miércoles, 24 de agosto de 2016

Medina y Márceles hablan de biografías

Recibí dos cartas de amigos escritores que hablan de la necesidad de escribir y publicar más biografías en Colombia. Es un tema que ha despierta muchas inquietudes. Acá transcribo sus cartas. Primero la del crítico de arte y escritor, barranquillero, Álvaro Medina Amarís, y luego la del narrador y crítico de arte, cataquense, Eduardo Márceles Daconte:

Álvaro Medina
1.- "Mi estimado Isaías: En Colombia no se escriben biografías, sobre todo de personajes políticos, porque hay mucho chanchullo que ocultar. Por eso no se cultiva, ni por asomo, la autobiografía, porque autobiografía publicada podría terminar siendo autobiografía rectificada. Pero bueno, atendiendo tu inquietud, por lo demás válida, ¿qué tal una biografía no autorizada de La Gata o de José Obdulio Gaviria? Las biografías no autorizadas existen en muchísimos países, pero porque el autor tiene la seguridad de que, al doblar una esquina, un sicario no le pegará un tiro en la nuca. Total, quedarían las biografías de los personajes de la farándula y el deporte, biografías que interesan y pueden tener público; en segundo lugar las de los personajes de la cultura, pero esas no las publicaría ninguna editorial porque no interesan, a no ser que el personaje se llame Gabo. Suerte, entonces, en tu empeño de querer incentivar la biografía en Colombia, mi estimado Isaías, y recuerda que no todo el mundo es James Rodríguez, el número uno del fútbol colombiano, un número uno que se la pasa sentado en la banca, el detalle entre dramático y decepcionante que lo hace un personaje para ser llevado, además, a la novela. Mi cordial saludo y mi promesa de invitarte pronto a una tertulia rociada con algún licor estimulante. Con cien abrazos, ÁLVARO".

Eduardo Márceles
2.- "Mi querido Isa, he leído con sumo interés tu inteligente nota en tu blog sobre la disciplina de la biografía y la falta que hacen, comparto tu interés y tus opiniones. Yo he sido un admirador de las biografías desde que era adolescente, recuerdo muy bien las de Napoleón Bonaparte, Fouché, Lincoln, las que escribió ese genial biógrafo alemán Stefan Zweig de los poetas y narradores europeos Stendhal, Montaigne, Erasmo de Rotterdam, devoraba las biografías de artistas legendarios, más tarde la de Fidel Castro, el Ché, incluso Hillary Clinton (autobiografía), y muchas más que ya no recuerdo. Estoy de acuerdo contigo, tenemos que asumir la tarea de escribir las biografías de nuestros contemporáneos de aquí y de allende nuestras fronteras, ¿por qué no?

Ya empecé con la biografía de Celia Cruz (no sé si la has leído) y la de Nereo López (aún no se si los primeros capítulos de su fotografía en Barranquilla y Barrancabermeja se publicaron en Hojas Universitarias de la Universidad Central), también, tengo esbozos biográficos de Ernesto Cardenal, Reinaldo Arenas, John Leguizamón y otros más. Ahora, acabo de terminar una pequeña biografía artísticas (40 páginas) del escultor bogotano Gabriel Beltrán Castiblanco (con traducción al inglés) para un libro que espero salga para el próximo mes de septiembre.

Así, mi querido Isa, ahora la pregunta es: ¿quién va a escribir tu biografía, la mía (llena de aventuras y anécdotas), la de Roberto Burgos Cantor, y tantos otros escritores. Propongamos una colección de biografías a alguna editorial, estoy seguro que con tus influencias no sería muy difícil. Ya Panamericana lo intentó hace una década, pero no abordaron a nuestros contemporáneos, sino a las vacas sagradas de siempre.

Ahí te dejo esa inquietud con el abrazo, la admiración y el cariño de siempre, Eduardo".












sábado, 6 de agosto de 2016

Necesitamos biografías


C
Uno de los libros, entre varios otros, con los que inicié mi carrera literaria, cuando apenas hacía bachillerato en el Colegio Nacional Simón Bolívar de Garzón, fue una biografía que encontré en la biblioteca y que nadie nunca había leído. Necesitaba escribir un artículo sobre la poesía de José Asunción Silva para el profesor de español y literatura Antonio Navarro, un estudiante santandereano de medicina que había abandonado sus estudios y había encontrado en la enseñanza de la literatura una opción apostólica, como lo era ese reducto episcopal del sur del Huila. La biografía, cuyo título no recuerdo, era de un historiador, creo que bogotano, llamado Alberto Miramón, y hoy la recuerdo como una explicación de la obra literaria del poeta bogotano a la luz de todo lo que le había sucedido a Silva, incluidos, por supuesto, los pasajes referentes a su hermana. No recuerdo si escribí el artículo o di la “lección”, pero jamás he olvidado la biografía y las deliciosas horas que pasé, en medio del calor sofocante del pueblo, entretenido con su lectura.
Y a raíz de las biografías, hace poco –y cómo que han pasado los años y seguimos hablando de lo mismo- le comentaba a mi amigo y sucesor en mi anterior cargo de director del Departamento de Humanidades y Letras, hoy de Creación Literaria, de la Universidad Central, el narrador y pensador Roberto Burgos Cantor, que siendo Colombia un país sin biografías (por tanto, sin memoria, como en efecto lo ha sido), debiéramos nosotros, desde la Universidad Central, desde el nicho de Creación Literaria, incentivar, motivar, aplaudir la investigación y la escritura de biografías, comenzando por nuestros propios escritores, que salvo contadas excepciones, siguen sin ser contados,  relatados, memorizados, fichados, biografiados, ficcionalizados (porque toda biografía no deja de ser una ficción, como lo es toda la historia). Pero debiéramos escribir, narrar, contar, no sólo la vida de los escritores: allí están, también, los científicos, los deportistas, los estadistas, los artistas, los empresarios, las organizaciones sociales, las gentes del común, etc. La biografía, además, como género literario, da para escribir desde cosas sencillas, un relato biográfico de corto alcance, hasta mamotretos sesudos, como lo acostumbran ingleses y gringos, investigaciones que exigen miles de pesos y muchísimos años. (Acabo de hojear, por ejemplo, sólo ojear, las 475 páginas de la biografía David Foster Wallace. Todas las historias de amor son historias de fantasmas, escrita por D. T. Max). Los estudiantes de Creación Literaria deberían, antes de escribir una novela o un libro de cuentos, investigar y dedicarse a escribir biografías, bien escritas, bien narradas, bien estructuradas, con arte literario.

Todo esto se me ha ocurrido porque hace unos meses, en las madrugadas, enchufado del todo, casi que con afán, leí una biografía de mi amigo escritor, periodista del diario El Espectador, Nelson Fredy Padilla, sobre un fenómeno del deporte colombiano, nuestro James Rodríguez. Apareció en 2014 con el sello Aguilar del grupo editorial Penguin Random House, en Bogotá. Se llama James, su vida. Tiene la ventaja de ser una investigación biográfica en caliente (sin tener que hacer excavaciones, ni interpretaciones antropológicas, ni utilizar métodos sofisticados; y lo digo porque es usual en Colombia decir que los acontecimientos deben estar en la lejanía para poder escribir sobre ellos). Nelson Fredy se fue a las raíces del mito naciente y nos entregó, con habilidad y agilidad, las coordenadas de una vida que pronto se ha convertido en un nudo de interrogantes. Allí está James Rodríguez y su biógrafo (primera parte). Para leerlo como si fuera una pequeña novela. La ficción hecha biografía, hecha realidad.

lunes, 1 de agosto de 2016

José Monleón (1927-2016)

José Monleón
Lo recuerdo sentado en una mesa de escritorio, frente a un auditorio pequeño, cuando nos dictó un seminario sobre temas que buscaban apoyar la escritura de una crítica teatral en Colombia, por allá en 1994. Lo había organizado Clarisa Ruiz en el marco del Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá. El Ministerio de Cultura nos había concedido unas becas para que asistiéramos al seminario en Bogotá, Medellín y Manizales. Allí lo escuchamos, entre otros, Epifanio Arévalo, Jorge Prada, Martha Sánchez, Ramiro Tejada, Domenici, Fernando Duque, un grupo de más de una docena de amantes del teatro.
Desde fuera, los españoles habían visto cómo nuestro teatro había pasado del teatro de autor al de creación colectiva, por ejemplo, y cómo las escuelas europeas, con sus grandes directores e iniciadores de nuevas teorías sobre el montaje y la actuación, seguían sacudiendo la escena mundial. Monleón era un gran observador y le gustaba guardar, de manera crítica, sus distancias frente al teatro del mundo. A tiempo que no nos dejaba perder los criterios sociales sobre el teatro.
Como hombre de teatro, escribió, opinó, dirigió y se multiplicó en los escenarios españoles y latinoamericanos. Roles que no siempre cumplen en conjunto quienes hoy escriben teatro, opinan sobre él o dirigen obras. Como en otras artes, José Monleón hizo parte de una especie en extinción, la generación de los renacentistas del siglo XX.

Murió en Madrid el pasado 15 de julio.
 (Invito a leer la nota periodística que hizo la sección cultural de El País de Madrid:  http://cultura.elpais.com/cultura/2016/07/15/actualidad/1468601326_500508.html).

jueves, 21 de abril de 2016

José Manuel Rodríguez W. en la Feria del Libro 2016

José Manuel Rodríguez Walteros,
 Premio Nacional de Novela Corta
El próximo sábado 23 de abril, a las 3 de la tarde, en el marco de los 400 años de la muerte de Miguel de Cervantes, de los 50 años de la creación de la Universidad Central de Bogotá y de los 35 años de fundado el Taller de Escritores de la Universidad Central, en el Salón Jorge Isaacs de la Feria Internacional del Libro de Bogotá, haremos el lanzamiento de la novela corta Los trashumantes, del narrador y poeta José Manuel Rodríguez Walteros (Bogotá,1966), ganadora en 2014 del primer lugar en la convocatoria nacional "Premios de Literatura", que coordinan los programas de Creación Literaria de la Universidad Central. La novela fue publicada el año pasado, pero no había sido presentada en público. Su autor, residente en Los Ángeles desde hace varias décadas, estará presente en el acto, junto con los jurados del concurso, los escritores Gloria Inés Peláez, Juan Álvarez y Alberto Bejarano. El texto que reproduzco a continuación, aparece como nota introductoria de la novela editada por la Universidad Central:
"Recuerdo la tarde en que conocí a José Manuel Rodríguez Walteros, en la vieja sede de la Universidad Externado de Colombia, en el barrio Santa Fe, en Bogotá, por allá a comienzos de la década de los ochenta. Venía de pertenecer al Taller de Escritores que había dirigido mi hermano Joaquín Peña y quería ingresar al que yo había fundado en la Universidad Central a mediados de 1981. En aquella época, lo tuve durante un año compartiendo las lecturas y los escritos de todo el grupo. Desde entonces no le he perdido la pista.
Su viaje a Los Ángeles en 1989 no nos permitiría volver a vernos durante muchos años, pero sus cuentos, sobre todo sus cuentos, nos permitirían permanecer en contacto continuo hasta hoy. Estos últimos –esa peculiar forma de decir, de ver, de narrar las cosas con una impronta tan personal-, no me dejaron olvidar a ese muchacho de los años ochenta, cuya leyenda pasaba por decir que era un experto en el mundo de los gitanos de Bogotá. Esos cuentos aparecerían poco a poco, sin afanes, sin pausas, con la paciencia y la pasión de quien sabe que solo la escritura lo puede salvar (lo que ya es una condena). Así, aparecieron sus libros No más canciones para los muchachos muertos, con el cual ratificó su inmensa capacidad para atrapar atmósferas y reproducir conflictos humanos aún inexplorados por entonces, y Los cantos de la noche son los cantos del East LA, ambos libros premiados con Letras de Oro para escritores hispanos en Estados Unidos. No recuerdo con exactitud cuándo, pero pocos años después, como jurado del Premio Casa de las Américas, de Cuba, leería su tercer libro, Los mensajes del descifrador, que para entonces sería mención especial.
Sus reconocimientos llegaron a otros países como Argentina, México, Venezuela y Francia. Pero solamente ahora es cuando José Manuel Rodríguez Walteros, tantos años después de pasar por el entonces naciente Taller de Escritores de la Universidad Central –TEUC–, recibe en grande –porque lo ha ganado en franca lid, como se decía en el siglo pasado, en el Concurso Nacional de Novela Corta 2014 de la Universidad Central– el reconocimiento de su TEUC, de sus habitantes de la calle, del país al que pocas veces vuelve y de este fundador de ilusiones que jamás ha olvidado la sonrisa secreta de aquel muchacho que conoció en uno de esos barrios bogotanos que –futuro vuelto triste presente– él recrearía en los cuentos de sus libros posteriores. Por supuesto, me refiero a este hermoso y peligroso libro, Los trashumantes".
(Tomado de Los trashumantes, Bogotá, Universidad Central, 1914, pp. 120)

domingo, 3 de abril de 2016

Elena Ferrante en la Feria del Libro de Bogotá

Por poco se  va en vano la entrevista “La ausencia insoportable” (Arcadia, No. 126), que le hizo Santiago Parga a la escritora italiana Elena Ferrante, quien desde el siglo pasado utiliza el anonimato, sin que se sepa si ese es su  verdadero nombre. Si lo fuera, no le saldría mala la broma.
La salvaron las cuatro últimas respuestas en la entrevista.
Cuando le preguntan por Proust y la estructura de sus novelas dice que “Hay páginas geniales sobre la autonomía absoluta de las obras y sobre lo efímero que es el ‘yo’ que las escribe: un yo inestable, sepultado bajo los muchos yo de nuestra individualidad, difíciles de desentrañar, fáciles de perder”.
Le preguntan por la relación entre obra, política y comentario social, y dice que “en una novela la crítica social y política debe ir de la mano con las experiencias de los personajes”. Porque, “lo queramos o no”, esos problemas “están inscritos en nuestra carne, en las palabras que usamos, en la manera como reaccionamos. Es eso lo que quiero reproducir cuando escribo”.
Sus autores latinoamericanos favoritos tienen que ver con su infancia, cuando aprendió a contar. “Vargas Llosa, Sábato, Onetti, Paz, García Márquez, Fuentes. Pero también, naturalmente, Borges, Cortázar, Cabrera Infante. Y luego Rosa Montero. Y Bolaño. Pero sobre todo, la extraordinaria Clarice Lispector. Su Pasión según G. H., fue para mi una lectura decisiva”.
¿Qué podría resonar de su obra en Colombia? “La lucha por salir de la miseria en la se nace. La exploración de la caótica amistad femenina. El choque con la cultura patriarcal y la violencia masculina. El telón de fondo que ofrecen Nápoles y las experiencias italianas: un libro debe tener raíces locales robustas. La sensación de aniquilamiento frente a la máquina del universo y su ausencia de sentido”.
Elena Ferrante, si los amigos de la guerra no lo impiden, estará como invitada especial en la próxima Feria Internacional del Libro de Bogotá.


domingo, 31 de enero de 2016

Ana Silvia Gutiérrez Roa: 30 de enero de 1916

Esta no es una historia para contar en un blog. Pero, hoy dejo aquí su registro.
Al otro lado del río Magdalena queda Villavieja, y a este, Aipe. Detrás de los dos pueblos permanece el desierto de la Tatacoa. En Aipe, en una casa de bahareque y techo de paja, el penúltimo día del mes más caluroso del año, el 30 de enero de 1916, Ana Silvia.
Una mujer alta, blanca y pecosa, curtida por el sol y por el tabaco que fumaba con elegancia, experta en coser toda clase de ropas, era su madre, Inés Roa. Y un hombre delgado, trigueño, de nariz aguileña, un poco melancólico y de una tranquilidad calentana, era su padre, Eugenio Gutiérrez. Mis abuelos maternos.
A orillas del río, Ana Silvia aprendió a nadar, a sajar y comer bocachico, y en Neiva se hizo maestra.
Luego escogió su meta, su alegría y su tristeza. Se fue a trabajar en las escuelas del sur del Huila, del sur montañoso, fresco y arrogante, que nunca abandonaría. Pasó como maestra rural por la Argentina, Naranjal, y terminó en Saladoblanco, un corregimiento, por entonces, década del 30, de la Mesa de Elías.
De allá jamás regresaría. Sería su condena. Su marido y sus hijos no la dejaríamos regresar a su norte luminoso y árido. Allá se quedó para siempre mi madre. Sus huesos se mezclaron, noventa años después, con los huesos de su marido, mi padre, en un osario del desapacible cementerio de Pitalito.

Y nos dejaría muchas lecciones: la humildad, la paciencia, el amor a la vida, el llanto, el miedo a la soledad, el silencio. Y algo increíble hoy día: saberse de memoria el día del nacimiento de cada uno de todos los miembros de la familia para, en cada ocasión, recordarlo con puntualidad soberana. ¡Ah, y también, saberse –de memoria, por intuición o porque lo había aprendido- la música de los signos de puntuación y la forma plástica de las letras para jamás cometer un error gramatical o de ortografía en las bellas cartas que escribía! Más las de todos los que comenzábamos a escribir.

martes, 24 de noviembre de 2015

Once días de noviembre, de Óscar Godoy

Una de las novedades bibliográficas más importantes de fin de año en Colombia, ha sido la aparición de la novela Once días de noviembre, del escritor tolimense Óscar Godoy Barbosa, autor ganador de varios concursos nacionales de cuento y novela y actual coordinador académico de los programas de creación literaria en la Universidad Central.
La novela desarrolla dos ejes históricos, la toma y retoma del Palacio de Justicia en Bogotá, 1985, y la tragedia de Armero, la avalancha anunciada sobre el pueblo que desapareció totalmente, y un eje personal, la vida de un estudiante en París que está conectado con personajes que viven las dos tragedias señaladas.
Godoy Barbosa logra sintetizar, con la claridad de su lenguaje literario, ya puesto a prueba en varias obras suyas anteriores, esas vidas que se integraban al diario vivir y a las fases que nadie hubiera querido vivir.
Este miércoles 25 de noviembre, en la Biblioteca Fundadores del Gimnasio Moderno, calle 74 con 11, a las 7 de la noche, la poeta, crítica y profesora tolimense, Luz Mary Giraldo, hablará de manera extensa sobre la novela y luego habrá una charla con el autor.
Están todos muy invitados, tanto por el Gimnasio Moderno, como por la casa que publicó la novela, Ediciones El Huaco.