sábado, 31 de enero de 2009

Un cuento de Augusto Monterroso

La Oveja negra

En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra.Fue fusilada.Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.

Augusto Monterroso (1921-2003) escribió poco y breve, con ojo fino y un sentido del humor negro difícil de alcanzar. Siempre se recuerdan cuentos suyos como “El dinosaurio”, “La Cucaracha soñadora” o “El espejo que no podía dormir”, y varios más, que son de antología, mini-cuentos aparecidos en sus libros Obras completas (y otros cuentos) y en La oveja negra y demás fábulas. El cuento de hoy alude a una faceta diferente a los tres cuentos citados al comienzo, y que, también, fue muy importante en su vida, la de pensar el mundo social.

miércoles, 28 de enero de 2009

Corre, John Updike


En 1960, John Upike impactó al mundo literario con su novela -que se convertiría en una saga sobre el mismo personaje, premio Pulitzer de literatura en los ochentas, si no estoy mal-, Corre, Conejo.

Novelas, cuentos y poemas, a más de su producción peridística, que siempre estuvieron referidos a las resurrecciones de los estratos medios de la sociedad norteamericana En el 2006, publicó Terrorismo, su última obra.

Acaba de morir ayer, víctima de un cáncer de pulmón. Dos veces Pulitzer, sinembargo, se fue sin el Nobel.

Corre, John, corre. Que nosotros te seguiremos leyendo.

lunes, 26 de enero de 2009

Tomás Eloy Martínez, Borges, Cortázar y Duizeide


Hace unas semanas, no recuerdo en dónde, dijo el narrador, periodista y profesor, Tomás Eloy Martínez (Tucumán, 1934), algo así –no son sus palabras textuales- que después de Borges y Cortázar no habíamos vuelto a tener escritores argentinos de verdad. Me pareció dura la afirmación, más viniendo de Tomás Eloy, a quien admiro mucho por muchas razones, y quien acaba de lanzar su nueva novela Purgatorio (a Soledad Gallego le dijo esto en una entrevista a raíz de su nueva novela: “La idea original era narrar la vida cotidiana de los argentinos, no los campos de concentración, no los tormentos, no las muertes horrendas, sino la grisura de la vida cotidiana. Sobre todo, algo que me perturbaba estando afuera muchísimo, ¿cómo no se reacciona, cómo se mira para otro lado? Las dictaduras no son posibles sin una complicidad colectiva; una cierta forma de resignación o de complicidad colectiva. La fuente de esa complicidad, creo, es la ignorancia. El gran recurso de los autoritarismos es obligarte a ignorar, a que sólo sepas lo que ellos quieren que sepas”. A propósito, son estas frases aplicables en Colombia, donde los desaparecidos oficiales, de antes y de ahora, no tienen dolientes, y duele mucho "la complicidad colectiva"). Y le pasé el dato a Juan Bautista Duizeide, premio nacional de novela en Argentina, autor de Kanaka, y con la holgura del correo me escribió un párrafo que transcribo con su permiso. Me dice Juan Bautista Duizeide (en la foto), director, además, de una revista que busca en la Argentina no perder la memoria de lo que fueron sus desapariciones forzosas (que suelen producirse con o sin dictadura):


“Bueno, supongo que doy tantas vueltas para no meterme con la provocación de Tomás Eloy Martínez. Porque supongo que es una provocación. ¿O está viejo? Después de Borges y Cortázar vinieron en Argentina Di Benedetto, Conti, Moyano, Puig, Sara Gallardo, Walsh, Tizón, Belgrano Rawson... Es cierto que son otro tipo de escritores, con una intervención menos amplia en el campo cultural y político que la de Borges y Cortázar. Pero eso tiene que ver con distintas épocas. Hoy en Argentina, ¿a quién le interesa lo que opinan los escritores? La gente está embobada con las peleas veraniegas entre vedettes y semi-prostitutas. Supongo que esto tiene que ver con el vaciamiento cultural tras la dictadura y una década de menemato. Hoy la escena es bastante melancólica, pero aun así están escribiendo y publicando Brizuela, Gamerro, Osvaldo Aguirre... Hace poco leí otra "provocación" que me hizo saltar. Caparrós declaró a no sé qué medio periodístico que "la literatura latinoamericana no existe más". Lo que no existe -creo- son los vasos comunicantes entre distintos países para saber qué producen unos y otros. Acá si Martin Amis, Ian Mac Ewan -o algún otro de esos gringos mediocres que escriben con una prosa de funcionario colonial- eructa, se edita con tapa dura y aúllan de gozo los snobs ("El snobismo es la única pasión genuina de los argentinos", escribió Borges). Pero no se conoce a (Álvaro ) Mutis, a (Germán) Espinosa, a William Ospina, por ejemplo.

domingo, 25 de enero de 2009

Un poema de Alejandro Oliveros

Bejuma

Esa tarde en Bejuma no debe haber pasado nada;
de sus olores a pan caliente,
es probable que ya nadie se acuerde.
Los campesinos fueron temprano a sus casas
y nosotros a la nuestra. Las luces del pueblo
no se apagaron antes ni después;
las aguas del río siguieron suavemente
su curso y las siembras de tabaco
recibieron su dosis diaria de agua fresca.
Mi tía rezó completo su rosario
y luego estudió un poco de inglés.
Ese día tal vez haya sido menos húmedo
y caliente. Como de costumbre,
los vientos no inclinaron las copas de los árboles
ni aullaron sobre el tejado. Sin embargo,
esa tarde en Bejuma,
hace un poco más de veinte años,
los limones del patio de la casa
estuvieron más amarillos y jugosos.


"Bejuma" fue tomado del No. 132 de la revista venezolana, Poesía, fundada en 1971 por el poeta y ensayista Alejandro Oliveros (Valencia, Edo. Carabobo, Venezuela, 1948), hoy una de las revistas de poesía con mayor tradición y peso en Latinoamérica. Oliveros trató de estudiar medicina y luego se dedicó a las letras de creación; en 1973 publicó su libro de poesía -hoy, un tanto legendario- Los sonidos de la casa, al cual pertenece el poema que publico. Dirigió Oliveros, a más de la revista Poesía, otras dos, Zona Franca y Zona Tórrida.

sábado, 24 de enero de 2009

Un cuento de Guillermo Bustamante Zamudio

Convicción de justicia


Un hombre fue culpado de un delito que no cometió.
El había visto complacido cómo, en los últimos años, la justicia de su país se hacía cada vez más enérgica y las penas se volvían bastante severas. Siempre estuvo orgulloso de este proceso y lo expresó, con buen espíritu cívico, participando de todo acto por el cual el pueblo aprobaba las acciones gubernamentales.
Condenado a muerte, le molestaba no poder probar su inocencia. Escapó de prisión y, en pocos días, atrapó y entregó al malhechor, a quien un jurado condenó inmediatamente a la pena capital.
En su nueva situación, se le volvió a juzgar; esta vez por escapar de prisión, burlar a la justicia, no obedecer a los llamados que se le hacía y por apersonarse de asuntos oficiales. Encontrado culpable, fue sentenciado a muerte. Pero esta vez no mostró contrariedad alguna.

Este cuento, “Convicción de justicia”, hace parte del libro Convicciones y otras debilidades mentales, de Guillermo Bustamante Zamudio (Cali, 1958), libro ganador del Premio Jorge Isaacs (Cali, 2002). El autor es cofundador con Harold Kremer de la revista Ekuóreo, primeros impulsores en Colombia del cuento corto, minicuento o minificción. En la actualidad, trabaja como profesor de la Universidad Pedagógica Nacional de Colombia, con sede en Bogotá. Autor, también, con Harold Kremer, de la Antología del cuento corto colombiano.

viernes, 23 de enero de 2009

Recuerdo a J. Eduardo Jaramillo Zuluaga



En la última semana de diciembre de 2008, la muerte puso su huevo mortal para llevarse a J. Eduardo Jaramillo Zuluaga (para evitar homónimos, que no faltaban, él anteponía la J.), a Harold Pinter (aunque las nuevas generaciones no lo saben, antes de ser Nobel, por allá en los 70s., Pinter hizo parte de nuestros repertorios en Bogotá: el teatro del absurdo no fue solamente Beckett) y al inolvidable Julio Nieto Bernal, con su muy particular voz y su indeclinable vocación por la cultura, que lograba filtar en la radio (aunque el patrón no lo admitiera). Pero la muerte accidental de J. Eduardo, a sus 51 años, sí nos dejó quietos en primera base. Fuimos contertulios en su primera época de estudiante javeriano. Después vino su exilio voluntario en Estados Unidos. Y en la última etapa trataba de compaginar con su país. Caleño, tenía todas las señas como tal: puntilloso, de humor negro, refinado, detallista en sus análisis, purista y, a la vez, anarquista, más filósofo que crítico de la literatura, más político que lingüista, irreverente en su ortodoxia, cautivador de estudiantes (no es sino preguntárselo a Mario Mendoza, quien no siendo tan distante en edades, lo considera su padre literario), amante solidario de las letras (su meta, en el fondo, era la poesía, de ahí que duela tanto su muerte, porque se ha ido inconcluso). Lo recuerdo en dos imágenes que no se me han borrado, ambas sucedidas en sendos congresos de los colombianistas en los Estados Unidos: una en St. Louis, cuando me anunció (realmente, me dio disculpas por lo que iba a hacer, todos somos parricidas) su reseña, que le había pedido el Boletín de la Biblioteca Luis Angel Arango, sobre mi libro Manual de la literatura latinoamericana, y la segunda vez, en un bar en Pensilvania, pidiéndole al guitarrista, con sorna, que tocara country con más vigor. Eduardo siempre estaba poniendo banderillas. No fue un analista literario tradicional, y tampoco se fue por la sociología literaria. En su momento, encontró algo que los franceses comenzaron a divulgar como eje de análisis: hablar del cuerpo, como comenzaba a hablarse del sujeto. Y por ese flanco llegó a la novela colombiana. (En 1994, publicó su único libro, El deseo y el decoro, sobre literatura colombiana). No se si habrá dejado algún libro de poemas. Y no deja de inquietarme qué había en Eduardo, en su formación, que lo arrojó a las aguas heladas del riachuelo a rescatar a Dante, su perro, allá en Raccoon Creek, sabiendo que eso era un suicidio. Ojalá se reunieran sus ensayos en un volumen que apareciera en agosto, cuando los colombianistas (Eduardo los presidió) realizan su nuevo Congreso en Virginia y se le rendirá un homenaje. Herbert Braun, actual presidente de la Asociación de Colombianistas, tiene la palabra. [Foto tomada de El Espectador, "Vida y muerte de un maestro de literatura", de Nelson Fredy Padilla, Bogotá, 11 de enero de 2009, pp. 16-17].

martes, 20 de enero de 2009

Premio Hispanoamericano de Novela La otra orilla 2009

Es su quinta convocatoria, con el patrocinio del Grupo Editorial Norma y la Asociación para la Promoción de las Artes (Proartes). El jurado está integrado por los escritores Roberto Ampuero (Chile), Pere Sureda (España) y Jorge Volpi (México). El premio es de 100.000 dólares y la publicación de la obra. Podría ser la primera vez que quede en Colombia. Buena suerte (se necesita, además de escribir bien). Resumo:
Los participantes deben tener más de 18 años, no importa la nacionalidad.
Las novelas deben presentarse en castellano, inéditas, originales y no premiadas.
Las novelas deben tener una extensión mínima de 180 páginas, tamaño carta, doble espacio, por una sola cara, ojalá en Arial 12, y acompañadas con copia digital en CD.
Debe enviarse un ejemplar con seudónimo, y en sobre aparte adjunto los datos de identificación completos, con un documento en el que se declara conocer y aceptar las bases, que no no se halla comprometida en ningún concurso y que están libres sus derechos de autor.
Las novelas no se devolverán; se destruirán en los cinco días posteriores al fallo.
Las novelas deben enviarse a las sedes de Norma en Latinoamérica o España. En Colombia deben dirigirse a: Premio Hispanoamericano de Novela La otra orilla 2009, Ave. Eldorado No. 90-10, Bogotá, D. C.
El plazo de envío se cierra el 3 de abril a las 6 de la tarde. Si van por correo, se tendrá en cuenta el matasellos de correo.
No puede declararse desierto. Puede el jurado otorgar hasta tres menciones. El fallo es inapelable, y se dará en Cali el 17 de septiembre de 2009. El fallo y las bases se informan en http://www.librerianorma.com/
A más de los 100.000 dólares, el ganador será publicado por Norma y el premio se entiende como un anticipo de los derechos de autor, derechos que tendrá Norma por 10 años. Al sobrepasar las ventas el valor del premio, comienza a pagarse las regalías normales.
Las finalistas podrán ser editadas por Norma en los siguientes cinco meses, si se conviene con el autor.
Cualquier duda, en Colombia, escribirle a Carlos Castillo, editor de Norma, al correo: carlos.castillo@norma.com

lunes, 19 de enero de 2009

Sandoná, Otavalo, Quito






Luego de Isnos-Popayán, se hace Popayán-Pasto, en cuatro o cinco horas, por la Panamericana, una carretera que debería estar con señalización de kilometraje, de nombres de pueblos, de puentes, porque el paisaje es maravilloso. De lo frío a lo caliente, de lo indígena a lo negro y a lo mestizo. Las poblaciones han mejorado. En El Bordo ya se puede almorzar. Y el remonte a los Andes del Ensilladero es espeluznante. Se entra a Pasto por la famosa colcha de minifundios que tantos pintores han registrado en sus cuadros. Y no se puede llegar de noche a Sandoná (a 45 minutos de Pasto) porque los abismos se llenan de una espesa neblina (foto, a las 6:30 p. m.) que enceguece todo. Bello y gris espectáculo. Y, como siempre en nuestras carreteras de provincia, un tramo de diez kilómetros se quedó sin pavimentar, aunque en el presupuesto y en el mapa estén saldados. En Sandoná, un pueblo crecido a lo lejos sobre las faldas occidentales del volcán Galeras, con clima cálido en el día y frío en las noches, bautizamos a Jacobo Peña Mesías (8 meses, foto). El 4 de enero seguimos por Consacá, muy cerca de Bomboná, con tramos destapados, hasta empatar con la Panamericana y llegar a Ipiales. La frontera en el Rumichaca nos soprende con dos notas antagónicas: la cola es inmensa en la aduana ecuatoriana, sus funcionarios inexpertos (son agentes de la policía que aprenden con lentitud a teclear un computador), pero nos salvamos porque (no se si por costumbre anterior, o por norma del actual gobierno socialista) vamos con Lucas Peña Polanía (10 meses) y por primera vez descubro que tengo un escalafón privilegiado: tengo más de 60 años y nos merecemos un trato preferencial. ¡Ohhh, gloria inmarcesible! Y pasamos rápido. De ahí en adelante se acabaron los rumores del “maltrato” ecuatoriano, anunciado en Colombia. Nunca nos pedirán papeles, no habrá retenes al estilo colombiano, jamás veremos una ametralladora (qué alivio), y la gente en la carretera se comportará sin nuestra arrogancia y violencia. En tan pocos días que tenemos, sólo podremos visitar cinco o seis pueblos y la que es hoy –con perdón de mis coterráneos que todo lo ven pequeño cuando se habla del sur o el occidente- la gran ciudad de Quito. Pasaremos por Tulcán de lado, nos quedaremos en San Antonio de Ibarra (donde nos salva el internet inalámbrico en el parque principal), en la increible Otavalo y en el nuevo Quito.
Ibarra sigue siendo blanca y más grande, al lado del escondido Imbabura. Otavalo ya no es el descuidado núcleo indígena que conocí hace 35 años. Nada que ver. Hoy es el mejor ejemplo del mundo (ojalá judíos y árabes vinieran a Otavalo) de convivencia entre distintas etnias. La belleza indígena, floreciente y pujante, al lado de blancos y mestizos, yendo a la escuela y a la universidad juntos, apropiados de su pasado, sin resentimientos, y volcados al futuro con sus propios colores y sonrisas, dueños de sí mismos y dueños del mundo, hablando su bilingüismo en alta voz. La Plaza de Mercado es hoy La Plaza de los Ponchos. Y nomás el tejido de sus andenes invitan a la armonía. Tejen a la altura del nuevo siglo, sin excluir ningún material, desde las lanas vírgenes hasta los acrílicos, con nuevos diseños, propios y ajenos.
Quito, también, cambió a su favor y al nuestro. Salvo su tránsito, que a pesar del troley, del transmilenio, los buses y los taxis, de los túneles y de la amabilidad del ecuatoriano, es desastrozo, Quito se volvió otra bella ciudad: rescató su Plaza Grande, su inmenso casco histórico (qué bella su iluminación nocturana), sus avenidas y jardines, sus eternas iglesias, doradas como la de los jesuitas (La Compañía) o la Catedral (Lucas toca por primera vez el oro de la Catedral de Quito, en una de las columnas de la entrada, foto), sus centros comerciales y su vida alegre a pesar del frío andino.
Regresamos al norte y vuelven los retenes. Estamos en la Colombia de hace 60 años, repitiendo sin cesar el mismo discurso del culebrero. Y teniedo tanto, como Las Lajas o esa maravilla misteriosa de la naturaleza, la Laguna de la Cocha, donde las truchas se avientan a los platos con ajillo para que Betty. Adriana, Camilo, Lucas y yo, las devoremos con la saudade de un viaje que ha terminado. No sin olvidar la frase de Oswaldo Guayasamín en La Capilla del Hombre, un inmenso conjunto artístico en la parte alta de Quito, que auspicia la Fundación Guayasamín, donde se guardan algunos cuadros suyos de formato casi mural: “Mantengan encendida una luz que siempre voy a volver”.

[Hace unos años, tal vez muchos, el diario El Espectador, de Bogotá, publicaba unas crónicas sobre la "vida" de las carreteras del país, fueran
troncales, trochas o desechos, como les decimos en confianza, en las que se mezclaban la situación de la vía, sus accidentes, sus aconteceres, sus habitantes, sus riquezas y sus pobrezas. Una carretera es un río, es un ferrocarrril, es un avión. La vida corre por ellos. Y los periódicos debieran contárnosla. Más, en el caso de las desconocidas carreteras colombianas y latinoamericanas, tan llenas de goces y de aventuras].

domingo, 18 de enero de 2009

Un poema de Rogelio Echavarría

El transeúnte

Todas las calles que conozco
son un largo monólogo mío,
llenas de gentes como árboles
batidos por oscura batahola.
O si el sol florece en los balcones
y siembra su calor en el polvo movedizo,
las gentes que hallo son simples piedras
que no sé por qué viven rodando.
Bajo sus ojos –que me miran hostiles
como si yo fuera enemigo de todos–
no puedo descubrir una conciencia libre,
de criminal o de artista,
pero sé que todos luchan solos
por lo que buscan todos juntos.
Son un largo gemido
todas las calles que conozco.


"El transeunte", poema del libro homómino de Rogelio Echavarría (Santa Rosa de Osos, 1926), sigue siendo un clásico. El año pasado la revista española Palimpsesto, lo reprodujo una vez más. Es uno de los poemas colombianos más publicados en antologías y selecciones, desde cuando apareció en la primera edición del Ministerio de Educación, en 1964. Por eso va en este domingo de poesía. [En la foto, portada de la edición de la Universidad de Antioquia, Medellín, 1994, con prólogo de José Manuel Arango].

sábado, 17 de enero de 2009

Un cuento de Guillermo Velásquez Forero

Vuelo heroico


Uno que se atrevió a volar entre los rascacielos, se estrelló contra un edificio transparente; su ilusión de vuelo rebotó abatida por las trampas del cielo, y cayó desnucado. Los sobrevivientes rematamos las alas en subasta pública y ahora andamos a pie, aprendiendo a subsistir de milagro en el asfalto, pues no existen gafas o lentes de contacto que nos permitan ver los muros invisbiles.



Guillermo Velásquez Forero nació en San Vicente de Chucurí (Santander), nombre sacado de una de sus minificciones, y vive en Tunja aprendiendo el frío desde hace 30 años. Aunque poeta (ha ganado varios concursos de poesía y cuento a nivel departamental y nacional, y ha publicado libros como Militante sin reino y Luz de fuga), su especialidad es el cuento corto. El año pasado publicó, con prólogo de Guillermo Bustamante Zamudio, una recopilación de sus cuentos con el título de La bestia divina, que somos todos los humanos. En general, un animal parecido o del género de los insectos, nos piensa o en su transformación le sucede algo que nos puede inquietar (para no decir "enseñar"). Y Guillermo lo estampa en un cuento rápido. Como en el que hoy sábado de cuento, publico, tomado de La bestia divina, edición de la Gobernación de Boyacá, Secretaría de Cultura y Turismo.

viernes, 16 de enero de 2009

Pitalito-Isnos-Popayán

A todos les cuento que con Lucas (11 meses), sus padres y mi esposa, hicimos a comienzos de enero, en un Terios normal, la ruta Pitalito-Popayán, arrancando desde Isnos, en la maergen izquierda del río Magdalena. Y todos creen que esa es la misma ruta La Plata-Popayán, la vieja carretera que conecta al centro del país y el Huila con el occidente colombiano -muy larga y mala-, cuando uno no quería pasar La Línea. Pues no. Isnos-Popayán es una trocha más o menos nueva que, sin pavimentar, lo pone a uno en cuatro o cinco horas en la capital del Cauca, de paso al sur sur. Si estuviera pavimentada, serían una hora y media a Popayán, porque son apenas 120 kilómetros los que separan a Isnos (donde se encuentra el Alto de los Ídolos con sus estatuas a color) de Popayán. Pero la indigencia estatal todavía mantiene a esa vía en lo que puede denominarse una trocha, así todos los días transiten por ahí los buses de Transipiales, Sotranscauca, las camionetas Estelares y otros atribulados transportadores que solitarios rompen el silencio andino del mítico sur. Se ven simultáneas la riqueza y la pobreza. "¿Esta es la vía a Popayán?", le pregunté a una niña cuando nos vimos perdidos. Tú recorres con lentitud, Camilo sacándole el cuerpo a los baches, y jamás encontrarás una señal que te indique en qué parte del planeta Tierra andas. Y la niña, con una entereza cercana a la esperanza y reñida con la decrepitud de la via, contesta, "Esta es la troncal que va a Popayán". Pasamos San Vicente, El Mármol, el Alto del Mazamorras, el puente sobre el río Mazamorras (en la foto), vemos los anuncios de no matar las dantas de montaña (mejor sería no anunciarlas), vemos los cultivos de papa, en el km. 46 está Paletará, un caserío alegre a pesar del deterioro, pasamos los tramos de derrumbes (en invierno no dan tregua, pero hoy nos ha hecho sol), en el km. 32 (es posible que estemos ya en el Cauca, porque tampoco existe un aviso que lo anuncie) encontramos aguas termales, y en el km. 25 (se cuenta de Popayán a Isnos) aparece la población de Coconucos, donde empatan las dos carreteras que todos confunden. Se supone que esta trocha será pavimentada, que su presupuesto existe –esta es una leyenda que conocemos en el sur de sobra-, pero la pavimentación apenas va en el km. 25 desde hace rato. Como Mocoa-Pitalito, como Pasto-Mocoa, como Isnos-Popayán, son vías esenciales para desembotellar el comercio agrícola, para darle curso al turismo, para la seguridad nacional, para la economía de los transportadores. Por ahora, sin embargo, son unas buenas trochas que aún los automóviles se atreven a remontar, como el pequeño y optimista Yaris, una tortuga que en cuatro ruedas le sacaba el quite a los huecos del camino, en el solitario 1º. de enero de 2009.

domingo, 11 de enero de 2009

Un poema de Emily Dickinson


115

¿Qué posada es esta
a donde de noche llegan
extraños viajeros?
¿Quién es el propietario?
¿Dónde están las criadas?
¡Mirad qué habitaciones tan raras!
Ninguna lumbre flamea en este mundo,
ningún vaso rebosante de licor os espera.
¡Posadero nigromante!
¿Quién mora en estas obscuridades?

El poeta y profesor santandereano, con residencia en la costa norte por muchos años y ahora habitante de la capital colombiana, Hernán Vargascarreño, tradujo al castellano 52 poemas de los 1775 que comprende la obra completa de la solitaria, misteriosa y contestataria poetisa norteamericana Emily Dickinson (1830-1886), y él mismo los editó en libro con el título de ¿Quién mora en estas oscuridades? Título que sale del poema que he transcrito para ustedes. La edición es bilingüe, se consigue en librería y sirve para entender cómo de los oficios de la casa pueden salir pensamientos y versos que castigan la insensibilidad del ser humano. Hernán también tradujo a Edgar Lee Masters.

domingo, 4 de enero de 2009

Un poema de Carlos Pezoa Véliz

Tarde en el hospital

Sobre el campo el agua mustia
cae fina, grácil, leve;
con el agua cae angustia:
llueve…

Y pues solo en amplia pieza
yazgo en cama, yazgo enfermo,
para espantar la tristeza,
duermo.

Pero el agua ha lloriqueado
junto a mí, cansada, leve;
despierto sobresaltado:
llueve…

Entonces, muerto de angustia
ante el panorama inmenso,
mientras cae el agua mustia,
pienso.

Cuando conocí este libro de poemas, La vida es así, del chileno Carlos Pezzoa Véliz (1879-1908), gracias a la edición que hiciera el poeta andaluz, Fracisco José Cruz, director de la revista Palimpsesto, se me ocurrió muy parecido a nuestro Tuerto López. He escogido este poema del poeta fundador o fundacional de la poesía chilena, uno de los menos directos, irónicos y “prosáicos”. También me ha recordado a Luis Vidales. Sólo que Pezzoa, tan distinto a Pessoa, apenas vivió 29 años. No era nada adjetivado.

sábado, 3 de enero de 2009

Un cuento de José Cardona López

Que trata de la indagatoria al ingenioso caballero don Miguel


-¿Lugar?
-De la Mancha.
-¿Nombre?
-No quiero acordarme.
-¿Por qué?
-No sé. No quiero.
-¿Apellido?
-Hidalgo.
-¿De cuáles?
-De los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. ..
-Gracias, eso es todo.
-… una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches…
-¡Basta! ¡Basta!
-… algún palomino de añadidura los domingos…
-¡Basta! ¡BAS-TA! Que siga el próximo caballero.

En 1994, la Universidad del Valle publicó la Antología del cuento corto colombiano, compilación que habían trabajado dos escritores expertos en el tema, Guillermo Bustamante Zamudio (Cali, 1958) y Harold Kremer (Buga, 1957). La antología tuvo tanto éxito que luego se ha editado dos veces más por la Universidad Pedagógica Nacional de Bogotá. No se si entre cada una de las ediciones han corregido y aumentado los cuentos; pero en la última dicen que ya preparan la Segunda antología del cuento corto colombiano, sin meterse en las honduras de la minificción, cuento breve o brevísimo. El cuento que transcribo es de José Cardona López (Palmira, 1951), narrador y ensayista, hace muchos residente en los Estados Unidos, donde dicta literatura latinoamericana.