigración de La Habana. Cumplió ahí y, en busca de horizontes más amplios, se embarcó, solo, para Nueva York. Quería fundar la Editorial Andes (¿irónica metaforización de la Andian National Co.?) para divulgar la literatura latinoamericana desde la capital del mundo, para publicar la edición definitiva de La vorágine con las 3000 correcciones que le había hecho de 1924 para acá, para sacar su edición en inglés, y para -fue su sueño más grande, aún irrealizado- pasarla al cine con actores y escenarios colombianos.
José Eustasio (la “c” se la cambió por “s”, para seguir en contravía, cuando estudiaba en la Normal) murió de muerte misteriosa el 1º de diciembre de 1928. Y como nació, murió. En el camino. Sin que llegara a descansar con su deceso, porque su cuerpo, embalsamado, siguió viviendo durante un mes y nueve días, por mar, río y ferrocarril, recibiendo en cada puerto y en cada pueblo, los homenajes que su muy corta edad (40 años) no le permitió recibir en vida. El 9 de enero de 1929, fue enterrado en el Cementerio Central de Bogotá, en una de las más grandes y sentidas despedidas a un escritor que se recuerden en Colombia.

2 comentarios:

luisafernanda...trujillo dijo...

Isaías:

Qué bueno sería organizar una charla con usted, no conferencia, con visita incluída a la instalación expuesta sobre Rivera en el Museo Nacional, y hacer el recorrido en acompañamiento de su viva voz...

Luisa Fernanda Trujillo Amaya

psicoisapecat dijo...

Interesante su aporte a la literatura mundial, con toda la investigación que viene realizando.
Gracias por compartirla en este, su acogedor, cultural y especializado espacio.
Isabel Gómez