sábado, 7 de julio de 2018

Todo Julio Cortázar

Aunque se trata de una edición de 2014, la celebro como si acabara de salir. Me refiero a una ardua y feliz investigación, yo diría, icono-bibliográfica. Nos la había comentado el año pasado el escritor argentino, bibliófilo él mismo, Federico Barea (Buenos Aires, 1982). Que apareció en Buenos Aires el año 2014, cuando se cumplían los primeros cien años del natalicio de Julio Florencio Cortázar Descotte.
          Es un volumen de lujo patrocinado por las librerías anticuario (“librerías de viejo”, dicen en Bogotá) Fernández Blanco y Aquilanti, de 256 páginas, a color. Los dos autores de la que fuera una larga investigación son el librero e investigador Lucio Aquilanti y el escritor e investigador literario Federico Barea.
          Todo Cortázar. Bio-bibliografía, el título del libro que comento y que hubiera entusiasmado de manera febril a nuestro Alberto Duque López, desaparecido hace unos años, incluye:
1.- Las introducciones de Lucio Aquilanti, Federico Barea, Carlos Álvarez y Jaime Correas. 2.- Una excelente y abreviada biografía, en orden cronológico, muy bien ilustrada con fotos de Cortázar, de Lucio Aquilanti. 3.- La bibliografía activa de Julio Cortázar, ilustrada con las tapas de los libros, que comprende las siguientes secciones:
a. Primeras ediciones, colaboraciones para catálogos de arte, obras políticas y literarias; b. Ediciones de autor impresas a mimeógrafo por Cortázar; c. Prólogos y contratapas; d. Traducciones realizadas por Cortázar; e. Correspondencia publicada en libros; f. Entrevistas publicadas en libros; g. Vinilos con la voz de Cortázar; h. Iconografía (que va, además, por todo el libro); i. Publicaciones periódicas con textos de Cortázar de primera vez; j. Films de ficción basados en su obra y films documentales y entrevistas; k. Índice completo de títulos, subtítulos y primeros versos de poemas sin título.
Un plato exquisito para los lectores desprevenidos, los investigadores, los amigos, los fanáticos o los que apenas descubren a Julio Cortázar. (todocortazar@gmail.com)

lunes, 19 de marzo de 2018

Luis Loayza (1934-2018)

Luis Loayza (Archivo de A. Oquendo)

Cuando viajé por primera vez a Lima, debió ser por allá en 1974, una de las figuras jóvenes emergentes era Luis Loayza, pero tenía ya la fama de ser lejano. Recuerdo que Eduardo González Viaña me puso en contacto con algunos escritores de su época, como Alejandro Romualdo, Arturo Corcuera, Oswaldo Reynoso, Abelardo Oquendo, José Miguel Oviedo y otros más. De ellos me traje un morralado de libros firmados. Sin embargo, de Loayza no pude conocer nada. Con el tiempo, sin que nunca lo olvidara, la figura de Loayza se fue diluyendo hasta ahora que por vía de El País de Madrid, en nota de Raúl Tola y con foto del archivo de Abelardo Oquendo, me entero de su muerte en París el 12 de marzo, la semana pasada.
Con la muerte de Luis Loayza, la literatura iberoamericana pierde a uno de sus prosistas más elegantes e inteligentes”, dice Tola. Era un “raro talento”, nacido en Lima en 1934.
Muy jóvenes, con Oquendo y Vargas Llosa, fundaron la revista Literatura. Luego se fue del todo para Francia (salvo en vacaciones, regresaba). Trabajó como intérprete y como traductor. Dejó varios libros publicados, muy elogiados, pero que como antes, hoy tampoco se consiguen: Una piel de serpiente (novela, 1964), El sol de Lima (ensayos, 1974), El avaro y otros textos (1974), Otras tardes (cuentos, 1985), Sobre el 900 (ensayos, 1990). 
“A Loayza lo precedía el mito. Se decía que lo había leído todo, que su erudición era de una profundidad y amplitud abrumadora”. Raúl Tola cita a Alonso Cueto: "Yo lo escuchaba hablar de libros y autores. El ingenio, la gracia, la variedad de temas, sus chistes y bromas, su erudición, los personajes peruanos que evocaba, sus comentarios sobre Machen, De Quincey o Henry James (a quien conocía a la perfección), están entre los recuerdos más valiosos que tengo".
Miguel Saenz cita esta anécdota de Luis Loayza: “El 21 de mayo de 1965, Luis Loayza le ganó a Bobby Fischer, que encaraba 26 partidas simultáneas en Nueva York”.
Del retraimiento de Luis Loayza habla Fernando Ampuero: "No daba entrevistas, no le interesaba el mundillo literario. Le interesaban solo los buenos libros, que leía vorazmente y que a veces traducía. Muchos jóvenes, en una época, pensaban que era un fantasma inventado por Mario Vargas Llosa y Abelardo Oquendo”.
Y Vargas Llosa escribió: "Loayza es uno de los grandes prosistas de nuestra lengua y estoy seguro de que tarde o temprano será reconocido como tal. Ya lo era cuando yo lo conocí, en la Lima de los años cincuenta. Lector voraz, desdeñoso de la feria y la pompa literaria, ha escrito solo por placer, sin importarle si será leído, pero, acaso por eso mismo, todo lo que ha escrito exhala un vaho de verdad y de autenticidad que engancha al lector desde las primeras frases y lo seduce y tiene magnetizado hasta el final".
Es curioso. A Loayza nunca lo he leído; pero, nunca lo he olvidado. Y porque no pude conocerlo hace casi cincuenta años, he querido recordarlo hoy con esta nota. Tal vez, digo, tal vez, en eso consista la realidad de aquellos excelentes escritores fantasmas para quienes el placer de escribir se agota en ellos mismos, sin importarles si serán o no leídos.

lunes, 5 de marzo de 2018

Badrán, Boris y Luna de Locos


(De vez en cuando, en este blog, trataré de dar cuenta de los libros, revistas y periódicos que caen en mis manos. No a manera de crítica, sino de saludo. Hay demasiados codazos en el mundo de hoy; en cambio, muy pocos, poquísimos, abrazos. No importa que por saludar, también, me caigan coscorrones).

Nuevos cuentos de Pedro Badrán.
Este volumen, Margarita entre los cerdos (Random House Editores), es su quinto libro de cuentos. Badrán, nacido en Magangué, comenzó en 1985 con El lugar difícil. Ganó en 2000, con El día de la mudanza, el Premio Nacional de Novela Breve. Este libro, de nueve cuentos en 138 páginas, viene con los saludos amables de los escritores Luis Noriega y Juan Gabriel Vásquez. En esos cuentos, dice la nota de contraportada, “el detective Ulises Lopera busca su lugar en un mundo que le trae sorpresas todos los días”. Comienza con "La cruz de hierro" y cierra con "El misterio del cuarto amarillo". 

Los cuentos de Boris Ramírez Serafinoff
A raíz del I Concurso Nacional de Cuento de Pupiales, hace casi 20 años atrás, en 1999, conocí a Boris Arturo Ramírez Serafinoff, médico oftalmólogo, nacido en Mompox en 1967. Ahora veo su cuento ganador -aunque no se le da el crédito- en este bonito volumen, La música sobrenatural de Emilia Herrera, publicado por la Editorial Universidad de Antioquia. Junto a “Malocelli ante los pájaros”, el ganador, vienen otros once cuentos, incluido el que le da nombre al libro (editado a finales de 2015). “En todas las historias de la obra susurra la música”, dice la contraportada. Y en todos sobresale la escritura fina de Boris.

Luna de Locos, No. 26
Hace 18 años, el poeta Giovanny Gómez, publica en Pereira esta bella revista dedicada a la poesía. Este No. 26 abre con una portada del gran Dioscórides (Pérez), “Jonás y la abuela pechugona” (dibujo a lápiz), artista invitado para todo el número, el cual incluye poemas y textos de Wislawa Szymborska, Tonino Guerra, Enrique Vila-Matas, Hernando López Yepes, Carolina Sanín, Ma. Mercedes Carranza por Víctor Rodríguez Núñez, Jaime Sabines por Juan Felipe Robledo, Neruda por William Ospina, Víctor López Racha, Nelson Romero Guzmán y Julio César Londoño.
Luna de Locos recibe, por fortuna, el apoyo de la Universidad Tecnológica de Pereira.

jueves, 15 de febrero de 2018

Gerardo Rivas Moreno


El pasado 26 de enero, el escritor Umberto Valverde informó en su columna del diario Occidente que acababa de morir Gerardo Rivas Moreno. “Gerardo Rivas Moreno acaba de fallecer y no es justo que su nombre quede en el olvido”.
Cuando preparaba alguna otra edición importante, de un infarto Gerardo debió morir en Cali el 25 de enero.
Rivas Moreno, como lo dice Umberto, no merece el olvido y, para comenzar, alguien debiera escribir una gran crónica sobre vida y otra. En el 2015, Antonio Morales, en su programa de Canal Capital, “El primer café recargado”, le hizo una excelente entrevista que podría servir de base. 
Conocí a Gerardo muchos años después del libro que lo haría legendario (sin que él lo sospechara, como suele suceder con las cosas del arte y la cultura), la antología que tituló, sencillamente, Cuentistas colombianos, con moderna portada de Trejos para ese año 1966, cuando algunos de nosotros -los de provincia- ni siquiera habíamos llegado a Bogotá.
Y fueron pocas las veces que nos vimos. Su vida siempre tuvo algo de clandestinidad -así lo recuerdo-, aunque su obra editorial fuera de las más conocidas en el país. Yo diría, desde ese ángulo, que Gerardo fue el Benjamín Villegas de la otra orilla. Sólo que Gerardo solía encerrarse por meses a preparar sus ediciones (las de Simón Bolívar, Federico García Lorca, José María Cordovez Moure, Juan de Castellanos y tantas otras que lo dejaban a uno perplejo, porque fueron señoras ediciones).
Siempre sonreía, como si la dureza del oficio no lo afectara. Y, también, se lamentaba de la pobreza de propósitos culturales de nuestros gobiernos (que le deben, por cierto, a Gerardo el reconocimiento por tanto rescate literario como él hizo). Para que le rindiera el tiempo -porque él investigaba, cotejaba, escribía, editaba y comercializaba con su morral de libros- siempre andaba corriendo.
Pero el golpe de suerte -llamémoslo así- para Gerardo fue su libro de cuentos colombianos, reunidos con el ánimo de ser una antología, así no lo dijera la portada. Habría que reproducir su prólogo para entenderlo. Salió a la calle bajo el sello de Ediciones El Estudiante. Y fue punta de lanza para quienes creíamos en la existencia de una literatura colombiana, polémica que hoy se ha superado apenas parcialmente. Incluía 16 cuentos, desde Bonilla Naar, Clemente Airó, Zapata Olivella, Arnoldo Palacios, Eutiquio Leal, Eduardo Santa, Tirso Castrillón, Antonio Montaña, Gonzalo Arango, Soto Aparicio, hasta Alberto Duque López, Germán Espinosa, Óscar Collazos, Fanny Buitrago, Umberto Valverde y Roberto Burgos Cantor.
Frente a la antología del cuento colombiano de Eduardo Pachón Padilla, la de Gerardo fue de un atrevimiento inusual. Incluyó a varios jóvenes, dos de ellos (los dos últimos) aún no bachilleres, autores todos que, años más tarde, se integrarían a la bibliografía de la gran narrativa colombiana. Esa antología, Cuentistas colombianos, pronto se convirtió en legendaria. Y con ella, sin saberlo, Gerardo comenzó su carrera de estudioso, divulgador y gran editor de la literatura colombiana. Dice Efer Arocha que en enero trabajaba en otra antología marginal del cuento colombiano. Pero Gerardo no alcanzó a cerrarla. Ya lo dijimos, murió el 25 de enero. Se fue de afán, como diríamos en Colombia. Como había vivido. Y nos dejó su testimonio a favor de la literatura colombiana.

sábado, 3 de febrero de 2018

Alrededor de Kazuo Ishiguro

Sigo pensando en Kazuo Ishiguro. Se dicen muchas cosas a su alrededor.
No es cierto que Ishiguro no figurara en los listados de los “nobelables”. No punteaba como los que siempre pierden en Suecia (para quienes insisten cada año en postularlo, creo que a Murakami nunca le darán el premio). Kazuo Ishiguro (Ish, como le dice su primer editor en español, Jorge Herralde), figuraba entre los candidatos al Nobel, como sucede con la mayoría de los ganadores del Man Booker Prize del Reino Unido, que él había ganado, en 1989, con la novela del mayordomo (como le decimos los lectores), Los restos del día.
El 5 de octubre de 2017, la Academia Sueca se decidió por Kazuo Ishiguro (nació en Nagazaki el 8 de noviembre de 1954), un escritor que había llegado a Inglaterra a los cinco años, donde su padre trabajaba como oceanógrafo.
Su historial, resumido: Estudió filosofía y literatura inglesa en la Universidad de Kent, a un kilómetro largo del pueblo de Canterbury, donde Geoffrey Chaucer escribió sus famosos cuentos. Luego estudió creación literaria en la Universidad de East Anglia (donde estudió, también, Ian McEwan), en la ciudad de Norwich, al oriente de Inglaterra, donde tuvo como profesores distinguidos a los novelistas y profesores Malcolm Bradbury (1932-2000) y Ángela Carter (1940-1992). Ishiguro, gran aficionado a la música, toca guitarra, compone, admira a Bob Dylan, no le gusta el Brexit, admira a Charlotte Brontë, hizo parte de la lista de jóvenes promesas de la revista Granta, se hizo británico en 1982, desde 1988 lo viene publicando Anagrama en español (gracias a Jorge Herralde, su patrocinador), con Julian Barnes, Martin Amis y Mc Ewan conforman el llamado British Dream Team, ya varias novelas suyas pasaron al cine, sólo tiene un libro de cuentos, Nocturnos. Cinco historias de música y crepúsculo, Lorna, su esposa, no es ciencia ficción, viene de Escocia, antes del Nobel 2017, The Times lo puso entre los 50 mejores escritores británicos desde 1945.

Ishiguro huele a clásico en su prosa. Ha resultado un clásico fresco, rejuvenecido. Tiene su misterio. Y siempre busca sorprender el oído del lector.

viernes, 29 de septiembre de 2017

Néstor Sánchez y Julio Cortázar

Néstor Sánchez, autor de culto, oculto
 
(Este texto sobre el narrador argentino Néstor Sánchez lo escribí para el diario El Espectador y apareció publicado el día 13 de agosto de 2017).

Aunque se convirtió en un autor de culto y su destino ha sido el de permanecer oculto (al contrario de muchos autores de culto), Néstor Sánchez no ha dejado de ser una referencia polémica en las letras del mundo. Lo fue en la década del 60 del siglo pasado, cuando publicó sus primeros libros. Sin embargo, las nuevas generaciones -del 80 para acá- no saben nada de él. Entre nosotros, los estudiantes de creación literaria y los escritores jóvenes no lo tienen en sus listas. Incluso, muchos argentinos lo ignoran. Federico Andahazi me dijo alguna vez que Néstor Sánchez era mexicano.
        Cuando publicó Nosotros dos y Siberia blues, en 1966 y 1967, sus primeras novelas, con el entusiasmo de la Editorial Sudamericana de Buenos Aires (el mismo año de Cien años de soledad), se prendieron las alarmas rojas. Sánchez apenas llegaba a los 30 y ya sus artículos críticos aparecían en revistas y periódicos nacionales (Primera Plana, Artiempo, Confirmado). Pronto se iría contra el naciente “boom” de la narrativa latinoamericana. En 1963, había publicado el libro de cuentos, del que renegó, Escuchando a tu hijo. Y luego con cada nuevo libro suyo –en vida, no fueron muchos-, cambiaría la orientación de su escritura e iría buscando nuevas rutas para su lenguaje literario. La anti-novela y las expresiones que rompieran con todos los cánones de la historia de la literatura, se convertirían en sus mejores banderas. Rehusó, desde el comienzo, la golosina del mercado del libro: sentía aversión por la literatura “dedicada al buen negocio de la facilidad y los lugares comunes” y no quiso adherir al “compromiso” intelectual alegado por las ideologías que llegaban de Francia. Anduvo en contra vía y se animaba con las lecturas de la beat generation, de sus compañeros de Opium y Sunda, y de los que leía y traducía: Céline, Klossowski, Claude Simon, Pavese, Michaux, Caillois, Enrique Molina, Madariaga, etc. Antes de ser publicado en francés por Gallimard y reeditado por Seix Barral en España, Julio Cortázar salió en su defensa: “No soy crítico ni ensayista ni pienso defender a Sánchez que ya es grandecito y sale solo de noche”, “Sánchez es un novelista muy criticado y muy combatido por el carácter experimental, muy audaz, de su obra”, “Néstor Sánchez tiene una imaginación muy extraña y trabaja con base en síntesis fulgurantes”, “Es un hombre que rechaza los moldes ordinarios de la literatura”, que “está lleno de belleza porque va en contra de todos los lugares comunes”.
        Luego de sus dos primeras novelas, en 1968, Néstor Sánchez comenzó su misterioso periplo por el mundo. Se inicia como traductor del francés e italiano. Le otorgan la que será una de las becas más famosos entre los escritores latinoamericanos: la “International Writing Program”, de la Universidad de Iowa. No la resiste por más de cuatro meses y viaja a Caracas. Y luego a Roma. En 1969, publica, dedicada a su hijo Claudio, su tercera novela, con Sudamericana, con más variables en su escritura, siempre enmendándose así mismo y sin dejar la posibilidad de que esta novela sugiriera otra nueva: El amhor, los orsinis y la muerte (1969). De esta novela haría un guión cinematográfico que luego de leerlo Truffaut, le diría: “Es un excelente guión para escribir una novela”. Julio Cortázar y Julio Ortega la elogiarían. Mientras tanto, en 1970, prepara una antología de Cesare Pavese para Monte Ávila de Venezuela. E instalado en Barcelona comienza a escribir su cuarta novela, Cómico de la lengua, para lo cual Seix Barral le dará todo el impulso necesario, así Sánchez maldiga a los escritores del “boom”. La editorial de los “poetas” se la juega con los dos bandos. Cortázar libra su batalla de la liberación por la liberación. Antes, Cortázar había escrito: “A Sánchez no lo he visto nunca, a veces me escribe unas cartas entre sibilino y retobadas”.
Esa cuarta novela aparecerá en 1973, en Seix Barral, pero para ese momento ha comenzado la etapa crucial de Néstor Sánchez, quien pasará de autor de culto a escritor oculto.
        Es el tiempo en que conoce a Gurdjieff y Carlos Castaneda y se apasiona por ellos. Viaja a París donde trabaja con Gallimard como traductor. Sigue pensando en la muerte. ¿Cómo es que no nos damos cuenta de que todo conduce a la muerte? ¿Cómo podríamos prolongar la vida? Fueron catorce años de fuga. Al regresar diría que simplemente se trataba de “su enorme capacidad de generar conjeturas”. En su fuga, sin embargo, coordina talleres de creación literaria en Niza (Francia) y en Los Ángeles (USA), y mientras tanto aparece su cuarta novela, Cómico de la lengua, en España (Seix Barral, 1973) y traducida al francés (Gallimard, 1975).
Cuando vive en los Estados Unidos, bajo las orientaciones de su maestro Gurdjieff, Néstor Sánchez sale de onda. “Viví catorce años dedicado por entero a lo que creía una experiencia iniciática”, “Yo buscaba vivir más. Estaba convencido, en mi enfermedad, que se podía vivir 300 años”.
En 1986, su familia lo rescata de la calle, absolutamente, deteriorado, irreconocible, vencido. El olvido ha caído sobre su cuerpo, y sobre su nombre. Ocho años antes, en Buenos Aires, sus amigos se han reunido para rendirle y le rinden un sentido homenaje. Todos lo daban por muerto. Estaba muerto Néstor Sánchez, el anti-canon, el anti-novela, el poeta que escribía novelas sin temas, el poeta que había roto con las normas de la novela tradicional, el escritor poeta que no había podido inventar nada en Nosotros dos y en todas sus novelas porque sólo quería caer en el fondo de sí y de sus amigos, del ritmo del jazz y de la poesía.
Sánchez había sido en su juventud bailarín de tango en la compañía de su amigo de barrio Villa Pueyrredón, Juan Carlos Copes. Desde muy joven había hecho periodismo. Había leído poesía todos los días, más que prosa. Y en 1960 había tenido a su hijo Claudio para que lo protegiera del olvido (sin saberlo, por supuesto).
Los últimos años de Néstor Sánchez, después de 1986, fueron intensos, breves. Volvió a vivir de los talleres de creación literaria, pero decía que ya se le había acabado la vida que podía contar. “Me quedé sin épica”. Nunca había inventado nada en sus novelas, todo había sido la poética de su realidad. En 1988, la Editorial Sudamericana publicó su último libro de cuentos, La condición efímera, donde se destaca un cuento titulado “Diario de Manhattan” (“que escribiré en permanencia, por primera vez, con la mano izquierda”), lo ha dicho Federico Barea, un joven investigador literario, editor, que ha venido a Bogotá a mostrar en la Universidad Central el documental sobre la vida y obra de Néstor Sánchez, Se acabó la épica, de Matilde Michanie.
Néstor Sánchez murió en Pueyrredón el 15 de abril de 2003. La policía lo encontró dos días después.

Claudio Sánchez, su hijo, en la editorial La Comarca Libros, ha venido editando muchas páginas más, con sus monólogos, sus entrevistas, su didáctica, su fuego. Su amhor y sus orsinis y su evidencia de la condición efímera de nosotros dos, de nosotros todos.

sábado, 5 de agosto de 2017

Vargas Llosa y García Márquez

Gabo, ¿artista o intelectual?
Gabo con Carlos Barral y Vargas Llosa (1970)
        Entre el 3 y el 7 de julio pasado, tuvo lugar el curso de verano “Gabriel García Márquez: más allá del realismo mágico”, organizado por la Universidad Complutense de Madrid, España (Cátedra Mario Vargas Llosa), dictado en la municipalidad de San Lorenzo de El Escorial. Allí hablaron, entre otros, Daniel Samper Pizano, Dasso Saldívar, Gerald Martin, Mauricio Bonnett, Laura Restrepo. Y el columnista de El Espectador, Carlos Granés, entrevistó a Mario Vargas Llosa.
En esa entrevista -me guío por El País, de Madrid-, fue donde el nobel de literatura peruano clasificó a García Márquez como un gran artista, y lo descartó como intelectual. Vargas Llosa dijo, según el diario español:
“García Márquez no era un intelectual, sino un artista. No estaba en condiciones de explicar el enorme talento que tenía a la hora de ponerse a escribir. De modo que funcionaba a base de intuiciones y pálpitos que no pasaban por lo conceptual. Esa disposición extraña que tenía para acertar tanto con los adjetivos, los adverbios y, sobre todo, la trama narrativa. Uno se da cuenta de una complejidad intelectual extraordinaria cuando lo estudia, pero también de que él no era consciente de las cosas mágicas que hacía”.
Desde hace un mes me rondan esas frases de nuestro querido Mario (siempre recuerdo su Casa verde, le debemos mucho), y, realmente, no estoy muy seguro de lo que quiso decir. ¿Favorece con eso a Gabo? ¿Lo demerita? ¿Revanchismo? ¿A dónde apuntó? ¿O, simplemente, al descuido, quiso describirlo? No sé.
Gabo, en el sentido señalado por Vargas Llosa, también, fue un escritor diferente a Carlos Fuentes, a Octavio Paz. Y no es la primera vez que se dice, por parte de algunos “intelectuales”, doctores, teóricos, canonistas, profesores, que García Márquez apenas era un escritor intuitivo, de pálpitos, con lo cual, insisto, no estoy seguro de si lo están elogiando o insultando.
Hace poco hice una charla, en un seminario con profesores escritores, sobre las diferencias que existen entre el canon literario y la creación literaria, entre el escritor teórico, con horma, canonista, y el escritor creador, liberacionista, racional e intuitivo. Y las susceptibilidades saltaron de inmediato. Los profesores y los intelectuales se asustan cuando convocamos la necesaria rebelión contra el canon.
No creo que se trate de una dicotomía excluyente y la veo surgir cuando alguien es incapaz de explicar el arte sin la pose intelectual. Es difícil creer que Gabo no pudiera armar conceptos o tener un concepto sobre lo que escribía, como dice MVL. Es más, pienso que hay una contradicción en Mario al decir que en Gabo se encuentra “una complejidad intelectual extraordinaria” y que de ella “él no era consciente”. ¿Cómo no puedo ser consciente de lo que pienso? Y después (o antes) vienen las intuiciones y los pálpitos. Lo que pasa es que Gabo siempre rehusó ser doctor o intelectual. No quiso serlo, ni nunca posó de serlo. Tampoco creyó que para tener la influencia pública del escritor -que él siempre tuvo y mantuvo- debía hablar de semiótica, de las teorías canónicas, o de las sentencias de los “sabios” intelectuales.
Gabo resumía todo: la sabiduría de la vida que había vivido en los caminos de Colombia y del mundo (no sólo en las aulas de clase, por donde también había pasado); la sabiduría que había recibido de los libros básicos de la literatura universal y la de los libros sin importancia que solía leer; la de haber asistido y participado personalmente, con ojo avizor y crítico, en los grandes procesos políticos del mundo, conducta que muchos le recriminan (pero que no es el oportunismo del “sentido práctico de la vida”, como de manera descortés le atribuye Vargas Losa).
Y tenía, además de la sabiduría y del saber, por supuesto, eso que, por lo pronto, hemos llamado la “intuición” del artista, de la que han hablado escritores que él admiraba, como Asimov (cuando habla de la “cartografía” del salmón, de la “entomología” del icneumón), como Hemingway (cuando habla de la orientación de la paloma mensajera, o del olfato del perro de caza, o de la bravura del toro de lidia, cuyos conocimientos no provienen de las aulas académicas), como Tabucchi (“Como la vida se vive, la escritura se escribe”), como Zweig (quien siempre habló del misterio de la creación).
No se puede ser artista sin pensar, sin conceptuar, sin tener visión de mundo, sin tener conciencia, sin ser sensible, y, también, sin ser intuitivo, sin tener "pálpitos", sin tener la vocación del salmón. García Márquez, como todos sus maestros, desde los griegos hasta los escritores innumerables que leyó del XIX y XX, lo sabía y así y por eso escribía como un sabio artista. Y si eso no incluye la pose del ser “intelectual” -una categoría de salón del siglo XX-, en el sentido que lo dice, para mí, maliciosamente, Vargas Llosa, no veo su importancia, ni creo válida la distinción.

Ni la creación del arte puede hacerse a partir de la simple teoría canónica, ni la arrogancia intelectual y teórica pueden, aunque quieran o crean, explicarlo todo. Son actitudes canonistas, mediáticas, de salón y de época. Me parece, digo.