jueves, 19 de febrero de 2009

José Eustasio Rivera, 121 años


Hoy, 19 de febrero, hace 121 años, nació José Eustasio Rivera, no se sabe, con exactitud, en dónde. Aunque Neiva y San Mateo (el actual municipio de Rivera, a 15 kilómetros de Neiva), pelean por ser su patria chica, parece ser que su nacimiento se produjo cuando Catalina Salas, la esposa de Eustacio Rivera, viajaba a caballo entre las dos poblaciones. Nació viajando, como sería su errante vida. Nunca descansó Rivera. A pie, a caballo, en coche o tren, en canoas, lanchas, vapores y barcos, siempre se mantuvo activo en sus cortos 40 años que alcanzó a vivir. Los mismos 40 años que utilizó otro de los grandes escritores del mundo que celebramos por estos días, Edgar Allan Poe. Sólo que mientras el uno le cantaba al cuervo y originaba estilos y formas de contar, el otro se enterraba en los ríos, llanos y selvas orientales para asumir sus vorágines y pesadillas y escribirlas como si se hubiera bebido una pócima infinita de yagé. Pero Rivera sólo sabía trabajar y tratar de entender a su país, era abstemio, sufría de una eterna cefalea, y corría por las oficinas tratando de convencer a los educadores, a los políticos, a los diplomáticos, a los periodistas, a los comerciantes, a los campesinos, de que Colombia se desangraba por sus inmensos ríos orientales –todos olvidaron que eran navegables y que podían ser los mejores medios para el transporte de carga- y por sus fronteras tan ricas como empobrecidas por el abandono y la corrupción. Así lo pensó hasta el último momento cuando llegó a Nueva York en 1928 a publicar la edición definitiva de su legendaria novela La Vorágine (foto de la portada de la bella edición de la fotógrafa Sylvia Patiño, de la que hablaré mañana).
Como inspector escolar, como abogado litigante, como representante a la Cámara de Representantes, como miembro de la Comisión de Límites con Venezuela, como miembro de la comisión diplomática que hace un siglo viajó por nuestros países hermanos celebrando los primeros 100 años de la independencia, como secretario de la comisión que investigó los contratos petroleros con la Andian Petroleum Co., que se hacía pasar por canadiense, en fin, como periodista, ensayista, poeta, dramaturgo y novelista, Rivera siempre puso por encima de los intereses partidistas –siendo él de una familia de origen conservador- las necesidades nacionales y las metas que él llamó republicanas.
De ahí su vigencia. Y por eso, también, la necesidad de insistir en la divulgación de los valores que practicó Rivera en vida, de preservar su memoria construyendo una Casa Museo en la que fuera su casa paterna en San Mateo (el actual municipio de Rivera), de darle realidad en el Huila al decretado Año Riveriano, de no quedarnos en la sola lectura de La Vorágine, aunque ella sea, de por sí, el más grande alegato por la dignidad del hombre.


[Columna escrita para el diario El Periódico, Bogotá, 19 de febrero de 2009].

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Excelente introduccion para un escritor que permanece vigente. No en vano su prosa nos conmueve. No es gartuito el impacto que produce en nuestro pensamiento. En el fondo nos acusa la misma indiferencia ante las violaciones, ante el arrasamiento de las etnias, ante la desidia y la corrupcion del gobierno central. Es triste que haya muerto. Pero lo mas triste es que el tema de su novela no haya pasado a la historia.

Anónimo dijo...

Por eso debemos volver con frecuencia a Rivera Salas...